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relatos Cielo Rojo

Relato corto – Brucculino

octubre 27, 2019
Restaurante italiano

Eduardo respiró hondo y trató de calmarse. Se encontraba frente a un restaurante italiano, en pleno centro de Madrid. La entrada había sido decorada en madera y le recordaba al toque rústico que se intentaba utilizar en muchas franquicias de comida rápida americana. De no ser por aquel nombre, Brucculino —grabado, convenientemente, en los colores de la bandera de Italia—, habría pensado que se había equivocado de dirección. Celia le había mencionado que era la forma en la que los italoamericanos pronunciaban el nombre de la ciudad de Brooklyn. Aquel era su punto de encuentro. Lo había elegido ella.

Cinco minutos antes, había recibido un mensaje de ella en el que, con tres escuetas palabras, le indicaba que ya había llegado. El pulso se le aceleró al pensar que estaría allí dentro.

Habían pasado más de dos años desde que se pusieran en contacto por primera vez. Dos personas casadas en busca de algo más, con cientos de kilómetros de por medio. En todo ese tiempo, habían compartido su intimidad hasta un grado que sólo permitía el saber que nunca podrían verse. Y, por supuesto, habían jugado a excitarse el uno al otro. Si alguien con quien pudiera confesarse le preguntara, diría que aquella mujer le había devuelto a la vida.

Todo había cambiado un mes antes. Tras varios años de esfuerzo, Celia había conseguido cumplir su sueño de graduarse y conseguir una plaza como educadora infantil. Le encantaban los niños, de hecho, ella misma se consideraba una de ellos. Como parte del programa de acogida, el colegio había financiado su asistencia a unas jornadas de formación, en Madrid. Eso reducía la distancia entre ellos a unos pocos cientos de kilómetros.

—Quiero verte —le había dicho ella.

Por un momento, aquellas palabras bastaron para dejarlo sin habla. La idea de estar junto a ella parecía irreal, como una posibilidad que hasta ese instante no había podido ser considerada. Tardó unos instantes en contestar que él también. Después, pensaría que su respuesta apenas había sido un pálido reflejo de la furia que se había desatado en él.

El claxon de un coche, que pasaba detrás de él, a toda velocidad, por la calle Trafalgar, lo rescató de sus pensamientos. Estaba punto de conocer en persona a la mujer que le había quitado el sueño durante los dos últimos años. Tragó saliva y tiró de la puerta, que era más pesada de lo que parecía.

El interior no estaba muy iluminado. Una fila de mesas cubiertas con manteles de cuadros blancos y rojos se alineaba hasta el fondo junto a la pared, que había sido decorada con ladrillos. El familiar olor a pasta recién hecha despertó en él un hambre diferente —algo más literal— al que solía torturarlos cuando jugaban juntos.

Le bastó un par de vistazos para encontrarla, en una de las mesas más alejadas —y estratégicamente resguardada—. No estaba seguro, pero juraría que el vestido negro de tirantes que llevaba era el mismo con el que se dio a conocer en la primera foto que le mandó. Algunos rizos, del mismo color que el vestido, le caían de manera sugerente sobre la frente, mientras se entretenía con el móvil. Se quedó sin aliento. Ella levantó la mirada y enseguida clavó los ojos en él. Una sonrisa le iluminó la cara. La misma que —junto a aquel vestido— lo atrajo la primera vez que la vio.

Él fue a saludarla, pero, en vez de eso, ella lo agarró por el cuello y lo besó en la boca, profundamente. Él se dejó llevar por los sabios sensuales movimientos de su lengua y bastó para que su entrepierna decidiera hacerse un espacio bajo los vaqueros.

Ella lo invitó a sentarse en la silla de enfrente.

—¿Llevas esperando mucho…? —comenzó a preguntar él, pero Celia le colocó un dedo en los labios, impidiéndole terminar la frase, y se reclinó hacia atrás. Sabía que tramaba algo, porque no dejaba de sonreír con el mismo brillo en los ojos que tenía cuando jugaban entre ellos.

Eduardo iba a hacer otra pregunta cuando notó que algo le tocaba la pantorrilla. No tardó en darse cuenta de que era ella, con el pie descalzo. Ella tuvo que esforzarse por contener una carcajada y él por mantenerse impasible.

Tomó la carta del restaurante y comenzó a leer. Podría haber estado en arameo y su cerebro habría procesado la misma información. Toda su atención estaba centrada en aquel pie, que ascendía, poco a poco, hacia su entrepierna. Para cuando alcanzó su objetivo, no habría habido forma de ponerse en pie y ocultar lo que allí escondía.

La tensión fue en aumento —si aquello era posible—, a medida que ella fue intensificando sus masajes.

Celia examinaba, divertida, cada una de sus reacciones. Él aún se aferraba a la carta, pero ya ni siquiera trataba de disimular. Realizaba profundas inspiraciones que se veía obligado a soltar en jadeos contenidos.

En un momento dado, ella se mordió el labio y el deseo se volvió irresistible. Decidió dejar a un lado los temores y se sentó a su lado en el banco. Ella protestó, al verse privada de su juguete, pero en cuanto él le colocó la mano sobre el muslo, guardó silencio. El tacto de su vestido era sedoso y contrastaba con la aspereza de sus medias.

—Ábrete de piernas —le susurró él al oído.

Esta vez, fue ella la que dejó escapar un jadeo entrecortado. Volvió a morderse los labios y acto seguido hizo lo que él le ordenaba.

Gracias a dios, el faldón del mantel era lo suficientemente largo como para ocultar lo que hacían. Ante aquella carta blanca, Eduardo decidió explorar aquel terreno deseado con suma lentitud. La falda se vio atrincherada ante su avance y la rugosidad de aquellas medias cedió, en un contraste excitante, a la suavidad de la piel, cuando dejó atrás lo que creyó que sería un liguero. Tuvo que hacer acopio de todos sus esfuerzos para no levantar el mantel y comprobarlo.

Cuando alcanzó la tela de sedosa de sus bragas, ella soltó un suspiro de bienvenida. Llamó a la puerta de aquella prenda íntima y ella respondió con un gemido. Insistió, varias veces, hasta que pudo percibir la humedad que se escondía al otro lado.

Tras aquella señal, se dio por invitado y retiró el tejido que le impedía avanzar. Acarició los labios que allí había y comprobó, con satisfacción, que estaban preparados para su llegada. Después, simplemente entró. Celia tuvo que taparse la boca para ahogar una exclamación.

Se maravilló del calor y la humedad con los que se vio acogido. ¿Cuántas veces había soñado con estar allí?

Decidió permanecer un poco más, allí, mientras sus dedos se acomodaban lentamente. Ella comenzó a moverse al mismo ritmo, a la vez que trataba de disimular el ritmo acelerado de su respiración.

Eduardo decidió seguir su viaje y ascendió hasta dar con el punto sobresaliente que, al ser acariciado, provocó que ella cerrara los ojos. Después, comenzó a acariciarlo con lentos movimientos circulares. A medida que progresaba, ella no pudo hacer otra cosa que arañar la mesa sobre el mantel.

Al contemplar aquel gesto contenido para evitar ser descubiertos y verse con esa clase de poder, Eduardo no pudo pensar en otra cosa que no fuera llevarla hasta el punto máximo. Sus dedos incrementaron el ritmo, sólo interrumpido para la provisión de la necesitada humedad tras aquellos labios. Sin embargo, cuando apenas le quedaban unas caricias más, comprobó que alguien se acercaba y retiró la mano furtivamente. Ella protestó por segunda vez.

El camarero que se plantó ante ellos, con un delantal en el que se leía el membrete del restaurante, les preguntó algo, pero ninguno de los dos llegó a escucharlo. Se miraron nuevamente y, sin decir nada, se marcharon de allí tan rápido como pudieron. No podían esperar más.

Camino del hotel, aprovecharon cada momento robado de privacidad como antesala de lo que les esperaría al llegar a la habitación.

Aquella tarde y gran parte de la noche, hicieron el amor de tantas maneras que habrían hecho falta cientos de páginas para describirlas todas. Fueron apasionados y delicados, salvajes y sumisos. Todas las sensaciones se entremezclaron hasta unificarse en una única. Ambos quisieron experimentar y ambos se dejaron hacer, como si desearan poner en práctica todas aquellas fantasías acumuladas durante infinidad de días de frustración.

Al día siguiente él tenía que irse. Sabían que aquel momento sería inevitable. Prácticamente no habían entrecruzado palabras entre ellos. Se habían limitado a saciar sus deseos y eso había sido más que suficiente. O, al menos, eso era lo que Celia había creído hasta ese momento.

A la entrada del aeropuerto, él le dio dos besos y se despidió. Ella decidió evitarse el dolor de verlo partir y se alejó, camino del coche de alquiler que la aguardaba.

Un vacío familiar volvió a apoderarse de ella. Todo aquel frenesí de placer y emoción, de lo que creía que era el encuentro de dos almas similares, era ahora un simple recuerdo, como tantos otros que había habido. La diferencia era que, en este caso, dolía más. Siempre había soñado que con él sería diferente, pero, al final, no había dejado de ser otro polvo más. Tuvo la necesidad irrefrenable de abrazarse a sí misma y de hacerse un ovillo en cualquier rincón oscuro que pudiera ocultarla del mundo.

Cuando llegó al coche, le temblaban tanto las manos que se le cayeron las llaves al suelo, con un leve tintineo. Se agachó a por ellas y, al verse en aquella situación, rompió a llorar.

Se incorporó tambaleante y, al hacerlo, alguien la abrazó por detrás. No necesitó que hablara para saber que quien era.

—Nunca te dejaré sola. Estaré siempre contigo.

 Se dio la vuelta y allí estaba él. Varias gotas de sudor le caían por la frente y le costaba respirar. Debía de haber corrido todo el trayecto desde el aeropuerto hasta encontrarse con ella.

Celia lo abrazó de nuevo y volvió a llorar, pero esta vez de felicidad. Ninguno de los dos sabía, a ciencia cierta, lo que significaban aquellas palabras, pero, en aquel momento, no necesitó nada más.

Fuera como fuese, él estaría siempre a su lado.

Jorge Serrano Celada

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