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relatos Cielo Rojo

Relato corto – Mi demonio y yo 02

abril 26, 2020
Mujer disfrazada de demonio

02 – Rendirse al sueño

La idea de ponerle un nombre fue un intento inane por parte de Xabier de pretender que su locura fuera menos real.

Si bien, era cierto que las marcas de uñas en el cuello, para las que había tenido que buscar excusas ante sus padres, eran una posible evidencia a la que aferrarse, no lo era menos el hecho de que, en su delirio, bien podría habérselas provocado él mismo.

Aquella noche, mientras Lilith, que así era como había bautizado al producto de su mente, lo masturbaba, desnudo, en su cuarto bajo el cobijo de la oscuridad, se preguntó cuántas partes de su vida tendría que sacrificar, antes de perder la cordura por completo —o si su cuerpo resistiría aquel proceso—.

Había pasado algo más de una semana desde su primer encuentro y, desde entonces, ella había aprovechado cualquier mínima oportunidad para abordarlo a su antojo. Nunca respondía a sus preguntas —al fin y al cabo, su cabeza no podía ofrecerle las respuestas que no tenía— y sus palabras únicamente se limitaban al contexto sexual.

Uno de sus últimos encuentros, ocurrido días antes, en plena clase, había sido el que lo había llevado a recluirse en su habitación y a plantearse la opción de abandonar los estudios. No lo hacía sólo por su propia protección, sino también por la de los demás. Nunca jamás habría imaginado que pudiera ser un peligro para nadie, pero, después de lo sucedido, no le quedaba más remedio que admitir que ya no sabía nada de sí mismo.

Con una pequeña risa lasciva al oído, Lilith decidió cambiar de mano y le asió una de las nalgas con la que ahora tenía libre. Xabier, que sabía lo que vendría a continuación, apoyó las manos sobre la mesa del ordenador, se inclinó ligeramente hacia delante y se dejó hacer. Ella no tardó en introducirle un dedo húmedo, primero, y dos, después. Xabier no pudo evitar soltar un gemido contenido. Lilith tenía cierta fascinación por sodomizarlo, algo para lo que, hasta ahora, él nunca había sentido ninguna inclinación, pero que había descubierto con enorme satisfacción.

Mientras su cuerpo se dirigía hacia la inevitable eyaculación que tendría lugar en la mano imperceptible con la que ella lo masajeaba, su mente no podía dejar de volver, una y otra vez, a lo sucedido, por última vez, en la facultad.

Aquella tarde, el cansancio acumulado de los últimos días pesaba más de lo que Xabier quería admitir y la clase de genética humana, una de las pocas que toleraba con cierto agrado, estaba siendo especialmente insoportable. Las energías renovadas con las que Lilith lo insuflaba en cada una de sus apariciones, parecían cobrarse con intereses, cada vez que lo abandonaba.

A pesar de que todas las ventanas estaban abiertas, ni un solo resquicio de brisa pugnaba por llevarse el calor instaurado en el aula. Xabier se planteó seriamente dirigirse al baño a refrescarse, pero, tras recordar lo sucedido la última vez, desechó la idea. No es que no disfrutara de cada uno de los encuentros que su mente había preparado para él, de hecho, pese al pavor que le provocaba el desconocer cómo acabaría todo aquello, era lo más excitante que le había ocurrido nunca. Sin embargo, no quería volver a despertarse desorientado sobre un retrete público.

Tampoco creía que ahora tuviera fuerzas para otro de los juegos de Lilith, aunque, en el fondo, sabía que no era cierto. No sabía cómo, pero no lo era.

Una comezón, que podría haber rayado lo que algunos calificarían como un sexto sentido, lo llevó a comprobar que estaba siendo observado. Desde el incidente durante el examen de limnología, David había dejado de ser el mismo subnormal de siempre y no había vuelto a dirigirle la palabra, sin embargo, ahora, parecía no quitarle ojo.

Xabier supuso que, de alguna manera, sospechaba que él habría tenido algo que ver con lo sucedido a su novia. De entre todas las situaciones absurdas que había vivido desde entonces, aquella, al menos, podía descartarla. Tarado o no, no habría habido forma de que él pudiera haberle hecho aquello a Mirai sin que los demás lo hubieran visto. Quizás su novia fuera otra candidata a residente del año en uno de esos lujosos psiquiátricos con todos los gastos pagados.

Xabier decidió ignorarlo y trató de concentrarse en la explicación de la profesora. Su diatriba sobre la recombinación habría resultado interesante en cualquier otro momento, pero, en aquel entonces, sólo consiguió que sus párpados comenzaran a vacilar.

Así fue hasta que Lilith se manifestó para despertarlo.

—¿Estabas soñando conmigo? —le susurró al oído.

Su aparición consiguió que saltara en su sitio y la profesora se vio obligada a interrumpir la clase. Xabier pidió disculpas y trató de recuperar la compostura. No fue una tarea sencilla, ya que Lilith se sentó junto a él y comenzó a acariciarle la entrepierna con vehemencia.

Como otras veces, en cuanto ella hizo acto de presencia, todo su agotamiento pareció desvanecerse y fue sustituido por una energía desconocida. Aunque agradeció aquel cambio, temió lo que vendría después. Igualmente, su erección no tardó en llegar y ella la recibió con una risa juguetona, mientras abarcaba su forma, bajo la tela del pantalón, con ambas manos.

Xabier intentó apartarse disimuladamente, pero ella le obligó a permanecer en su sitio.

—Dime que no te gusta —volvió a susurrarle.

Cuando ella intentó descorrer la cremallera, él le agarró la mano, sin decir nada, y ella pareció desistir en su empeño.

—Está bien —le dijo ella al oído—, entonces te toca hacer tu parte.

Ni siquiera sabía a qué se refería, aunque no tardaría en averiguarlo. Sin dejar de sobarle los genitales, le obligó a masturbarla allí mismo. Sin el inconveniente de la presencia de una mujer demonio desnuda a la vista de todos, Lilith colocó los pies sobre la mesa y se abrió de piernas completamente.

El vello púbico que campaba en el monte de Venus cosquilleó sus dedos antes de imbuirlos en la cálida humedad que escondía aquella vulva perfecta. Con cada caricia, ella se retorcía en su sitio y acuciaba aún más las refriegas que alimentaban su propia erección. Xabier temió que aquello acabara de la única manera posible y decidió detenerse.

 —¿Por qué te paras? —preguntó ella, claramente enojada.

—No puedo… Aquí, delante de todos —dijo él, con una mano en la boca, para evitar que los demás le oyeran. La profesora volvió a interrumpir la clase, para pedir silencio ahí detrás y Xabier trató de bajar aún más la voz—. Lo termino, luego. Te lo prometo.

Por un momento, Lilith no dijo nada. Después, escuchó su respiración a pocos centímetros de su oreja y volvió a susurrarle al oído.

—No. Lo quiero ahora —dijo ella y, acto seguido, le aprisionó los testículos.

Apenas fue un instante, pero el dolor fue intenso —y muy real—. Xabier se vio obligado a doblarse hacia delante, intentando contrastar la pequeña agonía que ahora se propagaba lentamente por el vientre.

Era la primera vez que ella le hacía daño. Apenas fue un arrebato, pero aquello volvió a revivir el temor ante el poder de aquellas fantasías, que podrían derivar en sensaciones menos placenteras.

Acto seguido, Lilith se fue de su lado y se subió a la mesa. Varias de las hojas con apuntes que tenía delante se retorcieron bajo sus pisadas invisibles y otras cayeron al suelo.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó él, conteniendo la voz.

No tardó en comprobarlo. De pie, frente a él, subida encima de la mesa, sin que nadie pudiera verla, prácticamente le puso su sexo en la cara y lo invitó a que la lamiera, con tirones del pelo en su dirección. Sin pensarlo demasiado, Xabier se dejó llevar, embriagado por el olor procedente de su bajo vientre.

El sabor salado y concentrado de aquella esencia inundó su boca con cada una de las exploraciones de su lengua, a través de aquellos pliegues ocultos. Poco a poco, Lilith comenzó a restregar sus caderas de manera incontrolada y hacía que, cada vez, fuera más difícil seguirle el ritmo.

Así siguió unos instantes, antes de que las risas de los presentes lo sacaran de aquel trance y se viera obligado a interrumpir lo que estaba haciendo.

Xabier no tardo en comprender que sus gestos no habían pasados desapercibidos entre los que lo rodeaban, hasta el punto de conseguir que la profesora reparara en él.

—Por favor, abandone mi clase ahora mismo —dijo la profesora visiblemente enfadada.

Completamente avergonzado, Xabier recogió sus cosas —no sin tirarlas, de nuevo, varias veces, a mayor sorna del público— y salió huyendo de allí.

Fuera de la clase, a varios pasillos de distancia, sin un atisbo de la presencia de Lilith —probablemente, escondida en lo más recóndito de su cerebro—, Xabier se apoyó contra la pared y comenzó a darse pequeños cabezazos hacia atrás.

Lo había vuelto a hacer. Aún en su locura, era capaz de ponerse en ridículo delante de los demás. Podría echarle la culpa a aquella demonio, pero si era sincero consigo mismo, sabía que aquello no tenía sentido.

Se planteó bajar a los baños del laboratorio, pero no creyó que ella lo dejara escapar tan fácilmente. De verdad que, en esos momentos, lo único que necesitaba era desaparecer. Quizás, hasta fuera buena idea dejarle hacer y que lo llevara a la inconsciencia, como había sucedido alguna otra vez.

—No sé cómo lo has hecho, pero sé que has sido tú —dijo alguien a poca distancia.

Al abrir los ojos, Xabier descubrió a David frente a él. Tenía los ojos irritados, probablemente por haber estado llorando, aunque casi no se le veía la cara, ensombrecida por la capucha de la sudadera, que le cubría la cabeza.

Llevaba una de las manos metida en el bolsillo de la chaqueta y aquello, por alguna razón, despertó todas sus alarmas. Era evidente que no estaba en su mejor estado —¿y quién sí?—.

—David, no sé qué…

Antes de que terminara su frase, David sacó la mano que mantenía oculta y Xabier comprobó que sujetaba un nudillo americano.

—¿Sabes lo que puedo hacerte si te doy con esto, en esa mierda de cara que tienes? —lo amenazó David, mostrando los dientes.

Xabier colocó las manos delante y pidió que se calmara. Aun sin aquella arma, sabía que no era rival para David, que le sacaba casi una cabeza de altura.

—Sé que crees que he tenido algo que ver con lo de Mirai, pero, de verdad, te prometo que…

David no dejó que terminara. Le lanzó un fuerte puñetazo, que acertó, de pleno, en la boca del estómago y Xabier se dobló como una hoja de papel. Por un momento, su diafragma se vio incapaz de reaccionar y creyó que moriría ahogado, pero, después, le sobrevino una arcada y aquello sirvió para que sus pulmones reaccionaran.

Tosió varias veces en el suelo, incapaz de contener el dolor. Si no le había producido una lesión interna, poco le habría faltado. ¿Acaso quería matarlo? Odiaba sentirse tan indefenso, tan débil.

Intentó ponerse en pie y tropezó de nuevo, sin embargo, antes de caer otra vez, consiguió apoyarse en…

—Lilith —exclamó Xabier, en alto, al sostenerse sobre ella, sin pensar que el otro podía escucharlo.

—¿Qué hostias dices? —preguntó David, dispuesto a darle otra tunda.

Su pregunta tuvo respuesta en forma de un fuerte empujón que lo lanzó hacia el otro lado del pasillo y lo empotró contra la pared. Varios fragmentos de azulejos, a sus espaldas, cayeron con él al suelo.

Sin saber lo que acababa de ocurrir, intentó levantarse y un puño lo golpeo en la mandíbula, fracturándola. Para cuando cayó al suelo, ya estaba inconsciente, pero eso no impidió que su agresora, completamente invisible, se abalanzara sobre él y lo sacudiera entre gruñidos y diversos arañazos en la cara.

Xabier acertó a reaccionar por fin y, gritando su nombre, consiguió alejar a Lilith de su víctima. En cuanto lo hizo, ella desapareció, como si nunca hubiera estado allí, y, una vez más, se vio solo ante su desastre. Salvo que, esta vez, no tenía nada que ver con el posible ridículo de ser descubierto en cueros y con alguna otra secreción en escena. Si lo descubrían, allí, de aquella manera, la expulsión de la facultad sería la menor de sus preocupaciones.

Sin saber muy bien qué hacer, Xabier comprobó que no había testigos y huyó de allí, como el buen cobarde que era. ¿Qué otra cosa podía hacer?

De vuelta a aquella última noche en su habitación, Lilith acababa de conseguir su propósito y ahora se extendía por el cuerpo los restos de semen que aún embadurnaban sus dedos. Xabier la contemplaba —era un decir— con una mezcla de fascinación y temor difícil de explicar. Aquella expresión de su locura parecía ser capaz de cosas que él jamás habría imaginado. Sin duda, era más peligrosa de lo que había parecido en un principio.

Cuando creyó que ahora ella exigiría su turno, quizás encima de la mesa o simplemente sobre la cama, Lilith se limitó a hablar.

—¿Por qué ya no me sacas de aquí? Estoy cansada de estar encerrada.

Después, simplemente desapareció, como había hecho en otras ocasiones.

Aquel comentario, carente de cualquier imposición, lo desconcertó aún más que si ella lo hubiera forzado a salir de allí. Lilith era peligrosa, lo había descubierto por las malas. Recordó el breve, pero intenso, episodio de dolor ante su negativa a hacer lo que ella quería y comprendió que su intención de aislarse del mundo había sido, cuando menos, ingenua. Definitivamente, ella podría obligarle a hacer lo que deseara.

Entonces, ¿por qué pedírselo? ¿Acaso no era consciente del poder que tenía sobre él?

Casi agradecido, no tuvo tiempo de darle más vueltas. El cansancio se apoderó de él, como un manto pesado y apenas tuvo tiempo de llegar a la cama, antes de rendirse al sueño.

Jorge Serrano Celada