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relatos Cielo Rojo

Incubo – Capítulo 06

diciembre 8, 2019

Capítulo 06 – Algo parecido a la esperanza

El tiempo parecía haberse contagiado de la misma irrealidad que los rodeaba desde que entraran en aquel restaurante y apenas podía asegurar cuánto había transcurrido desde la desaparición de la mujer trastornada —o quien quisiera que fuese—. Lo que Alma sabía, a ciencia cierta, era que necesitaba descansar, sin embargo, en su estado, no creyó que fuera capaz de conseguirlo. Menos aún, con aquellos sueños que la esperaban para atormentarla.

La mayoría se había limitado a cobijarse en el comedor, mientras esperaban a que les llegara su turno, como animales en el matadero. La gente se había rendido y era cuestión de tiempo que ellos se vinieran abajo de la misma forma.

Tenía que buscar respuestas, pero, para eso, necesitaba pensar con claridad y, cada vez, le resultaba más difícil hacerlo —sus últimas reacciones habían sido prueba suficiente—. Creía que a sus compañeros les podría estar sucediendo lo mismo, por esa razón, había decidido armarse de valor y los había reunido en el baño.

Necesitaba quitarse aquellos pensamientos de la cabeza y si había alguna posibilidad de no perder la cordura, debía de ser aquella. 

Alain y Emilio esperaban impacientemente a que ella les explicase lo que hacían allí.

—¿Y bien? ¿De qué quieres hablar? —preguntó Alain.

Alma miró a cada uno de ellos y tomó aire lentamente. Se dio cuenta de que había empezado a temblar. Su corazón palpitaba desbocado.

Por un milagro de la química industrial, aquel aseo aún conservaba el olor aséptico que se esperaba de un local preocupado por su imagen y no el de un restaurante con veinte personas encerradas durante casi un día entero. De no haber sido así, Alma creyó que todo aquello habría sido imposible. Tenía que dejar de alimentar al monstruo del remordimiento y, para eso, necesitaba que aquello fuera lo menos sórdido posible, que significara algo de verdad.

—No quiero hablar —respondió ella escuetamente.

Por un momento, ninguno de los dos supo a qué se refería.

—¿Entonces, ¿qué es lo que hacemos aquí? —preguntó Emilio, pero, en cuanto terminó la frase, se dio cuenta de cuál era la respuesta.

Ambos se miraron de reojo en un acto de revelación inmediata.

Emilio se llevó las manos a la cabeza y comenzó a pasear por el escaso espacio que tenían disponible. Alain se atusó la barba de pocos días, como si intentara meditar lo que se había dicho sin palabras.

Pasaron unos instantes, sin que ninguno de los dos se pronunciara.

—No, no creo que pueda hacerlo —dijo finalmente Emilio.

Alma habría preferido ahorrarse aquella conversación, pero, desde el principio, había sabido que sería inevitable. En algún momento, había llegado a barajar la posibilidad de abordarlos allí mismo, sin posibilidad de réplica, pero no tuvo la valentía suficiente para dar aquel paso.

—Sé que no es fácil lo que os estoy pidiendo —dijo ella—, porque no lo es para mí, pero, también sé que esa cosa nos ha hecho algo y que nos está volviendo locos. Los tres necesitamos centrarnos. Si no me habéis mentido y no soy la hija de puta que ahora me siento que soy, vosotros también estáis como yo. No quiero volver a excitarme con la violación de ningún otro de los que están ahí fuera… o de ninguno de nosotros. No creo que pueda soportarlo.

Emilio juntó las manos sobre la boca, como si estuviera rezando, y exhaló un suspiro prolongado. Su semblante reflejaba, claramente, el conflicto interno al que se veía sometido.

—Alain, por favor, no has dicho nada —insistió ella.

Este último pareció meditar unos segundos más su respuesta.

—No lo entiendes, Alma —comenzó a decir Alain—. Creo que aquí también hablo en nombre de Emilio. El problema no es que nos pidas que engañemos a nuestras parejas…, sino que descubramos que deseamos hacerlo.

Emilio asintió cabizbajo.

—Alma, entiéndeme —dijo Emilio—. No quiero volver a encontrarme con mi mujer y no ser capaz de mirarla a la cara.

Alma contempló a ambos. Entendía muy bien lo que decían, pero ¿qué alternativa tenían?

—Si seguimos así, no volverás a ver a tu mujer nunca más —respondió ella.

Aquella frase cayó sobre ellos como una losa pesada e inamovible. Lo hubieran pronunciado en alto o no, los tres sabían que se enfrentaban a algo para lo que sus mentes ni siquiera estaban preparadas y que podría ser peor, incluso, que la muerte.

 —No quiero morir —prosiguió Alma— ni quiero seguir sintiéndome así. Cada vez me cuesta más pensar en sobrevivir y menos en… —No se vio con fuerzas de terminar aquella frase. Una lágrima decidió precipitarse por sus mejillas, sin su permiso, y la fulminó con el dorso de la mano—. Si no os sentís igual o no es conmigo con quien queréis hacerlo, lo entenderé.

El temblor de Alma había superado cualquier nivel conocido. No recordaba haberse sentido tan vulnerable desde los tiempos del colegio, en los que tuvo que soportar la crueldad de quienes creían que era un blanco fácil. Desde entonces, se había jurado hacer todo lo posible para que no volviera a suceder. Ahora, allí, delante de sus dos compañeros, con los que había compartido cosas que nadie más conocía de ella, sentía que todos sus esfuerzos podrían hacerse pedazos con una simple respuesta.

Se odió por ello y nuevas lágrimas siguieron el ejemplo de la anterior.

En ese instante, Alain se acercó y la rodeó con los brazos.

—Serás idiota —dijo él—, no estaríamos con nadie más que no fuera contigo.

Acto seguido, la besó y fue un acto tan natural y cálido que arrasó con cualquier duda que tuviera en su cabeza. Su cuerpo reaccionó al instante y lo atrajo hacia sí, por el cuello, como si intentara que aquella unión fuera lo más profunda posible. Finalmente, se vio obligada a detenerse para tomar aire y se dirigió a su otro compañero.

—Emilio…, ven —dijo ella mientras le tendía la mano. Cuando llegó frente a ella, pudo comprobar que él también estaba temblando. A pesar de toda su altura y la seguridad que siempre se esforzaba en transmitir, en esos momentos, parecía tan indefenso como un niño.

Alma le agarró las manos y las condujo hacia sus pechos.

—Acaríciame.

Ella cerró los ojos y, apoyándose en el lavabo, dejó que él hiciera lo que le había pedido. Aquellas manos, de gran tamaño, abarcaron sus senos diligentemente, despertando, con cada uno de sus movimientos, un hormigueo familiar procedente del bajo vientre.

Alain reclamó su lugar en sus labios, donde ella volvió a darle la bienvenida, a la vez que Emilio decidía dar cuenta de su cuello, con pequeños mordiscos y besos que abrasaban como si fueran un hierro candente.

Su nivel de excitación alcanzó tal nivel que necesitó tomarse un respiro, desbordada ante aquel mar de sensaciones, y decidió apartarlos a ambos, quienes se retiraron confundidos. No sabía si lo que les había provocado aquella criatura tendría algo que ver, pero jamás había sentido un calor como aquel. Quizás, simplemente fuera debido al hecho de estar con ellos dos. La oscuridad había conseguido que pusiera en duda cada una de sus emociones.

—¿Estás bien? —preguntó Alain.

Alma negó con la cabeza, jadeante.

—Quitaos la ropa.

Ambos parecieron dudar un instante, pero, al final, accedieron a sus deseos. Aquel poder, brevemente concedido, sirvió para arrancarle nuevas oleadas enardecidas que, lejos de tranquilizarla, aceleraron aún más su pulso.

Una vez desnudos, con cuerpos tan distintos el uno del otro, no tuvieron cómo esconder el resultado de su propia excitación. Casi como si fuera algo impropio de ella, Alma los contempló con una fascinación centrada en lo que ahora los avergonzaba especialmente y descubrió que los deseaba, más allá de su atractivo físico. Eran ellos y no aquella cosa inmunda y despreciable los que, en esos momentos, provocaban en ella el fuego sofocante que ascendía de entre sus piernas.

Sin dudarlo, se entregó a aquella idea. Se acercó a los dos y acarició el pecho de cada uno de ellos. Ambos transmitían sensaciones bien distintas, sin embargo, emanaban el mismo calor, que anheló hacerlo suyo. Se colocó entre ellos y permitió que la desnudaran.

Emilio le quitó la camiseta y se deshizo del sujetador sin dificultad. En cuanto le descubrió los pechos, no pudo evitar volver a detenerse en ellos, recreándose en la protuberancia enhiesta de sus pezones, primero con los dedos y luego con aquellos besos capaces de calcinar cualquier cosa que tocaran.

Alma se arqueó hacia atrás, ofreciéndose a sus caricias, a la vez que buscaba a Alain, que permanecía detrás, desabrochándole los pantalones. En cuanto se los hubo bajado, ella se desprendió de ellos, con su ayuda y no sin cierta dificultad. Cuando pensó que continuaría con su ropa interior, él se limitó a acariciarle las nalgas, recreándose lentamente, a través de la tela, a la vez que le mordisqueaba el cuello y los hombros.

Alma acarició el rostro de los dos, como si quisiera demostrar lo que sentía por ambos. En respuesta, Emilio, que aún alternaba sus atenciones entre ambos pechos, la besó y deslizó la mano hacia su entrepierna. Ella lo agradeció con un jadeo no contenido.

Alain la obligó a darse la vuelta, para, acto seguido, arrodillarse frente a ella y, como si ambos se hubieran puesto de acuerdo, deshacerse, entre los dos, de la única prenda que le quedaba.

Totalmente desnuda frente a ellos, lejos de sentirse indefensa, se vio invadida por un poder indescriptible. A través del deseo reflejado en sus ojos, consiguieron que, por un momento, experimentara la divina naturaleza de una diosa.

Alma tomó la cabeza de Alain y lo invitó a explorar la zona más íntima entre sus piernas. Él así lo hizo, empezando con pequeños besos en el vientre, que fueron descendiendo, lentamente, hasta dar con los labios que ocultaban sus deseos más inconfesables. Alma se vio obligada a esforzarse por mantener la compostura y hundió los dedos en su pelo, tentada de tirar de él.

Aquel placer, que podría haber hecho palidecer cualquiera de sus fantasías más íntimas, se vio ampliamente sobrepasado cuando Emilio se unió por detrás, invadiendo zonas hasta entonces inexploradas. Ambos le hicieron el amor, a la vez, con la boca y ella no pudo hacer otra cosa que ahogar sus gemidos y retorcerse hasta llegar al orgasmo.

Por supuesto, sus ansias no se vieron satisfechas con aquella pequeña introducción y los tres se descubrieron en aquel baño de formas hasta entonces desconocidas para ellos.


Agotada, exhausta y cualquier otro sinónimo que sirviera para describir el cansancio que ahora se apoderaba de ella, Alma sacó sus tres últimos cigarrillos y se los ofreció a Alain y Emilio, que estaban sentados, en el suelo del baño, a su lado. Ni siquiera habían encontrado fuerzas para vestirse.

Alma inspiró el humo del cigarro, que se encendió como ellos mismos, no muchos minutos antes, y degustó su sabor, con un placer que no recordaba desde hacía mucho tiempo en el tabaco.

Sus fantasmas habían desaparecido, simple y llanamente. O, al menos, esa era la paz de la que quería haberse hecho dueña con la ayuda de sus dos compañeros. Desconocía si era algo temporal, pero, por ahora, tendría que bastar. Agradecida, se inclinó sobre ambos y les propinó un beso en la mejilla.

—Tenemos que convencer a los demás para que hagan lo mismo —dijo ella.

Aquel comentario, tan absurdo y a la vez de una lógica aplastante, provocó que los tres prorrumpieran en carcajadas que, a diferencia de sus anteriores demostraciones de placer, tuvieron que ser escuchadas por el resto de personas en aquel restaurante.

Por primera vez, desde que apareciera aquella oscuridad, encerrándolos a todos, Alma consiguió albergar algo parecido a la esperanza.

Jorge Serrano Celada