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relatos Cielo Rojo

Relato corto – Flor de loto

septiembre 5, 2019
Flor de loto - Jorge Serrano

Laura se permitió permanecer unos instantes más con los ojos cerrados, mientras intentaba recobrar el aliento. Casi podía escuchar sus propios latidos, resonando aún con fuerza desde su pecho. Volvió a contemplar a su compañero, que yacía bajo ella, observándola, y ninguno pudo evitar prorrumpir en una carcajada, como si se hubiera producido algún chiste que sólo ellos pudieran entender. Una pequeña gota de sudor descendió por su frente, hasta perderse en el lagrimal, y se vio obligada a limpiarse la cara con el dorso de la mano. Aquello le sirvió para recordar que debía seguir las indicaciones recibidas sobre el cuidado del nuevo tatuaje que ahora lucía detrás del hombro izquierdo.

Se encorvó con cuidado y comprobó que el plástico transparente, que cubría el dibujo para su protección, seguía en su sitio.

—Creía que habías dicho que ibas a tener prohibido el deporte después de hacértelo —dijo él sonriente.

Laura fingió sentirse ofendida y le propinó un suave puñetazo en el pecho.

—No era lo que tenía en mente cuando me invitaste a cenar —respondió ella, sin demasiada convicción—. No creo que un poco de sudor sea capaz de estropearlo, ¿no? —añadió para, acto seguido, volver a revisarlo.

Amit, que así era como se llamaba su contraparte en lo que no sabía si calificar como una relación, hizo amago de tocar el apósito y ella se apartó.

—¿Qué estás haciendo?

Por unos instantes, él se limitó a sacudir la cabeza, sin dejar de mirar su nuevo adorno.

—Creo que te han puesto mal el vendaje —dijo él finalmente—. No tapa el dibujo del todo.

Laura, que no entendía a qué se refería, decidió abandonar el plácido cobijo proporcionado por las caderas de Amit y se incorporó rápidamente. El colchón de la cama, sobre el que acababan de hacer el amor, se sacudió con un leve vaivén y, para cuando se hubo detenido, ella ya había alcanzado el espejo del baño, al otro lado de la habitación del hotel.

Como para confirmar el análisis inicial de Amit, soltó un exabrupto al comprobar que, efectivamente, parte del tatuaje sobresalía de la película de plástico adherida con esparadrapo. En realidad, el dibujo era un trabajo a medio hacer. Su tatuador había insistido en hacerlo en varias fases. El grabado pretendía representar una flor de loto, pero, por el momento, sólo disponía de dos grandes hojas verdes flotantes y unos tallos que caían sinuosamente, bajo el agua, por su omóplato. Estos últimos eran los que habían quedado en parte al descubierto, apenas unos centímetros, pero lo suficiente como para que en la imaginería de Laura surgieran toda clase de posibles enfermedades infecciosas de piel.

Dos o tres juramentos después, los brazos de Amit la rodearon por la cintura y aquello sirvió para traerla de vuelta del mundo de las preocupaciones. Era un lugar del que él la había rescatado en más de una ocasión y en el que, hasta ahora, se había resignado a vivir.

En cierta forma, aquel viaje y el tatuaje representaban su huida hacia delante de todos sus miedos. Amit había sido quien le había animado a hacérselo. Era algo que ella siempre había deseado hacer, pero para lo que nunca había encontrado la voluntad suficiente. El padma, o flor de loto, simbolizaba el renacimiento y la pureza en su cultura, o eso le había explicado él, y esa imagen le había parecido el mejor punto de partida para su nuevo yo.

—No te preocupes, no pasa nada —le dijo Amit al oído.

Al acercarse hacia ella por detrás, desnudo como estaba, pudo percibir la firmeza de su erección, a través del vestido de gasa, del que no había tenido tiempo de desprenderse. En vez de apartarse, exhaló un suspiro, apoyó las manos en el lavabo y se inclinó hacia delante, apretando sus nalgas contra la parte de él que minutos antes había conseguido hacerla volar. Él respondió con una embestida involuntaria que bastó para hacerla gemir de excitación y aquel fue el pistoletazo de salida para un nuevo viaje hacia las nubes.

En apenas unos instantes, él se deshizo de la ropa interior de ella, que había conseguido sobrevivir el encuentro anterior, le subió ligeramente la falda del vestido y amagó con varios intentos impacientes de su sexo por atinar el recorrido adecuado. Cuando su pareja dio, por fin, con el camino que lo había estado esperando, Laura emitió un jadeo eufórico y no pudo evitar imprimir sus propios movimientos de caderas a los que él acababa de iniciar.

Sin salir en ningún momento de ella, Amit la obligó a incorporarse para dar cuenta de sus pechos, uno de los cuales no tardó en descubrir con un leve tirón hacia abajo del escote sin tirantes. Verse sometida de aquella manera, frente al espejo, sirvió para que anhelara aquellos labios encarnados que la enamoraron la primera vez que los vio. Sin dejar de ofrecerle sus caderas, contra las que él arremetía una y otra vez, lo encaró todo lo que pudo y reclamó su lugar en ellos. Él accedió, besándola, hasta que, al alcanzar el clímax, ambos se vieron obligados a tomar aire.

Como el anuncio que sigue a la traca final, él cargó un par de veces más, sin el mismo ímpetu de antes, y, después, permaneció dentro de ella, rodeándola con los brazos. Las exhalaciones de él sobre su cuello le provocaban un ligero cosquilleo, que la hizo sonreír. Se apartó lo suficiente como para poder voltearse y volvió a besarlo, hundiendo los dedos en los rizos negros de su pelo.

Al cabo de un instante, él se retiró, con la mirada fija en el espejo.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

Como la vez anterior, él no contestó de inmediato. Parecía estar contemplando de nuevo el tatuaje. La paranoia innata en Laura la llevó a pensar que algo había ocurrido y que, quizás, una infección horrible habría comenzado a mostrar sus primeros síntomas bajo la parte descubierta. Intento ver qué ocurría, pero la zona sin plástico quedaba ligeramente fuera de su vista.

—Amit, me estás poniendo nerviosa, ¿qué pasa? ¿Qué tengo…?

Él balbuceó algo en lo que supuso que sería bengalí y, ante la desesperación mostrada en la cara de ella, se decidió a contestar por fin.

—Creo que… Creo que ha cambiado… El dibujo ha cambiado.

Laura se subió a la encimera del lavabo e intentó obtener una visión completa a través del espejo. En alguna ocasión, había oído que los tatuajes podían sufrir deformaciones por estiramientos y rupturas de la piel. ¿Una infección podría provocar algo así? No estaba del todo segura.

El plástico protector no dejaba ver bien lo que cubría, ya que la luz se reflejaba en él, pero era evidente que los tallos del loto ahora eran más alargados.

—¡Dios…! —exclamó ella nerviosa, a la vez que se le saltaban las lágrimas. Sus peores temores parecían estar cobrando forma.

Amit la obligó a mirarle a los ojos.

—Tranquilízate. No tiene por qué ser nada—. Ella intentó hacer lo que él decía, pero eran demasiados años de deformación personal como para poder superarlos de un plumazo. —Lo primero que vamos a hacer es descubrir el dibujo para ver cómo está, ¿vale?

Laura asintió, todavía alterada. Había empezado a temblar y las lágrimas seguían apareciendo sin control.

Como si la conociera perfectamente, Amit se limpió previamente las manos en el lavabo y, tras secarlas con una toalla limpia, se dispuso a retirar el esparadrapo que retenía el plástico protector. Laura no pudo evitar soltar un sollozo y él la besó en la frente.

—No va a pasar nada —repitió él.

Laura se obligó a mirar lo que él hacía. Cuando Amit consiguió liberar el plástico, se sintió aliviada al no sufrir ningún dolor. En su cabeza, la piel supurante había comenzado a sangrar, adherida al apósito recién retirado.

—¿Lo ves?, está bien —dijo él.

En efecto, la zona alrededor del grabado estaba un poco hinchada y algo enrojecida, pero ya le habían explicado que eso sucedería y, más allá de eso, no parecía haber ninguna otra complicación.

A pesar de que el miedo a sufrir una enfermedad se iba difuminando poco a poco, su preocupación, esa que siempre la acompañaba allá donde fuere, estaba lejos de disiparse. El dibujo se mostraba brillante por el Bepanthol, la crema antibacteriana que le habían aplicado antes de cubrirlo. Laura dudo en tocarlo, pero después se contuvo. Definitivamente, era diferente y no sólo por la longitud de los tallos.

—Hazle una foto, quiero ver una cosa —dijo ella.

Minutos después, ambos contemplaban sus teléfonos móviles, que permanecían el uno junto al otro, sobre la mesita de la entrada. El resplandor azulado de las pantallas era la única iluminación de la habitación, a excepción de la claridad de la luna que se colaba a través de las cortinas entreabiertas, lo que incrementaba aún más la palidez que comenzaba a reflejarse en la cara de Laura.

—No… No puede ser —dijo ella.

Como si estuvieran jugando a las siete diferencias, ambos dispositivos mostraban lo que parecían ser dos fotografías del mismo dibujo, entre las que, sin embargo, no se tardaban en apreciar pequeñas discrepancias. La correspondiente al teléfono de Laura, obtenida poco después de hacerse el tatuaje, mostraba la versión que ella recordaba; en la de Amit, sin embargo, las dos grandes hojas verdes circulares, que ahora se enraizaban hasta llegar casi a la altura de la zona lumbar, habían dado paso a un pequeño tallo, del que surgía el minúsculo capullo blanco de una flor.

—¿Qué significa esto? ¿Cómo puede ser? —pregunto ella.

Amit se limitó a encogerse de hombros.

 


 

Entre todas las teorías que se les ocurrieron, a cada cual más descabellada, la más plausible fue que, quizás, el tatuaje se hubiera hecho con alguna tinta especial de aparición lenta, si es que algo así era posible.

Laura decidió despejarse un poco y abrió la ventana de la habitación. Desde donde estaba, podía divisar el parque Sher-e Bangla Nagar, uno de los pulmones de Daca, la capital de Bangladés. A pesar de que ya era de noche, se percibía bastante bullicio en Green road, a los pies del hotel. Amit le había explicado que aquel día se celebraba el Vesak o Buda Purnima, en homenaje al Buda Gautama, coincidiendo con el plenilunio. En el aire, se percibía un fuerte olor a incienso.

—No puede ser nada de lo que hemos dicho —volvió a insistir Amit, ahora vestido con el albornoz del hotel—. Piénsalo bien, si fuera que parte del dibujo estuviera apareciendo poco a poco, se verían elementos nuevos, pero no cambiarían los que ya estaban.

Laura suspiró. En el fondo, sabía que tenía razón. Tanto los tallos como la posición de las hojas en la foto de Amit aparecían desplazadas con respecto a la suya. Fuera lo que fuese, era innegable que el tatuaje había cambiado por sí solo.

—¿Entonces que es? —preguntó ella desesperada—. ¿Cuál es la explicación?

Amit la miró fijamente, dándole a entender que ya sabía su opinión. La había expresado antes, pero ella no le había encontrado sentido. Como si adivinara lo que estaba pensando, Amit se acercó y la tomó del hombro que no había sido marcado.

—¿Por qué no? —dijo él—. Hoy es un día especial para mi gente y tú eres especial para mí. ¿Por qué es tan difícil de creer que quizás estemos asistiendo a algo que se escapa de nuestro entendimiento?

—¿Un milagro? —dijo con cierto sarcasmo.

Amit no lo negó, parecía estar hablando en serio y, de alguna forma, aquella idea comenzó a parecer menos descabellada.

—¿Y qué hacemos? ¿cómo sabemos lo que significa?

Esta vez, él se atrevió a acariciar la flor en ciernes de su hombro y, superado el miedo a terribles enfermedades infecciosas, ella se lo permitió.

—Hay que dejar que florezca —respondió él de forma lacónica.

Según la teoría que él manejaba, el tatuaje había cambiado cada vez que habían hecho el amor, sólo tendrían que volver a intentarlo. Laura se planteó bromear sobre el hecho de que él se estuviera aprovechando de la situación, pero, por alguna razón, aquel pensamiento perdió cualquier atisbo de gracia. ¿Hasta qué punto conocía a Amit? ¿Y si estaba siendo objeto de algún tipo de engaño?

—Amit…, no lo sé. Todo esto se me escapa y…

Él se limitó a besarla, intentando tranquilizarla, y el efecto fue embriagador. Él la había liberado de tantas formas posibles, que su única opción fue dejarse llevar.

—Está bien, hazme volar —dijo ella y dejó caer el vestido, que se deslizó suavemente hasta sus pies.

Amit se arrodilló frente a ella y comenzó a recorrer con la boca un camino tortuoso hacia su bajo vientre. Alternaba besos y mordiscos suaves por igual, cada uno de los cuales le provocaban pequeños espasmos incontrolados. A sabiendas de lo que vendría después, ella se apoyó en el alféizar de la ventana y separó las piernas, permitiendo que él se adentrara con mayor comodidad. Cuando él, por fin, alcanzó el destino hacia el que ella había abierto paso, Laura echó la cabeza hacia atrás y arqueó el cuerpo con un jadeo.

La lengua de Amit se movía con gran acierto, adentrándose en ella a través de unos labios diferentes a los que ahora pronunciaban el nombre de él, para, posteriormente, ascender hasta el punto palpitante que allí se escondía. Esa rutina se prolongó durante lo que bien podían haber sido horas, hasta que los gemidos de ella se intensificaron y él decidió complementar aquella tortura con los movimientos de unos dedos certeros.

Cuando sus esfuerzos dieron finalmente el resultado deseado, Laura creyó perder el control, viéndose obligada a morderse el labio para evitar gritar. Le hizo un gesto para que se detuviera y ella se concentró en mantenerse en pie, mientras todo su cuerpo se retorcía en oleadas interminables.

Cuando todo hubo terminado, se dejó caer, apoyándose contra la pared, frente a un Amit que ahora la contemplaba intrigado.

—Vale…, me has hecho volar —dijo ella, casi sin aliento—. ¿Y ahora qué?

Mientras ella aún intentaba recuperarse, Amit se incorporó y la tomó del hombro para que le permitiera ver el estado del tatuaje. Él permaneció en silencio el tiempo suficiente como para que a ella le entraran ganas de gritar. La claridad de la luna llena de aquel mes de mayo debería haber sido suficiente para permitirle dictaminar lo que tenía que ver, aun así, él decidió levantarse para encender la luz.

—¿Y bien? —le preguntó ella.

—Necesito hacerle otra foto.

Aquella contestación no le gustó, por muchas razones.

—¿Qué ocurre?, ¿qué has visto?

Él continuó sin darle ninguna respuesta. Por el contrario, cogió el móvil y la obligó a inclinarse de nuevo, mientras tomaba otra instantánea. Para consternación de Laura, en vez de mostrársela, se alejó y realizó una llamada. Con quien quiera que hablase, se comunicaba en bengalí, por lo que no podía entender nada de lo que decía, pero el tono era sin duda elevado.

El mundo de las preocupaciones le abrió de nuevo las puertas, de par en par, y decidió que tenía que salir de allí. Recogió el vestido del suelo, olvidando cualquier esperanza de recuperar su ropa interior, e intento pasar junto a Amit lo más rápidamente posible, pero él dejó el teléfono y se lo impidió.

—¡No, Laura, no es lo que parece!

—¿Y qué es lo que parece? —gritó ella evidentemente alterada—. ¿Con quién estás hablando? ¿Qué es lo que no me estás contando?

Amit le hizo un gesto con la mano para que se calmara y le pidió que le permitiera explicarse. El deseo de no sentirse engañada, de que su nuevo yo no fuera una farsa, la llevó a acceder a su petición. Sabía que lo más sensato sería propinarle una patada y salir huyendo, pero decidió quedarse.

Ambos se sentaron en la cama y, mientras él le mostraba el nuevo estado del grabado a través de la última fotografía tomada con el móvil, reconoció que la había estado siguiendo desde su llegada al país. Por alguna razón, él y otros muchos la consideraban especial. Mencionó algo relacionado con el tantra, término que le resultó vagamente familiar y el renacimiento del Buda Gautama a través de ella, pero, poco a poco, sus palabras fueron sonando cada vez más lejanas y apenas las escuchaba.

Lo único en lo que podía pensar era en la imagen que tenía delante. Según lo que podía apreciar en la pantalla del teléfono, los tallos de las hojas habían crecido en número y en longitud, llegando hasta el nacimiento de su nalga izquierda. Sin embargo, lo más destacable era el capullo de la flor, que había crecido, tornándose de un color más grisáceo, y que ahora era de un tamaño considerable.

Laura miró a Amit, que seguía hablando sin parar, y se preguntó hasta qué punto no había sido una estúpida al pretender cambiar de aquella manera. Había dejado entrar en su vida a un hombre que no conocía de nada, en un país extraño en el que podía haberle sucedido cualquier cosa —aunque hablar en condicional quizás no fuera la forma más correcta—. Se fustigó mentalmente varias veces más, antes de darse cuenta de que había vuelto a caer en uno de sus viejos hábitos. Estaba tan cansada de su propia opresión, forjada durante años y años de perfeccionamiento, que casi se sorprendió cuando interrumpió a Amit con su pregunta.

—¿Qué es lo que quieres que haga?

Asombrado por aquella reacción, Amit se quedó por un momento sin habla, probablemente más preparado para una ardua discusión o, quién sabía si, para otro tipo de resistencia más física. Esta última sospecha cobró mayor fuerza cuando él le propuso atarla a la cama, con la intención de evitar que se hiciera daño cuando el loto se abriera.

Sin decir nada, Laura se tumbó bocabajo sobre el colchón y, estirando las piernas y los brazos, se dejó atar por Amit, quien utilizó sábanas y toallas para amarrarla a las cuatro esquinas de la cama. Que ella recordara, nunca había realizado ningún acto de fe como aquel en toda su vida. No lo hacía por el hombre que ahora se desabrochaba el albornoz, dispuesto a penetrarla, ni mucho menos por sus promesas. Había sido la imagen de aquella flor, emergiendo desde el fondo de un abismo profundo, como una metáfora anhelada de sí misma, la que le había llevado a querer saber qué había detrás de todo aquello. En el fondo, sólo quería sentirse especial, saber que todo su sufrimiento había tenido un sentido cósmico.

Atada de aquella manera y totalmente sometida, era consciente de que él podría hacer con ella lo que quisiera. Para su sorpresa, Amit intentó ser igual de gentil que en anteriores ocasiones. Al principio, se sentó a su lado y se limitó a acariciarla con los dedos, desde la pantorrilla hasta el lugar donde ahora crecía el loto, para posteriormente descender hasta las nalgas, entreteniéndose con pasadas fugaces por su entrepierna. Después, comenzó a mordisquearla con suavidad en la espalda, descendiendo poco a poco. Laura agradeció el esfuerzo, pero sus atenciones ya no tenían el mismo efecto de antes, por lo que lo interrumpió y le pidió que terminara con todo aquello de una vez.

Amit no dijo nada y, aunque no pudo verle la cara, supo que aquella petición lo había contrariado. Al cabo de unos instantes, se echó encima de ella y la penetró sin los miramientos que había reclamado. Le hizo algo de daño, pero la naturaleza siguió su curso y pronto pudo dejarse llevar. Con cada acometida, él emitía un gruñido gutural y empujaba más y más adentro, como si lo hiciera con saña.

Por un momento, temió que él terminara antes que ella y que no le quedara más remedio que volver a pasar por todo aquello. Sin embargo, él supo mantenerse y, llegado el momento, ella hizo todo lo posible para evitar demostrar que había conseguido llevarla al orgasmo. Si lo logró o no, nunca pudo saberlo. De él, sólo escuchó las palabras «padma» y «se ha abierto», que pronunció con cierta admiración.

En ese instante, una sensación de euforia la invadió por completo, haciéndola temblar de una manera diferente a como lo había hecho al alcanzar el clímax. La ciudad de las preocupaciones, construida pieza a pieza durante tantos años, con cimientos que creía indestructibles, fue arrasada con aquel vendaval y sustituida por un ansia que, en un principio, no pudo identificar. De repente, se sentía capaz de cualquier cosa y, como para demostrarlo, se soltó de sus ataduras, rasgándolas con suma facilidad.

Amit, que se había retirado poco antes, parecía confundido y la expresión de su cara se movía entre el temor y la veneración. Al ver cómo Laura se había liberado, se arrodilló y comenzó a pronunciar lo que creyó que sería un mantra budista —«Om mani padme hum»—, repitiéndolo una y otra vez.

Ella, al verlo, pudo identificar aquella ansia que la dominaba, era pura y simple violencia. Deseó destrozar a aquel hombrecito que había intentado engañarla. Se acercó a Amit y, ante los ojos atemorizados de él, lo sujetó por el cuello, elevándolo varios centímetros en el aire. Después, lo lanzó hacia el otro lado de la habitación, como si se tratara de una bola de papel desechable. Amit se estrelló contra la pared y calló sobre la mesita que había servido para comparar las imágenes en los dos móviles, destrozándola por completo. Intentó incorporarse, pero sufrió un ataque de tos, al que lo siguieron varias gotas de sangre.

—Diría que se te ha perforado un pulmón —dijo ella con una naturalidad en la voz que la sorprendió. No sentía ni un ápice de remordimiento, sólo la necesidad de acabar con él.

Él intentó huir, pero, aunque no hubiera tenido la pared detrás para impedírselo, el diagnóstico de ella había sido bastante acertado y no habría podido alejarse demasiado. Cuando se acercó de nuevo a él, pareció recuperar las ganas de hablar.

—¿Qué hemos hecho? No eres lo que pensábamos… —dijo él, antes de sufrir otro ataque de tos—. Intentaste impedir su iluminación… —tos—. Destrucción… —tos—. Señor de la ilusión… —tos—. Demonio…

Ella se hartó de su palabrería sin sentido y volvió a alzarlo por el cuello, como la última vez. Él trató de soltarse y, con una última bocanada de aire, logró decir un nombre que, por alguna razón, le resultó extrañamente familiar.

—Mara…

Después, simplemente apretó el cuello, aplastándole la tráquea como quien desecha una lata vacía de cerveza. Al soltarlo, su cuerpo sin vida se desplomó con un golpe seco.

Mara decidió vestirse, no sin antes localizar la ropa interior que el muñeco parlante había arrojado, sin cuidado alguno. Antes de abandonar la habitación, decidió mirarse en el espejo y sonrió al comprobar que ahora el tatuaje mostraba una enorme flor de loto de color negro.

Abrió la puerta, preguntándose con cuantos muñecos podría jugar aquel día.

Jorge Serrano Celada