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relatos Cielo Rojo

Relato corto – La noche de Sinterklaas

diciembre 24, 2019
Santa Claus con luces

Aquella noche, Rudolph parecía más entusiasmado de lo normal. Tiraba al frente del trineo con todas sus fuerzas, mientras Dacer y Dasher intentaban seguir el ritmo, arrastrando a los demás renos. Con cada bocanada de aire que expelía, se formaba una pequeña estela de vapor, que dejaba rápidamente atrás. La melena de su cuello, mucho más espesa que las de sus ocho compañeros, bailaba furiosa al compás del viento que arreciaba de frente. Sus astas, de un tamaño igualmente inconmensurable, eran capaces de apartar cualquier objeto que tuvieran delante.

Una de aquellas máquinas con cuatro ruedas, que los humanos utilizaban para desplazarse, apareció justo delante de su camino. La luz de los faros utilizados por aquel armatoste metálico menguó ante el potente fulgor carmesí emitido por los ojos de Rudolph. En cuanto divisó aquel obstáculo, bajó la cabeza y no mostró ninguna intención de reducir la marcha.

Los aproximadamente mil kilogramos de metal que tendría aquel esperpento humano volaron por los aires, en medio de un enorme estruendo, cuando Rudolph lo embistió, alzándolo con suma facilidad.

El vehículo los sobrevoló unos instantes antes de desaparecer tras la burbuja que los rodeaba. En ese instante, Zwarte Piet, que había permanecido tranquilo detrás de él, se subió al borde de la calesa y comenzó a aullar y a gritar salvajemente. El tamaño de sus dos cuernos contrastaba con su cuerpo menudo y peludo, similar al de un carnero de dos patas.

Al mirar hacia atrás, más allá de las chispas arrancadas por las cuchillas del trineo al desgarrar el asfalto, Sinterklaas comprobó que la máquina de transporte humana, contra la que acababan de arremeter, volvía a ocupar su lugar, como si nunca hubieran pasado por allí.

El tiempo y el espacio eran maleables. Aquella era la única herramienta que le permitía cumplir con el intercambio para el que todos los años era invocado esa misma noche. Lo que para los humanos eran unas simples horas, para Sinterklaas eran decenios.

La larga barba blanca que caía sobre el ya roído manto verde de su indumentaria había sido testigo de los innumerables milenios que llevaba vagando, de casa en casa, por todo el mundo. Los humanos eran caprichosos y las fechas habían ido cambiando con el tiempo, pero él nunca había faltado a aquel pacto.

Cuando Sinterklaas comprobó que habían llegado a su destino, tiró bruscamente de las riendas y el eco de las pezuñas de sus renos contra el suelo fue menguando, poco a poco. Al detenerse, Rudolph se encabritó sobre sus dos cuartos, en señal de protesta.

—Calma, amigo, tenemos todo el tiempo del mundo —dijo Sinterklaas.

Zwarte Piet apenas esperó y saltó del trineo en cuanto tuvo oportunidad. Se dirigió corriendo, con su peculiar estilo a cuatro patas sobre los nudillos de las manos, hacia la casa que tenían enfrente.

Sinterklaas bajó de la calesa lentamente y tomó el saco vacío de tela que siempre llevaba consigo. Lejos de la imagen icónica que tenían de él en el mundo humano —conocido como Santa Claus, entre otras formas—, su complexión era alta y estrecha, siempre ligeramente encorvado hacia delante. En la cabeza, tan blanca como su barba, llevaba una corona de ramas secas y siempre iba acompañado de un cayado de madera, sobre el que se apoyaba con aparente dificultad. En realidad, eran vestigios de una vida pasada, de la que apenas tenía recuerdos, pero de la que no dudaba en burlarse de aquella manera.

El edificio al que se dirigían tenía la fachada de ladrillo y unas pequeñas escaleras que conducían hacia la puerta de entrada. Todas las ventanas, especialmente las de los bajos, permanecían cerradas y habían sido reforzadas con verjas de hierro que pretendían disuadir a los posibles asaltantes.

Sinterklaas sonrió y ordenó a su lacayo que atravesara la puerta. Zwarte Piet soltó un gruñido de confirmación y subió las escaleras. Una vez en el rellano, comenzó a gesticular y todas sus articulaciones se fueron desencajando, con sonoros «clacks» que resonaron únicamente dentro de la burbuja temporal que los rodeaba. Cuando se transformó en algo similar a un despojo de piel animal, se arrastró hasta la puerta e intentó pasar por debajo. La estrecha abertura entre la hoja y el suelo, de apenas unos pocos milímetros, no fue impedimento para que su cabeza se aplastara lo suficiente como para atravesarla.

Minutos después, la última de sus pezuñas desaparecía con la misma plasticidad que había demostrado el resto de su cuerpo.

Con el saco al hombro y el cayado en la otra mano, Sinterklaas esperó a que abriera la puerta. En el interior de la burbuja, comenzó a nevar copiosamente y el aire soplaba con una fuerza gélida, intentando arrastrar su prolongada barba. Fuera, en cambio, todo se mantenía absolutamente estático y la nieve aún no había hecho acto de presencia.

Una mujer mayor y su perro se plantaban a escasos metros de él, en una caminata por el momento congelada. Cuando Zwarte Piet abrió por fin la puerta y él pasó junto a ellos, evitó que la burbuja los tocara.

Al entrar en la casa, dejó que el olor a humano lo embriagara. Una mezcla agria y dulce, cuyo deleite difícilmente podría describir. Junto a él, había otros, más artificiales, que terminaban arruinando la experiencia.

Desde donde estaba, podía ver unas escaleras que ascendían a lo que seguramente serían los dormitorios superiores. Al fondo, lo esperaba el que sería el salón, al que se acercó lentamente. En el centro, junto a una mesa de madera desvencijada, había plantado un pequeño abeto, rodeado de luces de diversos colores. A sus pies, se disponía una hilera de ocho zapatos, de los que Sinterklaas no tuvo problemas en identificar a sus dueños.

Sabía todo de ellos, desde sus nombres hasta lo que habían cenado aquella noche. Sus secretos más inconfesables eran libros abiertos para él.

A diferencia de otros con menos suerte, aquella familia era merecedora de sus regalos —de no haber sido así, habría tenido que recurrir a Zwarte Piet para impartir el castigo—, sin embargo, el pacto era un intercambio y él debía de recibir para poder dar.

En la repisa que había junto a la mesa central, habían dispuesto un vaso de leche y un plato pequeño con galletas. Sinterklaas tomó aquella ofrenda y consumió el contenido. Su sabor insípido y pastoso atravesó su garganta como una cuerda de esparto. No era de su agrado, pero estaba obligado a hacerlo.

Cuando terminó, ordenó a Zwarte Piet —en esos momentos, colgaba de la lampara del techo, balanceándose peligrosamente—, que iniciara la búsqueda. Su lacayo se dejó caer y salió disparado de la sala.

Sinterklaas siguió sus pasos, que, como ya había sospechado, ascendían por las escaleras. Al llegar arriba, descubrió un pasillo y varias habitaciones. Dos, que debían ser las correspondientes a los dos niños, permanecían cerradas, mientras que la de los padres, al fondo, tenía la puerta abierta. Zwarte Piet debía de haberlos localizado.

Sinterklaas se acercó lentamente, casi arrastrando los pies. Antes de entrar en aquel dormitorio, tuvo que agacharse bastante para poder pasar.

Lo que la mujer inmovilizada en la cama, bajo el peso de Zwarte Piet en su pecho, divisó al entrar él, fue una figura enorme, vestida con unos andrajos verdes y una barba blanca que le llegaba hasta la cintura. Pero lo que verdaderamente la aterrorizó fueron sus ojos, inhumanamente rojos y brillantes. Tal era así, que los vio venir, desde la oscuridad del pasillo, antes de presentarse ante ella.

La mujer intentó gritar, pero Zwarte Piet, que descansaba plácidamente sobre ella, impedía que pudiera siquiera inmutarse, presa de algún tipo de hechizo.

A su lado, el marido dormía bocabajo, ajeno a lo que estaba sucediendo.

Sinterklaas dejó los objetos que llevaba, en el suelo, y retiró el edredón de la cama. Al hacerlo, el marido protestó e intentó recuperar la manta a tientas, pero lo que encontró fue el hábito de una indumentaria. Extrañado, fue a levantarse y Sinterklaas le cubrió la cabeza con la mano, inmovilizándolo. Después, se subió a horcajadas sobre él.

El pequeño humano intentó forcejear para liberarse, pero sus débiles esfuerzos bien podrían haber sido los de un bebé.

Su cuerpo, en cambio, desnudo de torso para arriba, parecía haber sido forjado con el esfuerzo y el trabajo diario. A pesar de su debilidad, los humanos podían llegar a disponer de una belleza sin igual.

Sinterklaas dibujó, con un dedo, la forma que adoptaban los músculos de aquel hombre en su espalda y que pugnaban por sacárselo de encima —inútilmente, por supuesto—. La uña alargada y agrietada trazó un pequeño hilo de sangre en la carne. Después, desgarró con facilidad la prenda con la que se cubría la parte inferior.

En cuanto dejó al descubierto la carne, Sinterklaas no pudo evitar soltar una extraña carcajada de regocijo, algo así como un «jo, jo, jo, jo» profundo.

La mujer a su lado, que no podía hacer absolutamente nada y que luchaba por intentar respirar, los observaba horrorizada.

Sinterklaas manoseó, con cierta impaciencia, las nalgas de aquel hombre. Estaban duras y firmes bajo la tensión y el esfuerzo. Después, lo sodomizó, lentamente, con el mismo dedo que había utilizado para recorrer su espalda y aquello terminó con cualquier intento de resistencia.

El hombre soltó un jadeo y pareció verse presa de un placer desmedido. En vez de oponerse, como había hecho hasta entonces, se relajó y abrió las piernas todo lo que pudo, echando hacia atrás las caderas.

El plato estaba listo para ser servido. Sinterklaas sacó su arrugado miembro, de generosas proporciones, y empaló con él a aquel hombre, que lo esperaba impaciente. La estrechez con la que fue recibido sirvió para encumbrar aún más aquella experiencia. Mientras empujaba lentamente, se encorvó sobre él y le lamió la espalda, con una lengua alargada, más animal que humana.

El sabor salado y ácido de aquella piel, junto con el cobijo ofrecido por los recovecos de aquel hombre, sirvieron para calmar, al menos momentáneamente, el hambre al que siempre se veía sometido.

Continuó moviéndose dentro de él, cada vez con mayor celeridad, hasta que, finalmente, alcanzó el paroxismo y gruñidos y jadeos se confundieron todos en uno.

Al salir de aquel hombre, que, como ya venía siendo habitual, seguía sometido a aquel placer agónico, como si viviera en un clímax interminable, se dirigió hacia la mujer. Al ver que ahora le llegaba su turno, intentó gritar, pero, una vez más, sus esfuerzos resultaron inútiles.

Sinterklaas apartó de un manotazo a Zwarte Piet, que aún seguía encima de ella, y acabó aterrizando al otro lado de la habitación.

Aún inmovilizada bajo los efectos de su lacayo, el cuerpo de aquella mujer se disponía ante él como el postre de un buen menú. Su pecho ascendía y descendía con la respiración agitada de quien necesitaba huir desesperadamente.

Sus curvas sinuosas se evidenciaban claramente bajo el pijama corto que llevaba puesto. Sin embargo, las prendas no duraron demasiado en su sitio. Sinterklaas las desgarró con zarpazos poco certeros, que no contemplaron si arrastraban consigo piel o carne.

La mujer no protestó, impotente como estaba, pero su cuerpo desnudo apareció cubierto de infinidad de arañazos profundos que comenzaron a rezumar sangre.

Tal y como había hecho antes, Sinterklaas lamió su cuerpo, pero, esta vez, centrándose en cada una de las heridas que acababa de provocar. Se dejó extasiar por el sabor metálico que inundó su boca y, mientras lo hacía, introdujo varios dedos en las partes más íntimas de aquella mujer. Como ocurrió anteriormente, aquella intromisión despertó en ella la necesidad de someterse, pero, aunque el dominio de Zwarte Piet ya no fue necesario, permaneció igualmente inmóvil, completamente vulnerable a sus deseos.

Sus manos callosas recorrieron la fina piel de aquella mujer, deleitándose con cada una de sus curvas y prominencias. Poco a poco, ella fue ganando el control que había perdido y comenzó a insinuarse ante él, con movimientos involuntarios de las caderas.

Por un momento, Sinterklaas se preguntó cuál sería la mejor forma de tomarla. Después, decidió que habría cierto equilibrio si le hacía pasar por la misma experiencia que su marido. Mientras éste permanecía acurrucado al otro lado de la cama, aún presa de espasmos, obligó a la mujer a colocarse bocabajo.

Sus nalgas eran igual de magníficas que las de su pareja, pero mucho más redondeadas, si acaso, más perfectas. Se abrió camino entre ellas y la mujer acompañó aquella entrada con un suspiro prolongado que terminó en un gemido. Después, él empujo y empujo, una y otra vez, durante minutos que fueron horas.

Cuando hubo terminado, Sinterklaas abandonó aquella habitación con la misma lentitud con la que había entrado.

Al llegar de nuevo al árbol, el saco que había estado llevando consigo, todo el tiempo, ahora estaba lleno a rebosar.

Al salir del edificio, Rudolph los recibió con un bramido y para cuando quiso darse cuenta, Zwarte Piet ya se había subido a la calesa del trineo.

En cuanto la burbuja abandonó el edificio, los dos miembros del matrimonio, que habían sido abandonados en aquella cama, presos de un placer interminable que los impedía hacer otra cosa que no fuera encogerse sobre sí mismos, volvieron a aparecer, plácidamente dormidos, sin efecto alguno, como si Sinterklaas no los hubiera visitado nunca. Sólo los regalos, que ahora descansaban sobre la hilera de zapatos, convenientemente dispuestos ante el pequeño abeto plantado, quedaron como prueba fehaciente de su presencia.

El intercambio con el íncubo se había realizado. Sinterklaas azuzó a los renos y se dirigió a su siguiente destino.

Aquella noche, todavía le quedaban cientos de miles de regalos por repartir.

Jorge Serrano Celada