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relatos Cielo Rojo

Relato corto – Soñar con lluvia

octubre 20, 2019
Mujer bajo la lluvia

Aquella mañana de verano, el pequeño pueblo de Límite de la muralla, de poco más de mil habitantes censados y algunos cientos de foráneos, despertó con un aviso de riesgo por contaminación química, emitido por Protección Civil, en colaboración con el Instituto Nacional de Meteorología.

En las primeras informaciones facilitadas por los informativos de televisión, se alertaba del riesgo de lluvia ácida y se recomendaba el confinamiento en recintos aislados mediante el sellado de puertas y ventanas. Los programas menos preocupados por la veracidad no tardaron en hacerse eco de la noticia y se llenaron de expertos que opinaban sobre aquel fenómeno y sus posibles consecuencias.

Tras la confusión inicial y una avalancha de llamadas recibidas en el servicio de atención a la ciudadanía, se aportaron nuevos detalles que sirvieron para desmentir las comunicaciones iniciales y reducir, hasta cierto punto, el nivel de alerta.

A pesar de lo indicado en un principio, el riesgo de contaminación por lluvias, que era muy real, no parecía estar relacionado con la precipitación de gases disueltos de azufre o nitrógeno. A ciento cuarenta kilómetros de aquel municipio, uno de los laboratorios de la multinacional farmacéutica REYMA, con sede en Italia, había notificado que se había producido la emisión accidental de un compuesto basado en el darcin, una feromona proteica, cuyos estudios la relacionaban con las dinámicas de atracción sexual en ratones.

Aunque el riesgo parecía ser bajo, Protección Civil no dejó de recomendar prudencia y advirtió sobre las posibles consecuencias de la exposición a una sustancia cuyos efectos no parecían haberse estudiado en humanos.

Los mismos medios que, unas horas antes, habían dedicado sus espacios a debatir sobre los efectos de una posible lluvia ácida, ahora se afanaban por encontrar cualquier información que hubiera sobre aquella droga sexual.

Según la velocidad del viento, las previsiones meteorológicas auguraron que la masa tormentosa que transportaba el darcin disuelto precipitaría sobre la localidad en unas pocas horas. Para entonces, infinidad de curiosos habían acudido al pueblo, atraídos por la llegada de aquel maná erótico.

Alrededor de las siete de la tarde, comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia.


Cintia desconocía por qué había accedido a ir con su prima a aquel pueblo. Era una locura y, en cierto modo, muy poco propio de ella. En unos días, tendrían el examen de Álgebra y todavía estaban muy verdes. En cuanto aparecieron las primeras informaciones sobre aquella droga en el aire, las redes sociales bulleron con enlaces y comentarios de todo tipo. Pronto, se organizaron las primeras quedadas, en la parte alta de los restos del castillo que daba al nombre del municipio.

Aquel lugar estaba repleto de gente. La mayor parte eran estudiantes de su misma edad, universitarios que no habían perdido la oportunidad de una buena fiesta organizada a última hora. Todos esperaban la llegada de la lluvia mágica y para eso se habían pertrechado con botellas y tetrabriks de bebida. El olor a alcohol ya era omnipresente, así como el alboroto de cientos de conversaciones cruzadas.

Cintia apenas había tocada su vaso de «orgasmo». Contemplaba a su prima, que, como muchos otros, se dedicaba a dar saltos y a corear al viento, entre carcajadas, que viniera ya la lluvia.

En cuanto las nubes comenzaron a rociar su carga, acompañada de poderosos truenos que a la intemperie los hacía un poco más pequeños, la locura se desató y todo el mundo comenzó a saltar y a gritar. La lluvia era casi torrencial y, en pocos minutos, ya estaban empapados.

Ella, que no era de las que se dejaba llevar fácilmente, no pudo evitar contagiarse de aquella excitación colectiva y también comenzó a aullar. Al verla, su prima se acercó, la agarró de las manos y ambas brincaron juntas.

Cintia se dio cuenta de que no podía dejar de observarla. La camiseta con la que había venido, se le había hundido, como todo lo demás, y transparentaba parte del sujetador. Varios mechones morados —su última adquisición estilística— se le pegaban en la cara y no pudo evitar apartárselos con más cariño del que pretendía demostrar. Ambas se detuvieron ante aquel gesto y se miraron fijamente. Sus ojos azules tenían algo especial, una profundidad en la que se veía engullida como si fueran dos océanos sin fondo.

Cintia no pudo evitar abalanzarse sobre ella y la besó. Los labios de su prima, embebidos en aquellas gotas de lluvia, tenían un ligero sabor dulce del que deseó no desprenderse nunca. Temió que ella huyera horrorizada, pero, en vez de eso, respondió con ferocidad, devorándola, a la vez que la apresaba con los brazos.

A su alrededor, la gente comenzó a silbar y a lanzarse en vítores, sin dejar de saltar. Aquella extraña droga debía de haber comenzado a hacer efecto, porque, por alguna razón, ella, que siempre había vivido contenida, no dudó en continuar. Acarició los pechos de su prima, que eran pequeños y firmes, muy diferentes a los suyos. La otra desarrolló su propia iniciativa y la agarró de las nalgas, por encima de los vaqueros.

El alboroto de quienes las observaban, e incluso, filmaban, pasó a un segundo o tercer plano y, para cuando quiso darse cuenta, Cintia estaba siendo masturbada por su prima, quien le había introducido una mano bajo la cintura del pantalón, a la vez que le mordisqueaba el cuello que ella le cedió con placer.

Apenas se reconocía a sí misma, pero se aferró a la idea de que, en cierto modo, no eran responsables de lo que hacían.


Aquello tenía pinta de comenzar a desmadrarse y Mario se alegró de no haber faltado a la cita. Dos «pibas» habían comenzado a darse el lote delante de todo el mundo y, aunque había gente que las estaba grabando, no pareció importarles y pasaron a palabras mayores.

A su alrededor, más gente había decidido imitarlas. No lo pensó más y, envalentonado por las energías con la que los inundaba, literalmente, aquella droga, sujetó la cara de su compañero de habitación y le dio un beso. Fue algo totalmente espontaneo, pero no por eso menos alimentado durante meses de deseo. El otro, que hasta ahora no había dado indicios de ningún tipo de filia por su mismo género, se apartó sorprendido. Por un momento, Mario no supo dónde meterse. Acababa de salir del armario ante el que había empezado a ser su mejor y único amigo en la universidad. Las palabras «la has cagado, pero bien» se repitieron, una y otra vez, en su cabeza.

Pensó en huir y, cuando estaba a punto de hacerlo, su compañero lo agarró del brazo y esta vez fue él quien se lanzó hacia su boca. Mario pudo percibir, por fin, la fortaleza de aquellos músculos anhelados desde la lejanía, que tantas veces le había visto trabajar en la pista del campus. Lo acarició por todas partes, como si el tiempo fuera limitado. En cierto modo, así era, ya que no sabía hasta qué punto todo eso no sería fruto de aquella extraña lluvia.

Apenas fue consciente de la bacanal que se iniciaba a su alrededor. Aquí y allá, comenzaron a aparecer cuerpos desnudos, tanto de hombres como de mujeres, ajenos al agua que los calaba. A sólo un par de cabezas de él, una tía les practicaba una felación a dos «pavos» mayores que ella. Alternaba sus atenciones entre ambos, como si fueran dos helados a punto de derretirse.

Se dio cuenta de que él también deseaba aquel postre y, tras descorrer la cremallera del que ya no sabía si seguiría siendo su compañero de cuarto, se inclinó sobre él. Dejó que el olor a sexo lo embriagara y después se introdujo lo que buscaba en la boca, mientras daba gracias por el milagro de aquella lluvia de estrellas.


La locura parecía haber dominado a todo el mundo. Completamente hundida, Sonia no sabía dónde meterse. Intentó resguardarse bajo el arco de lo que parecía el portón de una bodega. Por lo que sabía, los fines de semana, mucha gente invadía aquella loma, como habían hecho ellos ahora, para beber, fumar y más cosas de las que no tenía demasiada experiencia.

No es que no lo hubiera intentado. De hecho, su presencia allí, al acudir sola, se podía calificar como un acto desesperado. Ardía en deseos por un buen polvo, pero su complexión rechoncha y de baja estatura no parecía ser suficiente para los estándares elevados del resto de tíos.

Contempló la escena que se desarrollaba frente a ella con no poco apetito ni menor amargura. Este mundo era tan injusto. A poca distancia, una chica de su misma edad, con un cuerpo asquerosamente delgado y perfecto, era follada por detrás por su pareja o, llegados hasta ese punto, quizás fuera un desconocido. A sus pies, en el suelo, otros dos —por supuesto, ella, socia igualmente del insigne club del mundo perfecto—, hacían lo mismo en la postura del misionero. No lejos de allí, pudo divisar un trío entre dos tíos y una tía.

Tenía porno para elegir donde quisiera, mucho mejor que el que solía consumir en su habitación y, aun así, la sensación de vacío era infinitamente mayor. Sin embargo, aquella enajenación también debió de empezar a controlarla. Su nivel de excitación bordeaba lo irresistible. Aunque tenía la ropa hundida, como los demás, podía notar su propia humedad, apenas oculta entre sus piernas.

Quizás fuera aquella feromona de la que todos hablaban o simplemente el ambiente, pero no pudo evitar soltarse el pantalón. Su barriga cedió libre y ella la maldijo en silencio, mientras su mano se deslizaba, con voluntad propia, bajo sus mejores bragas —una vocecilla en su cabeza se rió de sus pretensiones al acudir allí con aquel conjunto de ropa interior—.

Comenzó a afinar su mejor instrumento, como sólo ella sabía hacerlo —no es que nadie más lo hubiera intentado—. Con la mano libre, se acarició la cara, el cuello, los pechos, en una pobre imitación de otro ser humano y bastó para hacerla gemir.

Estaba con los pantalones a medio bajar, a sabiendas de lo mucho que dolería, después, aquella evidencia tan cruel de soledad, cuando un chico apareció delante de ella, totalmente desnudo. Su cuerpo parecía la carta de presentación ideal de uno de esos clubes a los que pertenecían las dos chicas que aún se tiraban a sus respectivas parejas. Como si precediera su llegada, su sexo apuntaba hacia ella, firme y palpitante. Su piel blanquecina brillaba bajo la luz de las farolas y estaba cubierta de infinidad de perlitas de agua.

Sonia se detuvo al instante, como si en aquella situación hubiera algo que ocultar. Supuso que la habría confundido con otra y que continuaría su camino, pero, en vez de eso, se acercó tanto, que pudo apreciar la dureza de su sexo en su muslo. Ajena a toda esperanza, creyó que él simplemente se burlaría de ella o cualquier otra salvajada que el destino le tuviera preparado, pero sin decir nada, él le pasó los dedos por los labios y luego se los introdujo despacio en la boca. Ella, que ardía por dentro, no protestó. Cerró los ojos y los succionó como si fuera lo que ahora se frotaba ligeramente contra ella.

Se dejó llevar, consciente de que, en cualquier momento, aquel hechizo demostraría ser una simple broma y acarició con lascivia aquellos pectorales lampiños y bien marcados. Después, agarró con las dos manos el resultado de su tensión y se sorprendió al comprobar que estaba caliente. Comenzó a masturbarlo y él la besó, para, acto seguido, obligarla a darse la vuelta.

La atrajo hacia sí por las caderas y le bajó las bragas. Sonia creyó morir. Su entrepierna latía encendida, expectante. Cuando la penetró y comenzó a martillearla, fue como si derribara miles de ladrillos de miseria y penuria. Se sintió más viva que nunca y gritó, —joder, que si gritó— y no sólo de placer.


La plaza mayor, que en otras circunstancias habría contado con algún alma que otra, era atravesada por varias filas de encinas, cuyas hojas ofrecían la protección perfecta contra el sol. En esos momentos, apenas servían para detener aquel aguacero y los charcos se acumulaban entre sus baldosas, ante la mirada curiosa de los vecinos, que se parapetaban bajos los soportales de los edificios de alrededor.

Mucho más temerosos que los jóvenes que habían decidido festejar la llegada de aquel chubasco, allá arriba, en la mota, los limitenses y veraneantes más adultos se limitaban a observar y comentar aquel espectáculo no especialmente llamativo.

Pasado un tiempo, uno de ellos, coronado con una boina de fieltro, se atrevió a dar un paso fuera del pórtico. Los que estaban junto a él exclamaron horrorizados y le pidieron que volviera. Él, hizo caso omiso y se quitó la gorra, para adentrarse más en aquella plaza, a la vez que recibía el agua con los brazos abiertos.

Todos permanecieron en silencio, mientras contemplaban a su vecino, del que esperaban que comenzara a retorcerse de dolor de un momento a otro. Los segundos pasaron y, en principio, no pareció suceder nada, hasta que, finalmente, una señora acudió en su búsqueda. Él, en vez de someterse a las peticiones de aquella mujer, se quitó la ropa, ante el asombro de todos, y gritó eufórico.

Amancio, de cincuenta y siete años, matarife de profesión desde que apenas levantara dos palmos, sufría de impotencia severa desde más tiempo del que le gustaría admitir. Ahora, en cambio, lucía una más que evidente erección, que no tuvo reparos en mostrar al resto de sus congéneres. Aquel no era un pueblo grande y los secretos no tendían a prosperar demasiado. Durante mucho tiempo, había tenido que soportar las burlas de sus vecinos, pero eso se había terminado.

Entre atónitos, temerosos y curiosos, otros residentes siguieron los pasos de aquel hombre. Poco a poco, su timidez se fue tornando en celebración y, pronto, hubo más gente bajo el agua que fuera de ella. Enseguida, presos de aquella droga que menguó su voluntad y encendió sus deseos más ocultos, pasaron de sólo desnudarse a compartirse los unos y los otros. Conocidos, familiares, amigos —y otros no tanto— se convirtieron en amantes y cómplices espontáneos de aquella orgía endogámica. Hubo de todo, hombres, mujeres y ancianos, pero en aquel mar de cuerpos, piel con piel, todos eran indistinguibles.

Días después, se emitió un informe sobre el análisis pluvial de las aguas captadas durante las precipitaciones recibidas tras la emisión del darcin. Al parecer, la virulencia con la que descargó aquel frente tormentoso, antes de alcanzar a la población, provocó la dilución del compuesto a niveles inferiores a una molécula por litro. A efectos prácticos, eso supuso que el agua de lluvia vertida sobre Límite de la muralla fuera completamente inocua, sin ningún tipo de consecuencia para los limitenses.

Sin duda, aquella noticia serviría para tranquilizarlos a todos.

Jorge Serrano Celada

Safe creative - Soñar con lluvia - Jorge Serrano