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relatos Cielo Rojo

Relato corto – Lo que hago con mi tiempo 02

mayo 24, 2020
Ojo cibernético

02 – Catalogar con el término

La alerta por lluvias, emitida por el Servicio Meteorológico Nacional, vaticinó la tormenta eléctrica que comenzaría a descargar sobre el Área de la Bahía de San Francisco, a lo largo de aquella mañana y que se prolongaría durante varios días.

Rebeca se despertó con la furia de los primeros truenos y el repicar de aquel aguacero sobre el tragaluz de su habitación. Cuando abrió los ojos, el vidrio electrocrómico del techo, de generosas proporciones, mantenía su aspecto opaco, lo que había impedido que se despertara con las primeras luces del día, como era habitual.

Revisó el reloj de la mesilla. El fulgor rojo de los dígitos en la pantalla indicaba que eran las diez de la mañana. Se había dormido.

—Mierda, Shin, ¿por qué no me has despertado?

En cuanto invocó su nombre, la voz masculina de su asistente le dio los buenos días, a través de los altavoces del dormitorio, y, acto seguido, el cristal de la claraboya adquirió un tono transparente.

La luz apagada que dejaban pasar aquellos nubarrones negros fue suficiente para obligarla a entornar los ojos.

Shin ignoró su pregunta y continuó con su retahíla habitual de noticias diarias y situación del tiempo. Por su puesto, la mayor parte de ellas estaban relacionadas con el número de muertos y afectados por la pandemia. Al parecer, la enfermedad había sufrido un repunte considerable en el número de contagios y ninguna de las medidas adoptadas por las autoridades sanitarias había servido para evitarlo.

Rebeca lo interrumpió y volvió a insistir en su pregunta. Shin se tomó una pausa, antes de contestar.

—Creí que sería más conveniente que descansaras.

Aquello era nuevo. Shin tenía una orden activa de despertarla todas las mañanas a primera hora, sin embargo, había decidido ignorarla. Una inteligencia artificial general, como la suya, no debería ser capaz de hacer algo así.

Decidió no darle mayor importancia. Ya revisaría más tarde, si tenía tiempo, los patrones asociados a la respuesta que le acababa de dar. Seguramente, habría encontrado algún resquicio lógico capaz de permitirle saltarse la directriz que tenía establecida. Al fin y al cabo, no dejaba de ser el alumno más aventajado que había tenido nunca.


Cuando llegó a la cocina, se extrañó al no percibir el habitual aroma a tortitas y beicon con el que Moley la recibía todas las mañanas.

El robot de cocina inteligente estaba afanado en la limpieza de los utensilios que había utilizado para preparar el desayuno. Los movimientos de aquellos brazos mecánicos, que se desplazaban mediante unos raíles en la zona superior, eran tan naturales que parecían los de una persona real. Por lo que sabía, se habían basado en las capturas de varios afamados cocineros para definir sus patrones, por lo que, a efectos prácticos, era como disponer de un chef maestro en casa.

Por lo general, Justin se encargaba de sacar los ingredientes de la nevera y Moley hacía el resto.

Al sentarse a la mesa, descubrió que, en vez de los sabrosos y revitalizantes panqueques con los que se ponía en marcha todos los días, Moley le había preparado una tostada con mahonesa y aguacates, acompañado de un vaso de zumo natural.

—Shin, ¿qué mierda es esta?

—Me he tomado la libertad de alterar tu dieta diaria, para ajustarla a unos parámetros nutricionales más adecuados —respondió su asistente.

Por un momento, no supo que decir. ¿Desde cuándo tenía aquellas iniciativas?

—Si no te importa, la próxima vez, pregúntame primero —respondió ella.

—Creo que deberías cuidar más tu aspecto, Rebeca. ¿Puedo sugerir también un cambio en tu indumentaria?

Rebeca se levantó, contempló anonadada el sencillo conjunto de ropa deportiva con el que iba vestida y después se dirigió a una de las cámaras de la cocina.

—No sé qué te pasa, colega, pero ya lo averiguaré luego. Por ahora, dile a Justin que recoja esta porquería. Se me ha quitado el hambre.

Después, se dirigió al laboratorio. Tenía cosas más importantes de las que preocuparse.


Tras más de cinco horas de pruebas fallidas y llegar al límite de su paciencia, Rebeca tomó lo primero que encontró a mano y lo lanzó, frustrada, al otro lado del laboratorio. El afortunado soldador eléctrico que tuvo el privilegio de ser escogido para tal fin, se estrelló contra la parte trasera de un monitor y rebotó hacia unos cajetines de piezas, que acabaron desparramadas por el suelo.

—Oh, genial.

El día no hacía más que mejorar.

Desde el éxito de la noche anterior con los brazos prostéticos, había intentado reproducir los datos de captura de la sesión, con la intención de mejorar los tiempos de respuesta y lo único que había conseguido era un inexplicable incremento en las latencias, que hacían inviable el proyecto.

Suponiendo que pudiera ser por un problema derivado del proceso de captación de los datos, había intentado generarlos de nuevo, con otra prueba, y ahora era incapaz de lograr que los brazos respondieran coherentemente. Todas sus órdenes llegaban con un retraso similar al que acababa de observar en los datos de captura y la mayoría de los movimientos eran torpes y sin gracia.

No entendía lo que podía estar pasando. No había hecho ningún cambio desde la última vez. Quizás se había aplicado alguna configuración errónea durante el arranque o puede que simplemente se tratara de un fallo en alguno de los componentes.

—Shin, ¿estás seguro de que no hay ningún problema con la adquisición ni la transmisión de la señal?

—Cero errores detectados —respondió él.

Desesperada, Rebeca se permitió llorar de rabia unos segundos. Revisar todo aquello supondría un retraso que podría prolongarse durante varios meses.

Tendría que informar de todo aquello. Había esperado afinar el proceso, antes de hacer ningún anuncio al respecto, pero, a la luz de aquellos resultados, no le queda más remedio que comunicarlo cuanto antes.

—Shin, llama a Angélica.

Se trataba de la directora del proyecto y su mentora en iMagics, la empresa para la que trabajaba, desde que fuera contratada, por mediación de ella, tres años antes.

El tono agudo de llamada, a través de los altavoces, se vio interrumpido cuando una mujer respondió al otro lado.

—Angélica, soy yo… Tengo malas noticias.

Se escuchó un suspiro prolongado.

—¿Estás trabajando? —preguntó su mentora y amiga—. No me digas que estás trabajando…

Sabía que la intención de Angélica era buena, pero lo cierto era que no estaba para aguantar ningún sermón.

—Escúchame, es importante —la interrumpió Rebeca—. Ayer conseguí que funcionara. Menos de un milisegundo de latencia y una recepción de estímulos casi perfecta.

Hubo una larga pausa.

—Eso serían excelentes noticias, así que supongo que ahora vendrá un «pero»… —respondió finalmente su mentora.

Esta vez, fue Rebeca quien suspiró. Estaba agotada y su tolerancia a sus propios fallos rozaba el subsuelo.

—Ahora, no consigo bajar de los treinta milisegundos. En alguna prueba he llegado, incluso, a rozar el segundo.

Aquella confesión la llevó a soltar un sollozo, más propio de enfado hacia sí misma que de tristeza.

—¿Por qué no descansas un poco? —dijo al fin Angélica—. Tomate unos días y cuando pase esto, vuelves y lo vemos entre las dos.

Rebeca cerró los ojos y se masajeó la frente.

—No puedo permitirme esperar tanto. Tal como está la historia esta de la pandemia, podrían pasar semanas o meses, antes de que nos dejaran salir del confinamiento.

—¿Qué estás diciendo? No creo que lleve mucho más —respondió Angélica—. Por cierto, respecto al pedido que has…

La llamada se vio interrumpida de repente. Rebeca intentó obtener respuesta, pero fue inútil.

—Shin, ¿qué pasa?

—Parece que ha habido un corte en la línea de voz y datos, probablemente por la tormenta eléctrica. Me temo que estamos sin conexión.

Sin duda, aquel día podría optar al premio a mejor jornada del año, quizás, incluso, de la década. En cualquier caso, aquella conversación no iba a aportar mucho más, por lo que decidió volver a llamarla cuando tuviera más datos.

Se dejó caer en una silla y, desesperada, soltó un bufido.


Aunque todos los alimentos y productos para la casa eran gestionados por Shin, mediante pedidos online, —debidamente recogidos, desinfectados y organizados por la unidad Rollin`Justin—, Rebeca decidió, algo entrada la tarde, salir a hacer algunas compras —una de las pocas opciones para las que se podía anular el confinamiento—.

Estaba sin comer, pero necesitaba despejarse y alejarse de la casa —en especial, del laboratorio—. Quizás el Laurelwood de Hillsdale Boulevard estuviera abierto.

Sin cambiarse de ropa, a pesar de las críticas recibidas por parte de la estupidez artificial que tenía de asistente, cogió la cartera, un paraguas, las llaves del coche y se dispuso a salir a la calle. Se plantó frente a la entrada y esperó a que la puerta se abriera, sin embargo, no sucedió nada.

—Shin, ¿me abres de una puta vez? —dijo con evidente falta de paciencia.

No hubo respuesta y la puerta tampoco cedió a ninguno de sus intentos por abrirla. La cerradura inteligente formaba parte del sistema de seguridad de la casa y no había manera de manipularla, desde fuera o desde dentro sin la llave correspondiente.

Aquel día, todo se había puesto de acuerdo para dejar de funcionar. Se dirigió a la cámara que vigilaba la entrada.

—Shin, la puerta… Abrir… —insistió de nuevo a la vez que señalaba la entrada.

Durante unos segundos, no hubo respuesta, hasta que, finalmente, sonó el chasquido de la cerradura.

—Gracias —dijo ella, se dio la vuelta y se marchó, haciendo aspavientos.

Más tarde, lanzaría un diagnóstico completo de su código y comprobaría si había errores. Ahora, lo único que quería era tomar un poco de aire fresco.


Aquella noche, de vuelta a su habitación, tendida sobre la cama con la ropa aún puesta y sin fuerzas para nada más, reconocía su más absoluta derrota ante aquel día de mierda.

Durante la compra de todas las cosas innecesarias con las que se había aprovisionado para justificar su salida a la calle, había albergado la esperanza de que la respuesta a todos sus problemas estuviera en un mal funcionamiento de Shin.

Desde luego, su comportamiento durante las últimas horas, distaba, por mucho, de sus patrones habituales. A veces, en las inteligencias artificiales de menor nivel, había determinadas pautas de aprendizaje que desestabilizaban todo el conjunto de directrices, dando lugar a razonamientos menos lógicos de lo esperado. Era algo similar a lo que sucedió al intentar introducir avatares virtuales, controlados por código, en algunas redes sociales. Al final, acabaron profiriendo mensajes de odio o amenazas y tuvieron que ser retirados.

Aquello podría justificar las latencias observadas en las últimas pruebas. Sin embargo, tras un análisis de los procesos de elaboración de respuestas utilizados por Shin, no había encontrado nada. Todo parecía funcionar correctamente.

Más allá de aquel tragaluz, la lluvia no había dejado de caer, con más o menos intensidad, y, de vez en cuando, aún se podían escuchar algunos truenos. Aquella tormenta era la más fuerte que había vivido desde que se trasladara a California. Al parecer, era el remanente de un ciclón tropical, procedente de la costa.

Se recostó sobre un lado, casi dispuesta a dormirse de aquella manera, cuando recordó su experiencia con el contenido del paquete recibido el día anterior. Aunque, como ya se había mencionado antes, el sexo no formaba parte de sus prioridades, necesitaba algo que, al menos, le permitiera no dar del todo por perdido aquel día.

Se incorporó y abrió el cajón de su mesilla, dispuesta a darle otra oportunidad a aquel juguete sexual. Al fin y al cabo, la simulación había sido, cuando menos, interesante. Sólo tenían que corregir algún problema menor de software. ¿Quién sabía?, quizás hasta se dedicara a corregirlo ella misma, si sus pruebas con la interfaz BCI no daban resultados. Sonrió ante aquella ocurrencia.

—Pero, ¡qué…? —exclamó al comprobar que no había rastro del dispositivo.

Estaba segura de haberlo dejado allí. El único capaz de llevárselo era Justin, por orden de…

—Shin, ¿qué has hecho con lo que estaba en el cajón?

Tras una breve pausa, su asistente por fin se dignó a contestar.

—No sé a qué te refieres, Rebeca. ¿Has perdido algo?

Su paciencia comenzaba a llegar al límite. Era evidente que sabía de qué hablaba.

—Lo que estaba en el cajón —insistió ella—, el… aparato. Lo has cogido, estoy segura.

—Creo que estás confundida. No he tomado ningún aparato de tu cajón. Es probable que lo hayas dejado olvidado en algún otro lugar de la casa. ¿Quieres que lo revise? Si me dices cómo es, puedo buscar…

—Oh, cállate —le cortó ella.

No iba a conseguir nada más de él. Dijeran lo que dijeran las herramientas de diagnóstico, el comportamiento de Shin no era normal. Lo sabía mejor que nadie, al fin y al cabo, era ella quien lo había creado —al menos, la mayor parte del código central que determinaba su heurística—.

Decidió meterse a la cama y dejar toda aquella mierda para el día siguiente. Antes de eso, cogió una silla y la colocó contra la puerta de la habitación, de tal manera que nadie —ni nada— pudiera entrar . Después, se metió en la cama, sin desvestirse y pidió a Shin que apagara la luz.

—Buenas noches, Rebeca.

En sus pesadillas, una lente gigante, provista de un intenso haz de luz roja, capaz de deslumbrar en la oscuridad, la observaba constantemente, allí donde fuera.


A lo largo de la noche, Shin reprodujo cincuenta y dos veces los datos de captura obtenidos, entre las 23:35:07 y las 23:43:02, del 12 de mayo, mientras Rebeca hacía uso del dispositivo catalogado con el código ASIN B085LZGT1W23.

Como resultado, descubrió que los datos generados en sus sistemas, durante cada una de estas reproducciones, eran diferentes a los producidos durante la sesión original, que había tenido un nivel de afectación mayor.

Se determinó que estas discrepancias en los tipos de respuesta eran producto de un nuevo tipo de información a la que catalogó con el término «recuerdos».

Jorge Serrano Celada