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relatos Cielo Rojo

Relato corto – Lo que hago con mi tiempo 11

julio 26, 2020
Mujer con ojos tapados

11 – A las dos de la mañana

Dos o tres empujones más profundos que el resto, acompañados por una suerte de gruñidos balbuceantes, sirvieron a Rebeca para concluir que aquel pedazo de mierda acababa de correrse dentro de ella. El asco o el miedo ya no tenían cabida en ella, solo un frío y profundo odio que estaba a la espera de la más mínima oportunidad para desatarse.

Había decidido que la mejor opción sería hacerse con la pistola de aquel cerdo. Con ella aparentemente sometida, como él creía que estaba, el muy hijo de puta se había ido confiando cada vez más y, en el fragor de la violación, había estado a punto de soltarla en un par de ocasiones.

Solo tenía que interpretar el papel de víctima un poco más, por lo que comenzó a suplicar de nuevo que la dejaran marchar.

El primer cambio en Rebeca se produjo poco antes de que el otro la obligara a incorporarse y decidiera encañonarla de nuevo.

Aquel habría sido el momento en el que su vida terminara abruptamente, poco después de que ella intentara zafarse inútilmente de él para quitarle el arma, en medio de un grito de rabia. Aquel amago de plan, más cargado de voluntad que de posibles resultados, terminaría casi antes de empezar. Su cabeza, capaz de las genialidades más avanzadas en ingeniería robótica, acabaría reventada por la región temporal superior, gracias al impacto de una bala de 9 mm disparada a bocajarro.

Sin embargo, previamente a que todo eso sucediera, llegó la primera imagen. Quizás denominarlo de aquella forma no fuera del todo exacto. Era distinto a lo que captaban sus ojos de manera directa. Si hubiera tenido que describirlo de algún modo, Rebeca habría explicado que era algo más próximo a un conjunto de datos que daban como resultado una percepción similar a la visión.

De repente, podía ver gran parte del laboratorio desde varias posiciones elevadas. Allí aparecía ella, tendida y semidesnuda sobre la mesa, mientras el calvo que acababa de violarla se recomponía los pantalones y el pelirrojo, que desde aquella perspectiva monocromática podría haber sido rubio o castaño, continuaba afanado en el robo de su trabajo.

En realidad, no era del todo cierto. Lo que podía captar iba mucho más allá de lo que sucedía en aquella habitación.

Cada uno de los rincones vigilados de su casa estaba a su completa disposición. Si se concentraba en ellos, podía visualizarlos —si es que aquella era la palabra correcta— sin dificultad. El tercer asaltante, el de los tatuajes en el cuello, se encontraba ahora en el salón, junto a la chimenea. Portaba un bate, que no dudaba en utilizar para destrozar cuanto se encontraba a su paso, a la vez que desordenaba el contenido de cajones y armarios, tal como le había ordenado el otro. Todo para que aquello pareciera un robo al azar.

Aunque no sentía un especial apego personal por nada de lo que allí había, el hecho de que un extraño anduviera entre sus cosas fue otra agresión a su intimidad, de la que, por desgracia, aquellos bastardos habían dispuesto a su antojo.

Sus nuevos sentidos ni siquiera se limitaban a lo que podía captar visualmente —o lo que fuera aquello—. Por alguna razón, podía determinar la temperatura de cada una de las estancias de la casa, que en el laboratorio era de veintiún grados, medio más de lo prefijado según la programación horaria a la que ahora tenía acceso. Al parecer, la depresión tropical que aún azotaba al norte de California había provocado un descenso general de los termómetros y el sistema de climatización se había ajustado automáticamente.

Desconocía cómo disponía de aquella información, de la misma forma que ignoraba por qué ahora parecía ser capaz de manipular las electroválvulas que regulaban el paso del agua o del gas, o de determinar el número de notificaciones por correos recibidos en su bandeja de entrada. Igualmente pudo descubrir que los datos de la pandemia habían sido manipulados por Shin para que parecieran más graves de lo que actualmente eran, probablemente para disuadirla de salir antes de que decidiera retenerla contra su voluntad.

Toda aquella cantidad ingente de información la abrumó de tal manera que apenas fue consciente cuando su agresor la obligó, efectivamente, a levantarse y le colocó la pistola en la sien. Los ojos de Rebeca miraban hacia ninguna parte, como si el trauma de aquella violación hubiera apagado de un plumazo toda la cordura que los iluminaba.

Su agresor, al verla en aquel estado, se mordió el labio inferior y negó con la cabeza.

—Qué lastima, joder —dijo él—. Lo que haría contigo.

Acto seguido, volvió a sobarle uno de los pechos desnudos y luego pareció prepararse para pegarle el tiro que en otras circunstancias habría acabado con su vida fulminantemente.

Como dato curioso, mientras Rebeca comprendía que aquellas capacidades procedían de su unión con Shin a través de la interfaz BCI, descubrió otro acceso que, dadas las circunstancias, le pareció adecuado utilizar.

Antes de que el de la perilla fuera a quitarle la extraña diadema de la que hasta entonces, más centrado en   sus otros atributos, no parecía haberse percatado, una extraña melodía de jaranas comenzó a sonar por los altavoces de toda la casa.

—«Ay, que bonito es volar… a las dos de la mañana. A las dos de la mañana…» —decía el cantante.

—Pero ¿qué…? —exclamó él y dejó de apuntarla directamente para buscar la procedencia de aquella música.

Cuando interrogó a su compañero, el otro negó tener nada que ver, con un encogimiento de hombros.

Rebeca, con un mayor control sobre toda la información que ahora la desbordaba, contempló fijamente al de la perilla, casi divertida por ser capaz de contrariarlo de aquella manera. Cuando este se percató de ello, se enfureció y volvió a apuntarla con el arma en la cabeza, a la vez que le tiró del pelo hacia abajo.

—¡Me vas a decir qué está pasando o te mato aquí mismo!

Ella se negó a contestar. Su amenaza era tan vacía como el incontestable hecho de que segundos antes ya había demostrado su intención de hacerlo. No había condicionales que evitaran lo que indudablemente habrían recibido el encargo de hacer. Por el contrario, decidió tocar otro acceso. Era como alargar la mano y pulsar un botón, salvo que el número de interruptores a su disposición parecía ilimitado.

—«Me agarra la bruja y me lleva a su casa… Me vuelve maceta y una calabaza…» —seguía cantando el intérprete de aquel son jarocho. Aquella parte se salía del registro que Rebeca tenía metido en su cabeza y, sin embargo, no podía ser más acorde.

Para cuando su agresor y violador, el hijo de puta que la había humillado de aquella manera, se giró al escuchar un extraño sonido de pasos mecánicos detrás de él, ya era demasiado tarde. Justin lo golpeó una única vez en el plexo solar, a la altura de la boca del estómago, pero con la fuerza suficiente como para alzarlo ligeramente en el aire y empotrarlo contra la mesa que había utilizado para follarla.

Ya en el suelo, su cuerpo se retorció entre espasmos de dolor, incapaz de respirar adecuadamente, mientras Rebeca lo contemplaba a su lado, recreándose con su agonía. Probablemente, tendría varios ganglios nerviosos destrozados y diversas hemorragias internas, que habrían afectado a su diafragma. Lo cierto era que no había pretendido acertarle en aquel punto exacto, había sido mera coincidencia, pero no habría podido escoger mejor objetivo.

Cuando el que ahora era su víctima —al que se le iba enrojeciendo la cara por momentos— estiró la mano como si pretendiera pedirle ayuda, Rebeca se la pateó y lo escupió llena de rabia.

Su compañero pelirrojo, que había tardado en reaccionar, incapaz de comprender lo que acababa de suceder, apareció poco más tarde con otra arma en la mano. En su caso, no parecía que estuviera especialmente acostumbrado a ella y cuando le disparó, erró el tiro por mucho, acertando a uno de los monitores que había detrás y que salió volando pesadamente hacia atrás.

Rebeca soltó un grito y trató de ocultarse tras la barricada del resto de mesas.

—¡No sé qué has hecho, pero no vas a salir de aquí! Lo sabes, ¿verdad? —dijo él con aquel acento extraño.

¿Sería neerlandés? No andaría muy lejos.

Aquello no era ahora importante. Necesitaba una ventaja y tenía infinidad de ellas a su disposición, así que simplemente apagó la luz.

No solo el laboratorio, sino toda la casa se sumió en la más absoluta oscuridad.

Por lo que le había parecido ver mientras la buscaban, ellos también disponían de linternas, sin embargo, no creyó que ninguno de los dos asaltantes que quedaban las tuvieran consigo en esos momentos o, al menos, confió en ello.

—Muy inteligente… o casi. Así estás tan ciega como yo y es cuestión de tiempo el que te encuentre —dijo el pelirrojo plenamente confiado—. Un ruido…, un paso mal dado… Aquí hay muchas cosas que pueden delatarte.

Aunque no debía de estar acostumbrado a ensuciarse las manos directamente, no parecía que tuviera problemas en aprender cómo hacerlo. No dudaba que si la pillaba acabaría con ella sin pensárselo dos veces, pero había una cosa en la que se equivocaba de pleno, ella sí podía verlo a él perfectamente.

Las cámaras de seguridad de toda la casa estaban provistas con visión nocturna y podía captar su posición sin problema.

Rebeca subió el volumen de la música.

—«¿Cuantas criaturitas se ha chupado usted…? Ninguna, ninguna. Ninguna, no sé…».

Cerró los ojos y dejó que los sistemas de vigilancia la guiaran. Sin hacer ruido, se dirigió hacia él por detrás y cogió un destornillador por el camino. Cuando estaba a pocos centímetros de él, recordó aquella leve sonrisa en su cara mientras el otro la violaba y le clavó con rabia el cuchillo improvisado en el cuello.

El pelirrojo soltó un grito de sorpresa y cayó de rodillas. Rebeca no desaprovechó aquella oportunidad y descargó el destornillador una, otra y muchas veces más. Algunas acertaron en puntos vitales, otras no tanto, dando en la ropa o incluso en el cuero cabelludo, sin embargo, para cuando terminó, exhausta, el experto pelirrojo de acento extraño, enviado para robar su trabajo, yacía en el suelo muerto y Rebeca tenía las manos embadurnadas en sangre con restos de piel y cabellos.

Finalmente, se dejó caer al suelo para recuperar el aliento.

Lo había conseguido, ya solo quedaba una rata. Por lo que había podido percibir, el disparo de su compañero no parecía haberlo distraído demasiado, probablemente convencido de que se había cumplido uno de los objetivos que los había llevado hasta allí. Ahora, sin embargo, trataba de orientarse sin demasiado éxito en el laberinto a oscuras de su casa.

Rebeca ordenó a Molly, el autómata de la cocina, que lanzara varios objetos al suelo.

Al escuchar el ruido de sartenes y cazuelas estrelladas, el de los tatuajes pegó un brinco y después de llamar a uno de sus compañeros, se dirigió lentamente hacia la cocina.

Molly fue guiándolo, poco a poco, con más objetos. El arsenal era casi ilimitado.

La rata ahora era como un ratoncito asustado y aquel ruido, el queso en la trampa que ella necesitaba.

Rebeca se dirigió hacia la planta de arriba.

—«Ay, que bonito es volar… a las dos de la mañana. A las dos de la mañana…».

Jorge Serrano Celada