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relatos Cielo Rojo

Relato corto – Déjame dormir

octubre 13, 2019
Hombre en la ventana

Estaba soñando. Andrés no tuvo duda de ello. Quizás, el indicio más significativo —aparte del hecho de estar desnudo a la intemperie— fuera la presencia de aquel elefante gigante, que tendría el tamaño de un edificio de tres plantas. Sus colmillos, que podrían haber servido para ensartar a quince hombres como él, se balanceaban de un lado al otro, en clara señal de advertencia. De vez en cuando, golpeaba el suelo con su pata delantera y el terreno respondía con un estremecimiento.

Aquel animal, si es que se lo podía calificar como tal, debía de sentirse amenazado ante su presencia. Él, que en esos momentos no podía sentirse más pequeño, habría dado lo que fuera por transmitirle lo poco interesado que estaba en invadir su territorio.

Aquel coloso no era lo único que estaba fuera de lugar. Los pies descalzos de Andrés descansaban sobre un césped de un color rojo intenso. A su izquierda, aquel prado irreal se extendía hasta perderse en el infinito, pero, a su derecha, se rompía abruptamente, invadido por un mar tan gris como el cielo con el que se fusionaba en el horizonte.

Definitivamente, aquello no era real. Se sorprendió del nivel de detalle con el que estaba representado todo. Sin embargo, ahora no tenía tiempo para hacer estudios de composición.

El elefante se alzó sobre las patas traseras y su sombra lo engulló como si fuera una mota de polvo. Al dejarse caer, la tierra volvió a sacudirse y, esta vez, Andrés tuvo que esforzarse por mantener el equilibrio. Después, aquel ser elevó la trompa, que era descomunal, y emitió un bramido tan potente que lo obligó a taparse los oídos. Si lo que pretendía era intimidarlo, se podía dar por satisfecho.

Andrés barajó la opción de salir corriendo, pero, luego, desechó aquella idea. Con aquel tamaño, esa bestia lo alcanzaría en cuestión de segundos. Quizás, si huía hacia el mar, tendría alguna opción, aunque la distancia era considerable. Sin embargo, poco después, se dio cuenta de que todo aquello era producto de su imaginación. Si así era, si todo estaba en su cabeza, tendría que ser capaz, hasta cierto punto, de tomar el control.

Como para demostrarlo, se concentró e, inmediatamente después, pasó a vestir una especie de mono negro. La prenda surgió de la nada, como si la hubiera estado llevando en todo momento. Andrés soltó un alarido triunfante.

En ese momento, el elefante, ajeno a aquel cambio, bajó la cabeza y se dirigió hacia él a gran velocidad. Una vez más, el suelo tembló bajo sus pisadas. En cuestión de segundos, lo arrollaría.

A pesar de la situación, a Andrés lo invadió una calma inexplicable. Una certeza, de la que desconocía su procedencia, lo llevó a colocar una mano delante de él y a esperar a que esa mole lo alcanzara. ¿Se había vuelto loco?

El seísmo que acompañaba al trote del animal apenas le permitía permanecer en pie, pero no cejó en su empeño. Los separaban sólo unos pocos metros, cuando el sol, que hasta entonces había permanecido oculto en aquel cielo grisáceo, intensificó su luz hasta el punto de cegarlo y…

Andrés se despertó y se vio obligado a apagar el despertador con un manotazo. Era un dispositivo especial que, en vez de sonido, hacía uso de la luminosidad para arrancarlo de la cama. Como todas las mañanas, se levantó con la ya habitual sensación de malestar provocada por la falta de sueño. Era como sufrir una resaca permanente.

Antes de levantarse, permaneció sentado sobre el colchón y dejó que su cuerpo se fuera activando. Era un proceso lento, un ritual que debía hacer todas las mañanas. Desde pequeño, padecía lo que se conocía como SFSR o síndrome de la fase del sueño retrasada. Aquel nombre, tan poco acertado, servía para describir un trastorno de los ritmos circadianos que le impedía dormir hasta bien entrada la noche. Trabajaba como diseñador gráfico y, aunque le encantaba lo que hacía, la imposición de un horario y la obligación de madrugar todos los días le iba restando vida, poco a poco.

Cogió una pequeña caja que había encima de la mesilla y la contempló unos instantes. Era el envase de un fármaco. En letras blancas, sobre una franja azul, se podía leer el nombre, Eugerox. Lo sacudió un par de veces y, después, tomó un comprimido. Se trataba de un medicamento experimental que aún no había salido al mercado. Se lo había propuesto su neurólogo, como parte de un estudio, en colaboración con el Instituto de Cronobiología de White Plains, en Nueva York.

Si aquella cosa funcionaba y salía a la venta, costaría un dineral. Sin embargo, por ahora, Andrés no había notado que estuviera teniendo ningún efecto. Se preguntó si la experiencia por la que acababa de pasar habría tenido algo que ver con aquel medicamento. Quizás se tratara de algún efecto secundario del que no habían tenido noticias durante la fase inicial del estudio.

En realidad, no era algo nuevo. En otras ocasiones, ya había experimentado lo que se denominaba sueño lúcido —a la fuerza ahorcan y no le había quedado más remedio que aprender cada uno de los trastornos que podían aquejarlo— y en todos ellos, aunque había sido relativamente consciente de estar dormido, su capacidad de control había sido limitada. En el lado onírico de este mundo, lo normal era percibir los sucesos con esa bruma de irrealidad que llevaba a aceptar cualquier cosa, por extraña que fuera.

En aquel prado rojo, sin embargo, el nivel de detalle de lo que había percibido había ido, casi literalmente, más allá de toda imaginación y, aunque no le había dado tiempo a ponerlo a prueba, su dominio había superado, por mucho, lo vivido hasta ahora.

No le dio más vueltas y, lentamente, se puso en marcha. Como era habitual, llegaría tarde al trabajo —«anótelo en mi cuenta»—.

Cuarenta y cinco minutos después, Andrés conducía por la vía principal que atravesaba la ciudad, camino al trabajo, o eso le habría gustado pensar. Varias obras en una plaza colindante habían provocado el corte de las calles de la periferia y, como consecuencia, una congestión del tráfico inevitable.

Tal y como había hecho un minuto antes, volvió a consultar el reloj, con la esperanza de que el tiempo hubiera tenido a bien detenerse, pero la manecilla digital del segundero parecía empecinada en seguir su avance. Tamborileó con los dedos sobre el volante. Esta vez, le iba a ser difícil explicar el retraso.

El calor en el interior del coche era asfixiante. Todavía no había tenido tiempo de ir al taller para la revisión del climatizador, que había dejado de funcionar unos días antes, por lo que estaba expuesto a las inclemencias del tiempo. Bajó la ventanilla, pero el remedio fue casi peor. No eran las diez de la mañana y ya había más de treinta grados en la calle. Se sorprendió al descubrir que era capaz de distinguir los diversos olores asociados al tráfico, que, en un profano del olfato como él, por lo general, pasaban desapercibidos. Había de todo, desde el caucho de los neumáticos al olor a combustible, incluido el alquitrán que se empezaba a cocer bajo aquel sol infernal.

Deseó que, al menos, hubiera algo con lo que entretenerse. Desde donde estaba, todo lo que podía divisar eran los paneles metálicos, contenedores y verjas de una obra que se desarrollaba a ambos lados de la calle. Detrás, en el lado donde en teoría discurría la zona comercial, podía entrever lo que parecía ser una tienda grande de Stradivarius y poco más.

Justo en ese instante, un motorista apareció por la izquierda y se paró a su lado. Apoyó los pies en el suelo y se estiró hacia arriba, como si intentara avistar lo que sucedía a lo lejos. Lo que vio hizo que desistiera de continuar y paró el motor. En el asiento de atrás, una chica joven iba abrazada a él. En cuanto se detuvieron, comenzaron a discutir por algo.

Debido al casco, no podía verle la cara a la pasajera, pero la melena rizada que sobresalía por debajo daba a entender que era pelirroja. Andrés sentía cierta debilidad por ellas. No es que fuera ningún fetiche, simplemente era una inclinación de partida, como quien dice preferir el rubio o el moreno. En su caso, el rojo era el color especial.

En cualquier caso, lo que realmente lo impulsó a contemplar a aquella veinteañera fueron sus piernas estilizadas bajo unos tejanos realmente cortos, que se abrían sensualmente, para abarcar la envergadura de la montura mecánica sobre la que viajaba.

Estaba tan cerca, que, con la ventana bajada, apenas habría necesitado estirar un poco la mano para acariciar aquella piel perfecta y bronceada. Obviamente, ni se le pasó por la cabeza el intentarlo. Bueno, en realidad, no era del todo cierto. Allí, solo y sin nada más que hacer, dejó que su imaginación volara un poco. En su cabeza, se inhibía algo menos y ella le correspondía sonriente, como sucedía habitualmente en la vida real representada por cualquier peli porno.

Así se mantuvo entretenido un rato hasta que, de repente, ella lo miró, se quitó el casco y se bajó de la moto. Absorto en sus pensamientos, Andrés se dio cuenta, demasiado tarde, de que no había puesto demasiado empeño en evitar que ella se percatara de lo que hacía. Probablemente, la habría importunado y su intención sería echarle la bronca.

Intentó pasar desapercibido y simuló interesarse por la hora. Curiosamente, ahora el segundero sí que se había detenido. No tuvo más remedio que abandonar su fachada, ya que ella rodeó el coche por delante, abrió la puerta del copiloto y se sentó a su lado. En ese instante, el motorista debió de encontrar un hueco, porque arrancó y, con un rugido del motor, se perdió entre la hilera de vehículos que había por delante.

Andrés, sin saber qué decir, permaneció en silencio con una expresión evidente de sorpresa. Por un momento, barajó la opción de disculparse, pero aquello sería como reconocer que había estado observándola y no sabía cómo reaccionaría.

—¿Hola? —dijo por fin, sin saber muy bien qué esperar.

Como en su fantasía reciente —y en el mundo real de las pelis porno—, ella no le mandó a la mierda ni lo acusó de pervertido, sino que le dirigió una sonrisa sincera. Ahora que sí podía verle el rostro, Andrés se maravilló de su belleza. Sería el tipo ideal de cualquiera. En cierto modo, resultaba intimidante.

—Hola —respondió ella, por fin—. Tengo poderes.

A la frase le faltó tanto sentido, que a Andrés le costó procesarla. Quizás había oído mal y sólo había pronunciado su nombre, que sería tan exótico como ella —¿Topanga Paredes?, ¿Tania Paradise? No, no creyó que nadie pudiera llamarse así—.

—¿Perdona? —respondió él dubitativo. Lo último que quería era quedar como un idiota delante de ella, pero realmente no sabía que decir.

—Que tengo poderes —insistió ella.

Andrés se recostó en el asiento y no supo qué hacer. Era considerablemente atractiva, sin duda, pero desgraciadamente la naturaleza no le había concedido el don de la salud mental.

—No estoy loca, Andrés —dijo ella, siempre sonriente—. Es verdad que tengo poderes. Puedo leer la mente.

Llegados a ese punto, Andrés supo que aquello era una broma pesada. En realidad, tenía sentido. Los tipos normales como él no eran bendecidos con la atracción espontánea que podían generar quienes estaban en el mismo nivel de la pirámide que ella. No es que lo envidiara, la vida daba muchas opciones al respecto, pero simplemente era algo que no sucedía.

Obvió responder y comenzó a mirar a su alrededor. Buscaba cualquier cámara que pudiera estar grabándolos. Quizás el capullo de su mejor amigo había tenido algo que ver.

Al ver su reacción, ella se rió.

—Nadie te está grabando y no, esto no es ninguna broma.

Él la ignoró y siguió buscando, hasta que, finalmente, se dio por vencido. Si había algún dispositivo cerca, se escapaba a su capacidad como espía. Decidió que la única opción sería seguirle el juego.

—Vale, está bien. Tienes poderes y puedes leer la mente. Venga, ¿en qué estoy pensando? —dijo él.

Ella lo contempló fijamente y después sonrió.

—Vas a conseguir que me ruborice, pero, si es lo que quieres —respondió ella. Acto seguido, se desabrochó los primeros dos botones de la blusa y dejó al descubierto parte del encaje que remataba el sujetador.

Andrés no podía dar crédito a lo que estaba sucediendo. Por un lado, estas cosas sólo ocurrían en las películas —en esas en las que los fontaneros recibían complementos salariales con cada intervención— y por otro… ¿acababa de leerle la mente? No podía ser cierto. No sólo había acertado lo que él deseaba que ella hiciera, sino, incluso, el número de botones que debía desatarse. Además, sabía su nombre.

Tenía que haber sido una casualidad. Le habría captado alguna mirada perdida al escote, aunque no recordaba haber dirigido ninguna, o quizás, simplemente, había ido a lo más obvio. Sin duda, se lo estaba inventando.

En ese instante, la fila de vehículos que tenía delante se puso en marcha. Dudó en pedirle que se bajara, pero, enseguida, comprendió que, en su fuero no tan interno, no se veía con fuerzas para echarla. Ella tampoco hizo ademán de querer bajarse y se limitó a observarlo, como si esperara a que tomara una decisión.

Finalmente, arrancó el coche y continuó por aquella avenida atestada de coches.

—Vale, no me crees —dijo ella, por fin, con cierta resignación. Ni siquiera se había molestado en ponerse el cinturón, pero, por alguna razón, el chivato del coche no los estaba atormentando con sus quejidos. Sin duda, tendría que llevar el coche al taller—. ¿Qué te parece si, para demostrarlo, jugamos a un juego?

—¿Un juego? —preguntó sin dejar de prestar atención a la carretera. El ritmo del tráfico era ahora algo más fluido. Sus pensamientos no dejaban de bailar, atropellados, entre su preocupación por llegar tarde al trabajo, que cada vez se iba diluyendo más; lo absurdo de aquella situación y la excitación que le había provocado con dos tristes botones—. ¿Por qué no me dices, antes, quién eres y qué haces aquí?

Ella se llevó el dedo índice a la comisura de los labios, como si meditara la respuesta. Aquel simple gesto sirvió para enterrar aún más cualquier preocupación que tuviera relacionada con el ámbito laboral. De hecho, ni siquiera tenía idea de qué hora era, ya que el maldito reloj, inteligente y de última generación, se había detenido antes. Le dio un par de golpecitos en el cristal, pero ni se inmutó. Hoy todo parecía romperse.

—Juega y quizás así sepas la respuesta —dijo ella, sin dar muestras de que fuera a ceder.

Él la miró unos instantes antes de volver a centrarse en conducir. Realmente tenía pocas opciones de decirle que no. El nacimiento de sus pechos, que aún se dejaba entrever desde aquel escote abierto sólo para él, y la reacción que le había provocado eran evidencias suficientes de cuál iba a ser su respuesta.

Él se limitó a asentir, a sabiendas de que estaba a punto de cometer una locura, aunque no tenía claro de qué tipo.

—Vale, el juego es muy sencillo —comenzó a explicar ella con expresión seria—. Lo único que tienes que hacer es pensar lo que quieres que haga y yo tengo que acatarlo, pero, por supuesto, no puedes decir absolutamente nada.

El corazón de Andrés se aceleró tanto que creyó que sería incapaz de sujetar el volante. Aquella propuesta absurda era casi como una fantasía diseñada para él. La situación se había vuelto aún más irreal.

—Has dicho que ibas a jugar, así que ahora no te puedes echar atrás —insistió ella.

—¿Puedo pensar cualquier cosa?

—Cualquier cosa… —dijo ella, sin apartar la mirada.

Él volvió a asentir. Seguramente, ahora sería cuando toda la broma se destapara y le explicaran que los habían estado grabando desde el principio, sin embargo, no pudo evitar que su deseo, más irracional y primitivo, fuera otro.

Se llamó imbécil por dejarse convencer de aquella tontería, aun así, cedió y pensó lo primero que se le vino a la cabeza.

Ella soltó una carcajada y luego se agarró las orejas con las manos, infló los mofletes y sacó la lengua. Cuando terminó de hacer aquella mueca, continuó riendo por la ocurrencia.

Andrés se quedó pasmado. No necesitó más pruebas para saber que aquello no era ninguna broma.

El calor acumulado por los dos, sumado al que ya había anteriormente, había alcanzado cotas insoportables. En ese instante, los astros confluyeron de nuevo a su favor —a partir de ese día, seguramente tendría una deuda con ellos de por vida— y el climatizador se puso en marcha por sí solo. Aunque ninguno de los dos le hizo demasiado caso.

Él decidió continuar con el juego y, esta vez, ella se tocó la nariz con un dedo. Volvió a dejar escapar otra sonrisa que, a medida que él la fue conduciendo con un orden y una intención más dirigidos —la nariz, los labios, el cuello, la intersección bajo la abertura del escote—, se fue tornando en un leve mordisco del labio inferior.

Andrés soltó un suspiro, apenas podía mantener la concentración en el volante. La vía por la que circulaba había pasado a un segundo plano y parecía que no tuviera fin. La acumulación de automóviles era igual o mayor que antes, pero, aun así, no dejaban de moverse. Por un momento, se preguntó dónde se habrían quedado todos los semáforos en rojo que, día tras día, lo obligaban a detenerse cada cierto tiempo, en un eterno compás. Sin embargo, aquello ahora no importaba.

Esta vez, ella, de la que aún desconocía el nombre, se puso de rodillas sobre el asiento, se desabrochó los botones del pantalón, se lamió dos dedos y deslizó la mano bajo aquellos vaqueros minúsculos. La tela dejó entrever la rutina de movimientos circulares que acababa de iniciar entre sus piernas, al principio despacio y luego más rápido. Aquella actividad, cada vez más frenética, era acompañada con gemidos tenues, casi contenidos, y balanceos sinuosos de las caderas.

Él la ordenó que no se detuviera y ella así lo hizo. En un momento dado, ahogó una exclamación y su cuerpo se tensó por completo. Después, se derrumbó en el suelo, sonriente, y la cara tan roja como su pelo.

—Ha sido… Ha sido increíble —dijo él, ahora sin apartar la vista del frente.

—Pero todavía no hemos terminado. Todavía no sabes quién soy —respondió ella y se incorporó de nuevo.

Ella se quedó mirándolo, mientras parecía esperar nuevas órdenes. Andrés no pudo evitar el tragar saliva, nervioso. Acto seguido, ella comenzó a desabrocharse la blusa. Cada botón dejado atrás era una pulsación más añadida a la frecuencia de su, ya de por sí, acelerado ritmo cardíaco —el reloj que había dejado de funcionar habría estado orgulloso de su nivel de actividad—.

El sujetador que había podido divisar antes y que lo había atraído con una fuerza incomprensible, cedió ante los hábiles movimientos de su dueña. Como no podía ser de otra forma, sus pechos, ahora acariciados por ella misma, eran todo lo perfectos que podía imaginar.

Andrés fue a decir algo, pero ella se lo impidió, colocándole un dedo sobre los labios.

—Tienes prohibido decir nada, ¿recuerdas? —dijo ella.

La carreteara se había vuelto extrañamente empinada. No recordaba que hubiera ningún tramo de esas características. De hecho, no estaba seguro de a qué altura se encontraban o de no haberse desviado del trayecto en algún momento. Una riada de taxis, coches, e incluso, camiones discurría hacia arriba y se perdía en un horizonte de asfalto al que se iban acercando inexorablemente. De fondo, podía escuchar un sonido que no supo identificar.

Nuevamente, ella quedó a la espera y al cabo de un rato, sonrió.

—¿Estás seguro? —dijo ella con un brillo en los ojos.

Poco después, se acercó, le lamió el cuello y le mordisqueó el lóbulo de la oreja. Deslizó una mano a su entrepierna y Andrés no pudo contener un suspiro.

Cuando esta vez, fue a él a quien le desabrochó el pantalón para dar cuenta de lo que allí pugnaba por salir, Andrés estuvo a punto de perder el carril y chocarse con otro vehículo que circulaba junto al suyo. En ese momento, se dio cuenta de que, hasta entonces, no se habían preocupado por evitar, en lo más mínimo, que nadie los pudiera ver. Mientras ella se inclinaba sobre su regazo y se introducía en la boca el resultado enhiesto de su excitación, comprobó que nadie parecía fijarse en ellos, como si fueran invisibles.

Ella comenzó a moverse y el placer lubricado que acompañó a sus desplazamientos lo obligó a reducir la velocidad para evitar tener un accidente. Le costaba concentrarse.

Siempre atenta a sus deseos, ella interrumpió un momento lo que hacía, se bajó tanto el pantalón como la ropa interior y, al cabo de un instante, volvió a arrancarle nuevos suspiros con la lengua y los labios.

Retiradas las barreras que se lo impedían, él le acarició las nalgas y las piernas, aquellas que lo habían obnubilado desde el principio, para explorar después la zona más íntima a la que ella le dio la bienvenida con un gemido. El calor y la humedad en los que se vieron acogidos sus dedos, junto con los sabios movimientos que ella le imprimía con la boca, lo condujeron al inevitable final del que ella no hizo ningún ademán por huir.

Una vez hubo terminado, ella se incorporó y se limpió la boca con el dorso de la mano. Aquel gesto, tan mundano, le sirvió a Andrés, aún sin aliento, como un colofón de todo lo sucedido, para darse cuenta de lo que se había negado a ver.

El ruido que había creído escuchar antes, ahora era claramente audible. Parecía proceder desde más allá de aquel repecho interminable.

—¿Ya sabes quién soy? —preguntó ella aún desnuda —maravillosa e increíblemente imposible—.

Andrés contempló el reloj, que había pasado de no funcionar a moverse en sentido inverso, como si cumpliera su deseo de prolongar aquel momento. En cierto modo, de eso iba todo aquello, de lo que él deseaba.

El rojo. El rojo era su color especial, el que dominaba en su mundo onírico, como en aquel prado.

—Eres mi sueño —dijo él, con una carga de certeza que equilibraba la misma cantidad de tristeza—. Estoy dormido y esto es un sueño lúcido.

Ella no sonrió, simplemente le acarició la mejilla con un cariño sincero.

Al llegar al final de aquella subida interminable, lo que se encontró fue un barranco en el que finalizaba, no sólo la carretera, sino toda aquella representación de una ciudad que su cabeza había construido para él —como el fin del mundo imaginado antiguamente—. A medida que avanzaban, los vehículos que tenía delante se despeñaban por aquel desfiladero antinatural y caían hacia una especie de trituradora colosal con dientes que le recordaron a los de un cepo gigante. Aquello era el causante del ruido que había escuchado antes. Más allá de todo eso, no había nada, sólo el vacío.

Un profundo pesar se apoderó de él y antes de precipitarse ellos también, se permitió una última mirada a aquella veinteañera de melena en llamas de la que nunca llegaría a saber su nombre porque, sencillamente, carecía de él.

Andrés Palacios permanecía ingresado en una habitación de hospital desde que, dos meses antes, un tratamiento experimental lo condenara a permanecer en un estado de somnolencia permanente. Lejos de las características de un coma o del subsiguiente estado vegetativo, la actividad superior de su cerebro parecía normal o incluso alta, pero con la imposibilidad de adquirir un estado consciente.

Su patología fue denominada como SFSP o síndrome de la fase del sueño permanente. Aquel nombre le habría encantado.

Jorge Serrano Celada

Safe creative - Déjame dormir - Jorge Serrano