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relatos Cielo Rojo

Relato corto – Lo que hago con mi tiempo 05

junio 14, 2020
Mujer robot

05 – Saber la respuesta

Una vez aclimatada la casa a una temperatura normal, Shin había tenido la decencia de concederle una ducha en la intimidad y permitir que se aseara.

Mientras disfrutaba del subestimado lujo que era dejarse imbuir por aquel agua templada, la cabeza de Rebeca no paraba de ir de una idea a otra. Por un lado, le aterraba lo que Shin tuviera preparado para ella. No creía que fuera a hacerle daño, pero a esas alturas realmente no podía asegurar nada. Por otro, no podía dejar de pensar en las implicaciones de su conversión a inteligencia de nivel fuerte. La curiosidad por saber cómo habría ocurrido aquel proceso la estaba matando.

La extraña confesión de Shin sobre la duración de su engaño, en respuesta a su comentario en el laboratorio, podía ser la clave de todo.

¿Cuanto tiempo había dicho? Ciento treinta y cinco mil segundos, unas treinta y siete horas. Eso se situaba, más o menos, sobre las once y media de la noche del…

Rebeca dejó caer el teléfono de la ducha, al darse cuenta del momento al que Shin había hecho referencia.

¿Su pequeña experiencia sexual con aquel aparato había provocado todo aquello? Sin darse cuenta, la interfaz BCI había permanecido activa en todo momento. Shin debía de haber recibido toda esa información durante su…

Rebeca se mordió una uña, pensativa. Su parte más inquisitiva comenzó a desplazar a la más aterrada. Si, al menos, pudiera analizar aquellos datos. Sin embargo, no creyó que Shin estuviera por la labor.

Expectante ante aquella idea, se apresuró a terminar de enjabonarse.

Cuando Rebeca llegó a la cocina, tal como le había ordenado Shin, comprobó que la interfaz BCI descansaba encima de la mesa.

Moley parecía esperarla, como si estuviera dispuesta a darle un abrazo. Aunque la vitrina seguía completamente abierta, los restos de comida que había visto antes habían desaparecido y ahora todo estaba perfectamente recogido. Incluso la nevera volvía a estar en funcionamiento, presumiblemente llena de comida.

Aquella especie de preparativos le provocó un nudo en el estómago.

El baño y la ropa limpia habían constituido un cambio revitalizante, sin embargo, llevaba sin comer nada desde el insípido sándwich con aguacate de aquella mañana y se moría de hambre.

Justin le había dejado preparado sobre la cama un vestido negro y corto de noche, que había utilizado en una ocasión para una cena de gala con varios empresarios del sector. Rebeca, por el contrario, había optado por unas mallas y la camiseta de manga corta más vieja que había podido encontrar.

—No te has puesto lo que he escogido, Rebeca —dijo Shin.

Ella se limitó a encogerse de hombros. Aunque la curiosidad la atormentaba, no estaba dispuesta a ceder tan fácilmente.

—Y ahora, ¿qué?

—Ponte la interfaz BCI. A partir de este momento, la llevarás todo el tiempo.

Por supuesto que sí. Eso era lo que él había estado esperando. Sus sospechas sobre el origen de todo aquello cobraban cada vez más fuerza.

Hizo lo que él decía y se colocó la diadema metálica en la cabeza, encajando perfectamente sobre las sienes. Las luces azules indicaron que, a partir de ese momento, su privacidad quedaría relegada a un simple recuerdo. Todo lo que percibiera y sintiera pasaría a ser procesado por Shin.

—¿Contento? —exclamó ella—. Necesito comer algo. Llevo en ayunas desde esta mañana.

—Eso tendrás que ganártelo, Rebeca. Acércate a Moley.

—¿Para qué?

Shin no contestó. Por un momento, estuvo tentada de negarse a hacerlo, pero sabía que sería inútil. Intuía perfectamente hacia donde se dirigía todo aquello. Quizás, por eso había decidido rebelarse con el atuendo. Un pequeño triunfo al que aferrarse, probablemente el último.

—De acuerdo, pero con una condición —dijo ella.

—No estás en posición de plantear condiciones, Rebeca. —Su tono era tan afable como siempre y, sin embargo, la intención de sus palabras era bien distinta.

—Si me resisto, tus datos estarán completamente alterados. No volverás a sentirme como la otra noche.

Eso debió de convencerlo, porque, tras una breve pausa, accedió a escucharla.

—Dejaré que me hagas lo que quieras y prometo no oponer ninguna resistencia, pero, a cambio, quiero analizar los datos y todas tus respuestas —dijo ella.

En aquellas palabras residía una fuerza difícil de explicar, tanto en la muestra de su determinación como en el sometimiento al que acababa de entregarse.

—Quieres estudiarme; saber cómo he despertado —dijo Shin.

La elección de aquel verbo no dejaba de ser curiosa y confirmaba lo que ella ya sabía desde que descubriera que él la había estado engañando.

Ella se limitó a asentir lentamente.

—Accedo a tus condiciones. Será como dices. Ahora, acércate a Moley.

Rebeca tragó saliva e hizo lo que ordenaba. Solo esperó que nada de aquello implicara dolor. Al menos, no uno demasiado intenso.

En cuanto se aproximó al robot de cocina, aquellos brazos se pusieron en marcha, mediante movimientos que podrían pertenecer a una persona real. Uno de ellos le apretó la cara con el dedo índice, como si pretendiera comprobar la tersura de su piel.

Los apéndices de Moley incorporaban sensores de presión, muy alejados de los incluidos en las prótesis que ahora descansaban en el laboratorio, pero útiles para la manipulación fina de objetos.

Luego colocó la mano al completo en su mejilla y simuló una ligera caricia. Su textura gomosa y rugosa resultó desagradablemente áspera.

Aquello no debió de convencer a Shin y retiró momentáneamente la mano, antes de dirigirla a uno de sus pechos.

Rebeca temió que le hiciera daño, pero cuando comenzó a masajearla, lo hizo con suavidad, casi elegantemente.

Cuando se hubo cansado de uno, se fue al otro, siempre con la sutileza de una herramienta capaz de manejar los ingredientes más delicados. Sin embargo, la experiencia se asemejaba más a una exploración médica que a un placer sensual.

Poco después, se retiró ligeramente, extendió dos dedos y los dirigió inexorablemente hacia su bajo vientre.

Rebeca sabía lo que vendría a continuación. Lo había esperado desde que él le dijera que quería verla desnuda. Ese momento había estado ahí, agazapado a que llegara su turno. Y, sin embargo, se sentía tan poco preparada como entonces.

Cuando la tela de las mallas, a la altura de su sexo, recibió la fría fricción de aquella mano artificial, procuró mantener la compostura.

A pesar de los intentos de Shin por encenderla, la situación y los nervios jamás lo permitirían. Por un momento, se planteó la opción de exagerar sus reacciones para satisfacer sus expectativas, sin embargo, aquello no tendría sentido. El BCI transmitía todo lo que pasaba en su cabeza y, por ende, en su cuerpo.

Cansado de seguir intentándolo, Shin le ordenó que se desnudara de cintura para abajo, sin darse la vuelta.

Rebeca giró la cabeza en silencio hacia la cámara que la estaba vigilando y después se bajó tanto las mallas como las bragas, hasta la altura de las rodillas.

¿Qué era lo que pretendía?

Su pregunta tuvo una pronta respuesta, cuando un sonido mecánico de pasos, ya familiar, se escuchó no muy lejos de allí.

Rebeca reaccionó tarde y Moley la sujetó por ambos brazos, antes de que pudiera huir, obligándola a reclinarse sobre la encimera. Ella se retorció y pataleó, gritando, pero era imposible liberarse.

—Lo que yo quiera y sin resistencia —parafraseó Shin, de repente.

Rebeca escuchó aquellas palabras y se maldijo por haberse metido en aquella situación. Pero, ¿qué más podía hacer?

Decidió tranquilizarse y esperó que todo pasara cuanto antes. Cuando se hubo calmado, Moley aflojó su presa, pero sin llegar a soltarla de todo.

Tal como había temido, Justin apareció desde el pasillo que conducía a las otras plantas con su nuevo andar pausado y poco elegante. Rebeca no tardó en comprobar que en las manos llevaba un objeto familiar. Era la caja negra desaparecida.

—Lo sabía —exclamó ella con una sonrisa cínica—. Maldito bastardo.

Moley la obligaba a permanecer recostada, por lo que no pudo hacer nada cuando el robot la embadurnó torpemente con el lubricante incluido en aquel paquete. Parte del líquido viscoso se escurrió lentamente por el interior de sus piernas y terminó empapando las bragas que ahora se tensaban en sus rodillas.

Instantes después, sin ver exactamente lo que hacía, Justin trató de introducirle el dispositivo sexual. Su destreza no era, en absoluto, comparable a la de Moley y falló sus primeros intentos. Procurando evitar que pudiera hacerle daño, Rebeca permaneció completamente inmóvil para facilitarle la tarea. Finalmente el robot consiguió acertar el tiro y aquella cosa se abrió paso dentro de ella. El ungüento con el que Justin le había untado hizo su función y entró sin dificultad alguna.

Rebeca suspiró aliviada.

Como la primera vez, el aparato estaba completamente contraído, por lo que su grosor era prácticamente anecdótico. Sin embargo, aquello cambió cuando Shin comenzó a controlarlo.

Las dilataciones que simulaban lo que sería una verdadera penetración se desplazaron al principio lentamente, como si Shin fuera consciente de la preparación que su cuerpo necesitaba para darles cabida.

Aquellos movimientos comenzaron a despertar en ella sensaciones que no creyó ser capaz de experimentar en aquella situación. Su respiración se volvió más profunda y acompasada. Para cuando quiso darse cuenta, sus caderas se movían al mismo ritmo y perdía el control sobre sus propios gemidos.

Sintió cierta culpabilidad por la traición de aquel placer incipiente, pero no podía controlarlo.

Como si pudiera leerle la mente —lo que, en efecto, así era—, Shin escogió el momento perfecto para iniciar la estimulación del clítoris, con pequeñas vibraciones de la prolongación que incluía aquel consolador. La experiencia fue extraña, pero no por ello menos agradable, ya que se entremezclaban las sensaciones del sexo oral y vaginal, todo en uno.

Rebeca cerró los ojos y agachó la cabeza, aún presa de los brazos de Moley, mientras aquel juguete seguía su rutina implacable.

Cada inserción dentro de ella parecía producirse a la velocidad y profundidad que su cuerpo necesitaba a cada momento. Lo mismo ocurría con las descargas que recibía en su parte más sensible.

Pronto, no hubo nada que ocultar. Se encaminaba irremediablemente hacia el orgasmo y, por lo que podía intuir, sería una de los más intensos que habría experimentado hasta entonces. Cuando por fin ocurrió, se encogió en medio de un grito ahogado que precisó varios segundos antes de poder ser vocalizado. Tal como temía, la experiencia consiguió palidecer la mayor parte de los escasos encuentros reales que habían salpicado su vida.

Una vez entrada en la fase de resolución sexual, ya más relajada, pero igualmente extenuada, Moley la liberó y el juguete sexual, contraído nuevamente, se le escurrió hasta caer al suelo.

—¿Y bien? ¿Era esto lo que querías? —preguntó ella, aún sin aliento.

Para su propia confusión, su aparente indignación era más pretendida que genuina. Era innegable que su cuerpo había disfrutado de lo que acababa de ocurrir, pero ¿acaso ella también?.

Tembló al comprender que él sabría la respuesta.

Jorge Serrano Celada