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relatos Cielo Rojo

Íncubo – Capítulo 01

noviembre 3, 2019
Mujer en la oscuridad

 

Capítulo 01 – No fueron necesarias las palabras

Alma observaba a aquella mujer con una curiosidad casi inconsciente. No había nada en ella que llamara la atención, excepto el pelo desaliñado y su pésimo gusto para vestir —falda de franela hasta los pies, en pleno agosto. ¿En serio?—. Quizás, fuera por la forma en la que se detenía a contemplar a la gente que comía en las primeras mesas. En un principio, pensó que estaría pidiendo dinero, pero lo único que hacía era observar a unos y a otros, como si buscara algo. Algunos la miraban extrañados, pero la mayoría se limitaba a ignorarla.

A lo que voy es a que, si el master dice que llueve mierda, entonces, es que llueve mierda.

Aquella frase la trajo de vuelta a la conversación. Emilio remataba su reciente afirmación con una sonrisa y un encogimiento de hombros que daban a entender que se encontraban ante una verdad incontestable.

Alain, que estaba a su lado, se rió ante aquella ocurrencia y asintió con la cabeza, dándole la razón.

Los tres esperaban, alrededor de la mesa, a que les llevaran la comida. Aquel Carl’s Jr había abierto recientemente y, además de ser barato, estaba a pocos metros de la oficina. Las paredes, rematadas con láminas de madera y ladrillo en blanco, mostraban varios eslóganes en inglés —«Meet and Fire» o «100% Angus Beef»—, que animaban a una dieta carnívora sin complejos. Para ser un día entre semana, al mediodía, no había demasiada gente, lo que era de agradecer.

Mientras Alain les explicaba las pocas reglas que, según él, tendría la partida de rol que estaba preparando, Alma se preguntaba en qué habría estado pensando cuando accedió a participar. De vez en cuando, él utilizaba palabras que bien podrían pertenecer a otro idioma y aquello sólo sirvió para alimentar sus dudas.

En un momento dado, sintió que alguien se acercaba por detrás y, al girarse, descubrió a aquella mujer que, ahora, era a ellos a quienes observaba. Al estar más cerca, pudo comprobar que tenía una malformación en el labio superior que la afeaba bastante. No debía de ser demasiado mayor, pero su aspecto descuidado le añadía algunos años más. Parecía especialmente interesada en ella.

Tal y como había hecho en los casos anteriores, esperó un rato, lo que pareció importunar a Alain, al verse interrumpido, y, después, se marchó. Sin embargo, en esta ocasión, en vez de continuar con la mesa larga de estudiantes que tenían detrás, se dirigió hacia unas escaleras que Alma supuso conducirían a los baños.

Alain no le dio más importancia y continuó con su explicación, a la que se unió Emilio, evidentemente animado.

Minutos después, la conversación giraba alrededor de la importancia que tenía el transfondo de los personajes, generado por los dados, en aquella partida de rol. Alma envidió la opción de tener una historia de la que no fuera responsable. Pensó en la posibilidad de hacer lo mismo con algunos aspectos de su pasado y le pareció la mejor idea del mundo. Se sorprendió al descubrir que, después de todo, lo que les contaba su compañero comenzaba a resultarle interesante.

Intentaba prestar atención, cuando Alain volvió a detenerse, claramente contrariado. Fue a advertirles sobre algo, pero para cuando quiso reaccionar, ya era demasiado tarde. Alma sintió que algo le caía en el pelo. Apenas tuvo tiempo de entrever a la mujer de la falda de franela a su lado, pero, en ese instante, quizás por una aversión forjada durante años a que algo así le sucediera, supo que acababa de escupirla.

Instintivamente, se llevó la mano al cabello y enseguida se arrepintió. Algo húmedo y viscoso le impregnó los dedos. Asqueada, se levantó rápidamente, derribando la silla, y se restregó la mano en los vaqueros.

—¡Hija de puta! —exclamó Alma, ante la cara de sorpresa de Emilio—.¡Me acaba de escupir!

Alain confirmó la inevitable conclusión a la que ella había llegado y, como si quisiera protegerla, se interpuso entre ambas. Los improperios que soltó Alma, junto con el escándalo del asiento al caer, atrajeron a los que comían cerca. La mujer, que no le quitaba ojo por encima del escudo humano que era ahora Alain, se mantuvo en silencio.

Una de las empleadas del local se acercó a ver lo que sucedía.

—¿Qué ha pasado? —preguntó al ver el percal. Apenas rondaría los «veintipocos». En su camiseta, de color negro, se podía leer la frase «Keep Carl and bacon on», un juego de palabras que sólo funcionaba en ingles, en el que se entremezclaban el nombre del restaurante y la panceta para decirle que se mantuviera calmada. Alma sabía que aquella trabajadora no tenía la culpa de nada, pero no pudo evitar cierto descargo en ella.

—¿Tú que crees? Pues nada, que, aquí, la amiga ha decidido escupirme —dijo Alma señalando a la mujer. Por un momento, estuvo tentada de volver a echar la mano al pelo—. ¿Qué te parece?

Esta última pregunta vino acompañada de una de sus sonrisas sarcásticas. Siempre que algo la contrariaba surgían con la naturalidad de un acto reflejo.

—Vamos a calmarnos un poco —dijo Keep Carl. Su acento evidenciaba su origen latinoamericano.

—Yo estoy muy calmada —replicó Alma. Otra sonrisa sarcástica—.

Emilio le pidió a la camarera que llamara a la policía, mientras Alain seguía vigilando a la mujer, que parecía ajena a todo lo que estaba sucediendo. Alma no creyó que estuviera especialmente cuerda. Probablemente, ni siquiera fuera consciente de lo que acababa de hacer. Sólo había tenido la mala suerte de estar cerca de ella cuando los demonios que la hicieran alucinar le habían llevado a actuar de aquella manera.

Decidió que ya había tenido suficiente y preguntó por los lavabos. La empleada, claramente superada por la situación, no pareció dar con la respuesta y tuvo que ser una señora, con el pelo gris matizado en rosa y una blusa floreada, quien le indicara que estaban en el pasillo, antes de llegar al mostrador.

Mientras Alma se marchaba a asearse, tuvo tiempo de ver aparecer en escena a una compañera, algo más mayor, de Keep Carl. Esta, en su camiseta, tenía la frase «Recuerda, si bebes, refill a full».

Ya en el baño, delante del espejo, pudo comprobar, con todo el asco que podía expresar su cara, que aquella mujer no se había limitado a escupirla. El esputo se tornaba en cierto color verdoso y caía, en chorretones, adherido a un mechón del pelo.

Alma cogió un manojo de papel e intentó limpiarse como pudo. En esta ocasión, no le importó saltarse sus principios ecológicos y utilizó todo el que creyó necesario. Se frotó con tanta fuerza que llegó a hacerse daño. Después, se lavó con agua hasta que varios goterones resbalaron por la puntilla que coronaba la camiseta de manga corta.

Cuando terminó, apoyó los brazos en el lavabo y se observó en el espejo. Su peinado estaba completamente arruinado. El corte asimétrico, al que solía dedicar no pocos minutos cada día, parecía una maraña sin concierto. Suspiró e intentó hacer acopio de la voluntad necesaria para regresar. El bullicio que se escuchaba fuera era indicio de que el problema estaba lejos de solucionarse.

Decidió que lo mejor sería proponer a sus compañeros ir a comer a otro sitio y olvidarse de todo aquello. Sólo esperó que no hubieran insistido en la idea de llamar a la policía. No necesitaba más complicaciones en su vida. Volvió a contemplarse y, resignada, se dispuso a salir.

En ese instante, oyó voces procedentes de la entrada, lejos de la algarabía del fondo, seguidos por varios comentarios de sorpresa. Al salir, atraído por aquel nuevo acontecimiento, casi fue arrollada por uno de los estudiantes de la mesa de al lado. El chaval, que le sacaba más de una cabeza, con un pelo y barba prominentes, lanzó una disculpa apresurada y continuó su camino, en pos de saciar su curiosidad. Los comentarios crecieron en intensidad y más personas se unieron a aquella nueva atracción. De repente, parecía que su encuentro con la mujer hubiera pasado a un segundo plano.

Sin ningún afán de protagonismo, se preguntó qué podría haber eclipsado a la escena anterior, en la que se había visto involucrada de manera involuntaria. No tuvo que esperar demasiado para obtener la respuesta. A pesar de que varias personas se habían apelotonado junto al mostrador y de que su altura tampoco ayudaba demasiado, no necesitó acercarse demasiado para ver lo que sucedía. En su cara se dibujo la misma expresión de asombro que se vislumbraba en la de todos los presentes.

Aquel día, había amanecido con el cielo completamente despejado y el sol debería de estar golpeando con la fuerza suficiente como para incomodar a quien no usara gafas para protegerse. Sin embargo, más allá de las puertas de cristal, que permanecían abiertas, de par en par, parecía ser de noche.

Quizás, aquella descripción no fuera del todo certera. Aun a altas horas de la madrugada, cualquiera de las calles de la zona se teñiría con el habitual color amarillento proporcionado por el alumbrado y el tráfico nocturno. Sin embargo, lo que había al otro lado era una absoluta oscuridad. Por un momento, Alma barajó la posibilidad de que aquello fuera alguna clase de broma mediante algún efecto óptico, pero, al contemplar aquella nada, comprendió que era de verdad. Nada podía parecer tan irreal sin no serlo.

Emilio y Alain no tardaron en llegar. No fueron necesarias las palabras.

Jorge Serrano Celada

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