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relatos Cielo Rojo

Incubo – Capítulo 05

diciembre 1, 2019
Mujer terrorífica en la oscuridad

Capítulo 05 – Unos detrás de otros

La oscuridad volvía a estar presente. Como la entrada a una gruta profunda, la negrura observaba, sonriente, cada uno de sus intentos fútiles por reconstruir aquel amago de empalizada. Emilio y otros pocos lo intentaban con empeño, pero la puerta había desaparecido, volatilizada en cientos de miles de cristales, y no había nada contra lo que poder levantar aquella defensa. En más de una ocasión, las piezas habían acabado, irremediablemente, desapareciendo por el otro lado.

Alma permanecía sentada en el suelo, con Cintia, la chica morena del vestido corto, apoyada sobre su regazo. Por fin se había dormido, aunque, de vez en cuando, dejaba escapar algún sollozo que no le costó reconocer. Eran los mismos que se habían escuchado horas antes, cuando intentaban dormir en el comedor. Parte del rímel se le había difuminado por las mejillas, como los surcos tatuados de las lágrimas que aún pugnaban por salir. Le acarició el pelo para tranquilizarla.

Frente a ella, el estudiante que había estado de vigilancia con el profesor de ciencias, mantenía una conversación con Alain que no podía escuchar. Llevaba puesta una venda alrededor de la cabeza, donde algo lo había golpeado, al entrar aquella cosa y derribar la puerta. Había sido un milagro que nadie más hubiera salido herido. De no haber sido por la propia barricada, los cristales de la entrada los habrían hecho pedazos al estallar.

Contempló el estampado en sangre sobre la pared, junto al mostrador, que había dejado la criatura al decapitar a la tía de Cintia y pensó que lo último que había allí eran milagros.

El camionero fue el primero en desistir, lanzando la banqueta que le había servido de arma, por aquel abismo.

—Esto no sirve de nada.

Emilio lo miró y dejó caer las maderas que estaba sujetando. Después, se llevó las manos a la cabeza, presa de la desesperación.

—Igual si todos echaran una mano —dijo visiblemente airado—. ¿Dónde está el tío del traje?

En ese momento, se escucharon gritos desde el comedor del fondo. Alma no podía moverse, pero no tardó en asociarlas con las de la mujer rubia de la falda corta que había huido antes de que todo comenzara. Al parecer, discutía con alguien más —¿el del traje?—.

Algunos acudieron a ver qué sucedía y pronto se escucharon varios gruñidos y forcejeos de alguien más. A Alma se le heló la sangre al comprender de quién se trataba.

Segundos después, el hombre del traje, que había prescindido de la chaqueta y la corbata, apareció en la entrada, con la mujer trastornada tras de sí. La llevaba a rastras, mientras ella gruñía y luchaba por zafarse. En cuanto la soltó, se puso en cuclillas y mostró los dientes, amenazante, como si fuera un animal salvaje.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Emilio.

Cintia, al escuchar aquellos gritos, volvió a despertarse y, por segunda vez, Alma deseó matar a aquel tipo. ¿Qué pretendía hacer con aquella mujer?

—¡Ha sido ella! —dijo el del traje—. ¡Ha sido la que ha roto la barrera para que entraran esas cosas!

—¿De qué estás hablando? —dijo Emilio.

Aquella acusación fue como una pieza clave de un puzle sencillo al que no había dedicado el tiempo suficiente. Alma recordó el estado de la defensa, al aparecer en la entrada, tras los gritos de Alberto y el estudiante. Era evidente que alguien había despejado a propósito la barricada.

¿Y si esa mujer no estaba simplemente loca? ¿Y si era algo más?

—Emilio, deja que hable —dijo Alma mientras se ponía en pie.

Aunque le molestaba ponerse del lado de aquel hombre, no podía evitar pensar que podría tener razón. Al fin y al cabo, todo había empezado con la aparición de aquella mujer y, de alguna forma, sentía que tenía que ver con ella misma. Primero el escupitajo y luego los tocamientos mientras dormía.

A medida que pensaba en ello, la rabia comenzaba a apoderarse de ella. Si todo aquello había tenido que ver con esa mujer…

—Antes, cuando estábamos durmiendo, he visto a esta furcia —dijo el del traje, señalando a la mujer— ir hacia la entrada. Estoy seguro de que ha sido ella.

—Pero estaban estos dos vigilando —dijo el camionero, refiriéndose al profesor y al estudiante—. Es imposible que nadie haya tocado nada sin que ellos lo hayan visto, saben, ¿no?

El camionero interrogó a los dos vigilantes improvisados con la mirada y estos se vieron obligados a bajar la cabeza.

—Me temo que se han quedado dormidos —dijo Alain, al ver que ninguno de los dos se atrevía a explicarlo.

Se escucharon varias maldiciones y protestas.

—¿Os habéis quedado dormidos? ¿En serio? —les recriminó Alma. El enfado que bullía en su interior amenazaba con estallar de un momento a otro, pero ya no tenía ganas ni fuerzas para contenerlo—. ¡Ha muerto gente por vuestra culpa!

Alma pudo escuchar otro sollozo procedente de Cintia.

El estudiante, que hasta entonces había permanecido callado, se adelantó hasta donde estaba ella y la miró fijamente. Como su compañero de barbas, le sacaba una cabeza de altura. Tenía los ojos enrojecidos.

—Sé perfectamente que ha muerto gente por mi culpa.

Ni si quiera se expresó en plural. Era evidente que no se refería sólo al incidente actual. Probablemente, se culpaba tanto o más que ella por la muerte y desaparición de sus dos compañeros. Alma decidió no insistir más.

—¿Qué vamos a hacer con ella? —preguntó una de las dos hermanas de la blusa blanca.

La mujer trastornada seguía agachada, dispuesta a saltar en cualquier momento.

—¿Estás seguro de haberla visto venir hacia la entrada? —preguntó Alain al del traje. Este asintió.

—Luego ha ido a buscarme, para atacarme —dijo Alma—. Creo que sabe más de lo que parece.

La mujer no dejaba de mirarlos a todos de reojo. Alma no sabía si comprendía lo que decían, pero, al menos, parecía entender que se referían a ella.

—Será mejor que la atemos —dijo el hombre del polo de manga corta.

En cuanto pronunció aquellas palabras, la mujer se puso en pie e intentó atravesar a los que tenía enfrente. Entre Emilio y el del polo, la derribaron y la inmovilizaron en el suelo. Segundos después, Alain apareció con el mismo ovillo de cuerda que había utilizado para hacer la prueba con el servilletero.

Cuando hubieron terminado, la segunda empleada del local —«Refill a ful»— señaló un papel en el suelo, junto a los pies de la mujer. Alma lo tomó y, al abrirlo, descubrió un símbolo extraño en él. Era un pentáculo, rodeado por un círculo. En cada cuña, aparecía una palabra escrita en un idioma que no supo identificar. En el centro de la estrella, se dibujaba un símbolo extraño, con la forma de una cruz doble, con el trazado del infinito en la base.

Alain tomó el papel y, tras contemplarlo unos instantes, dictaminó que la palabra estaba escrita en hebreo. Lo sabía porque se parecía mucho a una que había utilizado en una historia para una de sus partidas de rol. Sin embargo, desconocía cuál era su significado.

Agotada, enfurecida y, aunque no quisiera reconocerlo, extenuada por la tensión sexual que la devoraba, le arrebató el papel a Alain y se lo enseñó a la mujer, que ahora permanecía atada de manos, en el suelo.

—¡Qué es esto? ¿Qué significa?

La mujer se limitó a sacarle la lengua, con expresión de asco, intensificada por la malformación del labio. La misma, desagradable y vomitiva, que había utilizado para lamerla mientras dormía. Alma no pudo contenerse más y comenzó a golpearla con ambas manos.

—¡Quién eres? ¡Qué quieres de mí? —preguntó ella, totalmente descontrolada.

Alberto, el profesor de ciencias, y Alain la obligaron a retirarse, antes de que pudiera hacerle daño de verdad.

Alma consiguió encontrar las fuerzas suficientes para calmarse y les hizo un gesto, con ambas manos, para que la soltaran.

La mujer se puso en pie, tambaleándose, y después dirigió la mirada a cada uno de los que la rodeaban. Cuando encontró al hombre del traje, volvió a levantar aquel labio mal formado y escupió al suelo, en su dirección. Acto seguido y antes de que nadie pudiera reaccionar, se abalanzó hacia la puerta y fue engullida por la oscuridad.

Alma se dejó caer de rodillas al suelo y ahora fue ella la que comenzó a sollozar. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué significaba aquel símbolo? ¿Quién era esa mujer? Al mirar las caras de desesperación de los demás, vio reflejadas aquellas mismas preguntas en todos ellos.

Si seguían así, morirían todos, unos detrás de otros.

Jorge Serrano Celada