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relatos Cielo Rojo

Relato corto – Lo que hago con mi tiempo 12

agosto 2, 2020
Oficina

12 – Le encantaba

A esas horas de la noche la única iluminación en su estudio era debida a la pantalla del monitor y al cigarro que ahora se consumía lentamente en el cenicero. Angélica consultó por cuarta vez en los últimos diez minutos la aplicación de mensajes que le habían indicado, para comprobar, una vez más, que la bandeja de entrada seguía tan vacía como antes. La habían engañado. Esa era la única conclusión posible.

De alguna forma, aquello le provocó un profundo alivio y se sorprendió por ello. Los quince mil dólares perdidos que había ingresado en forma de criptomonedas ni siquiera le importaron.

¿Por qué se había metido entonces en algo así? Por envidia, por supuesto. Lo sabía perfectamente, pero, al menos, se alegró de descubrir que una parte de ella aún no soportaba la idea de acabar con la vida de otra persona.

Esta vez había tenido suerte y todo se había quedado en una simple estafa. ¿En qué había estado pensando? Se reclinó en la silla, cerró los ojos y se masajeó las sienes.

Todo había comenzado como una idea, casi como una tentativa de las que se anteceden con un «solo por curiosidad». Después de varios días sin saber nada de Rebeca, bien podría haber sospechado que se trataba de otro de sus aislamientos obsesivos en los que desdeñaba cualquier tipo de colaboración.

¿A quién quería engañar? Sospechaba que no era cierto o, por lo menos, no del todo. Después de su percance con la inteligencia artificial que gobernaba la casa de Rebeca, sabía que algo más estaba sucediendo y que debía avisar a las autoridades. Pero no lo había hecho.

Quizás aquello fuera el germen que la llevó luego a investigar la posibilidad de contratar a un sicario en la dark web. Lo cierto fue que, a pesar de lo que había oído, aquello no era tan fácil como instalarse el navegador correspondiente y darle a un botón de oscuras posibilidades. Tuvo que indagar y rebuscar bastante hasta dar con alguien que la pusiera en contacto con otro que a su vez la derivara a quien quisiera que se escondiera tras el alias Red21 con el que se dio a conocer el que finalmente se puso en contacto con ella.

En sus crípticos mensajes a través de la aplicación de chat que ahora se obstinaba en permanecer en silencio, aquel desconocido llegó a ofrecerle diferentes tarifas por servicios que iban desde el jaqueo hasta el chantaje o el asesinato.

Tendría que haber terminado aquel intercambio allí mismo, pero era todo tan aséptico y tan sencillo que pronto se descubrió ingresando el dinero y redactando la petición de lo que quería exactamente. En aquel momento, la idea se transformó en algo real y el poder que desató la hizo sentir imparable. Así fue hasta que aquella noche ya no pudo dormir.

Volvió a consultar la aplicación de mensajería sin resultado. Se rio por su estupidez al dejarse engañar de aquella manera y decidió volver a la cama antes de que su marido se preguntara dónde estaba.

A la mañana siguiente, Angélica se dirigía apresurada hacia la sala Hogwarts, en la decimocuarta planta del edificio en el que se alojaba la sede de iMagics. Aquel era el lugar de reunión habitual de la Junta General de Accionistas.

En cuanto llegó a su despacho, su secretario le informó de que había sido convocada a una sesión extraordinaria programada para unos escasos quince minutos en ese momento.

La urgencia de aquella reunión o el que quisieran contar con ella no presagiaba nada bueno. Probablemente quisieran obtener información de primera mano sobre el proyecto Dédalo en el que Rebeca había estado trabajando —y por cuyo robo de datos había pagado a un sicario—. No tenía muy claro qué decirles, salvo que no tenía noticias de Rebeca desde días antes al final del confinamiento por la pandemia que había asolado el mundo durante meses.

Lo más seguro era que pusieran en duda su competencia como directora del proyecto por no haber informado de su desaparición.

Lo que fuera a pasar, lo superaría del mejor modo posible, como siempre hacía.

Dejó atrás el ascensor de paredes de cristal que permitían contemplar la magnífica vista de gran parte de Silicon Valley bajo sus pies y atravesó el pasillo que conducía hacia las dos grandes puertas que llevaban a la sala de reuniones.

Antes de entrar, se recolocó la falda estrecha del vestido, respiró hondo un par de veces y trató de convencerse de que podría con lo que fuera a venir.

En cuanto entró, sus ojos apenas se centraron en la enorme mesa ovalada a la que se sentaba una plétora de accionistas y directivos, muchos de los cuales le eran desconocidos; tampoco en la magnífica terraza ajardinada colindante, a la que era posible acceder desde las amplias cristaleras que flanqueaban la sala. Lo que de verdad llamó su atención fue la proyección en la pantalla gigante que se utilizaba para presentaciones y videollamadas. En esos momentos, mostraba a Rebeca, que esperaba en silencio desde lo que parecía ser el sofá del salón de su casa. No se le pasó por alto el detalle de que llevaba puesta la diadema de la interfaz BCI.

—¿Qué significa esto? —preguntó Angélica sin valorar el que pudieran pensar que se estaba poniendo a la defensiva.

De entre todos los presentes, Martha, la directiva al frente de su departamento, se dirigió a ella con su habitual tono pausado y calculado.

—Angélica, me temo que ha llegado a nosotros cierta información sobre ti que no podemos ignorar. Rebeca —dijo ella señalando a la pantalla— ha tenido la valentía de trasladárnosla y de acceder a estar presente en esta reunión; algo que le agradecemos enormemente.

El primer pensamiento que cruzó por su mente fue que quizás su intento de asesinato había trascendido de alguna manera. Pero eso no era posible. Todo se había hecho con el mayor de los anonimatos. A no ser… que quien fuera el tal Red21 la hubiera traicionado. Quizás la estafa fuera mayor de lo que pensaba y hubieran utilizado lo que ella les había pedido para contactar con Rebeca y trasladarle lo que sabían a cambio de más dinero. No, no, aquello no podía ser cierto.

Se planteó la opción de negar cualquier acusación y argumentar que todo formaba parte de algún plan elaborado por Rebeca para hacerse con su puesto. Al fin y al cabo, eran muchos los años que llevaba despellejándose por la empresa y su opinión tenía un peso y una credibilidad a los que una niñata como Rebeca ni siquiera podía aspirar.

—Lo siento mucho, Angélica —comenzó a hablar Rebeca antes de que pudiera decir nada—, pero he creído que tenía que contarlo. No sabía qué más hacer.

—No sé qué es lo que os ha dicho esta arpía, pero… —comenzó a decir Angélica antes de que Martha la interrumpiera con un gesto autoritario de la mano.

—Por favor, no nos avergüences más. Rebeca nos ha entregado suficientes evidencias como para no poner en duda su versión.

¿De qué estaban hablando? Era imposible que, por mucha estafa que hubiera detrás, Rebeca dispusiera de información lo suficientemente concluyente como para que ni siquiera le permitieran defenderse. ¿Qué estaba pasando?

—¿De qué evidencias estáis hablando? Es imposible que ella tenga nada que…

—¡Por favor! —gritó esta vez Martha a la vez que se ponía súbitamente en pie—. ¡En toda mi carrera profesional he sido testigo de gente vil y despreciable, pero es la primera vez que siento ganas de vomitar ante la presencia de alguien…!

Angélica se sorprendió ante aquella reacción. Era la primera vez que veía a Martha perder los nervios.

—¿Qué… evidencias…? —volvió a insistir Angélica.

En ese instante Martha cogió un abultado dosier, torpemente grapado, y lo estampó contra la mesa con un sonoro golpe.

—¡Accesos ilegales y sistemáticos a los servidores de la empresa para invadir la propiedad privada; muestras de vídeos y fotografías a empleados y clientes…! ¿Para qué los utilizabas?

En esos momentos, entraron dos miembros del equipo de seguridad de la empresa y la escoltaron para llevársela.

—¡Eso es imposible! ¡Fue solo una vez y ni siquiera dejé rastro…! —explicó absurdamente Angélica mientras intentaban llevársela.

—Y no solo eso… ¡Niños! —gritó aún más alto Martha—. ¿Cómo has podido! No hay nada más despreciable y repulsivo que la pornografía infantil.

—¿Qué…? ¡No, no puede ser!

No entendía nada de lo que estaba sucediendo. Aquellas acusaciones eran completamente falsas. ¿Acaso Rebeca había tenido algo que ver? Pero ¿cómo?

—¡Tu pertenencia a esta empresa queda desde este mismo momento rescindida y ten por seguro que trasladaremos a las autoridades pertinentes toda la información disponible para que respondas por lo que has hecho!

Angélica escuchó aquellas últimas palabras desde el pasillo, mientras los de seguridad la sacaban a rastras del edificio entre zarandeos y empujones, ante la atónita mirada de compañeros y empleados.

La prensa, durante el juicio que tendría lugar semanas después por los delitos de pederastia, pornografía infantil e invasión de la intimidad, no la trataría mucho mejor.


Tras la videollamada con la Junta General de Accionistas, Rebeca se estiró satisfecha y cerró el portátil con el que había atendido la reunión. Había salido mejor de lo que esperaba.

Después de dar cuenta de la última rata que se había colado en su casa, no tardaron en sonsacarle quién los había contratado. Tras la punzada de dolor que siguió a aquella traición incomprensible, llegó la rabia y el enfado. Aunque era imposible demostrar lo que Angélica había hecho —al parecer, el pelirrojo se cuidaba mucho de evitar cualquier conexión entre él y sus contratantes—, Shin no tardó en mencionar cierto acceso ilegal al sistema de videovigilancia de la casa cuyo origen sería el domicilio de Angélica.

Al parecer, se había guardado ciertos privilegios de sistema, fácilmente explotables por Shin para que pareciera que hubieran sido utilizados indiscriminadamente, relacionándolos con servidores de contenido de dudosa legalidad.

Tras aquel acto de venganza, llegó el momento de aprovechar la situación para presentar a los directivos y accionistas sus progresos con las prótesis, ahora en posesión de Justin. Los resultados impresionaron a la Junta, tanto para su aplicación en el ámbito de la ortopedia como en el de la robótica.

En una iniciativa que se podría considerar como poco protocolaria, Rebeca se atrevió a proponer un paso más allá en el proyecto Dédalo: el desarrollo de un cuerpo cibernético completo, integrado con la interfaz BCI y el sistema Shin que, a su vez, se distribuiría en infinidad de sistemas y dispositivos. Aquella idea, con potencial en los mercados empresariales y domésticos, pareció ser bien recibida y Rebeca obtuvo la aprobación para la elaboración de una propuesta firme de proyecto, junto con la asignación del puesto que antes ocupara Angélica.

Rebeca contempló el estado del salón y su ánimo cayó por un momento al nivel del suelo. Más allá de lo mostrado la cámara durante la videoconferencia, había pocas cosas que no hubieran recibido la atención de la tercera rata y su bate. Aunque Justin había estado trabajando durante toda la mañana —tras deshacerse convenientemente de los tres cadáveres, de los que ahora no había ni rastro—, aún quedaba mucho trabajo por hacer.

Decidió que antes de ayudar con la reorganización se daría una ducha. Mientras se dirigía hacia una de las habitaciones de invitados que ahora ocupaba —mientras la suya siguiera indispuesta—, supo, a través de la interfaz BCI, que había llegado un nuevo correo electrónico a su buzón. En él, una empresa especializada en productos de carácter sexual le pedía disculpas por el envío erróneo de uno de sus productos y le ofrecían la posibilidad de devolverlo o de que se lo quedara, sin coste alguno.

Rebeca sonrió y, tras desnudarse —diadema incluida—, se metió en la bañera con el agua a la temperatura perfecta que Shin había preparado previamente.

—Shin, ¿qué quieres que me ponga hoy? —dijo ella distraída.

—He dejado a tu disposición un conjunto sobre la cama. Espero que te guste, Rebeca.

Mientras el agua caliente se llevaba el cansancio acumulado de todos esos días y se olvidaba por un momento del trabajo que tenía por delante con su próxima investigación, lo siguiente que se preguntó fue qué le tendría preparado Shin para su sesión de aquel día.

Un cosquilleo en la entrepierna le llevó a darse cuenta de que estaba expectante. Quizás esta vez volviera a atarla.

Le encantaba que lo hiciera.

FIN

Jorge Serrano Celada