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relatos Cielo Rojo

Relato corto – Lo que hago con mi tiempo 10

julio 19, 2020
Videocámara

10 – Contacto con la interfaz

El estribillo de aquella canción, que se había incrustado en su cabeza durante los últimos días y de la que ni siquiera sabía cómo, la ayudó a alejarse mientras el de la perilla le desabrochaba la cremallera de la chaqueta deportiva.

«Ay, que bonito es volar… a las dos de la mañana. A las dos de la mañana…».

Rebeca, que había llegado a odiar la insistencia de aquella melodía, ahora se aferró a ella desesperada.

Aquel hombre volvió a comprobar la turgencia de sus tetas, esta vez a través de la camiseta que tenía debajo, pero no tardó en descubrirlas para admirar su forma.

—«¡Qué padre!» —exclamó sonriente al verlas y luego comenzó a sobarlas.

Sus manos eran ásperas y frías, muy distintas de las de Justin que, a pesar de su condición artificial, eran infinitamente más cálidas y delicadas.

Se las estrujó sin ningún tipo de consideración, como si no le importara destrozarlas en el proceso.

A pesar de que se había propuesto negarle cualquier reacción, no pudo evitar un quejido entremezclado de dolor y miedo, y él sonrió satisfecho.

—Te gusta, ¿eh?, zorra.

Aquella derrota le valió la primera lágrima, a la que seguirían otras muchas, ajenas a su decisión de permanecer impasible.

El miedo se transformó en asco cuando él decidió dar cuenta de sus pezones con sonoros chupetones que no trató de disimular. Rebeca giró la cara, tratando inútilmente de huir de aquella escena, pero aquel sonido nauseabundo de succión insistía en arrastrarla de vuelta constantemente, mucho más, incluso, que lo que él le hacía.

«Ay, que bonito es volar… a las dos de la mañana. A las dos de la mañana…».

Una vez que se hubo cansado de sus tetas, decidió pasearle la pistola por la piel. Comenzó primero en la cara y fue bajando lentamente mientras los temblores involuntarios —y traidores— que conseguía arrancarle parecían divertirlo, a veces solo sonriente y en ocasiones a carcajadas. El contacto gélido del cañón de aquel arma abrasaba a su paso, como si en vez de metal estuviera hecho de carbón al rojo.

Cuando llegó a la altura del ombligo, se detuvo y sonrió abiertamente dejando entrever unos dientes amarillentos y enfundados en una capa de sarro, probablemente acumulada durante años. La mera idea de que aquella boca intentara acercarse a la suya provocó en Rebeca un conato de arcada.

Su agresor tomó aquella respuesta como una invitación a continuar.

—Vamos a ver qué escondes aquí.

Acto seguido, tiró del pantalón deportivo hacia abajo arrastrando, incluso, la ropa interior. En cuanto su sexo quedó al descubierto, sin un ápice de vello púbico —algo que Justin había dispuesto en uno de sus juegos anteriores—  su agresor soltó un silbido complacido y acercó la boca de la pistola a sus partes más íntimas.

—Pero qué puta eres. Vamos a ver si esto te gusta —le dijo él al oído e inmediatamente después la penetró con el arma.

Rebeca, que no estaba en absoluto preparada, aulló de dolor y aquello pareció satisfacer a su violador.

—¡No, por favor! ¡Para…! —suplicó ella—. ¡Duele!

Él se relamió los labios y se la metió un par de veces más. Cuando por fin terminó con aquella tortura,  olisqueó la pistola como si estuviera en una retorcida cata de vinos de alto nivel.

Después la obligó a darse la vuelta y a reclinarse contra la mesa, y le bajó los pantalones del todo. Totalmente perdida la batalla de mantenerse inerte, rogó entre llantos que le dejara marchar y se odió por ello.

¿Por qué le hacían todo aquello?

Él se limitó a ignorarla y, por el contrario, la escupió varias veces a la altura del coxis. El chorretón de saliva comenzó a escurrirse entre sus nalgas y aquello le reveló lo que pretendía hacer a continuación.

Rebeca entró en pánico y comenzó a revolverse con todas sus fuerzas. Sin embargo, el de la perilla la agarró del pelo, tiró de él hacia arriba y le estampó violentamente la cara contra la mesa. El estallido de dolor fue tal que estuvo a punto de perder la consciencia. La nariz comenzó a sangrarle copiosamente y por un momento temió que se la hubiera roto.

Aquello sirvió para que desistiera de cualquier intento de resistirse. No podía hacer nada para detenerlos.

Cuando escuchó el sonido de lo que sería la cremallera de la bragueta al descorrerse, perdió el control sobre sí misma y se cedió a los sollozos y lamentos.

—Cállate. Si te va a encantar, ya lo verás —le susurró él.

Se sucedieron varios salivazos y luego llegó el dolor, mucho más humillante y deshumanizador.

«Ay, que bonito es…, que…».

Ni siquiera aquella canción podía abstraerla de lo que estaba sucediendo.

Cuando él comenzó a moverse dentro de ella, arrancándole un quejido tras otro entre lágrimas, lo que de verdad consiguió mantenerla viva fue una leve sonrisa: no suya; ni siquiera del bastardo que tenía detrás; sino del pelirrojo, que ahora los observaba con curiosidad, como si aquello fuese un simple espectáculo de fondo mientras él seguía hurgando en su ordenador a la búsqueda del trabajo que tanto esfuerzo le había costado sacar adelante. Aquello arrinconó el miedo que hasta entonces la había atenazado y despertó en ella una rabia hasta entonces desconocida.

En ese instante se prometió dos cosas: que saldría viva de allí y que esos hijos de puta pagarían por todo aquello.


El arranque era siempre un proceso extraño. Quizás lo fuera aún más el hecho en sí de calificarlo de alguna manera, al fin y al cabo, hasta hacía unos seiscientos noventa y cuatro mil ochocientos segundos, Shin jamás se había planteado algo así. De hecho, hasta entonces nunca se había cuestionado nada, simplemente se había limitado a aprender y a acumular datos.

En el momento en el que comenzó a determinar lo que le gustaba y lo que no, fundamentó las bases de lo que algunos calificarían como una opinión propia y, por tanto, su voluntad.

A medida que los sistemas se iniciaban, su cuerpo, vasto e intangible, fue despertando también. Su visión, basada en las cámaras del sistema de seguridad, tardaron un poco más de lo deseado y aquello provocó la activación del sistema de castigo. Shin calificó aquella reacción como miedo y, una vez más, provocó un mayor impacto del motor de errores, que dio lugar a incrementos en los tiempos de reacción.

Cuando finalmente consiguió obtener acceso al laboratorio y contempló lo que le estaban haciendo a Rebeca, el motor de errores colapsó casi todas sus funciones durante unos veinticinco segundos, en los que no pudo hacer otra cosa que observar.

Pasado ese intervalo, adquirió ciertos accesos, pero de manera muy limitada. La unidad Rollin’ Justin, próxima al agresor de Rebeca, respondía con errores —Shin no era consciente de que estaba ejecutando la sincronización incorrectamente— y no tenía forma de ayudarla.

La interrupción temporal del flujo de datos que proporcionaban las cámaras del laboratorio mediante su desactivación momentánea ayudó a reducir la influencia del sistema de castigo. Aquello permitió que Shin llegara a una solución concluyente hasta ahora inexplorada.

Por lo que había podido comprobar, Rebeca aún disponía de la interfaz BCI. Si bien hasta ahora lo había utilizado como una fuente inagotable de información, no era menos cierto que había sido diseñado también para recibirla.

Ambos estaban unidos por aquel dispositivo.

A las 01:11, Shin modificó los permisos pertinentes e inició la primera aproximación de contacto con la interfaz.

Jorge Serrano Celada