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relatos Cielo Rojo

Íncubo – Capítulo 04

noviembre 24, 2019
Mujer desnuda en la oscuridad

Capítulo 04 – Impedir dormir

Después de la pequeña obra de ingeniería que habían construido para bloquear las puertas, apenas quedaba un resquicio por el que se pudiera vislumbrar la oscuridad que había detrás. Una pila interminable de mesas, sillas y bancos bloqueaba la entrada y a cualquiera que intentara atravesarla.

Con el uso de cuerdas y unos ganchos sacados de la cocina, habían conseguido cerrar las puertas. Hicieron falta varios intentos y un similar número de juramentos para poder moverlas, en un ejercicio de pesca que, en otras circunstancias, podría haber resultado divertido.

Alma se preguntó si aquella pirámide de escombros sería suficiente para detener a aquel monstruo. Como todos los demás, descansaba en el suelo del comedor del fondo. Se había colocado estratégicamente para que la columna se interpusiera entre ella y la mujer trastornada, que seguía parapetada en las escaleras del otro lado. Todavía sentía escalofríos al verla. Algunos habían intentado hablar con ella, pero, al sólo recibir una suerte de gruñidos por respuesta, habían decidido dejarla en paz.

Tanto Alain como Emilio dormitaban a su lado. Alma había accedido, de mala gana, a delegar la vigilancia en el hombre de la chaqueta gris y pelo canoso que mencionó la posibilidad de que todo aquello fuera producto de algún tipo de eclipse solar. Ojalá hubiera tenido razón.

Junto a este primer voluntario, que dijo llamarse Alberto y ser profesor de ciencias en un colegio privado, también se ofreció el último que quedaba de los tres estudiantes.

A Emilio le pareció buena idea formar turnos de guardia y organizó una lista, no demasiado abultada, con los que decidieron presentarse.

Alma se subió la sudadera con el emblema del restaurante que las empleadas del local les habían ofrecido —detalle de la casa— e intentó dormir. A pesar de que las últimas noches habían sido especialmente calurosas y de que la calefacción estaba al máximo, hacía bastante frío.

Alain sospechaba que tenía algo que ver con la renovación a la que se veía sometido todo lo que atravesaba aquella oscuridad.

Las luces del techo, jalonadas por cables dispersos con los que afianzar la sensación de ambiente rústico, seguían encendidas. Ni siquiera hizo falta una discusión al respecto. Nadie quería dormir a oscuras.

De vez en cuando, alguien sollozaba entre los ronquidos de los más afortunados que habían conseguido dormirse primero. Alma tenía todo en contra para poder conciliar el sueño. Sin embargo, aquel día había sido especialmente largo, tanto física como psicológicamente y, poco a poco, sus pensamientos fueron volviéndose cada vez más erráticos.

Lo último que le vino a la cabeza, de manera consciente, antes de caer dormida, fue la imagen, una vez más, de ese monstruo mientras embestía a aquel pobre chaval. A pesar de que tanto Alain como Emilio habían confirmado que a ellos también les sucedía lo mismo, Alma no podía dejar de sentirse culpable por aquellos pensamientos.

En sus sueños, Alma permanecía desnuda, en medio de la nada más absoluta. Sin embargo, por medio de la magia que siempre habitaba en ellos, podía verse, perfectamente, sin que hubiera ninguna fuente de luz presente. En su cabeza, ni siquiera llegó a preguntarse dónde se encontraba o qué hacía allí de aquella manera. Simplemente estaba y no había nada raro en ello.

Lo único en lo que podía pensar era en el calor que la dominaba por completo, tan distinto al que parecía emanar de aquel lugar.

Lo que hizo después fue casi como un acto natural, una consecuencia lógica, en respuesta a una necesidad que clamaba por ser satisfecha. Comenzó a masturbarse.

Cerró los ojos y se acarició la cara, lentamente, arrastrando con los meñiques la comisura de los labios. Dejó escapar un suspiro, que se prolongó hasta que, con el dorso de las manos, recorrió el cuello y se detuvo a la altura de las clavículas. Con los dedos índice, siguió el trazado hasta los hombros y, desde allí, continuó el descenso.

Al dejar atrás el nacimiento de los pechos, los dedos tropezaran con la rigidez abultada de sus pezones, lo que mereció otra exhalación. Estaban duros, preparados para cualquier roce que pudieran robar. Les concedió lo que deseaban, apretándolos suavemente, entre el pulgar y el índice. Imaginó que se los mordisqueaban e hizo lo propio con su labio inferior.

Después, se deleitó con la suavidad de los senos, que cedieron sumisamente a cada una de sus exploraciones. Sus dedos dejaron de ser suyos y aquellas caricias fueron el precio a pagar por el primero de sus gemidos.

Decidió continuar su viaje y bajó por el vientre, donde sus manos se encontraron, inevitablemente, antes de atravesar las puertas del monte de Venus. Allí, se entretuvo con el cosquilleo proporcionado por el incipiente vello púbico.

Como si quisiera prolongar la expectativa de la llegada a su destino, se desvió hacia las caderas y terminó en las nalgas, que abarcó sin ninguna dificultad. Las asió con fuerza y una oleada de placer, procedente del bajo vientre, le arrancó un segundo gemido que no se molestó en contener.

El nivel de excitación llegó hasta el punto de evidenciar un hilo húmedo que comenzó a deslizarse por la cara interna del muslo, como un anhelo velado por ver sus fronteras traspasadas.

En ese instante, dos brazos que no eran suyos aparecieron por detrás y le asieron los pechos, sin ningún ápice de la delicadeza que se había mostrado anteriormente. No se sorprendió y lo aceptó como algo normal. Tampoco cuando un pene erecto, de considerables proporciones, comenzó a restregarse contra ella, entre sus piernas. Un recuerdo incierto quiso formarse en su cabeza, pero fue rápidamente desplazado por el deseo de ser penetrada.

Algo viscoso y a la vez áspero serpenteó por su cuello, hasta llegar a uno de sus pezones. Era una lengua, más animal que humana y…

Como si una presa hubiera cedido desbordada, un torrente de imágenes arrasó con la falsa incertidumbre de aquel sueño. Recordó al estudiante que casi la arrolló en el pasillo, violado por aquel monstruo; a su compañero muerto en el suelo, azuzado por su propia impotencia y, sobre todo, siempre omnipresente, esa oscuridad sobrenatural que los mantenía encerrados.

Alma se despertó de un sobresalto y descubrió a la mujer trastornada, subida a horcajadas sobre ella. El pelo le caía enredado sobre su cuerpo, mientras le lamía los pechos, que había descubierto, subiéndole la camiseta y el sujetador con ambas manos. Al comprobar que había despertado, la mujer alzó la vista y soltó una carcajada, dejando entrever una lengua amarillenta y completamente agrietada, como si la hubiera cortado con una hoja de afeitar.

Alma se la quitó de encima, con un movimiento ágil, aprendido en sus clases de defensa personal y la mujer cayó encima de Emilio. El estruendo posterior, hizo que todos los demás se despertaran.

Volvió a cubrirse y tuvo que contenerse para no golpear a aquella loca, antes de que nadie pudiera detenerla. Inconsciente o no de lo que hacía, esa mujer estaba agotando la poca paciencia que le quedaba.

Cuando Emilio comprendió lo que estaba pasando, inmovilizó a la mujer y la sacó a rastras, ante la mirada atónita de los demás. Alain le preguntó qué había pasado y, antes de poder contestar, escucharon un grito desde la entrada.

Cuando acudieron a ver lo que sucedía, descubrieron a Alberto, el profesor de ciencias, y al otro estudiante, parapetados con sendos palos, como si se estuvieran defendiendo de algo.

—¡No os acerquéis! —gritó Alberto—. ¡Ha entrado algo!

Alma no tardó en ver que, en uno de los laterales, alguien había retirado concienzudamente parte de la barricada, dejando al descubierto el cristal. Un agujero, de un tamaño no mayor al de un puño, se había formado en él y parte de los cristales se desparramaban por el suelo.

—¡Son varios! —dijo el estudiante.

La mujer rubia de la falda corta, que no se había separado de Andrés, el hombrecillo que ahora descansaba en el otro comedor, comenzó a gritar, presa de la histeria, y salió corriendo. Las dos empleadas del local tomaron al cocinero del brazo y siguieron el mismo ejemplo.

—¡Que todos cojan algo con lo que defenderse! —gritó Emilio y, como para dar ejemplo, tomó uno de los travesaños que formaba parte de uno los bancos de la pila.

El del traje, que no había vuelto a abrir la boca, pareció dudar y, al ver que nadie más huía, decidió quedarse. Dos chicas morenas, con sendas blusas blancas y que, por su enorme similitud, Alma dedujo que serían hermanas, aparecieron con una bandeja de cuchillos de cocina.

—Los habíamos cogido antes…, por si acaso —confesó una de ellas.

Armados con lo que pudieron pillar a mano, comenzaron a buscar por todos los rincones de la entrada. Aunque ninguno de los dos que habían estado de guardia habían podido divisar lo que había atravesado la barrera, sabían que, por el agujero dejado atrás, debían de ser de pequeño tamaño.

—¡Buscad también por las alturas! No sabemos por dónde pueden moverse —dijo Alain.

Alma se había hecho con un travesaño como el que llevaba Emilio. Su corazón latía a mil por hora, mientras la adrenalina la mantenía en alerta, dispuesta a dar su mejor golpe ante cualquier indicio de movimiento.

Pasados unos minutos, comenzaron a desistir en sus intentos por dar con lo que hubiera entrado.

—¿Y si se ha metido dentro? —preguntó el camionero, señalando el comedor del fondo.

Como para dar fuerza a sus dudas, la mujer rubia de la falda corta que había huido antes soltó un sollozó, desde el otro comedor, y preguntó a lo lejos si no habían encontrado nada.

La tensión era evidente en las caras de todos. Alma se negaba a bajar su arma, aunque algunos de los otros habían comenzado a darse por vencidos.

—¿Y si se han ido ya? —preguntó la chica rubia de la blusa amarilla y los vaqueros cortos, mientras bajaba el cuchillo con el que iba armada.

La señora de pelo gris con matices rosas y blusa floreada, que estaba junto a ella, la obligó a volver a adoptar una posición defensiva.

—Todavía no lo sabemos. Cintia, tu tampoco te relajes —dijo dirigiéndose a la chica morena del vestido corto negro.

Cintia sujetaba otro cuchillo de gran tamaño con ambas manos. Temblaba tanto que la hoja no dejaba de bailar frente a ella. Así todo, encontró las fuerzas suficientes para asentir.

Alma creyó ver algo de movimiento a su izquierda y se giró justo a tiempo de ver saltar, desde el mostrador, algo hacia ella. Aunque su primer impulso fue golpearlo como si fuera una bola de béisbol, se detuvo, justo a tiempo, de comprobar que, lo que fuera se mantenía suspendido en el aire.

Dadas las circunstancias, decir lo que era posible o no era aventurarse mucho, pero, frente a ella, de manera inconcebible, como si aún estuviera dentro de su pesadilla, había una versión en miniatura del monstruo que había atacado a los dos estudiantes. Permanecía flotando en el aire, en pleno salto dirigido hacia ella. Aquella escena parecía sacada de los efectos especiales de una película de ciencia ficción, pero era estúpidamente real. Al igual que su contraparte de mayor tamaño, abría la cara para dejar salir una lengua —más animal que humana— que era el doble de su tamaño.

—¡Aquí! —gritó Alma con todas sus fuerzas—. ¡Aquí hay uno! Está… flotando en el aire.

Los demás se apelotonaron a su alrededor.

—¡Que nadie lo toque! —gritó Alain, mientras intentaba hacerse un hueco—. ¡Alma, no dejes de mirarlo!

Como cuando alguien te dice que no hagas algo y no puedes evitar hacerlo, pero a la inversa, Alma se giró hacia Alain para saber a qué se refería.

Aquella miniatura de cosa se puso inmediatamente en movimiento y pasó casi rozándole el pelo, para terminar estrellándose en el suelo.

En ese instante, el camionero, que se había quedado algo más apartado, le estampó una banqueta de plástico duro. La criatura comenzó a revolverse en el suelo hasta que, un segundo «banquetazo», esta vez con mayor fuerza, lo aplastó, acompañado de un sonido similar al de un huevo al estrellarse. Una mancha negruzca salpicó el suelo a su alrededor.

—¡Te tengo, cabronazo! —exclamó el camionero.

Todos acudían a ver el nuevo trofeo, cuando otra de esas cosas apareció de repente y saltó sobre la chica rubia de la blusa amarilla. En cuanto la tocó, aquel monstruo le rodeó el brazo con aquella lengua imposiblemente larga y saltó hacia la barra para aferrarse a una de las esquinas.

La chavala intento liberarse, pero la fuerza de aquella criatura parecía ser proporcional a la del monstruo mayor.

La señora del pelo gris con matices rosas fue a intentar soltarla, pero Alain se lo impidió.

—¡No lo toques! ¡No puedes tocarlo!

La señora fue a protestar, pero, en ese instante, la pila de objetos pareció hincharse. Por un momento, Alma pensó que la barricada había adquirido vida y que aquella era su primera inspiración. Enseguida, comprendió que algo la estaba empujando desde fuera. Segundos después, cedió con un estallido.

El cristal de la puerta reventó y todos los objetos que bloqueaban la puerta salieron disparados, golpeando a algunos de los que estaban más cerca.

Como una imagen icónica de la muerte, el monstruo de la cabeza de maniquí apareció ante todos, surgido de aquella oscuridad, ahora nuevamente visible. La criatura miró a su alrededor, si es que aquel rostro sin ojos podía hacerlo, y se dirigió hacia la chica rubia retenida por su versión reducida.

En este instante, la señora del pelo gris se zafó de Alain e intentó soltar la lengua con la que la chica de la blusa amarilla estaba siendo retenida. En cuanto el monstruo llegó a su altura, se escuchó una detonación y la cabeza de la señora se evaporó tras una mancha roja que salpicó toda la pared de enfrente. Más tarde, Alain le explicaría que aquel estruendo debió de ser consecuencia de la explosión sónica que siguió al impacto propinado por aquella cosa.

El cadáver decapitado de la señora cayó al suelo y tanto la chica rubia, aún presa, como la morena, que siempre la acompañaban, comenzaron a gritar desconsoladas.

Como la vez anterior, nadie más se atrevió a acercarse. La chica rubia suplicaba a aquel monstruo que no le hiciera nada, mientras su compañera se alejaba, arrastrándose por el suelo, de espaldas.

La criatura agarró a la chica rubia por la pechera de la blusa amarilla y, de un solo zarpazo, le desgarró toda la ropa, pantalones incluidos. Como la vez anterior, su cara se abrió para dejar salir aquella lengua terrible y lo que tenía entre las piernas se alzó, una vez más, dispuesto a atravesarla.

La chica trató de encogerse, pero aquel ser la alzó con facilidad y la colocó sobre el mostrador. Después, le separó las piernas y la penetró sin ningún miramiento.

A Alma no se le escapó la ironía de aquella repetición, punto por punto, de lo sucedido la última vez, en ese mismo lugar. Se maldijo por su impotencia y, sobre todo, por lo que aquella escena volvió a despertar en ella.

—¡Vamos a dejar que le haga lo mismo? —gritó al resto de los otros, pero nadie se atrevió a responder, de la misma forma que ella tampoco se movió de su sitio.

Como la última vez, en cuanto aquel ser comenzó a moverse dentro de ella, con sacudidas profundas y un ritmo monocorde, la chica abandonó toda resistencia y pareció caer presa de una excitación desenfrenada. Con la mano que aún tenía libre, comenzó a acariciarse los pechos frenéticamente. Cada vez que eso la embestía dejaba escapar un grito profundo de placer.

Todo lo que vino después fue una repetición de lo acontecido la última vez, incluido el orgasmo interminable, que la dejó impedida en el suelo, y su posterior rapto, a rastras, hacia la oscuridad.

Detrás, sólo quedó la desolación de todos y los sollozos angustiados de la que luego sabrían que era su prima.

El eco de aquellos lamentos impediría dormir a muchos de ellos durante las siguientes noches.

Jorge Serrano Celada