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relatos Cielo Rojo

Relato corto – Mi demonio y yo 01

abril 19, 2020
Mujer disfrazada de demonio

01- A medio bajar

Delante de la pantalla del monitor, cuyo resplandor azulado en la oscuridad intensificaba aún más la palidez de su cara, Xabier comenzó a comprender que no estaba loco y que la realidad no era como se la habían contado. Los monstruos existían y a él, definitivamente, le había tocado uno de ellos. Casi se sintió aliviado al comprender que todo era real.

La mano izquierda aún se negaba a soltar la navaja Stanley que su abuelo le había regalado, dos años antes, en un intento por aficionarlo a sus salidas al monte. Sus dedos parecían estar ateridos alrededor del mango y un líquido viscoso había comenzado a gotear, sobre la alfombra, desde el filo dentado de acero. Una parte muy absurda y a la vez racional de su mente tuvo tiempo para restarle importancia. Al fin y al cabo, nadie podría verlo.

Pensó en el momento en el que todo empezó y, si bien era cierto que hubo varios indicios anteriores, que posteriormente acabaría relacionando —suspiros en habitaciones vacías; ruidos extraños, de origen incierto; objetos cambiados de sitio—, la primera vez que pondría en duda su cordura sería aquella noche.

Acababa de despertar de una pesadilla o, al menos, eso fue lo que pensó, porque, en cuanto abrió los ojos, el colector de mierdas varias, encargado de llevarse lo que nuestras cabezas fraguaban mientras dormíamos, comenzó a hacer su trabajo y apenas supo dilucidar qué lo había llevado a incorporarse de la cama, empapado de sudor.

El reloj situado encima de la mesa del ordenador indicaba que eran las tres y diez de la mañana. Xabier ya había sufrido de inmovilidad del sueño antes —pesadillas en las que se despertaba antes de tiempo, sin poder moverse—, pero esto parecía haber sido otra cosa.

Por un instante, dudó si levantarse. La vejiga le incitaba a que lo hiciera, pero su sueño era de los que tendían a fugarse en cuanto tenía la menor posibilidad y necesitaba descansar para el examen de limnología, del día siguiente.

Finalmente, cedió a los caprichos de su fisiología, se levantó y se dirigió al baño. Decidió mantener la luz apagada y confió en no tener problemas para acertar el tiro al inodoro. Mientras se descargaba, no sin cierta impaciencia por volver cuanto antes a la cama, sucedió por primera vez. Alguien —o algo o quién sabe qué— le lamió el cuello. Fue apenas un instante, pero tan claro y evidente que jamás podría haberlo confundido con otra cosa.

Xabier soltó un grito y se apartó repentinamente, sin poder evitar esparcir su orina, como un aspersor descontrolado.

Su padre no tardó en presentarse, ataviado con su bata de estar en casa, para encontrarlo tirado en el suelo, entre aspavientos, con los pantalones del pijama a medio bajar y la estancia embadurnada con su orina.

A la mañana siguiente, cuando todo se desataría, se dirigía hacia la facultad, en el autobús público que tomaba con resignación cada mañana. Intentaba dar el último repaso a sus apuntes, mientras soportaba los constantes frenazos a los que, como él, se veían sometidos todos aquellos que no habían tenido la suerte de encontrar un asiento libre.

El trayecto junto a la rivera de la ría, por la zona más industrializada que dejaba atrás su barrio, formaba ya parte del ritual que lo condenaba, cada día, a unos estudios de biología, para los que carecía de cualquier atisbo de vocación. Así todo, se esforzaba por sacarlos adelante y esa era la razón —además de intentar olvidar lo sucedido la noche anterior— por la que, lo único en lo que se centraba su mente, en ese momento, era en los índices bióticos de macroinvertebrados que se describían, con letra casi ininteligible, en el resumen que había elaborado para el examen.

Enfrascado en su lectura, ajeno a quien tuviera detrás ni lo que estuviera haciendo, quizás fuera esa la razón por la que tardó en relacionar lo que sucedería a continuación con su anterior aventura nocturna. Alguien lo agarró brevemente del culo.

Xabier no pudo evitar soltar un respingo que llamó la atención de la chica que tenía a su lado. Entre sorprendido y, por qué no reconocerlo, expectante ante una posible experiencia sexual, siempre esquiva para él, se dio la vuelta y lo que lo sustituyó fue el enfado y la humillación. Detrás, sólo estaban David y su pareja, Mirai, con los que compartía algunas asignaturas. Ambos estaban cortados por el mismo patrón de gilipollez que los llevaba a pensar que el culmen de la amistad pasaba, siempre, por reírse de otros.

Aunque parecían ignorarlo, estaba seguro de que habían sido ellos. Odiaba sentirse así de desvalido, pero no podía hacer nada al respecto, por lo que decidió seguir a lo suyo, a sabiendas de que, seguramente, repetirían de nuevo la jugada, hasta hacerle perder los papeles.

En efecto, segundos después, sucedió de nuevo lo mismo y, aunque Xabier intentó pillarlos infraganti, para cuando se volvió hacia ellos, ya habían recuperado su pose de pretendida conversación ausente.

—Vale ya —les dijo Xabier.

David lo contempló con lo que parecía una fingida sorpresa. Después, miró a su compañera y ambos soltaron una carcajada.

—¿Qué hostias te pasa, «Xabiondo»? —preguntó David, sin dejar de sonreír.

Xabier intentó buscar un mote igual de estúpido con el que contraatacar, pero nunca había sido bueno en esas cosas. Fue a decirles que lo dejaran en paz, cuando volvió a ocurrir de nuevo. Sorprendido, se giró hacia el otro lado. Esta vez, la mano que lo acariciaba se recreó ligeramente y no se apartó hasta el último momento, lo suficiente como para que quien fuera el responsable quedase al descubierto. Sin embargo, allí no había nadie.

La única persona que ahora podría haberlo hecho —confabulada de alguna manera con los otros dos subnormales— era una chica que escuchaba música, con las rodillas apoyadas en el asiento de enfrente y la cabeza reclinada hacia atrás. Era imposible que hubiera sido ella, ni siquiera la había visto moverse.

¿Qué estaba pasando?

Detrás, los otros dos no dejaban de mofarse ante su comportamiento errático. Aquello les daría material para una buena temporada, pero, en esos momentos, era la última de sus preocupaciones.

¿Se estaría volviendo loco? Primero lo de aquella mañana y ahora esto. No hacía mucho tiempo, había leído el testimonio de un esquizofrénico que relataba sus primeros síntomas. En su caso, que trabajaba en una bodega de vinos, habían comenzado con el sonido fantasma de botellas al romperse. Xabier nunca había sido especialmente hipocondriaco —no formaba parte de su amplio repertorio de fobias—, pero un escalofrío le recorrió la espalda, al contemplar aquella posibilidad.

Decidió dejar a un lado los apuntes e intentar recuperar la calma —mientras vigilaba que nadie le estuviera tomando el pelo—.

Cuarenta y cinco minutos después, sus miedos pasaron a un segundo plano al comenzar el examen para el que llevaba tiempo preparándose. Los más de cien estudiantes presentes en el aula no daban para muchas precauciones y la universidad se había limitado a disponer las mesas en columnas ligeramente separadas unas de otras. Lo habitual, en esos casos, habría sido repartir dos exámenes diferentes, para evitar tentaciones entre los alumnos, pero, desde el principio, el profesor de aquella asignatura había demostrado, por decirlo suavemente, cierta carencia de entusiasmo por la docencia. No le sorprendió comprobar que todos compartían los mismos ejercicios.

La providencia tuvo a bien que Mirai se sentara en la mesa de al lado, que, por fortuna, quedaba fuera de su vista, al situarse algo más atrás. Sin el aliciente de la presencia de David, ambos pudieron ignorarse como buenos conocidos anónimos.

O, al menos, eso fue lo que pensó Xabier, hasta que, pasada algo más de la primera hora desde el comienzo de la prueba, Mirai lo llamó entre susurros.

Xabier la miró de reojo y ella aprovechó aquel contacto para lanzarle una pregunta sobre el tercer ejercicio. Evidentemente molesto, Xabier trató de ignorarla. No sólo se reían de él, sino que, cuando les interesaba, acudían para pedirle favores.

Mirai no se dio por vencida y elevó aún más el tono. Si continuaba así, los metería en problemas.

—Déjame en paz —le dijo Xabier, también entre susurros.

Contrariada por aquella respuesta, Mirai frunció los labios y, al ver que él no respondía, se envalentonó lo suficiente como para alargar la mano y tocarle el hombro.

—¡Mío! —Se escuchó de repente y, seguidamente, Mirai estampó su cara contra la mesa. El golpe fue tan fuerte que uno de sus incisivos salió despedido y su nariz acabó rota por dos sitios, lo que le provocaría una molesta ronquera nocturna para el resto de sus días.

Como la mayoría, Xabier no tuvo tiempo de ver todo aquello, sólo la cara sanguinolenta de Mirai, mientras gritaba sorprendida y el alumno que tenía detrás se apartaba, con los brazos en alto, como si pretendiera demostrar su inocencia.

Uno de los profesores asistentes, que ejercía de cuidador, acudió a auxiliarla y aquel fue el final del examen. Entre protestas, todos se vieron obligados a entregar sus copias y a desalojar el aula, mientras atendían aquel posible caso de violencia.

Xabier decidió ahogar su frustración como había hecho en otras ocasiones, encerrado en uno de los baños de la planta baja, donde se localizaban los laboratorios de prácticas. No solían ser muy frecuentados y eran un buen sitio para estar como más le gustaba, solo.

Sentado sobre la tapa del inodoro, trató, una vez más, de tranquilizarse, con pequeños golpes en las sienes.

Lo de aquel día no estaba siendo normal. Todavía le quedaban varias horas de enfrentamiento social en las que tendría que relacionarse con otros y ofrecer su mejor máscara. Sin embargo, cosas como aquella lo desestabilizaban lo suficiente como para que sus mejores artes de ocultación fueran insuficientes para contener la tormenta de emociones que se desataba en su interior. Al final, aquello siempre terminaba con algún comentario o gesto inoportunos que sólo evidenciaban lo que, con tanto esfuerzo, se afanaba en ocultar, que era un raro, un paria. Lo sabía y no podía cambiarlo.

Trataba de imaginarse en la calma de una playa, acompañado únicamente por el sonido de la brisa y las olas, cuando lo sucedido esa misma noche volvió a repetirse. Alguien —o algo o quién sabe qué— volvió a lamerlo, esta vez en la mejilla.

Xabier soltó un grito y se incorporó inmediatamente, tratando, fútilmente, de alejarse en aquel estrecho habitáculo.

Con una pierna sobre el retrete y las manos por delante para protegerse de lo que hubiera allí, esperó en silencio.

—¿Quién está ahí? —dijo y se maldijo por soltar una pregunta tan absurda.

Evidentemente, allí no había nadie. Sólo era su maldita cabeza, la misma que nunca le había dejado ser normal y que ahora había decidido subir de nivel.

Cerró los ojos y entonces pudo escucharlo claramente. Era una respiración, a pocos centímetros de él.

Lentamente, acercó la mano y, en cuanto sintió el ligero cosquilleo del aire al arremolinarse entre sus dedos, los apartó instintivamente.

No podía ser. Allí había alguien con él.

En ese instante, una mano le acarició la entrepierna o eso creyó, porque siguió sin poder verla. Allí no había nada y, sin embargo, podía sentirla perfectamente. Otra agarró la suya y Xabier soltó otro grito, a la vez que intentó pegarse, todo lo que pudo, a la pared.

—No, por favor, por favor —suplicó sin saber a qué.

Quien o lo que fuera dejó escapar un siseo y le puso un dedo —invisible— en los labios, indicándole que se callara. Después, condujo la mano que tenía sujeta hacia delante, hasta dejarse tocar.

Xabier se sorprendió al comprobar que era una mujer y que, aparentemente, estaba desnuda. En esos momentos, podía apreciar, claramente, la suavidad firme y turgente de un pecho bajo su palma. Su tamaño encajaba a la perfección en su mano. Después, le lamió los dedos lentamente, como si le estuviera practicando una felación.

Si aquello era un sueño o si su cabeza estaba jugando con él, ya no le importaba demasiado. La experiencia era demasiado excitante —y real—, como para no desear que continuara.

Xabier intentó descubrir cómo era aquella mujer invisible que su imaginación había creado para él y trató de palparle la cara. Su piel era exquisitamente suave y tenía unos pómulos bien marcados. Al parecer, llevaba el pelo liso y resbalaba sedoso entre sus dedos.

La exploración terminó en ese momento, cuando ella le desabrochó el pantalón, con evidente impaciencia, y, por el contrario, extrajo su pene, con inusitada parsimonia.

Xabier se sorprendió al descubrir el nivel de su erección. Aunque no le gustaba reconocerlo —una de tantas vergüenzas—, sólo había estado una vez, en su vida, con otra mujer y la experiencia fue tan apabullante que no pudo hacer nada. Desde entonces, no había vuelto a intentarlo —pagarlo—.

Cuando ella se agachó y se introdujo su sexo en la boca, Xabier cerró los ojos y dejó escapar una lágrima en la que se entremezclaron frustración y felicidad a partes iguales. Jamás habría pensado que el placer pudiera alcanzar aquellas cotas de intensidad.

Si aquello era un sueño era el más real que había vivido nunca. Podía apreciar cada una de las caricias con una claridad cristalina. Aquella lengua y aquellos labios que lo succionaban lo transportaban a un éxtasis difícil de imaginar.

Pronto, su respiración se transformó en jadeos. Sin poder evitarlo, trató de asir la cabeza inapreciable de aquella mujer y fue cuando descubrió el pequeño par de cuernos redondeados, del tamaño de un puño, que surgían de su frente.

Xabier volvió a asustarse y apartó las manos de repente.

—Tócamelos —dijo la mujer demonio, tras detenerse un instante—. Me excita.

Su voz resultaba absurdamente seductora, similar a la que tenían, en ocasiones, las protagonistas de algunos de los videojuegos eróticos —uno de los tristes placebos con los que había sustituido la falta de calor humano— a los que solía jugar.

Dubitativo, accedió a lo que ella le pedía y, cuando ella volvió a sus quehaceres, se dejó llevar, hasta el punto de intentar guiar sus movimientos —adelante y atrás—, a través de aquellos originales e inexplicables —como todo lo demás— elementos.

Para su vergüenza, Xabier apenas pudo resistir unas pocas caricias más y enseguida alcanzó el orgasmo. Aunque intentó retirarse, ella se lo impidió, con una fuerza sorprendente, y acabó eyaculando en su boca.

A lo kafkiano de aquella situación, se sumó el hecho de poder contemplar cómo el líquido seminal se escurría a través de una garganta inexistente, para acabar desapareciendo, diluido, en un estómago imperceptible.

Por alguna razón, Xabier no pudo evitar el impulso de pedir perdón por lo que acababa de suceder. En cuanto lo hizo, se dio cuenta de lo absurdo que era aquello. ¿Estaba soñando realmente? Honestamente, no lo creía y si, por el contrario, se estaba volviendo loco, casi estaba dispuesto a perderse en aquel delirio.

Una parte de sí mismo temió el dolor que podría sufrir si la intensidad de aquella locura tornara en pesadilla, pero, por el momento, decidió apartar aquella idea.

—Fóllame —le susurró la mujer demonio, con aquella voz hechizante.

Xabier fue a decirle que lo sentía mucho y que sería imposible responder a sus deseos. Ni en los momentos de mayor tensión sexual había sido capaz de masturbarse dos veces seguidas. Simplemente no sería capaz de cumplir con aquellas expectativas. Sin embargo, para su sorpresa, ella se limitó a acariciar brevemente aquel miembro, ahora flácido, e, inmediatamente después, volvió a erguirse con una rigidez casi dolorosa.

Sin soltarlo, ella se dio la vuelta y lo guio hasta verse penetrada por detrás.

Él apenas tuvo que hacer nada. Era ella quien se movía salvajemente, acompañando cada embestida con un gruñido feral. El calor húmedo, procedente de aquel sexo que ahora cobijaba al suyo propio, le descubrió nuevos mundos de placer, que, tras su anterior experiencia, no habría creído poder alcanzar.

Xabier intentó descubrir, con sus manos, el cuerpo oculto de aquella mujer y ella respondió arqueándose hacía él, para dejarse hacer. Las curvas perfiladas al recorrer cada centímetro a su alcance dibujaron en su imaginación una figura de ensueño, ajena, incluso, a sus mejores fantasías.

Como antes, su resistencia dejó mucho que desear y apenas le bastaron unas pocas acometidas más para volver a alcanzar el clímax, aún más intenso que el anterior.

Ella continuó restregándose contra él, ajena a su situación y Xabier creyó que aquello terminaría allí mismo, incapaz de satisfacer, siquiera, a una mujer producto de su imaginación. Sin embargo, su sexo volvió a responder con la misma inexplicable energía que había demostrado momentos antes.

Dos orgasmos después, mientras él daba cuenta de la redondez exquisita de sus senos, ella lanzó un fuerte alarido y se tensó hacía atrás, entre espasmos incontrolados, a la vez que le clavaba las uñas en el cuello. El dolor fue tan intenso —y real— que él mismo estuvo a punto de acompañarla en sus gritos.

Cuando todo hubo pasado, ella desapareció. Sin decir nada, sin necesidad de abrir la puerta. Simplemente dejó de estar allí.

Xabier trató de palpar el aire, buscándola sin éxito. Después, no tuvo más remedio que dejarse caer sobre el inodoro. Un nivel de cansancio y agotamiento como jamás había experimentado se apoderó de él. Intentó ponerse en pie, pero se vio incapaz de ello.

Luego le vino el sueño y, simplemente, se quedó dormido, allí mismo, con los pantalones a medio bajar.

Jorge Serrano Celada