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relatos Cielo Rojo

Íncubo – Capítulo 02

noviembre 10, 2019
Cara de mujer en la oscuridad

 

Capítulo 02 – Nadie se atreve a decir nada

Unos treinta minutos más tarde, no había habido nada que hubiera arrojado algo de luz —ni siquiera, en el sentido más literal de la palabra— sobre lo que estaba pasando.

Alma no podía dejar de mirar el vacío que se cernía al otro lado de la puerta. Aquello no podía estar pasando. Desde que entraran a aquel lugar, todo había sido un cúmulo de sucesos sin sentido. Se planteó la posibilidad de estar soñando, pero, de ser así, estaría ante la pesadilla más realista y detallada de su vida.

Unas veinte personas, entre comensales y empleados, se distribuían alrededor del mostrador, prudentemente alejados de la puerta. Algunos conversaban entre ellos, como si esperaran a que alguien diera pie al inicio de alguna reunión. Emilio decidió tomar la iniciativa y, tras colocarse en el centro, se valió de su gran altura para atraer la atención de los demás, con aspavientos y algún grito que otro.

Alma contempló al hombre que estaba más cerca de las puertas. Era corpulento, lo suficiente como para que la camisa vaquera no fuera capaz de ocultar la prominencia de su barriga. Se contemplaba la mano como si acabara de recibirla nueva en algún implante. Poco a poco, la gente fue guardando silencio y, finalmente, Emilio se dirigió a él.

—A ver, explícanos lo que ha pasado —dijo con evidente falta de paciencia e, inconscientemente, se subió las gafas sobre el puente de la nariz.

Por un momento, aquel hombre pareció no reparar en él. Luego, miró a su alrededor, sorprendido al comprobar que todos lo observaban, y carraspeó un par de veces antes de hablar.

—Hola… Soy camionero, ¿saben? Estoy acostumbrado a conducir de noche. Tengo muchos kilómetros a mis espaldas y no es la primera vez que me toca moverme sin luces. A lo que voy es que sé moverme en la oscuridad, ¿saben? Más poco que mucho, siempre te deja ver algo. Es cuestión de acostumbrarse. Pero esto… —dijo señalando a lo que no había tras la puerta—. Esto no está bien… —Después, hizo una pausa y Emilio lo animó a que prosiguiera, con un gesto de la mano. El hombre los miró con recelo—. Igual no tenía que haberlo hecho…, pero he metido la mano.

Hubo algunos murmullos que Emilio se esforzó por acallar.

—Vamos a dejar que termine, ¿vale? —dijo y después volvió a dirigirse al camionero— Continua, por favor.

—Ha sido muy extraño, ¿saben? Era… No sé…, como si me hubieran cortado la mano. No sé cómo explicarlo, pero no podía sentirla. Me he asustado y la he vuelto a sacar.

—Vamos a ver, ¿estás diciendo que te ha desaparecido la mano al meterla ahí? —Esta vez, quien hablaba era un hombre con traje y peinado impolutos. La barba, bien perfilada, le daba un aire de autoridad, probablemente bastante premeditado. Algo en él no terminó de gustarle a Alma. Tras su comentario, dejó escapar una carcajada cínica, mucho más intencionada que una de las ya famosas sonrisas sarcásticas de Alma y buscó la complicidad de los otros.

—Pueden creer lo que quieran, pero… —respondió el hombre de la camisa vaquera. Volvió a mirarse la mano y, en vez de continuar, decidió mantenerse en silencio.

Era evidente que se estaba guardando algo. Algunos lo animaron a continuar. Aquel hombre dirigió una mirada hacia el tipo del traje y dudó unos instantes. Las sombras que arrancaban las luces del techo sobre su cara parecieron volverse más pronunciadas.

—De pequeño, me rajé la palma con una botella de cristal, ¿saben? Me tuvieron que poner varios puntos… He tenido la cicatriz desde que tengo memoria—. Acto seguido, alzó la mano y la enseñó para que todos pudieran verla. A simple vista, no había nada extraño en ella—. ¿Lo ven?, ya no está. Ni una marca.

Alma no supo cómo procesar aquella información. Era evidente que aquello no podía ser ningún tipo de broma. No esperaba que, de repente, alguien apartara una gruesa cortina negra desde el otro lado y se asomara para reírse de ellos. Sin embargo, lo que acababa de contarles aquel hombre era difícil de creer y, aún así, descubrió que no dudaba de que estuviera diciendo la verdad.

—¡Venga, sí! —volvió a hablar el hombre del traje—. ¿Quién va a creerse esa estupidez? —Después, se dirigió al camionero—. Deja de inventarte cosas. Ya has tenido tu minuto de gloria. Ahora, si no te importa, deja que hablemos los demás.

Alma comprobó que el camionero apretaba los puños y, por un momento, pensó que ocurriría lo peor. Emilio también debió de percibirlo, porque se interpuso entre ambos. Sin embargo, la señora del pelo gris rosado decidió intervenir y el hombre volvió a calmarse.

—Si tanta estupidez te parece, ¿cómo explicas esto? —preguntó la señora al hombre del traje, señalando a la entrada. La severidad de la fina línea de sus labios, bajo las gafas con cordón, evocó en Alma el recuerdo de algunas de sus profesoras de la infancia.

El del traje no supo que decir y, evidentemente airado, decidió volver a su sitio, sin decir nada.

La discusión continuó con nuevos integrantes. Una chica rubia con una blusa amarilla y vaqueros cortos preguntó si alguien había oído hablar de algo así antes. Otro hombre, este con un traje gris menos imponente y pelo con barba canosos, respondió que lo más parecido serían los eclipses de sol, a plena luz del día. Todos estuvieron de acuerdo en que aquello no se parecía en nada.

Alma se dio cuenta de que, con todo aquello, se había olvidado completamente de la mujer de la falda de franela. Miró a su alrededor, pero no parecía estar entre aquella gente. Fue a preguntar a Alain si la había visto, cuando algo hizo que se detuviera en seco. Sin darse cuenta, se puso a temblar. Después, se tapó la boca, como si quisiera contener un grito y señaló horrorizada la entrada, justo a la altura del suelo.

Los demás, al ver su expresión, no tardaron en dirigir sus miradas al punto indicado por ella y se escucharon varias exclamaciones de sorpresa. Sin darle tiempo a reaccionar, Emilio apartó al camionero y lo arrastró junto al mostrador.

De entre aquella oscuridad, a pocos centímetros del suelo, surgía lo que parecía ser el brazo de una mujer. La mano estaba entreabierta, como si hubiera tenido la intención de agarrar al hombre de la barriga prominente. Permanecía totalmente inmóvil.

Una chica de pelo moreno, con un vestido corto negro, visiblemente fuera de control, pidió que la rescataran antes de que se ahogara —por alguna razón, a Alma, aquella asunción sobre la falta de aire no le pareció nada descabellada—. El estudiante de los pelos y la barba que casi la derribó antes decidió hacerle caso y se dirigió a la entrada, dispuesto a sacar a aquella mujer. Sin embargo, Alain acudió veloz y le bloqueó el paso.

—¡Qué cojones haces? —preguntó el estudiante—. ¡Hay que sacar a esa tía de ahí!

—¡No sabemos lo que es! —respondió Alain.

A Alma no se le escapó que Alain había utilizado el artículo neutro para referirse a la dueña de aquel brazo. Un escalofrío le recorrió la espalda.

Una mujer de pelo rubio y de constitución más ancha que estrecha, acudió al encuentro con la intención de enfrentar a Alain. Parecía vestida para algún evento formal, con una falda corta y tacones. Otros también se acercaron y se enzarzaron con él, en una discusión sobre lo que debían hacer.

En ese instante, un chaval latinoamericano, con una gorra y una camiseta similar a la que lucían las dos empleadas de aquel local señaló, con un grito, que el brazo se estaba moviendo.

Todos se giraron y, aunque Alma no llegó a ser testigo de ello, pudo apreciar que, en efecto, ahora, aquella extremidad había cambiado de posición y se apoyaba contra el suelo, como si quien estuviera tras él tuviera la intención de levantarse. Fuera quien fuese no parecía estar asfixiándose, pero entonces, ¿por qué se quedaba ahí parado?

El grupo que se había formado alrededor de Alain se separó ligeramente.
—¿Veis?, está viva —dijo el estudiante de los pelos y la barba—. Tenemos que ayudarla.

Otros asintieron y, aunque Alain volvió a protestar, el estudiante decidió ignorarlo y se adelantó, antes de que nadie pudiera detenerlo. Cuando estaba a pocos centímetros de la entrada, dudó unos instantes y echó la mirada atrás, como si esperara alguna confirmación. Emilio, que conocía bien a Alain y sabía de su buen instinto, recomendó que no lo hiciera, pero otros lo animaron a seguir.

Alma tuvo un mal presentimiento sobre todo aquello y tuvo que contener las ganas de gritar a aquel chico que se alejara de allí. Sin embargo, había que ayudar a aquella mujer.

El estudiante asintió y acercó la mano lentamente, con cuidado.

—Está frio… —empezó a decir, cuando sus dedos tocaron la piel de aquella extremidad. Ni siquiera tuvo tiempo de terminar la frase. Aquel brazo comenzó a moverse y detrás, surgió alguien a rastras, que se fue incorporando poco a poco.

Decir que aquella cosa era humana habría sido bastante aventurado. Alma se vio obligada a contener nuevamente un grito y volvió a taparse la boca.

Aquella figura, que estaba completamente desnuda, parecía tener el cuerpo esbelto de una mujer de gran altura, sin embargo, carecía de pechos y entre las piernas disponía de un miembro de amplias proporciones. Sin embargo, lo más llamativo era su cara o, mejor dicho, la ausencia de ella. El rostro era totalmente plano, sin ojos, boca o nariz, como si alguien se los hubiera borrado de un plumazo. A Alma, aquella cabeza sobre la que tampoco se apreciaba ningún tipo de cabellera, le recordaba a la de esos maniquies sin facciones que había en algunas tiendas.

La gente se echó hacia atrás e intentó huir, pero varios se tropezaron entre sí y cayeron al suelo, incluido el estudiante que había despertado a aquella cosa. La figura pareció estar interesada únicamente en él y avanzó hasta agarrarle por la pechera de la camiseta. Después, con una facilidad inhumana, lo alzó por los aires y lo empotró, bocabajo, contra el mostrador.

El estudiante intentó escapar, pero aquella cosa lo mantenía inmóvil, con un sólo brazo y sin aparente esfuerzo. Era como un muñeco para él. Después, le destrozó la camiseta, que cayó al suelo echa jirones, e hizo lo mismo con sus vaqueros. La tela de los pantalones se desgarró como si fuera papel. ¿Cuanta fuerza era necesaria para conseguir algo así?

Presa del terror que la mantenía inmóvil, Alma pidió a gritos que alguien lo ayudara. Más tarde, se lamentaría de haberlo hecho, pero, en aquel momento, no se veía capaz de nada más. Otro de los compañeros del estudiante pareció escucharla e intentó agarrar por detrás a aquella figura. Utilizó alguna clase de llave para tratar de inmovilizarlo. Segundos después, el cuerpo de aquel chico salía disparado hacia el otro lado y se estrellaba contra las mesas de enfrente, en medio de un gran estruendo.

En un principio, nadie pareció reaccionar, hasta que Alma, que comenzaba a sentir las primeras punzadas de la culpabilidad que la torturaría después, acudió en su ayuda. El chaval agonizaba entre espasmos en el suelo, pero al verla, sin saber cómo, encontró las fuerzas suficientes para emitir una suerte de gorjeo ininteligible. De la comisura de los labios se le escaparon varias burbujas de sangre. Después, simplemente, dejó de moverse, como si alguien lo hubiera desconectado. Su camiseta adoptaba una forma extraña a la altura del pecho, donde se apreciaba una profunda depresión. Aquella cosa le había reventado la caja torácica.

Alma comenzó a sollozar, presa de los nervios y Alain no tardó en rescatarla, ayudándola a ponerse en pie.

Alguien más gritó que había que socorrer al estudiante retenido por aquella monstruosidad, pero Alma, con los ojos enrojecidos y aún temblando, se acercó y negó con la cabeza.

—Que nadie se acerque… —dijo ella—. Por favor, que nadie se acerque.

Ninguno le llevó la contraria, ni siquiera la mujer rubia que anteriormente se había enfrentado a Alain.

El estudiante aún permanecía inclinado sobre la barra, totalmente desnudo, mientras aquel ser sin cara lo mantenía inmovilizado, por detrás, con suma facilidad. De repente, aquel rostro sin facciones se abrió donde antes no había una boca y mostró una lengua alargada, más animal que humana.

Para el horror de todos, incluida Alma, la monstruosidad que aquella cosa tenía entre las piernas se irguió, como si tuviera voluntad propia, creciendo aún más. El estudiante, que no dejaba de revolverse, pidió ayuda y aquello fue como un mazazo de impotencia. Todos guardaron silencio.

Después, ensartó a su víctima con aquel pene monstruoso, que entró sin dificultad alguna.

El estudiante se arqueó hacia atrás, pero en su cara no hubo ningún atisbo de dolor. Por el contrario, cuando aquella cosa comenzó a embestirlo, con absoluta parsimonia, él dejó de protestar y se inclinó aún más para facilitarle el trabajo.

—Dios… ¿qué es esto? —exclamó sin aliento.

Alguien, que Alma creyó recordar que era el otro compañero de aquel chico, hizo ademán de acercarse, pero al verlo, el estudiante le indicó con la mano que se detuviera.

—Dejad que termine…, por favor, que no pare…

Alma no se sorprendió tanto por aquella reacción como por la suya propia. Por un momento, a pesar del horror, la culpabilidad y el miedo que la mantenían totalmente paralizada, bajo todo aquello, en lo más profundo y casi a un nivel irracional, deseó ser ella la que estuviera en esa barra. No quiso saber lo que significaba y se obligó a abandonar aquella idea, como si nunca hubiera existido, pero aun así, no pudo evitar sentirse asqueada de sí misma.

El estudiante, que seguía sometido a los implacables movimientos de aquel ser sin rostro, jadeaba sin control sobre el mostrador y el resultado de su propia erección bailaba al son de cada acometida.

Al cabo de unos instantes, que parecieron interminables, la bestia aceleró el ritmo y, llegado el momento, el estudiante se encogió, entre temblores, y emitiendo un gruñido prolongado. Una vez más, Alma se descubrió contemplando aquella escena sin ningún tipo de censura. No sabía qué era lo que le sucedía. Ella no era así. ¿O sí?

A pesar de que todo había terminado y de que aquella cosa había liberado por fin a su presa, algo parecía no estar bien. El estudiante, que ahora permanecía acurrucado en el suelo, junto al mostrador, seguía bajo la influencia de un clímax interminable, con espasmos incontrolados y gemidos constantes. En el suelo, a sus pies, se había formado una pequeña mancha, que Alma no tardó en identificar, producto de la secreción que él seguía dejando escapar, aunque, cada vez, en menor cantidad.

—Haced que pare…, por favor, que pare… —llegó a balbucear el estudiante.

Sin embargo, no hubo tiempo para hacer nada. Aquel ser agarró por el tobillo al chaval y lo arrastró hacia la entrada. Instantes después, ambos habían desaparecido en la oscuridad.

Por el camino, sólo quedó el leve rastro de la mancha esparcida que el estudiante había dejado tras de sí, de manera incontrolada.

Nadie se atrevió a decir nada.

Jorge Serrano Celada

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