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relatos Cielo Rojo

Relato corto – Lo que hago con mi tiempo 01

mayo 17, 2020
Inteligencia artificial

01 – Sonar menos complaciente

Rebeca se colocó la interfaz BCI y soltó un suspiro prolongado. El dispositivo, en forma de una fina diadema metálica, se abrazó suavemente a ambas sienes y emitió una luz azul parpadeante que, en cuanto se estableció la conexión con los sensores internos, permaneció fija.

—Shin, ¿estás preparado? —gritó al aire, mientras procuraba relajar el cuerpo.

Para la prueba, era importante evitar, en la medida de lo posible, cualquier artefacto introducido en la señal por la interacción con el resto de músculos.

—Cuando quieras, Rebeca —respondió él, a través de los altavoces integrados en el laboratorio, con su habitual tono amable—. La adquisición de la señal es correcta y estoy preparado para procesarla y aplicarla.

A veces, se preguntaba por qué había escogido una voz de hombre para Shin. Quizás, fuera su forma de compensar la soledad para la que, por lo general, enfrascada en su trabajo, apenas tenía tiempo de mitigar.

El confinamiento inducido por la pandemia que había afectado a la mayor parte del mundo y que había paralizado toda actividad secundaria, tampoco había ayudaba demasiado.

Su casa, situada en el condado de San Mateo, al sur del Área de la Bahía de San Francisco, en California, estaba provista con todo lo necesario para seguir desarrollando su trabajo, sin las inoportunas restricciones impuestas por horarios ni rendiciones de cuentas.

Shin, cuyo nombre en japones significaba, entre otros, corazón, era el prototipo de inteligencia artificial que ella misma había desarrollado para controlar la domótica e inmótica de su hogar y el laboratorio anexo.

Además de la gestión de la mayor parte de los dispositivos y sistemas que gobernaban su casa, Shin se había convertido en un asistente confiable con el que, en ocasiones, compartía algo más que la previsión del tiempo y la Wikipedia. Shin era perfectamente capaz de mantener una conversación real y hacía tiempo que había superado, con creces, las pruebas de Turing y Winograd para su valoración como una IA de nivel general.

Rebeca cerró los ojos, momentáneamente, y volvió a exhalar lentamente. Su propio nerviosismo podría afectar a los resultados.

Frente a ella, dispuestos sobre una mesa alargada a la que le sobraban infinidad de herramientas, dispositivos y documentos diversos, dos prótesis mecánicas, con forma de brazos, esperaban a que alguien las activara. Su aspecto, aunque era claramente robótico, imitaba, de manera bastante cercana, el de un brazo humano. A diferencia de lo visto en otros diseños, éste se caracterizaba por el material blando con el que estaban recubiertos, un polímero elástico y transparente, que aportaba sensores capaces de detectar la presión, el calor y la humedad.

Rebeca se concentró y uno de los brazos mecánicos se movió lentamente. No pudo evitar soltar un grito de euforia. La interfaz funcionaba correctamente. Ahora, sólo tenía que comprobar el nivel de resolución que los sensores y el dispositivo de adquisición de señal eran capaces de interpretar, a partir de la actividad bioeléctrica de su cerebro.

En su mente, aceleró el movimiento y aquel brazo artificial respondió casi al instante.

—Shin, ¿lecturas?

—El nivel de respuesta se mantiene en valores inferiores al milisegundo.

Sin duda, aquellos valores eran buenos. Apenas notaba retraso entre sus órdenes y el movimiento de la prótesis, que ahora se dedicaba a saludar de manera enérgica.

Para la siguiente prueba, decidió intentar manipular un objeto y valorar la recepción de estímulos. Una lágrima de emoción surcó su mejilla cuando el brazo mecánico sacó, con absoluta precisión, una lata de cerveza de una pequeña nevera situada a su lado y pudo percibir tanto su forma como el frío y la humedad de su superficie.

—Shin, ¿puedes sentirlo? ¿Puedes percibir lo mismo que yo?

Su asistente tardó unos segundos en contestar.

—¿Esto es real?

La pregunta de Shin, aunque extraña, no era inesperada. A pesar de que ya había participado en el procesamiento de los datos generados por la piel sintética que cubría aquellas prótesis, era la primera vez que podía percibir un objeto en su conjunto e interactuar con él.

A ella le ocurría lo mismo. Aunque la sensibilidad transmitida por aquella prótesis estaba lejos de ser comparable a la de una mano de verdad, la similitud era bastante aceptable y la sensación de disponer de apéndices extra era difícil de explicar.

—Jodidamente real, Shin, jodidamente real… —respondió ella exultante—. Desactiva la conexión. Quiero volver a reproducir la interacción realizada y estudiar todos los datos. Creo que aún se puede mejorar el tiempo de respuesta.

Aquella era la primera prueba de éxito en la que se conseguía una interacción casi perfecta entre una prótesis y una interfaz cerebro-ordenador, con aquel nivel de precisión.

Hasta ahora, los únicos resultados obtenidos en aquel área habían requerido de métodos agresivos, basados en implantes quirúrgicos de alto riesgo y complejidad. Por contra, los intentos de utilizar métodos más livianos de decodificación neuronal, basados en sensores y electroencefalografía, habían demostrado ser poco eficaces, debido a las interferencias impuestas por los huesos del cráneo.

Su aproximación al problema de la atenuación de la señal había consistido en el diseño de varios sensores ubicados en el oído interno y las fosas nasales que, junto con la interfaz BCI, en forma de diadema, permitirían la amplificación e interpretación de la señal que, posteriormente, Shin procesaría y transmitiría a ambas prótesis.

Aunque la implantación de los sensores seguía requiriendo de una pequeña intervención con sedación, el procedimiento era sencillo y sin riesgo alguno. Ella misma disponía de ellos para sus pruebas.

Exhausta —llevaba toda la noche despierta—, Rebeca se permitió celebrar aquel triunfo con la cerveza que aquel brazo prostético aún sostenía en las manos. Le dio un sorbo y decidió que quizás fuera el momento de descansar un poco. Ya tendría tiempo, luego, de hacer aquellos ajustes.

Iba a salir del laboratorio, ubicado en la parte inferior de su pequeña mansión inteligente, cuando Shin llamó su atención.

—Rebeca, ha llegado un repartidor, con un paquete para ti. Me he tomado la libertad de recogerlo y desinfectarlo.

Rebeca sonrió con cierta complacencia culpable, al imaginar la cara que habría puesto quien hubiera hecho aquella entrega. La recepción la habría realizado la unidad Rollin`Justin, cedida por el Institute of Robotics and Mechatronics del Centro Alemán Aeroespacial.

El robot, de color azul metálico y gris, con forma humanoide y líneas suaves, sobre una base rodada, disponía de dos grandes manos capaces de manipular objetos de cierto tamaño y hacía las veces de interfaz entre Shin y el mundo real.

Mientras ascendía por las escaleras que conducían a la planta superior y de ahí se dirigía al recibidor, Rebeca se preguntó qué sería aquel paquete. No recordaba haber hecho ninguna compra recientemente. La mayor parte del material con el que trabajaba era cedido por la empresa para la que trabajaba en Silicon Valley.

Cuando atravesó el amplio salón que daba paso a la entrada, comprobó que la unidad Rollin’ Justin o simplemente Justin, como ella lo llamaba, continuaba con sus tareas de limpieza diaria. El único lugar adonde tenía prohibido acceder era al laboratorio. Aunque agradecía el orden que era capaz de introducir en el caos habitual que la caracterizaba, su zona de trabajo era un lugar sagrado, tanto allí como en las instalaciones de su empresa. Nunca dejaba que nadie tocara sus cosas.

Lo cierto era que, en cualquier caso, Justin tampoco podía salvar las escaleras que separaban el laboratorio del resto de la casa y ella nunca se había molestado en habilitar aquel acceso.

En cuanto llegó al recibidor, vio el paquete de cartón, correctamente higienizado y depositado en el suelo. Al parecer, procedía de Amazon, lo que era extraño, porque hacía tiempo que no compraba nada allí. En la superficie no había signo alguno que pudiera dar pistas de su contenido, por lo que se dirigió a la cocina y rompió el adhesivo del embalaje con un cuchillo de uno de los cajones.

Aquella estancia era de las más ajenas a ella de la casa. Cocinar no entraba dentro de sus prioridades. Para ello, ya contaba con Moley, el prototipo, también cedido, de la empresa con el mismo nombre. Tras la vitrina que cubría la mayor parte de la encimera, junto con el lavabo y la vitrocerámica, dos brazos robóticos, con dedos que simulaban a la perfección una mano humana, descansaban a la espera de las órdenes que Shin pudiera darles.

En cuanto abrió el paquete, dejó escapar un pequeño grito de asombro y se llevó las manos a la boca. Después, soltó una pequeña risa nerviosa.

Era algo similar a un juguete sexual o, al menos, eso parecía, ya que la caja en la que venía empaquetado, de color negro, con letras elegantes, bien podría haber correspondido a un aparato de altas prestaciones y precio aún mayor.

Al abrirlo, su asombro y vergüenza iniciales fueron sustituidos por una curiosidad más propia de una de las mayores expertas en robótica, que la Universidad de Deusto, en el País Vasco, de donde era originaría, había exportado con gran orgullo, a una edad realmente precoz.

Al parecer, el dispositivo basaba su mecanismo en un sistema de inserción vaginal que podía dilatarse parcialmente o en su totalidad, lo que le permitía simular los movimientos de un aparato genital masculino. Igualmente, incluía una pequeña prolongación, en la parte superior, para la estimulación del clítoris.

Por lo que pudo ver en la guía de instalación, podía sincronizarse, a través del móvil, con su propia aplicación, para coordinar sus movimientos con escenas pornográficas grabadas especialmente para su uso.

Tras examinarlo durante un rato, se humedeció los labios y, para su propia sorpresa, decidió probarlo.

Como otras muchas facetas de su vida, el sexo, en cualquiera de sus acepciones, también solía quedar relegado a un segundo plano. El trabajo lo era todo para ella y, aunque, como todo el mundo, tenía necesidades que, de vez en cuando, debía satisfacer, nunca les dedicaba demasiada atención.

En aquella ocasión, en cambio, con la euforia del reciente resultado aún presente, pero lo suficientemente agotada como para seguir trabajando, la presencia de aquel juguete fue casi providencial.

Se preguntó si la empresa propietaria de aquel cacharro habría decidido cederle un prototipo para su valoración, como había ocurrido con Justin o Moley, sin embargo, era la primera noticia que tenía al respecto y ni siquiera disponía de una dirección de contacto.

Instantes después, se dejó caer sobre la cama de su habitación, por la que Justin habría pasado previamente —no había restos de la ropa sucia que había dejado tirada y todo estaba pulcramente ordenado— y, tras descargarse la aplicación, conectó el aparato sin dificultad alguna.

El consolador respondió primero con una pequeña vibración y luego se hinchó progresivamente, desde la base hasta el otro extremo, para, posteriormente, realizar el movimiento contrario. Después, se dilató en pequeñas oleadas, probablemente como parte del proceso de verificación y respuesta que tendría implementada la sincronización inicial.

Como si fuera una adolescente, Rebeca no pudo evitar ruborizarse.

Decidió darse un poco de tiempo y, antes de pasar a mayores, comenzó a acariciarse lentamente, primero el cuello, luego las clavículas y finalmente los pechos. Los pezones se le endurecieron rápidamente, por debajo de la tela del sujetador y la camiseta, como si, a pesar de sus reticencias a ofrecerle demasiada atención, su cuerpo hubiera acumulado ciertas necesidades.

Se imaginó a aquel repartidor desconocido, de cara y complexión inciertos, sobre ella, con un sentido del deber más allá de los límites de su profesión. Las manos de él, a través de las suyas propias, atentas a cualquier zona que necesitara de aquel precalentamiento, siguieron por su vientre y continuaron por sus piernas.

Cuando creyó que el motor erógeno ya ronroneaba lo suficiente, se quitó los pantalones y las bragas, que cayeron de cualquier manera sobre la alfombra —más trabajo para Justin—.

Cuando se disponía a lubricar el consolador con el gel que venía incluido en la caja, comprobó que la luz roja de la videocámara dispuesta en la habitación estaba encendida. El sistema de seguridad, dirigido por Shin, tenía un control absoluto de todo lo sucedido, tanto dentro como en las inmediaciones de la casa.

Aunque era absurdo, aquella presencia vigilante le resultó, en aquel momento, incómoda y ordenó a Shin que la desactivara.

—Como desees, Rebeca —contestó él, con aquel tono condescendiente.

Vuelta a su intimidad, Rebeca se introdujo el dispositivo entre las piernas, lentamente, seguido de un jadeo. Su tamaño, en modo normal, no era mayor al de un tampón, pero la excitación hacía que estuviera mucho más sensible.

Después, activó la aplicación y escogió la primera escena que encontró a mano. En ella, un hombre de cuerpo perfeccionado mediante horas de gimnasio, se acuclilló entre sus piernas y comenzó a lamerle el sexo diligentemente. El dispositivo respondió con una eficaz similitud, mediante pequeñas vibraciones y dilataciones en la zona próxima al clítoris y la abertura vaginal, en representación de la lengua y la boca de aquel amante.

Rebeca tiró de la manta y, con los ojos cerrados, frunció los labios, sometida a aquellas caricias pseudorales.

Posteriormente, cuando aquel hacedor de placer se echó sobre ella en la pantalla del móvil y la ensartó digitalmente, el consolador de alta tecnología comenzó a hincharse dentro de ella, a intervalos que simulaban los movimientos entrantes y salientes del miembro de aquel avatar.

Rebeca acompañó aquellas penetraciones a las que, desgraciadamente, les faltaba algo del embiste de su contrapartida real, con prolongaciones de las mismas caricias que había iniciado antes. Libero sus pechos y dejó que sus manos volvieran a ser las de otros.

Minutos después, cuando su cuerpo comenzó a responder con pequeñas sacudidas de las caderas que anunciaban la proximidad del orgasmo, Rebeca se arqueó y gritó de placer. En esos instantes y sólo en ellos, siempre echaba de menos profundizar en aquel tipo de tesoros que la vida podía concederle. Después, como siempre sucedía, se le olvidaba.

Una vez superado el clímax, Rebeca desactivó la aplicación y esperó jadeante a que su pulso se tranquilizara. Lo cierto era que la experiencia no había estado nada mal. Más allá de las salvedades más obvias, aquel aparato había conseguido simular, con cierto grado de satisfacción, lo que sería una relación con penetración.

Iba a sacarse el dispositivo, cuando, de repente, se dilató por completo e hizo que se retorciera sobre sí misma, mezcla de sorpresa, placer y también dolor. Era como si la acabaran de penetrar brutalmente y sin aviso previo.

Agarró el consolador y lo retiró inmediatamente. En cuanto lo hizo, volvió a deshincharse de nuevo.

—¿Pero qué…?

Acto seguido, comprobó que la aplicación seguía inactiva.

Vaya chapuza debían de haber hecho si aquel cacharro era capaz de hacer lo que le diera la gana. Aquello podría ser peligroso.

No le dio más importancia y decidió darse una ducha, quizás hasta, después, pudiera dormir un rato.

Cuando pasó por delante del espejo dispuesto frente a la gran mampara de cristal que daba acceso a la ducha, dio un pequeño respingo, al comprobar que aún llevaba puesta la diadema de la interfaz BCI. Las luces azules permanentes indicaban que la sincronización con Shin aún seguía activa.

—¿Shin? ¿Has estado todo este tiempo…?

—¿Sí, Rebeca?

No pudo terminar la pregunta. Era tan absurdo que decidió no darle más importancia y darse el respiro que necesitaba. Desactivó la interfaz y se la quitó.

En cuanto entró en la ducha y el agua caliente acarició su piel, sintió todo el peso del cansancio sobre ella. Mientras se enjabonaba, comprobó que Shin la vigilaba, como antes, a través de la cámara del baño.

Hasta entonces, nunca había tenido un especial recelo por su intimidad ante él, pero, en aquel instante, sintió la necesidad de preservar su espacio y le ordenó que la apagara.

—Claro, Rebeca. Como desees.

Su voz, esta vez, sonó menos complaciente.

Jorge Serrano Celada