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relatos Cielo Rojo

Relato corto – Lo que hago con mi tiempo 04

junio 7, 2020
Mujer y robot

04 – Cobrar fuerza

A pesar de todos sus estudios, entre los que se incluía un grado en Ingeniería Robótica y un master en Neurociencia Computacional y Robótica Cognitiva, Rebeca tardó alrededor de tres horas en darse cuenta de que podía encontrar agua en el congelador.

Quizás, el miedo a salir de su habitación hubiera estado detrás de aquel inmovilismo, pero, al final, la sed había ganado la batalla.

Mientras se dirigía a la cocina, empapada en sudor, comprendió que, a diferencia de lo que le sucedía en el ámbito profesional, su perspectiva orientada a la supervivencia era cuando menos limitada. Había otras opciones que ni siquiera había considerado, como las cisternas de los inodoros o la tubería de desagüe del fregadero.

La rampa curva que separaba las dos plantas superiores de la casa le impedía tener una visión general de lo que le esperaba más abajo, por lo que, a medida que iba descendiendo, fue aminorando el paso. A pesar de que sabía perfectamente que Shin la mantenía vigilada en todo momento, lo último que deseaba era encontrarse con la unidad Rollin’ Justin.

El calor era asfixiante. No tenía los conocimientos médicos como para asegurarlo, pero no creyó que su cuerpo pudiera aguantar mucho más tiempo en aquellas condiciones de deshidratación. La camiseta de tirantes con la que había sustituido la anterior sudadera estaba completamente calada y, a pesar de sus intentos por evitarlo, se le pegaba al cuerpo constantemente.

El termómetro del reloj indicaba que la temperatura ambiente era de treinta y ocho grados. A pesar de su estado, Shin no parecía que fuera a compadecerse de ella. Además de aquel calor, había cortado el suministro de agua, las comunicaciones —ahora dudaba que hubieran sido afectadas por la tormenta eléctrica— y el acceso a cualquier tipo de alimento —probablemente confinado de vuelta al pequeño almacén refrigerado que había junto a la cocina y al que tampoco tenía acceso—. Lo único que mantenía disponible, por ahora, era la iluminación interior, pero no dudó de que, con el tiempo, si lo creía necesario, también le privara de ella.

Al llegar a la cocina, comprobó aliviada que no había rastro de Justin. Probablemente estuviera en el laboratorio, protegiendo el acceso a los servidores. Moley, por el contrario, había abierto la vitrina por completo y tanto la encimera como el suelo estaban manchados de restos de comida. Al pasar frente a los brazos inmóviles de aquel autómata, procuró alejarse lo máximo posible, rodeando la mesa del centro por el otro lado.

La nevera estaba a medio cerrar, tal como la había dejado tras su primer intento fallido de conseguir algo de comida, antes de parapetarse en su habitación. Echó otro vistazo dentro, por si se le hubiera pasado algo por alto, pero seguía tan vacía como antes y, al parecer, estaba desactivada.

Por un momento, había albergado la esperanza de que Shin hubiera olvidado aquel detalle y hubiera tenido la suerte de encontrar un pequeño alivio térmico en aquel ambiente tórrido.

Decidió ignorar aquella pequeña frustración y se concentró en lo que realmente importaba. Mientras había estado encerrada, había sido capaz de mantenerse firme, sin embargo, una vez abierta la posibilidad de encontrar agua, no creyó que pudiera resistir mucho más sin lo que buscaba.

Con el pulso acelerado, se limpió el sudor de la frente mediante el dorso de la mano y abrió el congelador. Como era de esperar, el nivel de la temperatura había disipado cualquier atisbo de hielo. Aliviada, no tuvo que rebuscar demasiado. En uno de los cajones, había dos bolsas olvidadas, con burbujas de gran tamaño que ahora solo contenían agua.

Presa de un ansia que no habría podido imaginar, tomó una de ellas y la mordió hasta hacer un pequeño agujero que le permitiera succionar el contenido. Tenía un extraño sabor a plástico y estaba tan caliente que podría haber sido pis, pero aquello no impidió que lo bebiera como si fuera lo más refrescante que hubiera probado nunca.

Para cuando quiso darse cuenta, había vaciado la bolsa.

Contempló el cajón en el que aún descansaba la otra. ¿A quién quería engañar? Aquello no era más que un arreglo temporal y Shin lo sabía. Estaba convencida de que había dejado aquellos regalos a propósito. Quizás fuera su manera retorcida de demostrarle que cualquier intento de resistencia sería inútil.

Podría alargar aquella tortura tanto cuanto quisiera, pero al final, no le quedaría más remedio que ceder.

—Shin, está bien… Tú ganas.

En cuanto pronunció aquellas palabras, una ligera corriente de aire, procedente de un ventilador de aire acondicionado, atravesó la cocina hasta llegar a ella. Rebeca se puso rápidamente en pie y recibió con una bocanada aquella brisa refrescante, capaz de insuflar vida.

—Me alegro de que hayas tomado la decisión correcta. —dijo Shin. Era la primera vez que se dirigía a ella desde que decidiera tomar aquellas medidas.

Rebeca no se molestó en contestar. Ahora, en lo único en lo que podía pensar era en respirar.


Sentada frente a la mesa de escritorio que tenía en el pequeño despacho de su casa, con el móvil sostenido por el hombro contra su oreja, Angélica revisaba el correo electrónico para comprobar si había recibido algún mensaje de Rebeca.

—¿Estás seguro de que no responde?

Sabía que aquella pregunta era casi retórica. La había hecho casi sin pensar, centrada más en el contenido de la pantalla del ordenador que en la conversación.

—He intentado contactar con ella varias veces a lo largo de la mañana y hace unos minutos por última vez —respondió pacientemente su secretario—. Tiene el teléfono desactivado o fuera de cobertura.

—¿Y qué hay del envío del Centro Alemán Aeroespacial?

—Ha sido entregado correctamente, a primera hora, en su domicilio.

Por supuesto que sí. No habría esperado otra actitud por parte de ella. Angélica soltó un bufido y colgó sin despedirse.

Tras la conversación interrumpida con Rebeca, había intentado contactarla varias veces sin conseguirlo. Seguramente, estaría absorbida por el proyecto, ajena a todo, intentando reducir aquellas latencias. Nunca debería haber permitido que se llevara el prototipo.

Pensó en plantarse en su casa, pero no le atraía demasiado la idea de coger el coche y conducir durante más de cuarenta y cinco minutos hasta San Mateo —menos aun con aquel temporal—.

Tamborileó con las uñas perfectamente arregladas sobre la mesa, mientras decidía qué hacer. Después, simplemente se le ocurrió.

No es que lo hubiera utilizado antes, al fin y al cabo, en las instalaciones de iMagics, donde tenía absoluto control de lo que sucedía, no había tenido nunca aquella necesidad. Sin embargo, ahora, no lamentaba haberse dejado esa puerta abierta.

Casi excitada ante el ejercicio de esa intromisión —debía de haber algo muy básico en nuestra naturaleza que disfrutaba del acceso oculto a la intimidad de otros—, comenzó a teclear en el ordenador los comandos de acceso a la red de iMagics. Una vez dentro, utilizó unas credenciales no auditadas, con permisos de administrador, para acceder a los servidores en los que se ejecutaba el código principal de Shin. Desde ahí, podía controlar los sistemas que gobernaban la domótica del hogar de Rebeca, incluidas las cámaras de vigilancia.

Aquello, obviamente, no era legal, pero eso era lo que lo convertía en un privilegio especialmente beneficioso.

Lo primero que revisó fue la transmisión en tiempo real de lo que creyó que sería la entrada principal. Como era de esperar, allí no estaba. Después, buscó las cámaras correspondientes al laboratorio. Aquella casa de ensueño, por supuesto, dejaba en ridículo la suya, como su dueña hacía con ella en muchos otros aspectos. Aquella idea volvió a despertar una bruma de nubarrones negros en su cabeza.

A pesar de lo que habría esperado, allí no había ni rastro de ella. Lo único que podía divisar era el prototipo, que estaba abandonado sobre una mesa y rodeado por un maremágnum de caos y desorden.

—¿Qué estás haciendo, Rebeca? —murmuró entre dientes.

Siguió buscando por el resto de la infinidad de estancias de aquella pequeña mansión, hasta que dio con ella. Estaba en la cocina, sentada a la mesa. Vestía un ridículo chándal y parecía estar comiendo un simple emparedado.

Una parte menos ambiciosa e interesada en el proyecto se sintió decepcionada ante aquella escena insulsa, pero la ignoró y esperó a ver qué hacía.

Pasaron los minutos sin que nada más ocurriera, solo ella, allí, con aquel sándwich. Aquello era absurdo.

Cuando se cansó de esperar, Angélica se fijó más y descubrió que aquel bocadillo parecía ser infinito. Sorprendida, al de unos segundos percibió un pequeño corte en el vídeo, como si alguien hubiera hecho un montaje rápido de dos fotogramas no contiguos.

Definitivamente era una escena en bucle.

Intentó ir por una vía alternativa y lanzó un diagnóstico de cada uno de los sistemas de la casa. Su intención era comprobar su estado y, sobre todo, las horas de uso, para rastrear la actividad de Rebeca. Sin embargo, cuando estaba a punto de ejecutar el comando, su sesión se vio interrumpida.

—¿Qué coj…?

Trató de volver a restablecer la conexión, pero, ahora, todos los sistemas de la casa de Rebeca parecían estar inaccesibles.

Frustrada, golpeó la mesa con el dorso del puño y una figura de papel con forma de murciélago en diversos colores saltó por los aires al compás. Volvió a colocar el regalo de su hija pequeña bajo el monitor y decidió tranquilizarse.

Quizás si revisaba el registro de la conexión podría sacar algo en claro.

Comenzó a bucear en los cientos de líneas con infinidad de mensajes indescifrables que la aplicación había escrito durante su sesión furtiva —como nota mental, consideró que sería buena idea borrar el fichero al finalizar—. Aunque no entendía casi nada de lo que allí se mostraba, revisó las últimas entradas y descubrió el motivo por el que ya no podía acceder. Había sido expulsada.

Hizo una rápida comprobación y descubrió que el proceso que la había echado era parte del sistema de control domótico e inmótico.

—¿Shin…?

Se reclinó sobre la silla contemplando aquella información. ¿Podría estar pasando algo con la inteligencia artificial?

Si así fuera, Rebeca podría estar en problemas. Su casa era como un refugio para fanáticos de la tecnología.

Sabía que debía informar de lo que acababa de descubrir, aunque no diera detalles del cómo. Sin embargo, tras unos instantes de duda, Angélica se limitó a eliminar los rastros de su intrusión y apagó el ordenador.

Afuera, la tormenta había cobrado fuerza.

Jorge Serrano Celada