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relatos Cielo Rojo

Relato corto – Lo que hago con mi tiempo 09

julio 12, 2020
Mujer amenazada

09 – ¿Dónde estás?

El tiempo parecía haberse dilatado para Rebeca como si estuviera en una película reproducida a cámara lenta. Tras los que serían los últimos estertores de la puerta antes de ceder irremediablemente, el sonido de voces procedente del piso superior le llegaba distorsionado, casi desplazado hacia el grave. Una gota de sudor recorría su mejilla desde la frente y tardaba lo que podrían haber sido horas antes de precipitarse al vacío. Su respiración resonaba profundamente dentro de ella, inquieta y agitada, sin embargo, cada exhalación e inhalación se prolongaba en una corriente interminable. El haz de luz de su linterna capturaba cada mota de polvo que lo atravesaba en varias instantáneas que se sucedían a la misma velocidad que todo lo demás.

De repente, el laboratorio, su casa y cualquier distancia que pudiera haber entre sus atacantes y ella parecía haberse reducido a la mínima expresión.

Procuró alejar aquellos pensamientos. Si se dejaba llevar por el pánico, jamás podría controlar las prótesis de Justin, que ahora la esperaba pacientemente, como un fantasma, frente a la sala de servidores.

Dirigió la linterna a la grieta concéntrica que se dibujaba en uno de los cristales del panel que separaba la pequeña estancia del resto, allí donde había logrado golpear la última vez. Decidió intentarlo en ese mismo punto, al fin y al cabo, ya tenía parte del trabajo hecho. Quizás fuera suficiente con uno o dos puñetazos —si era capaz de manejar aquellos brazos—.

Trató de concentrarse y, para su desesperación, cuando intentó iniciar el primer movimiento, Justin ni siquiera se inmutó. ¿Se habría agotado ya el suministro del SAI?

—Debes tranquilizarte, Rebeca —le dijo Shin en ese instante. Eso significaba que el sistema de alimentación ininterrumpida aún seguía funcionando—. Tus patrones neuronales son demasiado erráticos.

Las voces sonaban cada vez más cerca. En cualquier momento darían con ella. Creyó percibir que hablaban en castellano, pero no estuvo segura.

¿Habrían entrado a robar? Quizás si comprobaban que aún estaba allí, la dejarían en paz y saldrían huyendo. No; sabía que después de lo que les había costado entrar, su presencia solo traería otro tipo de consecuencias.

—Puedes hacerlo —insistió Shin.

Cerró los ojos y trató de visualizar lo que quería que hiciera Justin, como si fuera ella misma la que estuviera ante aquella barrera infranqueable de vidrio.

Después, volvió a intentarlo y esta vez la unidad robótica respondió a sus ordenes. Más preocupada por conseguir que funcionara que por atravesar el cristal, el golpe hizo vibrar la pared, pero apenas contribuyó a incrementar la fisura ya existente.

—¡Por aquí abajo, he oído algo! —gritó uno de los intrusos.

Apenas le quedarían unos segundos antes de que la encontraran. ¿Y si la mataban allí mismo en cuanto la vieran? No, no; debía dejar de pensar de aquella manera.

Le volvían a temblar las manos, como tras el estallido que siguió al impacto del rayo. Agarró la linterna con fuerza, tratando de afianzarlas, y se centró en la sensación que acababa de tener al propinar aquel puñetazo. Solo tenía que repetirlo una vez más, pero con mayor amplitud para que el recorrido fuera mayor.

Cuando escuchó pasos desde las escaleras, lanzó otro golpe y en esta ocasión el cristal cedió en un puzle formado por miles de piezas. Innumerables fragmentos saltaron por los aires y Rebeca no pudo evitar soltar un grito de casi sorpresa.

Quienes estuvieran bajando a por ella se detuvieron por un momento y Rebeca no esperó a que decidieran continuar. Tomó la banqueta que había utilizado la otra vez para intentar inútilmente derribar el panel y, tras subirse a ella, saltó al interior de la sala de ordenadores.

Los cristales crujieron bajo sus pies. Las luces de los servidores aún parpadeaban en los dos armarios que se alzaban en medio de la oscuridad. Pasó entre ellos y se dirigió a la pared opuesta, donde debía de estar el panel eléctrico.

Necesitó varias pasadas de linterna y alguna maldición, antes de dar con lo que buscaba. En cuanto lo encontró, abrió la tapa que lo cubría y contempló los diferenciales que volverían a activar el suministro eléctrico. Tal como había imaginado, los interruptores se encontraban en la posición de apagado.

Las voces eran ahora claramente audibles. Intercalaban expresiones en castellano e inglés, y se posicionaban claramente dentro del laboratorio. Además, se divisaban varios haces de luz en lo que parecía la búsqueda de algo —o alguien—. Rebeca apagó la linterna y colocó el dedo en el primer pulsador, dispuesta a accionarlo.

Dudó un instante antes de hacerlo. Si lo activaba, todo volvería a iluminarse y la localizarían inmediatamente. Quizás si se agazapaba lo suficiente, bajo el cobijo de aquella oscuridad, se marcharan con lo que fuera que hubieran ido a robar.

—No puede andar muy lejos —dijo uno de ellos con acento latinoamericano—, tiene que estar por aquí escondida.

Aquel comentario fue como un mazazo de realidad. La estaban buscando. ¿Quiénes eran aquellos hombres?  ¿Qué era lo que querían de ella?

Su única oportunidad era Shin, pero ¿cuánto tiempo le llevaría volver a recuperar todas las funciones perdidas? Calculó que unos treinta minutos, lo suficiente como para que se llevara a cabo el apagado definitivo de los servidores y su posterior arranque. ¿Podría sobrevivir tanto tiempo?

Fuera como fuese, llegó a la conclusión de que no tenía otra opción y accionó todos los interruptores.

La luz se hizo de nuevo y el laboratorio se inundó de blanco. Todos los presentes, incluida ella, se vieron obligados a protegerse los ojos.

—Pero ¿qué…? —exclamó uno de ellos.

—¡Allí, al fondo! —gritó otro.

Cuando Rebeca pudo recuperar la vista, comprobó que un hombre se dirigía hacia ella. Acababa de saltar con facilidad hacia el interior de la sala, a través del hueco dejado en el cristal. Como los otros, vestía de negro; además, tenía la cabeza rapada y varios tatuajes en el cuello y la cara. Parecía bastante joven, apenas mayor para comprar alcohol, pero, por lo visto, no tanto como para portar el arma con la que la obligaba en esos momentos a salir de allí y regresar al laboratorio.

—«Ahorita sales de aquí, piruja» —dijo en castellano mientras la empujaba fuera.

En cuanto Rebeca cayó al suelo, otro de ellos, también con la cabeza rapada, pero mucho más mayor y con perilla, la agarró del pelo y la obligó a ponerse en pie. Después la apuntó en la sien con una pistola, sin soltarla en ningún momento.

—Me vas a escuchar bien, «pendeja» —dijo este entremezclando el inglés y el castellano—. Vas a hacer todo lo que te digamos. Pero todo, ¿eh? ¿Me has oído?

Rebeca apenas podía pronunciar palabra. Temía que si intentaba decir algo, la traicionaran los nervios y se desatara en sollozos y lamentos. Se limitó a asentir.

El tercero, pelirrojo y con la piel moteada por infinidad de pecas, se colocó frente a ella y trató de llamar su atención mediante saludos de la mano.

—Eh, tú…, por aquí… —dijo él con un acento europeo que no pudo identificar—. ¿Cuál es tu equipo de trabajo?

Por un momento no entendió el contexto de aquella pregunta y no supo qué decir.

—¡Contesta! —dijo el que la apuntaba con el arma, a la vez que le tiraba con fuerza del pelo.

Rebeca soltó un quejido de dolor.

—Tu ordenador —insistió el pelirrojo—. El que has utilizado para las pruebas…

Ella lo miró sorprendida. Aquello confirmaba que no eran simples ladrones. La habían estado buscando expresamente y conocían su investigación. Eso explicaba el hecho de que no se hubieran asustado al contemplar a Justin, que observaba la escena con la mirada perdida.

¿Venían a robar su trabajo? Aquello, por alguna razón, la enfureció más que cualquier invasión a su propiedad privada y decidió mantenerse en silencio.

Al ver que no respondía, el que la agarraba le dio la vuelta y la golpeó en la cara con el envés de la mano que sostenía el arma. Rebeca cayó al suelo desorientada y, antes de que pudiera recuperarse, su agresor añadió varias patadas en el estómago y en las costillas.

El dolor cobró tal intensidad que por un momento creyó que vomitaría ahí mismo. Finalmente, se limitó a toser entre arcadas, mientras se sostenía sobre las rodillas y las manos.

El pelirrojo se puso en cuclillas frente a ella.

—Venga, dímelo —insistió él de nuevo. Su tono era tranquilo y conciliador, como el que solía mostrar Shin, siempre ajeno a las circunstancias—. ¿Cuál es tu ordenador?

Mientras la interrogaban, el de los tatuajes en el cuello, el más joven, se dirigió hacia la salida del laboratorio.

—«¡Pendejo, haces caso al güero! —le gritó el que acababa de patearla—. Dinero, joyas y documentos. Y vas rompiendo todo lo demás».

En aquel instante supo que no estaban allí solo para llevarse su trabajo. Iban a matarla y a hacer que pareciera un robo.

El pánico amenazó con apoderarse de cualquier pensamiento lógico que pudiera restarle.

Necesitaba tiempo, pero por mucho que, aunque no quisiera reconocerlo, disfrutara de las sesiones de dolor y placer con Justin, no creyó que pudiera resistir ninguna clase de tortura.

¿Cuánto tiempo había pasado? No lo sabía, estaba totalmente desorientada. La diadema metálica, que aún seguía en su cabeza, mostraba, a través de su reflejo en los cristales de la sala de ordenadores, el piloto de conexión en rojo. Por otro lado, ninguna de las cámaras de vigilancia parecía estar activa. Todo eso significaba que Shin podría estar todavía en fase de arranque o, peor aún, de apagado.

Finalmente, cedió a las amenazas y señaló uno de los terminales ubicados en la mesa corrida que ocupaba el centro del laboratorio.

—Buena chica —dijo el pelirrojo aliviado y se dirigió al ordenador en el que Rebeca había pasado infinidad de horas dedicada a su investigación.

¿De verdad iba a acabar todo así, tirada en cualquier lado con un tiro en la cabeza y con el esfuerzo de su trabajo expoliado?

No o, al menos, no solamente. Al parecer, el de la perilla tenía otros planes antes. La obligó a ponerse en pie y después de contemplarla de arriba abajo, siempre con la pistola dirigida a ella, comenzó a sobarle las tetas por encima de la sudadera.

—«Quietecita, puta» —dijo él mientras se relamía los labios.

Rebeca se echó a temblar de nuevo.

«Shin, ¿dónde estás?», pensó ella.

Aquella pregunta, totalmente desesperada, saltó a su cabeza cargada con una ironía difícil de ignorar. Así todo, se aferró a ella. Lo único que podía hacer era esperar y rezar por que aquello no acabara demasiado pronto.

Aquel tipo repugnante comenzó a lamerle el cuello.

«¿Dónde estás…».

Jorge Serrano Celada