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relatos Cielo Rojo

Relato corto – Mi demonio y yo 04

mayo 10, 2020
Mujer disfrazada de demonio

04 – Estar solo

La expectativa de una nueva sesión —especialmente aquella— con la doctora lo llevaba, como otras veces, a una mezcla de ansiedad y deseo, difícil de explicar. De alguna manera, Lilith parecía haber encontrado en ellas una oportunidad ineludible para atacarlo, como si quisiera boicotear cualquier intento de recuperación o simplemente le divirtieran. Sin embargo, para Xabier, era el único lugar donde podía dejarse llevar, sin sentirse culpable. Cuanto más lo hiciera —así se lo había dicho la facultativa—, más podrían comprender, entre ambos, lo que le estaba sucediendo y por qué.

Después del incidente en el autobús y la agresión a su madre, fue detenido y procesado por un delito de exhibicionismo en presencia de un menor —por suerte o desgracia, había otro chaval, dos años menor que él, en aquel autocar—. En base al artículo 185 del código penal, el juez había dictado una multa de doce meses, para cuyo pago había tenido que empezar a trabajar como repartidor en una de esas empresas con falsos autónomos. Además, había recaído sobre él una denuncia, aún en investigación, por delito de agresión, emitida por su antiguo compañero de clase. Al parecer, David había tenido que recibir una intervención quirúrgica para el tratamiento de una fractura maxilar, propiciada por un objeto contundente, de gran peso, aún no localizado.

Por todo ello, adicionalmente, el juez le había impuesto, como condición sine qua non para evitar la pena de prisión, la asistencia obligatoria a una consulta psiquiátrica pública o privada, durante un periodo no inferior a dos años. Y así había llegado allí.

Mientras aguardaba en la sala de espera a que la doctora lo atendiera, Xabier releía los mismos títulos incomprensibles, que había visto infinidad de veces, en la vitrina, atestada de libros, dispuesta a su lado. Su pierna bailaba inquieta, arriba y abajo, a la misma frecuencia que sus pulsaciones.

Sabía que en cuanto entrara, Lilith no tardaría en llegar. Aquello había traído varios beneficios. El primero era que los ataques en público, fuera de aquel espacio, habían disminuido su frecuencia. El segundo, podría considerarse más práctico, ya que la doctora lo dejaba descansar en el sofá que tenía en aquella consulta, mientras se recobraba de la intensidad de sus sesiones.

Xabier no era idiota. Sabía que, en parte, la enorme disposición de la doctora a ayudarlo —con reducción del coste de aquella terapia diaria, incluida—, venía propiciada por el enorme interés que le despertaba su caso. Probablemente, en un futuro no muy lejano, acabara saliendo en la publicación de alguna de esas revistas de psiquiatría que había comenzado a ojear desde su asistencia a aquel centro —Actas españolas de Psiquiatría o World Psychiatry—.

Todo aquello le daba igual, mientras pudieran darle nombre —probablemente el suyo— a lo que le pasaba y tuviera algún tipo de tratamiento.

Xabier escuchó varias voces y la puerta que daba paso al «lugar seguro», como él lo llamaba, se abrió de repente. Un hombre de aspecto taciturno apareció seguido por la doctora Bernal.

—Ahora mismo te atiendo, Xabier —dijo ella con una sonrisa y se marchó momentáneamente con su anterior cita.

Al pasar a su lado, aquel hombre agachó la cabeza y evitó cualquier contacto visual. Era un gesto cargado de vergüenza que él mismo había puesto en práctica, en más de una ocasión, al encontrarse con otros pacientes. Supuso que no era el único con sus propios demonios.

Mientras la doctora regresaba, decidió entrar a la consulta —escrupulosamente ordenada— e irse acomodando. El estilo minimalista de aquel despacho, en tonos blancos y grises, le recordaba más al de un directivo, al frente de una gran empresa, que a la de una reputada psiquiatra, experta en desórdenes disociativos. Sólo el sofá emplazado frente al escritorio daba pistas sobre la función de aquel lugar.

Antes de que ella se lo dijera, se sentó en aquel diván encubierto y esperó a que regresara.

Una de las dudas que más desconcierto le generaba el método, poco ortodoxo, aplicado por su psiquiatra, era su negativa a recetarle ningún medicamento. Tal como ella decía, se encontraban en terreno desconocido, pero, en ocasiones —especialmente fuera del «lugar seguro»— echaba de menos contar con algo de Aripiprazol o Clozapina —no había nada como la enfermedad para volverse un experto en drogas— que pudiera mitigar sus alucinaciones.

No pretendía engañarse, no había dejado de desear las apariciones de Lilith y, en parte, tenía miedo de perderla. Aquella revelación había costado varias sesiones en salir a la luz. Sin embargo, la inseguridad que le provocaban lo afectaba a todos los niveles. Había tenido que dejar sus estudios, al menos durante aquel curso, y, ahora, a la dificultad inherente a su incapacidad para relacionarse con otros, se sumaba el miedo a ser expuesto públicamente o a hacer daño a alguien.

—Veo que ya estás en tu sitio —dijo la doctora al entrar y cerrar la puerta.

En contra del estereotipo que se había montado, en su cabeza, antes de su primera cita con ella, carecía de la típica bata blanca y vestía normalmente. Tenía una curiosa pronunciación, como si temiera abrir demasiado la boca, que, en cierta forma, conseguía transmitir un confort muy necesario en su profesión.

Como otras veces, consultó algo en su ordenador, rodeó su escritorio, se ajustó el suéter y se sentó en una de las sillas que había situadas frente a su mesa. Dada la naturaleza de sus sesiones, los dos habían estado de acuerdo en que aquel sofá era el lugar indicado para llevarlas a cabo.

—¿Está, ya, aquí? —preguntó ella.

Xabier negó con la cabeza.

—No creo que tarde mucho.

—¿Has traído lo que dijimos ayer? —volvió a preguntar la doctora. En su tono, se apreciaba cierta excitación, mal disimulada.

Esta vez, Xabier asintió y se golpeó el bulto que asomaba en el bolsillo derecho del pantalón. En ese instante, percibió el aliento de Lilith en la nuca y se puso rígido.

—Al final, voy a pensar que no vienes aquí por la terapia —le dijo su demonio imaginario al oído y comenzó a acariciarle la oreja.

No necesitó decir nada para que la doctora Bernal supiera que ya había empezado.

—Ya sabes lo que hay que hacer —dijo ella—, descubre hacia donde te lleva y después, cuando menos se lo espere, toma el control, como dijimos ayer.

Una risa apenas audible respondió a aquel comentario.

—¿Quieres tener el control? —le susurró Lilith—. Si quieres, puedo dejar que me azotes en tus rodillas.

Xabier trató de ignorarla.

—Sonia, no sé si podré…

—Claro que sí —respondió la doctora—. Te he observado muchas veces y sé que puedes hacerlo.

Uno de los acuerdos tácitos entre la doctora y él era que, bajo ninguna circunstancia, ella interviniera. No sabía cómo, pero, de alguna forma, cada vez que alguien lo tocaba, salía herido y no quería arriesgarse a que le ocurriera lo mismo. Hasta ahora, ella había respetado siempre aquella petición.

Lilith hizo lo que había sugerido y se colocó sobre su regazo, exponiendo sus nalgas para ser castigada.

Sin decir nada —siempre evitaba, en la medida de lo posible, que la buena de la doctora la percibiera de manera evidente—, meneó su trasero, animándolo a que la sacudiera.

—Vamos, ¿qué está haciendo? —preguntó la doctora—. Descríbelo.

Como siempre, a Xabier le daba reparo hablar de esas cosas.

—Se ha puesto encima de mí… Quiere que… la azote.

La doctora lo animó a que accediera, con un gesto de la mano —«Siempre es importante ver hacia donde te lleva tu mente» —decía siempre ella.

Dubitativo, Xabier le propinó una nalgada suave, apenas una caricia.

—Más fuerte, con energía —dijo la doctora—. Quiere que le hagas daño. ¡Házselo! ¿No es de eso de lo que hemos estado hablando? ¡Toma el control!

Esta vez, Xabier no se amedrentó y le arreó una palmada tras otra, cada vez con más fuerza, hasta que ella comenzó a retorcerse y su mano se puso roja. Cada cachete resonaba con fuerza en el silencio de la habitación y los mofletes de su trasero palpitaban ardientes.

—¡Eso es, eso es! —gritó la doctora.

Cuando hubo terminado, Lilith, jadeante y sin cambiar de posición, le agarró la mano y la guio hacia su sexo. Estaba tan húmedo que había comenzado a empaparle el pantalón. Al parecer, la sumisión la excitaba especialmente.

Xabier acarició aquellos pliegues bien lubricados antes de introducirle hasta tres dedos, como a ella le gustaba. Lilith comenzó a sacudir las caderas rítmicamente, al mismo compás con el que él la masturbaba. A intervalos, visitaba el botón prominente que la hacía suspirar, con sinuosas caricias circulares.

Poco a poco, iba conociendo sus gustos y la forma de llevarla antes al orgasmo, pieza clave para no acabar excesivamente extenuado en el intento.

Entretanto, su erección pugnaba por salir bajo el yugo de sus caderas que ahora no dejaban de moverse. Deseaba poseerla. Esa era la realidad que le tocaba vivir. En su locura, la parte más racional le llevaba a querer terminar con todo aquello, pero lo cierto era que el resto de su ser lo anhelaba.

Mientras proseguía con aquellos masajes y la doctora los observaba —bueno, sólo a él—, no pudo evitar acariciarle la espalda. Los omóplatos se le contraían una y otra vez, cada vez que se arqueaba incontroladamente. Deseó dar cuenta de sus pechos perfectos, pero permanecían inaccesibles, aprisionados contra el tapizado de piel.

—Es la hora —dijo la doctora—. No tendrás mejor oportunidad.

Xabier tragó saliva, dejó de masturbar a Lilith y se llevó la mano al bolsillo. El tacto frío y metálico de lo que había traído consigo fue un decepcionante contraste respecto al agradable calor húmedo del interior de su amante invisible.

Agarró aquel objeto con fuerza y…

No podía hacerlo. Simplemente no se veía capaz o, quizás, ni siquiera estuviera dispuesto a ello.

Lilith se incorporó y le hizo frente.

—¿Cómo te atreves a dejarme así? —le dijo ella.

—¡A qué estás esperando? —gritó la doctora—. ¡Es el momento, hazlo!

La mano de Xabier seguía en el interior de su bolsillo. Aún podía sentir la esencia de Lilith que impregnaba sus dedos.

Lilith lo agarró por el cuello y apretó con fuerza hasta cortarle la respiración. Xabier comenzó a lanzar manotazos con la mano libre, pero, como la otra vez, sus intentos parecían tan efectivos como los de un recién nacido. Aun así, se negaba a sacar lo que tenía en el bolsillo.

—Oh, dios mío —exclamó la doctora, al comprobar que su paciente se estaba ahogando, y, por primera vez, tras innumerables sesiones en las que había sido testigo de respuestas neurovegetativas sorprendentes —eyaculaciones sin estimulación; laceraciones e irritaciones espontáneas; modulaciones de la voz, acordes a otra personalidad dominante, siempre presente y asociada a un marcado caso de represión sexual—, se saltó la única norma establecida.

La reconocida experta en trastornos de identidad disociativo, la doctora Sonia Beltrán, acudió a socorrerlo y Xabier no tuvo forma de impedírselo. Bajo la opresión que Lilith mantenía ferozmente sobre su garganta, no había forma de que pudiera pronunciar palabra.

En cuanto la psiquiatra intentó sujetarlo, desconcertada, recibió un fuerte impacto en el diafragma y salió volando contra la estantería que hasta entonces había mantenido siempre impoluta. Una decena de libros y algún que otro jarrón de cristal cayeron a su alrededor.

Xabier no lo dudó más y sacó la navaja Stanley que le había regalado de pequeño con la intención de aficionarlo al monte. Pulsó el botón de apertura y clavó la hoja de acero aserrado en el costado izquierdo de Lilith.

La demonio producto de su imaginación aulló sorprendida y se alejó malherida, a rastras, por el suelo.

Esa había sido la estrategia planeada por la doctora, desde el principio. Si su mente había creado aquella identidad, también podría acabar con ella o, al menos, demostrarle que el dolor podía venir en ambos sentidos y, así, recuperar el control.

Sin embargo, una vez más, las cosas habían salido mal y acababa de herir a Sonia. Cuando acudió al encuentro de la doctora, comprobó que respiraba con dificultad. El aire apenas entraba en sus pulmones, acompañado de un murmullo constante, y de la boca le salían espumarajos de sangre.

—Lo siento… —llegó a vocalizar, con gran dificultad la doctora—. Me he equivocado… Lo sien…

Después, cerró los ojos y no respiró más.

Xabier se dejó caer en el suelo y simplemente esperó.

Después de varias horas, de absoluto silencio, en las que la oscuridad fue ocultando el cadáver de su psiquiatra —aún no se había atrevido a comprobar el estado de Lilith, de la que no había escuchado nada más—, un resplandor le llamó la atención. Procedía del monitor del ordenador que utilizaba la doctora antes de sus sesiones.

Sin saber qué otra cosa hacer y movido por la necesidad de ocupar su mente en algo, se acercó a comprobar el contenido de lo que mostraba.

Se sorprendió al descubrir que en la pantalla aparecía el interior de la consulta, ahora apenas visible en la penumbra, desde un ángulo elevado. Al parecer, la doctora había estado grabando las sesiones sin su consentimiento.

Ajeno a la navaja, embebida en la sangre de Lilith, que aún seguía en su mano izquierda, investigó el contenido de aquellas grabaciones. En ellas, aparecían cada uno de los episodios en los que Lilith había hecho acto de presencia.

Su locura debía de tener un límite, una frontera a partir de la cual el conjunto de las evidencias que había ido acumulando, hasta entonces, apuntaran a respuestas menos lógicas, porque, enseguida, llegó a una conclusión inevitable.

En los vídeos se veían y se escuchaban cosas que, hasta entonces, él había asumido como propias de su mente y, sin embargo, ahí estaban, perfectamente registradas. De vez en cuando, podía reconocer evidencias de la presencia de Lilith, como su voz en algún gemido que otro o influencias en todo lo que lo rodeaba y que respondían a momentos concretos que, hasta ahora, había creído propiedad de su imaginación.

Era real, Lilith, los encuentros sexuales, los ataques, todo había sido real. Eso significaba que él no había agredido a nadie, que era inocente y que ni siquiera estaba loco. Aquel triste consuelo, no sirvió para mitigar el dolor de lo sucedido ni para aliviar el futuro aciago que lo esperaba.

El broche final lo marcaría, días después, ya en prisión preventiva, acusado del asesinato de la reconocida doctora Sonia Beltrán, la difusión de una noticia emitida, a nivel mundial, y que acaparó todos los medios de comunicación. Un pequeño restaurante de su localidad había desaparecido, con varias personas en su interior, y había sido sustituido por un campo de oscuridad para el que la comunidad científica aún no tenía ninguna explicación.

Aquella noche, en su celda, cuando Lilith apareció de nuevo, por primera vez desde que la atacara con la navaja Stanley de su abuelo, no puso en duda su veracidad, ni siquiera cuando, muy en el fondo, pudo percibir, claramente, las diferencias entre la pobre representación que su mente acababa de recrear y la súcubo real, que lo había estado visitando hasta entonces.

Sí, su demonio era una súcubo. Era curioso lo mucho que se podía aprender sobre demonología cuando se estaba poseído.

Xabier sonrió, ya no estaría solo, nunca más.

Jorge Serrano Celada