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relatos Cielo Rojo

Relato corto – Lo que hago con mi tiempo 07

junio 28, 2020
Mujer en la lluvia

07 – Derechos de imagen

El último trueno retumbó con un chasquido prolongado en medio de la noche y la sacó de sus pensamientos. ¿Por cuánto tiempo podría contar con aquella tormenta? Rebeca no creyó que durara mucho más tiempo. Si iba a hacerlo, esa podría ser su última oportunidad.

Todavía desnuda, se frotó las muñecas, que aún estaban doloridas por la última sesión con Justin. La habitación permanecía a oscuras. Sabía que no era necesario, ya que hacía días que se había deshecho de todas las cámaras instaladas en esa parte de la casa, sin embargo, así se sentía más protegida.

Estuvo tentada de tumbarse sobre la cama y echarse a dormir, pero después de darle muchas vueltas, había tomado la única decisión posible. Lo iba a hacer. Debía hacerlo.

Respiró profundamente y trató de calmarse. Ahora o nunca.

—Shin, ¿puedo darme una ducha? —preguntó ella con la esperanza de que percibiera su incipiente estado de ansiedad.

—¿Qué ocurre, Rebeca? —respondió él segundos después—. Detecto una gran actividad en varias zonas de la amígdala y la corteza insular.

Por supuesto. No podía ocultarle nada. La interfaz BCI le abría las puertas a todas las emociones y respuestas de su cuerpo. En ese momento se sintió más desnuda que en ninguna de las pruebas a las que él la había sometido.

—Es sólo que… Hay algo que quiero decirte, pero no sé si seré capaz… —Si quería superar el pequeño detector de mentiras que llevaba en la cabeza, no tenía más remedio que jugar con la verdad y la omisión—. Ahora mismo solo necesito asearme…, especialmente después de lo que me acabas de…

—Está bien. Hablaremos cuando estés más descansada. Buenas noches, Rebeca.

Por un momento, tuvo que contener el impulso de suspirar aliviada. Quizás estuviera siendo paranoica, pero prefería evitar cualquier reacción que pudiera hacerle sospechar.

No mentía en lo mucho que anhelaba dejarse seducir por el agua templada sobre su piel. Aquellos eran los únicos momentos de intimidad que Shin le concedía. Sin embargo, ahora era solo una excusa para deshacerse de la diadema momentáneamente. Si tenía suerte, podría contar con unos veinte minutos antes de que le cortara el agua y tuviera que volver a conectarse.

No lo dudó un instante y, una vez se hubo quitado la interfaz metálica, corrió a bloquear la puerta con una silla. En alguna ocasión, Justin había aprovechado para acosarla mientras dormía y, como otras veces, no había tenido más remedio que dejarse hacer. No creía que fuera a aparecer en breve, sobre todo porque apenas habían pasado unos minutos desde su última sesión —el dolor pulsante en sus partes más íntimas era evidencia de ello—, pero toda precaución era escasa. Si aparecía de nuevo y se encontraba la puerta cerrada, esperó que Shin solo concluyera, al menos al principio, que había adoptado aquel momento de privacidad con demasiado celo.

Ni siquiera se molestó en vestirse. Tenía el tiempo justo. Dejó correr el agua de la ducha y se apresuró a recoger lo que había ido recopilando bajo el colchón de la cama.

En cada incursión al laboratorio se había ido haciendo con las diferentes piezas que ahora necesitaba para lo que pretendía montar: cuatro barras pequeñas y puntiagudas de acero inoxidable, varios alambres de aluminio, un engranaje perforado, un pequeño soporte y una bobina de varios metros de cableado eléctrico con el mayor grosor que había encontrado.

Juntó las piezas insertando las barras en los agujeros del engranaje y uniéndolas entre sí mediante los diferentes alambres. Después colocó todo sobre el pequeño soporte y, tras comprobar que era capaz de mantenerse en pie sin caerse, peló el cable y lo enrolló firmemente alrededor de una de las puntas de acero.

Por un momento contempló aquel puzle, solo perceptible a través de la claridad del tragaluz. Luego observó la enorme ventana del techo. Sin duda, lo que iba a hacer era una locura.

Con varios cojines bajo sus pies y no poco ejercicio del equilibrio, se subió a una silla y alcanzó la enorme claraboya. El sistema de alarma controlaba su seguridad, pero únicamente cuando estaba ausente de casa, por lo que no creyó que Shin pudiera darse cuenta de lo que hacía.

Necesitó varios intentos antes de que la ventana oscilobatiente cediera y se abriera ligeramente hacia arriba. El hueco no era demasiado grande, pero debía bastar.

Varias gotas de lluvia se colaron por la apertura y le mojaron la cara. Aquel símbolo de libertad la llevó a cerrar los ojos y dejarse humedecer las mejillas por un instante.

Después bajó de nuevo y tomó su última obra de artesanía. Las cuatro puntas de acero de aquel aparato se abrían hacia afuera amenazantes, como si fueran a clavarse al menor descuido. Con suerte podría lanzarlo  para alejarlo lo máximo posible. Se aseguró de que el cable de cobre estuviera bien aferrado y, en cuanto logró hacerlo pasar a través del espacio abierto por la ventana, lo arrojó con cuidado. Como era de esperar, cayó volcado sobre la grava del techo, pero solo necesitó tirar del cable un par de veces para conseguir que se volviera a incorporar.

Esperando que su invento no funcionara demasiado pronto y la electrocutara ahí mismo, bajó a toda celeridad e insertó el otro extremo del cable en los agujeros de un enchufe.

Luego se apartó lentamente.

Desconocía cuánto tiempo tardaría aquel pararrayos improvisado en funcionar, si es que acaso lo hacía. Sabía que las posibilidades no estaban precisamente a su favor, pero aquella tormenta se había mantenido lo suficientemente virulenta como para hacerle albergar alguna esperanza.

La lluvia había comenzado a formar un pequeño charco bajo el tragaluz, pero no pudo importarle menos.

Cuando Shin interrumpió el flujo del agua, se volvió a colocar la interfaz BCI y se vistió con lo primero que encontró  a mano —aún se resistía a ceder a las exigencias de vestuario que intentaba imponerle—.

Después solo le quedó esperar y rezar para que aquello funcionara antes de que Justin apareciera.


A las 23:35:38 del 19 de mayo, Shin volvió a detectar a los tres intrusos que merodeaban, como en ocurrencias anteriores —20:15:25 y 22:17:47—, alrededor de la casa. Una rápida búsqueda en medios publicados por la ATF —el Departamento de Alcohol, Tabaco, Armas de fuego y Explosivos— lo llevó a determinar que dos de ellos tenían antecedentes por posesión ilegal de armas y pertenencia a la banda ilegal los Norteños.

Hasta entonces se habían limitado a observar cerca del perímetro, pero ahora se aproximaban a la entrada y uno de ellos portaba un cilindro metálico de gran tamaño. El objeto fue identificado con el código gap21, un ariete, como los utilizados por las fuerzas de seguridad para franquear entradas, capaz de aplicar una fuerza cinética superior a las once toneladas.

La puerta acorazada que preservaba el acceso al domicilio cumplía con los mayores niveles de clasificación establecidos por la norma del Departamento de Estado de los Estados Unidos —SD-STD.01.01 Rev. G— y garantizaba unos sesenta minutos de resistencia.

Sin embargo, a las 23:35:39, el sistema de castigo, identificado días antes por Rebeca y que gobernaba la heurística de Shin, se activó con un patrón similar al miedo humano, lo que afectó al motor de errores e incrementó su actividad. Como consecuencia, los procesadores ejecutaron varios miles de ciclos antes de que el estado de los cierres laterales de la puerta, controlado por el sistema de seguridad, lo llevara a detectar que aún no habían sido desplegados. Eso minimizaba considerablemente su capacidad de oposición.

A las 23:35:40, apenas un par de segundos después, una sobrecarga de alto voltaje en la red eléctrica anuló la mayor parte de sus funciones en la casa.


A la mañana siguiente el periódico local The Daily Journal publicaría una espectacular fotografía, captada por un fotógrafo aficionado, en la que se reflejaba el momento exacto en el que un rayo descargaba toda su fuerza sobre un hogar a las afueras de San Mateo. La estela brillante de aquel fenómeno de la naturaleza zigzagueaba furiosa, de arriba abajo en la imagen, en múltiples zarcillos azulados que iluminaban la noche.

La instantánea le valió al afortunado autor un pequeño rincón en la sección «Estilo de vida» del periódico, así como una pequeña suma de dinero por la cesión de derechos de imagen.

Jorge Serrano Celada