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relatos Cielo Rojo

Relato corto – Mi demonio y yo 03

mayo 9, 2020
Mujer disfrazada de demonio

03 – Sentirse aliviado

Tras varios días de confinamiento en su habitación, la primera persona en agradecer que decidiera acabar con aquella reclusión fue su madre. Xabier no necesitó vérselo reflejado en los ojos para comprender que, por un momento, había llegado a dudar de la salud mental de su hijo.

Irónicamente, no había estado demasiado alejada de la realidad.

Después de una debilitante ducha, en la que Lilith optó por reclamar las deudas contraídas la noche anterior, Xabier descubrió que un aporte abundante de cafeína y azúcar servían para contrarrestar, en cierta medida, los efectos adormecedores de sus visitas. Decidió seguir explorando aquella vía y pasar, después, por alguna farmacia. Quizás pudieran recomendarle algo.

Poco antes de salir a la calle, mientras Xabier recogía las llaves del mueble de la entrada, su madre hizo amago de despedirse con un beso y él se apartó instintivamente. No fue algo voluntario, sólo un acto reflejo, alimentado por los últimos sucesos. Ella, en vez de recurrir a su habitual chantaje de silencio y desaparecer, lo miró con una bien estudiada expresión de reproche y volvió a insistir. Para su error, Xabier se lo permitió.

Apenas alcanzó su cara con la yema de los dedos, se escuchó algo similar a un gruñido y su madre aulló de dolor. Xabier, que no sabía lo que acababa de suceder, se apartó hacia atrás, asustado.

Su madre se frotaba la muñeca, arrodillada en el suelo, y había comenzado a llorar. Después, alzó la vista hacia él.

—¿Qué te está pasando? —le preguntó entre sollozos.

Xabier se llevó las manos a la cabeza, horrorizado. Sin saber qué decir o qué hacer, decidió escapar de allí. Mientras bajaba los cuatro pisos a zancadas, estuvo a punto de tropezar en varias ocasiones. Casi se lamentó de que no fuera así, habría sido una forma de terminar con aquello.

Al principio todo había sido como un juego para él, una fantasía elaborada por su mente que mejoraba, por mucho, cualquier cosa que hubiera experimentado en su vida, siempre gris. Sin embargo, ahora, había gente herida a su alrededor y aquello sí era real.

—¡Qué mierda haces? —gritó cuando hubo salido al portal. Un par de señoras, al verlo, decidieron poner la máxima distancia y pasaron bordeando la acera—.  ¡Esa era mi madre, hija de puta!

Como era de esperar, Lilith no contestó. Sin duda, estaba peor de lo que creía. Sabía, a ciencia cierta, que se estaba gritando a sí mismo y que no había nadie más con él.

Decidió alejarse de todo y echó a correr hasta que sus pulmones no pudieron más.

Los setos que separaban ambos carriles de la carretera pasaban a gran velocidad, al otro lado de la ventana del autobús urbano al que se había subido. Cuando era pequeño, Xabier se imaginaba que eran proyectiles, procedentes de naves espaciales enemigas —siempre había tenido una gran creatividad, aunque nunca pensó que hasta un nivel tan peligroso—. Ahora, simplemente eran una cacofonía hipnótica que lo ayudaban a recrearse en el dolor de recordar la cara asustada de su madre.

Su primera parada planificada, desde su reclusión, había sido, absurdamente, una visita a la parroquia del barrio. No porque fuera especialmente religioso, sino, más bien, como una prueba en su camino a entender lo que le estaba sucediendo. Ahora, aquella idea le parecía ridícula.

Ni siquiera sabía en qué línea se había montado. Sencillamente se había limitado a coger el primer autobús que había visto.

Sentado en la última fila, apenas compartía transporte con unas pocas personas desperdigadas en los asientos delanteros.

Mientras el trayecto continuaba hacia el Campo Volantín —debía de estar en el número 71, el que se dirigía hacia el barrio de Miribilla—, sintió que alguien se sentaba a su lado. No tuvo que girarse para comprobar que allí no habría nadie. Lilith, por fin, había decidido hacer acto de presencia o eso era un decir.

Él trató de ignorarla, pero sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que reclamase su atención. Lo primero que hizo fue intentar acariciarle las mejillas y él la apartó de un codazo.

Al parecer, airada, Lilith lo empujó contra el cristal y lo mantuvo unos instantes con la cara allí estampada. Él se resistió, con varios manotazos inútiles, pero su presa era férrea e inamovible, como si tuviera la fuerza de varias personas juntas.

Xabier comenzó a balbucear una suerte de auxilio y Lilith decidió liberarlo. Algunos de los otros viajeros más próximos se giraron para ver qué sucedía. Realmente, comenzaba a importarle bien poco que otros pudieran pensar que estaba loco. Él sabía que era así.

—No puedes negarte. Lo sabes, ¿verdad? —le susurró Lilith al oído.

—¡Déjame en paz, bastarda de mierda! —gritó él—. ¡Has hecho daño a mi madre!

Esta vez, Lilith lo empujó contra la esquina del asiento con la ventana y le colocó un dedo en los labios, pero con tanta fuerza que le hizo daño. Después, le siseó al oído para que se mantuviera en silencio.

Cuando él se hubo calmado, lo liberó y Xabier se incorporó lentamente

—¿Por qué? —preguntó él—. ¿Por qué tenías que atacarla…? —Después, comprendió que era una pregunta lanzada a sí mismo—. No… ¿Por qué yo…? —A la vez, se contemplaba las manos, casi incrédulo ante lo que habían hecho.

Lilith soltó una sonora carcajada.

—¿Crees que has sido tú? —respondió ella, nuevamente susurrando. Su voz aterciopelada conseguía atraparlo con cada palabra, como si detrás proyectara algún hechizo de seducción—. ¿También fuiste tú quien se deshizo del hombrecito que te estaba atacando? Dime, ¿de qué manera, alguien como tú habría podido hacerlo?

Ella estaba en lo cierto y no era la primera vez que se lo había preguntado. Hasta ahora, había supuesto que la adrenalina habría jugado su papel en todo ello. Al buscar información al respecto, había encontrado algún artículo en el que se mostraban casos en los que ciertas personas conseguían realizar proezas físicas, en determinadas situaciones de estrés. El cuerpo intentaba mantenerse por debajo de su potencial físico para impedir dañarse a sí mismo.

—Nadie sabe de lo que es capaz nuestro cuerpo…

Lilith no le dejó terminar. Volvió a soltar otra carcajada.

—Es hora de pagar, Xabier —dijo ella y, acto seguido, lo obligó a recostarse sobre los dos asientos.

Como siempre, su primer destino fue su entrepierna. Él intentó zafarse, pero ella volvió a hacer gala de aquella fuerza sobrehumana y le impidió levantarse.

En cuanto sus dedos lograron traspasar la débil barrera de aquella botonadura y alcanzaron su pene, la erección llegó casi de inmediato, como un resorte automático, con una firmeza ajena a las preocupaciones y pesares que poblaban la mente de Xabier. Su cuerpo lo traicionaba, una vez más.

—No te resistas, pequeño. Eres mío, sólo mío —Lilith le remangó la camiseta y le lamió los pezones, entre risas. Después, los mordisqueó dolorosamente—. Si sigues resistiéndote, puedo hacerte daño. Mucho más daño.

Como para enfatizar aquella frase, la mano que aún daba cuenta de sus partes bajas apretó con fuerza, de una manera similar a la demostrada la última vez, en la facultad. Xabier soltó un gemido y después, dejó de resistirse.

Ella volvió a reír y le lamió la mejilla lentamente.

—Buen perrito —dijo ella. Después, se dio la vuelta, cargó todo su cuerpo sobre él y comenzó a restregar las nalgas desnudas contra sus caderas.

Aquellos movimientos consiguieron parte de su propósito y Xabier comprobó, con un jadeo contenido, que él mismo caía bajo el encantamiento de la excitación. No quería hacerlo, estaba enfadado con ella, consigo mismo y, sin embargo…

Lilith se giró momentáneamente hacia él.

—Vas a follarme, aquí y ahora —dijo ella con aquella voz que arrancaba el corazón—. La quiero por detrás.

Dicho esto, se sentó a horcajadas sobre él, tomó su miembro anhelante con ambas manos y lo humedeció varias veces, aunque no supo con qué. Después, volvió a dejarse caer sobre él, cargando todo su peso encima.

—Vamos, métemela —dijo ella, completamente despatarrada, con aquel falo encantado a las puertas de sus posaderas.

Atemorizado por sus amenazas y, ¿para qué negarlo?, incapaz de resistirse, Xabier empujó lentamente, pero decidido, hasta que su miembro consiguió superar la resistencia inicial. Cuando consiguió entrar, Lilith soltó un quejido y después se arqueó hacia arriba. Luego, fue ella, como otras veces, la que comenzó a moverse, engullendo su sexo, una y otra vez.

Traicionado por su propio deseo, no pudo evitar acariciar aquel cuerpo malditamente moldeado a la perfección.

El movimiento de caderas que ella imprimía fue acelerando, hasta convertirse en sacudidas frenéticas que ambos acompañaron con gruñidos de placer, la primera, y además de rabia, el segundo.

La cálida elasticidad con la que el cuerpo de ella recibía su erección lo llevó a desear que todo fuera real y que no hubiera nadie más que ellos en el mundo. De aquella manera, no tendría que preocuparse de hacer daño a ningún otro.

Por primera vez, no deseaba estar solo y, como no podía haber sido de otra manera, tenía que ser con una psicótica, producto de su cabeza.

Como si así ella lo hubiera dispuesto, ambos llegaron a la vez al clímax, entre sonoros gemidos y temblores. Él la ensartó, en una embestida final, y ella se encorvó para permitir que se adentrara todo lo posible.

Cuando hubieron terminado, ella desapareció, como otras veces. No llegó a incorporarse, simplemente su peso se liberó en un instante.

Xabier trató de recuperar el aliento, aún tumbado en los dos asientos y con sus vergüenzas aún al descubierto. El cansancio y el sopor comenzaron a hacer presa de él y así habría sido de no haber sido interrumpidos.

—Mira, chaval, te vas a guardar la chorra y te vas a levantar ahora mismo —dijo alguien, a su lado, desde el pasillo.

Xabier se incorporó inmediatamente. Ensimismado en el delirio de sus fantasías, no se había dado cuenta de que el autobús llevaba un tiempo detenido y de que estaba siendo observado por los demás viajeros, incluido el conductor, que había decidido llamar a las autoridades.

Dos agentes de la Ertzaintza, con sus trajes y chalecos negros, lo esperaban para escoltarlo, preparados para sacar sendas porras, ante la menor señal de peligro.

Su situación no hacía más que mejorar. Quizás fuera el momento de contarlo todo.

En cierto modo, se sintió aliviado.

Jorge Serrano Celada