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relatos Cielo Rojo

Íncubo – Capítulo 07

diciembre 15, 2019

Capítulo 07 – En acto de servicio

Alain cogió el bolígrafo que acababa de partir en dos y lo acercó a la zona más oscura, bajo el colector de basura. El recoveco destinado a albergar la encimera que sostenía los cubos para los desperdicios se diferenciaba por unos azulejos de un color rojo intenso —a Alma no le costó encontrar la similitud sanguínea respecto a ese tono—, que contrastaba con el blanco del resto de paredes en el comedor principal.

No era de extrañar, por tanto, que ninguno se hubiera percatado de la penumbra que había empezado a formarse en la parte inferior. Había sido una de las empleadas —Keep Carl—, al ir a intercambiar las bolsas de residuos, quien había descubierto aquella anomalía. Bajo los cubos, una de las esquinas desaparecía completamente en una oscuridad similar a la que los mantenía encerrados en aquel restaurante.

Los que se habían dado cuenta de que algo sucedía se habían apelotonado junto a Emilio y ella para observar el experimento de Alain.

Una exclamación de asombro —y de disgusto al confirmar lo que ya sospechaban— viajó rápidamente entre los presentes, cuando Alain sacó de nuevo el bolígrafo y lo mostró completamente intacto. En la otra mano, aún tenía la mitad restante.

—¿Cómo puede ser? —dijo Alberto—. Es físicamente imposible. Se ha reparado.

—Y no sólo eso… —respondió Alain. Acto seguido, introdujo lo que quedaba de la pieza partida y, cuando la extrajo, comprobaron que también estaba completa. En la mano, tenía dos copias exactas del mismo bolígrafo—. Pero esto no es lo que más nos tiene que preocupar…

Alain no pudo terminar su frase. Alguien había comenzado a discutir en el pasillo que antes conducía hacia la entrada. Aunque sabían que no serviría de gran cosa, habían decidido bloquearlo con una nueva barricada. Era más fácil cortar el acceso, más allá desde aquel corredor, que intentar fortificar de nuevo la entrada.

A Alma no le sorprendió descubrir que el del traje estaba implicado en la trifulca. La mujer rubia de la falda corta se interponía entre él y Cintia, quien no dejaba de llorar.

Si existía algo similar a un botón rojo de emergencias en la cabeza de Alma, alguien lo acababa de pulsar con la fuerza suficiente como para hacerlo trizas. Antes de que Emilio, quien se disponía a intermediar, pudiera reaccionar, Alma se adelantó y preguntó a la mujer rubia qué estaba sucediendo. Su pulso se había acelerado al nivel de su encuentro nocturno en el baño con sus dos compañeros, pero su origen era totalmente diferente. Una rabia tremendamente racional y controlada fluía a oleadas por cada una de sus venas.

Necesitaban encontrar soluciones, alguna salida, y aquel hombre despreciable se empeñaba en boicotearlos, una y otra vez. Si le había hecho algo a aquella chica…

—María, no te metas en esto —dijo el del traje a la mujer rubia e hizo ademán de acercarse a Cintia, quien se encogió asustada.

Alma lo interceptó y le dio un empujón de advertencia. El del traje sonrió, como si Alma hubiera soltado alguna ocurrencia. Sin ser él especialmente grande, la diferencia de altura y complexión entre ambos era más que evidente.

—¿Qué está pasando? —volvió a preguntar Alma.

María, la mujer rubia de la falda corta, dudó unos instantes antes de responder.

—Román estaba intentando algo con esta chica… ¡No has tenido suficiente con lo que le has hecho a Andrés? —gritó ella claramente airada al del traje.

El hombrecillo de las gafas al que la mujer hacía referencia no había abierto la boca desde el incidente en la entrada. Se había limitado a permanecer sentado, con la mirada perdida, tan vacía como la oscuridad en la que había caído. De vez en cuando, tenían que asearlo, al hacerse sus necesidades encima y habían tenido que optar por vestirlo con manteles y esparadrapo, a modo de pañal.

Alma interrogó con la mirada a Cintia.

—Quiere que me acueste con él —respondió finalmente ella entre sollozos.

La única imagen que Alma tenía de aquella chica era de esa manera, débil e indefensa. Sin embargo, después de todo lo que habían pasado, en vez de rechazo, lo único que despertaba en ella era una mezcla entre ternura y necesidad de protegerla. Era consciente de que, probablemente, era su manera de intentar compensar la culpabilidad que sentía por la muerte del estudiante y los pensamientos que ahora, gracias a dios, le habían dado algo de tregua. Le daba igual. Lo único que importaba era que aquel bastardo había intentado propasarse con ella.

El del traje mostró los dientes, amenazante, y se golpeó el pecho, reafirmando sus acciones.

—¡Somos los únicos que quedamos! ¡Todos los demás han pasado por el puto baño para follar y a mí también me toca!

Emilio fue a intervenir, pero Alma le indicó que se detuviera, con un gesto de la mano.

—No es no y si ella no quiere, te jodes y bailas. Como le pongas un dedo encima, te las ves conmigo.

El del traje volvió a sonreír, torciendo la boca. Aquella mueca confiada le provocó unas ganas incontroladas de estamparle un codazo en la cara.

—También me vales tú —dijo el tal Román y le dio varios golpecitos con el dedo en el esternón—. Tengo la impresión de que no has tenido suficiente con tus dos amiguitos.

Sabía que sólo intentaba provocarla, pero, como ya había sido mencionado anteriormente, Alma tenía algunas manías y una de ellas era que no soportaba que la tocaran intermitentemente para llamar su atención. En alguna ocasión, no le había importado, como había ocurrido con Alain el día anterior, pero con aquel imbécil todo era distinto.

Alma sabía defensa personal. Su maestra, una excombatiente del Grupo de Operaciones Especiales del Ejército, le había enseñado algunas técnicas muy efectivas. Antes de que Román retirara la mano, Alma le agarró el dedo y se lo retorció de la manera más efectiva posible.

El del traje se vio obligado a hincar la rodilla, mientras aullaba de dolor.

—Di que la vas a dejar en paz —le ordenó Alma.

Él optó por resistirse y ella intensificó aún más la torcedura. Sin dejar de gritar, Román golpeó varias veces el suelo con la palma de la mano libre.

—¡Vale, vale! ¡La dejaré en paz, pero suéltame! —vociferó él como pudo.

Alma decidió liberarlo y el del traje se puso en pie, tambaleándose. Parte de la camisa le sobresalía del pantalón, por debajo de la chaqueta que se había vuelto a poner y que ahora estaba completamente arrugada. Su barba comenzaba a perder definición y, a la altura del cuello, se intuía parte de un tatuaje que no entonaba demasiado con su estilo. Su aspecto actual dejaba mucho que desear, alejado de la pulcritud que lo había caracterizado desde el principio. En cierta forma, no pudo evitar sentir lástima de él.

—¿Qué estás mirando? —preguntó él e intentó colocarse el cuello de la camisa, sin demasiado éxito. Después, se marchó sin decir nada más.

Cuando las cosas se hubieron calmado, Alma acudió al encuentro de Cintia.

—¿Estás bien?

La chica asintió, algo más tranquila.

—Gracias por defenderme… Siento que hayáis tenido que ayudarme. Soy una inútil que no sirve para nada.

Era evidente que seguía afectada por la muerte de su tía y la desaparición de su prima. Conocía muy bien la clase de impotencia que la atormentaba. Si, además, estaba sufriendo los mismos pensamientos que habían padecido todos, su instinto de supervivencia estaría bajo mínimos. Eso la convertía en la víctima ideal. Aquel lugar sabía cómo convertirse en la trampa perfecta.

Alma la atrajo hacia sí y la abrazó con fuerza. A pesar de que Cintia era algo más alta que ella, pudo percibir la fragilidad que transmitía. Después, la apartó ligeramente y la obligó a que la mirara a la cara, sujetándola por los brazos.

—¿Es cierto lo que ha dicho ese gilipollas? —comenzó a decir Alma—. ¿No has estado con nadie?

Cintia negó con la cabeza.

—Sabes que tienes que hacerlo —insistió Alma—. Parte de cómo te sientes ahora es por culpa de este sitio. Si sigues así, acabarás como…

Alma se dio cuenta, demasiado tarde, de que acababa de entrar en terreno delicado.

—Como Alisa o tía Isabel… —terminó la frase ella.

Alma no había tenido la intención de mencionarlo en alto, pero si no hacía algo, aquella pobre chica acabaría junto con los dos cadáveres que descansaban tras el mostrador de la entrada o peor aún. Nada les garantizaba que, de todas formas, no fuera a ser así, pero, al menos, tenían que intentarlo.

—Sí, Cintia, como ellas. Siento ser tan directa, pero es así. Tienes que luchar.

Ella asintió, dándole la razón. Alma le preguntó si quería estar con alguien en especial, pero ante su silencio, aún reacia, decidió obligarla a entrar con ella al baño.

Una vez allí, las sensaciones fueron diametralmente distintas a las que vivió con sus dos compañeros. Aquella chica, aún desvalida, necesitaba un tipo de atención para el que ella realmente no estaba preparada, pero no tenían otra opción. Alma se ofreció a ayudarla en lo que ella necesitara y la providencia no tuvo a bien que bastara sólo con acompañarla.

Cintia se apoyó de espaldas contra el lavabo y esperó, con las piernas ligeramente separadas, a que ella se acercara. Su pecho se movía profundamente con cada respiración y varias perlitas de sudor salpicaban su frente. Era evidente que el deseo la atormentaba de la misma forma que había hecho con ella. Sólo la culpa y la pena por la pérdida de su familia habían impedido que cediera a él. Ese era el plan de aquel lugar, sumirlos en el deseo, la vergüenza y la tristeza.

Alma no sabía cómo empezar. La incomodidad y el nerviosismo le impedían que nada de lo que hiciera tuviera un mínimo de naturalidad. Tras acariciarle torpemente los pechos, decidió que lo mejor sería acabar, cuanto antes, con todo aquello y llevó la mano hacia la entrepierna, bajo la falda. La ropa interior estaba empapada, como reflejo de la tortura por la que debía de haber estado pasando, y Alma tuvo que obligarse, no con poco esfuerzo, a retirarla e introducirle los dedos. Cuando, por fin, entró en ella, Cintia echó la cabeza hacia atrás y soltó un jadeo profundo, casi de alivio.

Sus dedos descubrieron un lugar nuevo y distinto, pero, en esencia, igual al que ya conocían, por lo que decidió utilizarlos como solía hacerlo.

La masturbó de la manera más aséptica posible, casi como quien ofrece una sesión de masaje —en cierta forma, así era—, sin demasiados preliminares ni intermedios. Era consciente de que, probablemente, aquel fuera el peor acto sexual en el que aquella chica habría participado nunca, sin embargo, pareció ser suficiente y, al poco tiempo, consiguieron alcanzar su objetivo.

A la salida del baño, Alain apareció para indicarle que iban a reunir a todos. Era hora de tomar decisiones y recopilar todo lo que sabían.


Casi treinta y dos horas después de la desaparición de uno de los locales de la franquicia Carl’s Jr, con veinte personas identificadas, hasta el momento, en su interior, todas las calles, en un perímetro de varias manzanas, habían sido acordonadas y los edificios desalojados.

La evanescencia, como había sido calificado, oficialmente, aquel fenómeno para el que ninguno de los equipos técnicos desplazados desde todos los rincones del mundo había encontrado ninguna explicación, había sumido el lugar, donde debería estar el restaurante, en una oscuridad de naturaleza, hasta ahora, desconocida.

Los resultados preliminares indicaban que aquella nada —los medios alemanes habían comenzado a referirse a ella de aquella manera, en clara referencia a la obra de Michael Ende, La historia interminable— tenía la capacidad de absorber cualquier rango del espectro de luz visible. Incluso a plena luz del día, el lugar donde debería haber estado la fachada de aquel restaurante, se ahogaba en un vacío antinatural.

Más allá de eso, carecían de datos reales sobre las propiedades en su interior. Cualquier intento de medición, in situ, daba lugar a la alteración de los sensores, que parecían reiniciarse sin ninguna explicación aparente.

El siguiente paso, tras no pocas discusiones técnicas y políticas, había consistido en la aprobación de la operación Atreyu. A las 22:00 UTC+2, un voluntario de las fuerzas armadas españolas, ataviado con un traje NBQ, especialmente diseñado para la protección contra amenazas nucleares, biológicas y químicas, se adentraría en la evanescencia e intentaría obtener datos, en primera persona, de aquella anomalía.

Los medios de comunicación internacionales autorizados habían desplegado varios vehículos con grúas que permitían captar, desde ángulos elevados, cualquier detalle de aquella operación.

El soldado, cubierto hasta la cabeza por el traje de protección, con diseñó de camuflaje, y la máscara antigás, se detuvo justo antes de entrar en la nada. Los focos apostados por el dispositivo montado alrededor lo iluminaban, en medio de la noche, como si fuera un artista en un escenario. En una mano, llevaba un contador Geiger para medir la radiación. Le echó un vistazo y, al parecer, convencido del resultado, se santiguó e introdujo la mano en la anomalía. Por un momento, se detuvo y después la sacó. La movió varias veces, como para asegurarse de que todo estuviera en su sitio y después alzó el pulgar para indicar que todo estaba correcto.

Las cámaras, que en ese momento emitían en directo a cientos de canales de televisión en todo el mundo, registraron con todo detalle aquella operación, incluido el momento en el que aquel soldado voluntario decidió adentrarse en la nada y lo que más tarde se dictaminaría que era una especie de garra animal lo arrastró hacia su interior.

Varias horas después, no había noticias del soldado, quien fue declarado como desaparecido en acto de servicio.

Jorge Serrano Celada