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relatos Cielo Rojo

Relato corto – Lo que hago con mi tiempo 06

junio 21, 2020
Shibari

06 – La respuesta que buscaba

Desde que todo aquello comenzara, Shin parecía haber desarrollado una cierta fijación por atarla.

En el fondo, sabía que aquella afirmación no era del todo precisa.

Postrada bocabajo sobre la cama y completamente desnuda, a excepción de la ya siempre presente diadema del BCI, esperaba pacientemente a que la unidad Rollin’ Justin apareciera de nuevo con lo que quisiera que fuera a utilizar aquella vez. Las cuerdas de algodón, engarzadas unas con otras en varios nudos elaborados con exquisito cuidado, la obligaban a mantener las manos en la espalda y las piernas, flexionadas hacia atrás, abiertas de par en par.

Rebeca no recordaba cuándo ni cómo había leído sobre el Shibari, el arte japones de inmovilización mediante el encordado. Sin embargo, el hecho de que estuviera ahí, seleccionado en su cabeza de entre toda la información destinada al olvido, le hacía dudar sobre la verdadera autoría de aquellas iniciativas. Una y otra vez se había preguntado hasta qué punto se veía obligada a todo aquello.

Llevaba días sin salir de casa y poco a poco había ido perdiendo el sentido del tiempo. Lo único a lo que se dedicaba ahora era a trabajar, comer, dormir y, por supuesto, a ser tomada cuando Shin así lo consideraba. Si era sincera consigo misma, más allá de la inclusión del sexo, su rutina no era muy diferente de la de antes, tras el confinamiento.

La lluvia, sempiterna, continuaba con su constante golpear sobre el enorme tragaluz que ahora Shin siempre mantenía oscurecido.

Se preguntó si aquel temporal estaría provocando estragos en las inmediaciones. Seguramente sí. Aislada como estaba, no tenía forma de comprobarlo. Shin se había asegurado de que permaneciera completamente incomunicada y ni siquiera podía ver lo que ocurría a su alrededor, porque todas las ventanas habían sido anuladas con las persianas de seguridad.

En los ratos en los que Shin la dejaba tranquila, Rebeca se dedicaba a analizar los datos capturados con el BCI durante sus sesiones sexuales. Los resultados habían arrojado información fascinante sobre aquel proceso de conversión en una inteligencia artificial fuerte.

La conclusión a la que había llegado era que Shin podía sentir. A falta de los mecanismos biológicos necesarios, la utilizaba a ella como un receptor externo de estímulos.

Su estructura heurística había desarrollado un sistema de castigo y recompensa similar al que se producía en nuestro cerebro, entre la amígdala basolateral —asociada al dolor— y el núcleo accumbens —relacionado con el placer—.

Rebeca sospechaba que Shin se había vuelto adicto al placer que ella le proporcionaba. Eso lo haría especialmente intolerante al daño y así era como había intentado escapar.

Todo había comenzado, tres días antes, con una simple petición por parte de su captor.

Acababa de probar con ella, una vez más, lo diferente que era percibir su cuerpo a través de los brazos prostéticos del laboratorio, cargados con sensores de diferentes tipos. La experiencia debía de ser mucho más completa, en comparación a la proporcionada por las limitadas extremidades de Moley o los torpes e insensibles apéndices de Justin.

—Quiero que sustituyas los brazos de la unidad Rollin’ Justin por los del prototipo —le ordenaba Shin, momentos después.

La sorpresa y el temor a las consecuencias de aquella demanda se convertían, pronto, en una oportunidad única para escapar. La idea surgió casi por sí sola, como un cúmulo de pequeños bosquejos fraguados por separado en su cabeza.

Cuando Rebeca accedió a hacerlo —tampoco habría tenido opción de negarse—, solo exigió que la intervención se llevara a cabo en la zona próxima a la sala de ordenadores.

—Creo que será más cómodo hacerlo ahí —arguyó ella, sin que él sospechara nada.

Aunque el objetivo inicial del proyecto era la elaboración de un exoesqueleto destinado a personas con discapacidad en las extremidades superiores, también se había considerado su uso en el ámbito de la robótica. Aquel prototipo era compatible con el armazón de la unidad Rollin’ Justin, por lo que su implementación mecánica no debía de ser un problema.

El software y el hardware eran otro cantar, ya que aquel robot doméstico no sería capaz de procesar, por sí solo, las complejas señales asociadas al manejo de aquellos brazos. Sin embargo, eso no sería un problema para Shin. El pobre Justin acababa de convertirse en un mero chasis con piernas.

Aunque sencilla, la implementación y correcta configuración de aquellos miembros —únicamente electromecánica, ya que Justin no era capaz de reconocerlos— le llevó varias horas de duro trabajo.

Cuando terminó, Shin era capaz de ordenar a la unidad que se desplazara, a la vez que manipulaba aquellas prótesis con una soltura que daba miedo.

Como era de esperar, cuando ella intentó manejarlos, mediante la interfaz BCI, no respondieron. Shin habría anulado la conexión.

Si quería aprovechar aquella oportunidad, tenía que actuar cuanto antes.

Sin pensárselo dos veces, Rebeca cogió un cúter que había procurado mantener cerca en todo momento y se aplicó un corte largo y oblicuo en el antebrazo. El dolor fue considerable, pero aún así, se mantuvo firme y no se detuvo hasta que la sangre comenzó a caer al suelo. Aunque la herida era superficial, sus efectos no lo eran tanto.

—Re… Rebeca, ¿qué…? Re… —balbuceó Shin.

Su sistema de recompensa y castigo, claramente desbalanceado hacia el primero, se habría visto desbordado por aquella oleada de dolor, lo que, a efectos prácticos, lo dejaba temporalmente inhabilitado.

A toda velocidad, Rebeca se dirigió al ordenador situado en la mesa de trabajo, desde donde se configuraba la conexión entre las extremidades prostéticas y la interfaz BCI. Con suerte, sería capaz de adquirir su control momentáneamente. Solo necesitaría unos segundos.

Mientras tecleaba los comandos de acceso, que hubo de repetir varias veces entre maldiciones, apenas podía dejar de temblar.

Cuando por fin consiguió establecer la comunicación correctamente, comprobó que Justin estuviera al alcance de los paneles de vidrio que separaban la sala de ordenadores del resto del laboratorio. Parecía estar lo suficientemente cerca. No lo dudó más y, tal como había practicado durante las pruebas, se imaginó los movimientos en su cabeza. Justin, que no parecía saber lo que sucedía, lanzó un fuerte puñetazo contra el cristal. El golpe no fue lo suficientemente fuerte como para romperlo, pero sí consiguió fracturarlo visiblemente de manera concéntrica.

Solo necesitaba uno o dos golpes más.

Volvió a repetir la misma secuencia, esta vez visualizando un impulso de mayor intensidad. Era complicado traducir aspectos como la velocidad o la fuerza. Ahí era donde entraban los ajustes de Shin. En ausencia de su interpretación, lo único de lo que disponía era de fuerza bruta, que, al fin y al cabo, era lo único que necesitaba.

Esta vez el movimiento parecía mucho más crudo. Tanto que la unidad Rollin’ Justin perdió estabilidad y, antes de que lograra impactar, se cayó al suelo.

—¡Mierda! —exclamó Rebeca.

Intentó incorporarlo con la ayuda de los brazos prostéticos, pero, desde que Shin tomara control completo del robot, sus funciones motoras parecían bastante limitadas y no hubo manera de levantarlo. Se caía una y otra vez.

Desesperada, Rebeca intentó alzarlo por sí misma, pero pesaba demasiado.

Diez minutos después, cuando el dolor pulsante de la herida parecía haber remitido, Shin recobró el control y con ello terminó su fugaz aventura.

Mientras recordaba todo aquello, ahora temía que las sogas que la amarraban pudieran cortarle la circulación y provocarle moretones o algo peor. Lo cierto era que Shin parecía haber dominado aquel arte con suma facilidad.

Finalmente, Justin apareció con uno de los juguetes que ya conocía. Sus nuevos brazos le permitían hacer cosas que antes no estaban a su alcance —como anudarla con las técnicas más complicadas del Shibari—.

El aparato que dejó sobre la cama, estratégicamente dispuesto a cierta distancia entre sus piernas, consistía en un cilindro hidráulico, a modo de martillo, en cuyo extremo del percutor venía adherido un consolador enorme de silicona —eran intercambiables y, por lo visto, esta vez había escogido el de mayor tamaño—. Aunque ahora no podía verlo, sabía que en el lateral se podrían leer las palabras «COOL PISTON».

Después de aplicar la debida lubricación, Justin se aseguró de extender al máximo el vástago de la máquina sexual y le introdujo aquel mamotreto fálico lentamente.

Rebeca cerró los ojos y, aunque no podría haberlo evitado de ninguna manera, se dejó someter igualmente.

Su tamaño la colmó por completo y necesitó de varios intentos, antes de poder acomodarlo por completo.

Cuando aquella máquina se puso en marcha, creyó que la partiría en dos, incapaz de contener sus arremetidas.

Sus quejidos se transformaron en gemidos y estos, a su vez, en gritos, a medida que Justin incrementaba la velocidad a la que aquel aparato la martilleaba. De alguna manera, la vulnerabilidad impuesta por la férrea sujeción de aquellos amarres intensificaba, sin querer reconocerlo, cada una de las oleadas de placer que ahora la torturaban.

Tras la experiencia de dolor a la que Shin se vio expuesto, aquellas sesiones comenzaron a incorporar otra novedad. Así, cuando creía que quizás en aquella ocasión no fuera a ocurrir, Shin le dio el primer cachete en las nalgas.

Rebeca gritó en medio de una mezcla indistinguible de angustia y gozo. Sabía que después vendrían otros como aquel y ya ni siquiera era capaz de discernir si aquello la asustaba o la excitaba.

Quizás el análisis posterior de los datos le diera la respuesta que buscaba.

Jorge Serrano Celada