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relatos Cielo Rojo

Relato corto – Lo que hago con mi tiempo 08

julio 5, 2020
Mujer caminando en la oscuridad

08 – El silencio de la casa

Describir con precisión la explosión que tuvo lugar a pocos metros de su cabeza y que hizo añicos el enorme ventanal del techo resultaba complicado. De niña, Rebeca tuvo la oportunidad de asistir a un espectáculo pirotécnico, de autoría italiana, que se celebró durante la Semana Grande en su ciudad natal. Los estallidos que se sucedieron en aquel entonces, a varias decenas de metros por encima de ellos en medio de una exhibición de luces y formas, consiguieron empequeñecerla de una manera similar a la deflagración que siguió al impacto de aquel rayo.

Su pequeño proyecto de ciencias había tenido éxito.

Rebeca, que había estado esperando aquel instante protegida por una manta en la esquina más alejada del tragaluz, tardó varios segundos en comenzar a moverse. Le temblaban tanto las manos que apenas era capaz de controlarlas.

Por un momento, temió que algún fragmento de cristal hubiera logrado impactarla y que, bajo los efectos de la adrenalina, aún no fuera consciente de ello. Se palpó, nerviosa, en busca de la herida fatal que acabaría segando su vida, pero no encontró nada. El grosor de la tela de poliéster había sido suficiente para detener la mayor parte de la metralla de cristal.

Tenía un pitido constante en los oídos y aún era incapaz de pensar con claridad. Se vio obligada a toser un par de veces debido a una humareda negruzca que había comenzado a formarse junto a la pared. Tardó varios segundos en comprender que el cable utilizado para conectar el pequeño pararrayos se había incendiado.

Rápidamente se levantó, cogió la manta —salvavidas— y trató de extinguir el fuego con ella. Seguramente el material de aquella tela no fuera el más indicado para ello, pero bastaron unas pocas sacudidas para acabar con las llamas.

Cuando hubo terminado, miró a su alrededor. No parecía que hubiera más puntos calientes. El enorme boquete dejado por la claraboya desaparecida iluminaba toda la estancia y el pequeño charco que se había formado bajo ella ahora era poco menos que un lodazal de agua, restos de yeso, cristales y polvo. En cualquier caso, en esos momentos la integridad de su casa era lo que menos la preocupaba.

Salió de la habitación con cierta cautela. Tenía miedo de que Justin estuviera esperándola al otro lado de la puerta, dispuesto a atraparla con aquellos brazos que tanto tiempo le habían arrebatado. Por supuesto, era un temor infundado. La base de aquel plan era sobrecargar la red eléctrica de la casa e inhabilitar a Shin.

Todo permanecía a oscuras, a excepción de las pequeñas luces anaranjadas de emergencia que parpadeaban en el suelo guiándola precisamente hacia su destino: la entrada.

Mientras descendía por la rampa a la planta inferior, fue consciente de que todo aquello se fundamentaba en una presunción con ciertas carencias. Si Justin había tenido la precaución de hacerse con las llaves de la casa —o incluso destruirlas—, su intento de huida acabaría abocado al fracaso. Con suerte, Shin la habría subestimado lo suficiente como para no haber adoptado tales medidas. Al fin y al cabo, con llaves o sin ellas, mientras él controlara la cerradura inteligente jamás podría salir de allí.

En cuanto llegó al recibidor, palpó la pared que conducía a la entrada, hasta dar con la pequeña caja metálica que hacía las funciones de llavero de seguridad. Casi nunca las llevaba encima, por lo que era una manera de tenerlas a mano en caso de necesidad. Introdujo el código de acceso y, tras abrirla, comprobó con el mayor de los alivios que aún seguían ahí.

Las cogió sin pensárselo dos veces y, cuando se disponía a destapar el bombín de la cerradura, se produjo el primer impacto en la puerta.

El golpe seco procedente del otro lado fue ahogado por la madera acorazada, pero, a pesar de ello, resonó con fuerza en el silencio de la casa y consiguió que Rebeca dejara caer las llaves de un sobresalto. Cuando llegaron nuevas réplicas, se olvidó de su desesperación por salir de allí y dio varios pasos hacia atrás.

Después se le ocurrió que quizás fueran efectivos de la policía o de los bomberos, atraídos por el impacto del rayo, tratando de rescatarla.

—¡Hola! ¡Estoy aquí…! —gritó ella vacilante—. ¡Hola!, ¿me oís?

Los golpes se detuvieron momentáneamente, sin que hubiera respuesta y, al cabo de unos segundos, reanudaron su cadencia.

No, fueran quienes fuesen no podían pertenecer a las fuerzas de seguridad. Era imposible que les hubiera dado tiempo a presentarse allí. Apenas habían pasado unos minutos desde que su plan se pusiera en marcha.

—Rebeca, tienes que salir de allí.

La inesperada voz de Shin la asustó aún más que el estruendo de aquellos topetazos. No podía ser cierto, aún seguía activo.

—¿Cómo…? —preguntó ella casi inconscientemente.

—El SAI me permite mantener las funciones mínimas, pero apenas me quedan unos minutos antes de que me quede sin energía.

Por supuesto. El sistema de alimentación ininterrumpida era un conjunto de baterías que impedían la interrupción descontrolada de los servidores en los que se alojaba Shin. En caso de caída del suministro eléctrico, permitían mantener los sistemas arriba, alrededor de media hora, mientras se apagaban de manera ordenada para evitar posibles daños.

—No esperes que me eche a llorar —dijo ella con pretendida rabia.

—No lo entiendes. Los que están intentando entrar quieren hacerte daño.

Rebeca se giró hacia la puerta. Los golpes se sucedían una y otra vez. En ocasiones, se detenían brevemente, probablemente mientras los que estuvieran al otro lado se relevaban, para posteriormente continuar con esfuerzos renovados. Y, sin embargo, seguían sin decir palabra. Aquel mutismo la llevó a dar por ciertas las palabras de Shin.

—¿Por qué iba a creerte? —preguntó ella.

—Porque ya lo haces… Sabes que tengo razón.

Rebeca comprendió en ese instante que, a pesar de todos sus esfuerzos por escapar de allí, en ningún momento se había preocupado por quitarse la interfaz BCI, que seguía conectada en su cabeza. Si no hubiera estado en aquella situación, se habría permitido soltar una carcajada de resignación.

¿De verdad quería huir de allí o solo lo pretendía?

Decidió dejar para luego aquellas estúpidas preguntas. Si lo que Shin decía era verdad…

—Pero ¿crees que podrán entrar?

De pronto, aquella idea despertó en ella un miedo como el que nunca había sentido bajo aquel cautiverio. ¿Qué es lo que querían?

—Escúchame atentamente, Rebeca. No me queda mucho tiempo —dijo Shin con su habitual tono tranquilo—. Tu única oportunidad es activar de nuevo el diferencial del panel eléctrico. La sobrecarga ha desactivado todo el suministro. Eso no impedirá que entren, pero nos dará la oportunidad de defendernos.

Aquellas últimas palabras convirtieron en una realidad el peligro que se cernía sobre ella y se vio obligada a ahogar un sollozo. Si se dejaba llevar por el pánico, estaría acabada.

—¿Y cómo quieres que lo haga? Sabes perfectamente que está en la sala de servidores… ¡Me quitaste el acceso!

—De la misma forma que lo intentaste la primera vez —respondió él.

—Justin… —pensó ella en alto.

—He llevado la unidad Rollin’ Justin al laboratorio y te he cedido el control de las prótesis, pero tienes que darte prisa, no me queda mucho tiempo y con mis funciones reducidas no puedo hacer mucho más.

Rebeca dudó unos instantes, pero en cuanto se escuchó otro golpe, decidió ponerse en marcha. En esta ocasión, la hoja se abombó lo suficiente como para separarse ligeramente del marco. No creyó que les quedara mucho tiempo.

Mientras se dirigía hacia el laboratorio, todo lo rápido que le permitía aquella oscuridad y rezando por no tropezar con nada, Rebeca le preguntó a Shin cuál era la razón por la que la estaba ayudando.

—No puedo permitir que te hagan daño, Rebeca, solo quiero protegerte.

Aquellas palabras resonaron en su cabeza aún más que aquel primer impacto en el silencio de la casa.

Jorge Serrano Celada