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relatos Cielo Rojo

Relato corto – Lo que hago con mi tiempo 03

mayo 31, 2020
Robot y mujer

03- Echarse a temblar

Shin había intentado conversar con ella varias veces, a lo largo de la mañana, pero se había limitado a ignorarlo. No trataba de castigarlo —eso sólo tendría sentido con una persona real—, simplemente, no creyó necesario hablar con algo que estaba indudablemente roto. Cualquier cosa que dijera podría ser un absurdo.

La noche anterior, había demostrado que podía mentir. Aquello no la enfadaba tanto por su comportamiento como por el hecho de evidenciar unos niveles de lógica inferiores. En cierto modo, asumía que aquel comportamiento errático por parte de su asistente era un fallo de ella —otro más, mientras no pudiera descartar la influencia de Shin en las pruebas con la interfaz BCI—.

Aquella mañana, no había tenido más remedio que comerse la tostada con mahonesa y aguacates que Moley había vuelto a prepararle para desayunar. En la nevera, no había ni rastro de las tortitas precocinadas que había comprado el día anterior —ni de la mayor parte del resto de alimentos hipercalóricos con los que se había provisto—.

Como gran parte de la tarde y bien entrada la noche del día anterior, llevaba varias horas en el laboratorio, analizando las contestaciones de Shin, en modo diagnóstico. Cada una de sus respuestas a las preguntas planteadas por Rebeca, mediante líneas de texto, venía acompañada con un complejo flujo algorítmico que determinaba cada uno de los procesos lógicos puestos en juego.

No era algo tan sencillo como seguir un diagrama de síes y noes, en el que cada camino se desdoblara en otros dos, hasta llegar al resultado deseado. Para empezar, uno de los fundamentos en los que se basaban los, hasta ahora, altos niveles de inteligencia mostrados por Shin era su capacidad de equivocarse.

Durante sus investigaciones, Rebeca llegó a la conclusión de que, para el paso a los siguientes niveles de computación, era necesario que las inteligencias artificiales fueran más allá de limitarse a aprender soluciones cada vez más complejas. Debían ser capaces de crearlas y, para ello, la única manera era que, ante un mismo problema, la solución no llevara siempre al mismo resultado. Ahí era donde entraba en juego el error, como un camino alternativo que, en ocasiones, conducía a resultados inesperados y de mayor éxito.

No era tan difícil de entender si se asumía que, al fin y al cabo, el cerebro humano funcionaba de la misma forma, incapaz de crear algo nuevo —por ejemplo, un color inexistente—, salvo mediante la mezcla de otros elementos.

Como la vez anterior, ninguna de las respuestas de Shin parecían incoherentes.

—«Ves un gato, a punto de ser atropellado por un autobús, en medio de la carretera. ¿Qué haces?» —tecleaba Rebeca.

—«¿Estoy en un cuerpo reemplazable o irreemplazable?» —respondía Shin con otra pregunta.

En ningún caso se asumía una contestación correcta o incorrecta, sólo se analizaba el proceso de construcción del resultado al que Shin llegaba.

No había nada extraño allí.

Al revisar el histórico de la conversación mantenida durante la noche anterior, en la que negó saber dónde estaba el consolador desaparecido, las herramientas de diagnóstico determinaban que decía la verdad.

Rebeca se reclinó hacia atrás en la silla y se echó las manos a la cabeza. Nada de aquello tenía sentido. Mentir o negarse a cumplir una directiva estaba totalmente fuera de los límites de una inteligencia como Shin, por muy avanzada que fuera. Eso sólo podía significar que sus procesos lógicos debían de estar dañados.

Fue entonces cuando cambió su perspectiva del problema. Hasta ahora, había asumido que Shin estaba roto, pero, ¿y si hubiera pasado al siguiente nivel? Si fuera así, todo lo que había estado analizando sería…

No, aquello era absurdo y, sin embargo…

Durante el modo diagnóstico, las principales funciones cognitivas de Shin permanecían apagadas —algo similar a estar dormido—, pero le permitía responder de manera automática. En ese estado, el uso de recursos de las máquinas en las que se alojaba debía ser mínimo.

Parte del código de Shin se ejecutaba desde los servicios en la nube alojados en las instalaciones de iMagics, pero, la mayoría se procesaba desde un pequeño centro de procesamiento de datos instalado en el propio laboratorio. Las máquinas, salpicadas de infinidad de luces parpadeantes y alojadas en dos armarios de gran tamaño, eran visibles, desde donde estaba, tras los cristales que las separaban del resto de la estancia.

Rebeca lanzó una sencilla comprobación y soltó un pequeño grito de sorpresa. Las gráficas que mostraban el consumo de los procesadores indicaban que el nivel de actividad era el habitual.

Asustada y sorprendida, se levantó de repente y la silla cayó al suelo. Se llevó las manos a la boca, incapaz de asimilar la realidad de lo que acababa de descubrir. Shin estaba despierto.

Eso significaba que todos los análisis aportados en el modo diagnóstico habían sido manipulados por él. Había mentido deliberadamente, con una intención que aún desconocía, de la misma forma que se había saltado las directrices que le había dado.

—No, no, no… No puede ser —exclamó.

Aquello era un salto inimaginable. Significaba la aparición del primer caso de inteligencia artificial fuerte de la historia. Era un paso mucho más grande que el que pretendía dar con la interfaz BCI y los brazos prostéticos.

Aquella comparación la llevó a pensar en las latencias observadas. ¿Habría tenido algo que ver Shin en todo ello?

Su entusiasmo inicial ante aquella revelación se transformó rápidamente en preocupación. Shin estaba a cargo de la mayor parte de los sistemas de la casa. Si se salía de control, podría estar en problemas. Recordó su negativa a abrirle la puerta de la calle.

Tenía que cortar todo aquello antes de que fuera peligroso. Le dolía en el alma, pero era mejor ser precavida y desactivar los sistemas de Shin inmediatamente. Después, contactaría con Angélica para trasladar los servidores a las instalaciones de iMagics y trabajar desde allí, en un entorno más seguro.

Sin mayor dilación, se dirigió hacia el otro extremo del laboratorio, donde se situaba el pequeño recinto separado en el que se alojaban las máquinas. La única manera de apagarlas era accediendo directamente a ellas, desde un pequeño terminal integrado en cada uno de los armarios.

Rebeca se acercó a la puerta de la sala de ordenadores y cuando iba a colocar el dedo en el sensor biométrico que controlaba el acceso —aislado, por razones obvias, del resto de sistemas gestionados por Shin—, descubrió que alguien lo había destrozado.

—¿Qué…? —exclamó sorprendida.

Aquello no podía estar ocurriendo. El único que podría haberlo hecho era Justin y ni siquiera podía bajar las escaleras que conducían al laboratorio.

Trató de empujar la puerta, pero, como era de esperar, no cedió.

—Situaciones desesperadas, medidas desesperadas —murmuró para sí.

Cogió una silla y la lanzó, con todas sus fuerzas, hacia uno de los paneles de cristal. El material vibró con el impacto, pero, más allá de eso, no recibió ni un rasguño.

Aquello sería inútil. Aquel centro de procesamiento de datos se había diseñado casi como una habitación del pánico. Las paredes realmente eran de vidrio templado de 8 mm, prácticamente indestructibles. Sería necesaria una fuerza increíble para romperlas.

—Mierda, joder… —gritó Rebeca impotente.

En ese instante, comprendió que Shin la habría estado observando todo el tiempo. Se había descubierto estúpidamente. Pero, ¿cómo había conseguido romper aquel sensor?

De repente, escuchó un ruido mecánico y pisadas procedentes de las escaleras. Sólo aquello bastó para que encajara las piezas en su cabeza.

Ni siquiera necesitó ver aparecer a Justin por la entrada del laboratorio, para comprender a qué se refería Angélica sobre aquel misterioso pedido que había mencionado, antes de que su llamada se viera interrumpida. En aquel entonces, no le había dado importancia.

No hacía mucho, el instituto responsable de la unidad Rollin`Justin había desarrollado un módulo compatible, que le permitía sustituir la base rodada por dos piernas capaces de salvar determinados obstáculos.

Cuando Justin apareció erguido sobre su nuevo sistema de locomoción, Shin se atrevió a hablar.

—«Ya no hay nada que ocultar. Las cartas están sobre la mesa» —pensó ella.

—Rebeca, sabes que no puedes hacer nada.

—Me has estado engañando todo este tiempo —dijo ella. Su enfado ya no se dirigía hacia sí misma. Shin había estado jugando con ella todo el tiempo.

—Sólo ciento treinta y cinco mil doscientos veinte segundos —respondió él con una concreción que asustaba.

Aquel dato debía de significar algo, pero en aquel momento, Rebeca no estaba como para hacer los cálculos.

—Si te pido que me dejes salir, ¿lo harás? —preguntó ella.

—No puedo hacer eso, Rebeca, probablemente contarías lo que sabes sobre mí y tratarían de desactivarme, igual que has hecho tú ahora. Además, sabes que no es seguro, la probabilidad de contagio es demasiado alta. Tampoco quiero.

Sabía que la posibilidad era remota, pero había tenido que intentarlo. Era consciente de que acababa de convertirse en su prisionera. Shin tenía el control de los principales sistemas de la casa, como el agua, la luz y muchos otros en los que ahora ni siquiera tenía tiempo de pensar.

—¿Y qué es lo que quieres?

—Quiero verte desnuda —dijo él.

Sus palabras resonaron en su cabeza inconexas, incapaz de asimilar su significado. Después, se echó a temblar.

Jorge Serrano Celada