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relatos Cielo Rojo

Íncubo – Capítulo 03

noviembre 17, 2019
Mujer tumbada en la oscuridad

 

Capítulo 03 – Tener que hablar

Por alguna razón, Alma no podía dejar de contemplar la negrura que se cernía tras la puerta, como si esperara que aquel monstruo volviera a aparecer de nuevo. No sabía si sería así ni si, de ser el caso, aquella guardia supondría alguna diferencia, pero había insistido en permanecer cerca de la entrada, para no perderla de vista.

Emilio y Alain no habían querido dejarla sola, por lo que, ahora, los tres vigilaban desde los bancos de la esquina más alejada del mostrador. Todos los demás habían decidido resguardarse en el comedor del fondo, pasado el corredor, desde donde apenas se oía algún murmullo que otro. Alma no creyó que nadie tuviera ganas de hablar.

Emilio confirmó aquella percepción. Venía de visitar las otras mesas.

—Están todos muertos de miedo.

—Nos ha jodido. ¿Y quién no? —respondió Alain.

Alma no sabía qué decir. Quería hacer algo, cambiar las cosas, pero ¿qué podían hacer en una situación que nadie entendía?

—¿Y la mujer? ¿La has visto? —preguntó ella, refiriéndose a la loca que le había escupido un millón de años antes.

Emilio asintió.

—Está sola, sentada en las escaleras de arriba. Parece estar tranquila, así que no creo que haya que preocuparse.

Alma sabía que Emilio sólo trataba de transmitir seguridad y tranquilizarla. Estaba en su naturaleza, como el intentar tomar la iniciativa del liderazgo para encauzar la situación. Sin embargo, las cosas estaban lejos de despreocupar a nadie.

—He estado hablando con una de las empleadas —continuó diciendo Emilio— y me ha dicho que hemos tenido suerte, porque acababan de surtir las neveras. Así que tenemos comida para varios días.

» Al principio, no quería compartirla. Insistía en cobrárnosla. Le he dicho que no se preocupe, que la próxima vez que aparezca el monstruo, dejamos que sea ella quien lo atienda y le dé una mesa.

—Estamos todos volados —respondió Alain—. La pobre chavala no sabrá ni por dónde le da el aire.

Emilio le dio la razón y añadió que debían bloquear las puertas, cuanto antes.

Alma apenas los escuchaba. No podía dejar de pensar en los dos estudiantes, uno muerto y el otro ni siquiera sabían cómo estaba. El remordimiento por haber provocado el fallecimiento del primero la estaba matando y, sin embargo, lo que venía a su cabeza, una y otra vez, era otra cosa. Se sintió sucia, perversa e, instintivamente, se frotó las manos, como si tratara de lavarse aquella idea.

Alain debió de notarlo y la agarró del brazo suavemente para tranquilizarla. No era un gesto que la entusiasmara demasiado. Odiaba que la tocaran para llamar su atención. Era una manía como cualquier otra. Sin embargo, en aquella situación, agradeció aquel contacto.

—No te voy a decir que vamos a salir de esta —dijo él mirándola fijamente—, porque no lo sé. Pero vamos a hacer todo lo que podamos.

Alma asintió lentamente, no sin antes dejar que se le humedecieran los ojos. Frunció los labios, molesta por mostrarse tan débil.

—Tiene que haber algo que podamos hacer para salir de aquí —dijo ella—. Igual, intentar cruzar con una cuerda atada o algo.

Alain negó con la cabeza.

—No creo que sea una buena idea. Pero sí hay algo que quiero comprobar antes de hacer lo que propone Emilio.

Alain les explicó que había estado pensando en lo que les había contado el camionero sobre la cicatriz que tenía en la mano. Lo primero que debían hacer era verificar si lo que decía era cierto. Las puertas se abrían hacia fuera, adentrándose en aquella oscuridad. Si intentaban cerrarlas, tendrían que atravesarla, como había hecho aquel camionero, y no quería que nadie más se expusiera sin toda la información posible.

Dicho esto, se levantó y se dirigió a la parte de atrás del mostrador.

Alma se obligó a no pensar en el cadáver del chico que habían decidido dejar en ese mismo sitio.

Tras varios minutos rebuscando, Alain pareció encontrar lo que quería y mostró un ovillo de cuerda para embalar.

—¿Quieres hacer lo que ha dicho Alma? —preguntó Emilio.

—No, para nada. Necesito algo que podamos romper.

Alma comprendió enseguida lo que quería hacer y le ofreció el servilletero que había sobre la mesa. Alain lo cogió y, después, lo golpeó varias veces, contra la pared, hasta que el plástico de una de las esquinas se rajó visiblemente.

El ruido atrajo a varias personas, entre ellas al tipo desagradable del traje y la señora que le había indicado la ubicación de los lavabos.

—¿Qué cojones estáis haciendo? —preguntó el del traje.

Emilio salió a su encuentro, con la clara intención de contener cualquier salida de tono.

—Alain quiere comprobar algo y es lo que vamos a hacer. Es mejor que esperéis en el otro comedor —dijo con un tono que daba a entender que era algo más que una sugerencia.

—Lo único que vais a conseguir es que vuelva esa cosa —respondió el del traje—. Lo que tenéis que hacer es cerrar esas putas puertas.

Algunos de los asistentes asintieron ante aquel comentario.

—Eres libre de intentarlo —le dijo Emilio y le cedió el paso, invitándolo a continuar.

El del traje lo miró con recelo e hizo un gesto a otro dos para que lo acompañaran. Uno de ellos, vestido con chaqueta y camisa, debía de conocerlo de antes, porque, en cuanto se dirigió a él, asintió nervioso y se apresuró a ponerse a su lado. Era mucho más mayor que él, con una calva incipiente y unas gafas que sólo le aportaban más edad. Al verlo, Alma tuvo la impresión de que parecía más menudo de lo que realmente era.

El otro, en cambio, tardó en responder, pero, al final, accedió de mala gana. Tenía una altura similar a la de Emilio e iba vestido con un polo de manga corta.

En cuanto se acercaron a las puertas y comprobaron que ambas hojas se perdían en aquella nada, se detuvieron en seco.

—Yo ahí no meto la mano —dijo el del polo de manga corta.

El de la calva interrogó al del traje, sin saber muy bien qué hacer, y éste lo incitó, con un gesto de la cabeza, a que continuara.

—No sé si debe… —comenzó a decir el hombrecillo.

—Ramírez, no me lleves la contraria —le dijo el del traje—. He dicho que la cierres.

Alain fue a protestar, pero el del traje se adelantó, antes de que pudiera hablar.

—¡Tú no te metas! Bastante has hecho ya —le dijo a Alain y, después, se dirigió al que probablemente fuera su empleado—. Venga, dale.

El hombrecillo, de apellido Ramírez, asintió con toda la inseguridad de la que podía hacerse dueño e introdujo la mano en aquella negrura. En cuanto lo hizo, soltó una exclamación.

—¡No siento la mano! ¡No la siento!

Hizo amago de retirarla, pero el del traje lo agarró del hombro y apretó con firmeza.

—No te achantes, joder. ¿Qué es lo que siempre te digo?

A Alma le entraron ganas de estrellarle la cabeza contra la pared y no aguantó más.

—Si tan valiente eres, ¿por qué no lo haces tú mismo? —dijo ella dirigiéndose al del traje.

Este la miró con desprecio.

—No seas ridícula. Sois vosotros los que os habéis quedado ahí, mirando, sin hacer nada. ¿Por qué no te vas a llorar a tu rincón, como has hecho antes?

Llena de rabia, Alma hizo ademán de acercarse, con la intención de demostrarle a aquel tipejo lo desvalida que era, pero Alain la detuvo.

—No le hagas caso —le susurró.

Alma accedió de mala gana y decidió echarse atrás.

Ramírez intentaba alcanzar una de las puertas, sin la intención de introducir nada más que el brazo, del que probablemente no sentía absolutamente nada.

Al ver sus torpes esfuerzos por mantener el equilibrio, el del traje resopló y lo empujó para azuzarlo.

—¡Hijo de…! —exclamó Alain.

Más tarde, Alma llegaría a la conclusión de que, en ese momento, Alain supo lo que vendría después.

Ramírez se vio obligado a introducir también la pierna, para evitar caerse. Al perder la sensibilidad, no pudo mantenerse sobre ella y se desplomó hacia delante. Cayó de bruces, sumergiéndose en aquella oscuridad, que tragó la mitad de su cuerpo.

La gente comenzó a gritar y entre Emilio y el hombre del polo lo sacaron a rastras.

El del traje se apartó ligeramente, aparentemente sorprendido por lo que acababa de suceder.

—Sólo lo he empujado un poco… Sólo…

Emilio lo apartó de un manotazo y comprobó el estado del hombrecillo, que permanecía tendido bocabajo y sin moverse. Alma recordó que su mujer tenía un puesto importante de enfermería —poseía un doctorado o algo así— y, en más de una ocasión, Emilio había comentado que le había obligado a hacer varios cursos de primeros auxilios.

—Está vivo; respira —dijo Emilio después de tomarle el pulso.

El del polo lo ayudó a darle la vuelta y Alma comprobó que aquel hombrecillo estaba despierto o, al menos, eso parecía. Tenía los ojos abiertos y parpadeaba con normalidad, como si no supiera lo que estaba sucediendo. Sin embargo, había algo raro en él. Se limitaba a mirar hacia el techo, como si no hubiera nada más.

Emilio le dio un par de bofetadas suaves, pero no pareció reaccionar. En ese momento, apareció la señora rubia de la falda corta y se arrodilló junto a él.

—¡Andrés, responde! ¡Andrés! —le gritó mientras lo meneaba sin resultado.

Emilio se puso en pie.

—Está catatónico, no reacciona —explicó él.

Algunos exclamaron sorprendidos. La chica rubia de la blusa amarilla y pantalones cortos se abrazó a la morena del vestido corto y comenzaron a llorar. La señora del pelo con matices rosas, que estaba junto a ellas, trató de consolarlas.

 


 

Minutos más tarde, Alma estaba a solas, en la entrada, con Alain. Los demás, con Emilio al frente, trataban de atender al hombre que, al parecer, respondía al nombre de Andrés.

Alain volvió a coger el servilletero que había roto antes y lo enrolló con la cuerda de embalar. Después, lo lanzó hacia aquella nada y esperó unos segundos antes de recoger la cuerda y traerlo de vuelta.

—Lo sabía —dijo cuando lo tuvo de nuevo entre las manos—. Está como nuevo.

Alain le enseñó a lo que se refería y Alma pudo comprobar que, en efecto, en aquel servilletero no había ni rastro de las grietas que lo atravesaban, antes de pasar al otro lado.

—Estoy seguro de que si revisamos la chaqueta de ese pobre hombre —dijo Alain refiriéndose al tal Andrés—, estará como nueva hasta donde haya atravesado la puerta.

Alma no tenía muy clara la conclusión a la que estaba llegando.

—¿Y qué significa eso? ¿sabes por qué ese hombre esta así?

Alain asintió.

—Creo que sí. Es como lo que comentaba el camionero sobre su cicatriz. No es que le haya desaparecido, es que no es su mano.

Alma no terminaba de entender a qué se refería.

—Todo lo que pasa por aquí —dijo él, señalando el otro lado de la puerta—, se reinicia, como si fuera nuevo. El servilletero, la mano del camionero y ahora el cuerpo de ese hombre.

—¿Y por qué está así?

—Su cerebro también es nuevo. Tabula rasa. Se le ha reiniciado. No queda nada consciente en él, sólo las funciones más básicas.

Alma no pudo hacer otra cosa que soltar un juramento.

—Eso era lo que querías comprobar, ¿verdad? —preguntó ella y no necesitó que él se lo confirmara.

Las cosas no dejaban de empeorar. Lejos de resolverse sus dudas, tenía aún más preguntas. Y lo que pasaba por su cabeza constantemente, enraizándose cada vez más, no ayudaba a hacerla sentir mejor. En la intimidad de aquel momento, se atrevió a compartirlo con él.

—Alain, hay algo que…

Dudó un momento antes de continuar. Tanto él como Emilio eran dos de sus mejores amigos. Eran compañeros de trabajo, pero habían compartido cosas que habían llevado su relación a un nivel de amistad que no quería perder. Si ahora confesaba lo que le estaba sucediendo, cabía la posibilidad de que se alejaran de ella horrorizados. Y, sin embargo, tenía que contárselo a alguien.

—¿Qué?

—Es sólo que… Desde que ha aparecido esa cosa, me siento diferente.

—¿A qué te refieres? —preguntó él, claramente intrigado.

—No sé cómo decirlo —respondió ella. Resopló y notó que los ojos, esos malditos traidores, volvían a humedecerse—. No quiero que me entiendas mal, por favor. Tengo miedo de que pienses que soy una hija de puta…

Alain le cogió la mano.

—Puedes contármelo.

Alma miró al suelo, buscando la forma de encontrar las palabras adecuadas, si es que las había.

—Cuando eso estaba violando a ese chico… Yo… He deseado estar en su lugar —. Al expresarlo en voz alta, no pudo contener más las lágrimas, que recibieron vía libre para circular por su cara—. Desde entonces, no he dejado de pensar en ello. Es como si estuviera obsesionada. No sé lo que me pasa. No dejo de imaginar que es a mí a quien se lo hace. Soy lo peor.

Alain esperó hasta que se hubo tranquilizado y sonrió.

—A mí también me pasa. Podemos hablar con Emilio, pero estoy seguro de que a todos les está ocurriendo lo mismo. Sólo has sido lo suficientemente valiente como para ser la primera en compartirlo.

Alma lo miró sorprendido. Aquella revelación fue como si alguien le quitará una piedra gigante de encima.

—Yo no soy homosexual —continuó explicando él—, ya lo sabes, pero ahora no dejo de pensar en su…—. Como para explicarse, colocó las manos, una frente a la otra, a la distancia suficiente como para que algo de gran tamaño cupiera entre ellas.

Alma sabía a lo que se refería, no tuvo ninguna necesidad de que lo pronunciara en alto. En ningún momento, se le había pasado por la cabeza que todo lo que le estaba sucediendo formara parte de aquella pesadilla que alguien había construido para ellos.

—¿Y tú también estás…? —preguntó ella sin saber cómo expresarlo.

—Mucho —respondió Alain—, no dejo de pensar en sexo. Y creo que cada vez es peor. Esa cosa o este sitio nos está haciendo algo.

Alma contempló a su amigo que, como Emilio, tenía pareja. Nunca había pensado en él de otra forma que no fuera más allá de los límites de su amistad, aunque siempre lo había considerado atractivo y especialmente inteligente. Ahora, en aquella situación, deseó compartir con él algo más.

No supo si fue por aquel momento de intimidad; por lo que aquella cosa, fuera lo que fuese, les estuviese haciendo o, simplemente, por algo inevitable que habría acabado sucediendo algún día, pero se inclinó sobre él y lo besó.

Él pareció sorprendido, pero, enseguida, respondió a su iniciativa y ambos se perdieron entre sus labios. Ella lo atrajo aún más hacia sí y no tuvo problemas para percibir, a través de la ligera prominencia de entre sus vaqueros, el efecto que acababa de provocar en él. Él se permitió una suave caricia de sus pechos y, después, ambos se obligaron a separarse.

—Perdóname —dijo él.

—¿Por qué? —preguntó ella y no pudo evitar soltar una de sus sonrisas sarcásticas—. He sido yo quien se te ha echado encima.

En ese instante, apareció Emilio y preguntó si pasaba algo.

—Tenemos que hablar —le dijo Alma.

Jorge Serrano Celada