Saltar al contenido
relatos Cielo Rojo

Íncubo – Capítulo 08

diciembre 22, 2019

Capítulo 08 – Revelaciones por un día

Casi parecía absurdo que, hasta entonces, no se hubieran dado cuenta. Alma contemplaba el techo del comedor principal con un desconcierto que la hacía dudar, aún más, de los pensamientos que hasta no hacía mucho creía haber sido dueña. Era evidente que, en determinadas zonas, la oscuridad había comenzado a expandirse, más allá de las sombras.

La noche anterior se había quedado dormida, mientras contemplaba aquel mismo techo, sin notar absolutamente nada. No era menos cierto que el agotamiento y el pánico podrían haberlos llevado a aquel estado de inconsciencia, pero, en el fondo, sabía que lo mismo que los había llevado a desear entregarse a la criatura podría haber provocado aquel bloqueo en su percepción. ¿O habría aparecido después?

Alain fue el primero en hablar.

—Os he reunido porque es hora de que recopilemos todo lo que sabemos.

Román, el del traje, no tardó en hacer su peculiar aportación.

—Eso es fácil. No sabemos una mierda. Fin de la reunión.

A diferencia de los demás, que habían formado un círculo en medio del comedor, el del traje había decidido ocupar el lugar en las escaleras del que antes se había adueñado la bruja trastornada. Para gusto de Alma, como zona de exilio quedaba demasiado cerca.

—Oh, cállate de una vez, Román —le espetó María, la mujer rubia de la falda corta—. Deja que hable.

Los demás asintieron y, convencido de que aquella sería una batalla que no podría ganar, volvió a encogerse en su sitio y guardó silencio. Alma se preguntó hasta qué punto no sería peligroso dejar que aquel sitio lo consumiera. Después, recordó lo que debían hacer para evitarlo y prefirió averiguarlo.

—Bueno, hay cosas que sí sabemos —continuó Alain—. En primer lugar, hemos descubierto, por las malas, lo que sucede si intentamos atravesar la oscuridad. —En ese momento, María dirigió una mirada de desprecio a Román, quien la ignoró por completo.

—Pero, ¿qué es lo que le ha pasado a ese hombre? —preguntó el chaval que hacía de cocinero, señalando a Andrés, quien en esos momentos permanecía en una esquina, embelesado con la pared que tenía enfrente. El chaval no sería mucho más mayor que Keep Carl, de quien siempre estaba acompañado. En cierto modo, lo que habían tenido que hacer para sobreponerse había servido para reforzar los lazos que ya tuvieran—. ¿Y lo de los bolis?

Los que no estuvieron presentes en el último experimento de Alain preguntaron a qué se refería.

—Regenera todo lo que toca, ¿verdad? —dijo Alberto, el profesor de ciencias.

—A ver, por partes —respondió Alain—. Por lo que hemos podido ver, efectivamente, cualquier cosa que entra en la oscuridad sufre algún tipo de reinicio. Antes hemos introducido un bolígrafo, partido en dos, y, como resultado, hemos obtenido dos copias iguales, en perfecto estado. —Aquella revelación provocó el murmullo entre todos los presentes—. La cuestión es, hasta qué punto se produce ese reinicio.

—¿A qué te refieres? —preguntó Alberto.

—Si fuera algo basado en el tiempo, habría algún tipo de consistencia en el lapso temporal, sin embargo…

Alain comenzaba a pensar en alto, casi ajeno a la decena de personas que lo estaba escuchando.

—¡Alain! —lo interrumpió Alma. Aquello pareció ser suficiente para traerlo de vuelta.

—Perdón. Lo que quiero decir es que no parece que se trate de ningún tipo de reinicio en el tiempo. Si fuera así, ¿por qué obtenemos de vuelta los bolígrafos y no los plásticos con los que estaba hecho? Al fin y al cabo, los objetos y sus componentes cambian con el tiempo, no hay un punto de partida definido.

—Igual que el servilletero —añadió Alma y Alain asintió.

—Puede que, simplemente, todo lo que entra vuelva a estar como era hace poco en el tiempo —dijo Alberto.

Aquello tenía sentido. Eso explicaría por qué tanto el servilletero como el bolígrafo volvían a parecer nuevos al salir.

—Eso pensé al principio, pero entonces, lo de la cicatriz en la mano de… —comenzó a decir Alain, dirigiéndose al camionero.

—Julián —respondió éste.

—…la cicatriz de Julián —continuó Alain—. Si fuera como decís, no debería haber desaparecido. Si no me equivoco, comentaste que la tenías desde pequeño.

—Es cierto, la he tenido toda la vida, ¿saben?

—Igual con las cosas vivas es diferente —dijo Emilio—. Puede que sea mayor el tiempo al que se reinicia.

Alberto asintió como para darle la razón.

—Entonces, ¿por qué su mano no es como la de un niño? —Aquella sencilla pregunta sirvió para llenar la sala de un silencio absoluto. Julián, el camionero, se contempló la mano como si fuera un gran misterio para él—. No sólo eso, ¿cómo se explica el estado de Andrés?

—Dijiste que lo más seguro era que su cerebro también se hubiera reiniciado, como el servilletero —dijo Alma.

—Y así es. De hecho, si miráis su ropa, veréis que parece estar como nueva, hasta la altura donde acabó en la oscuridad. Sin embargo, él no parece haber rejuvenecido ni un sólo día.

—No entiendo nada de lo que estáis diciendo —dijo el hombre del polo de manga corta. Ahora iba con una de las sudaderas del local que les habían dado las dos empleadas. El frío cada vez era más intenso—. Si ese hombre no ha rejuvenecido nada, ¿por qué está así?

—Porque, al igual que la cicatriz de Julián —dijo Alberto— su cerebro se ha reparado.

—Efectivamente —añadió Alain—. Sabemos que, sea lo que le haya pasado, funcionalmente está bien. Andrés, simplemente, ha olvidado absolutamente todo lo que ha aprendido. A efectos, es como si fuera un recién nacido.

—Pero eso no explica por qué hay un comportamiento diferente entre las cosas vivas y las que no —añadió Emilio—. ¿Por qué un objeto normal parece retroceder en el tiempo y lo que está vivo no? O, ya que estamos, ¿cómo se comportan las cosas vivas ahí dentro?

Alberto volvió a asentir para darle la razón. Para Alma, todos aquellos razonamientos empezaban a convertirse en un pequeño galimatías. Nadie parecía saber lo que estaba sucediendo y no estaban más cerca de la verdad que al principio. A pesar de todo por lo que habían pasado, de todos sus esfuerzos, su destino seguía tan sellado como antes.

Por alguna razón, aquella idea trajo a su cabeza la imagen del dibujo que le quitaron a la mujer trastornada.

Alain se permitió una pausa antes de responder. Levantó el dedo índice mientras parecía mirar hacia ninguna parte, sólo a sus propios pensamientos.

—¿Y si el comportamiento entre lo vivo y no vivo sí es el mismo?

Alberto negó con la cabeza.

—Es imposible, Alain. Tú mismo lo has dicho. La mano de ese hombre debería de ser la de un niño o el propio Andrés, mismamente.

—¿Y si no tiene nada que ver con el tiempo? —preguntó Alain.

Nadie pareció entender a qué se refería, por lo que, para explicarlo mejor, sacó algo del bolsillo del pantalón y se lo entregó a una de las empleadas —Refill a full—, sin permitir que lo viera. Insistió mucho en ese aspecto. La camarera, que dijo llamarse Sonia, no tardó en percibir que era uno de los bolígrafos de los que habían estado hablando. Alain le explicó que, en realidad, era otro, esta vez de color rojo, que había tomado antes del mostrador.

Después, la condujo hacia la zona de oscuridad que había surgido bajo el colector de basura y la animó a introducir aquel bolígrafo sin mirar. Ella así lo hizo y, al sacarlo, se lo entregó a Alain, quien sonrió al verlo.

Cuando mostró el objeto que tenía en la mano, todos pudieron ver que, en efecto, era un bolígrafo con el capuchón rojo, perfectamente intacto.

—No me digas que… —comenzó a decir Alberto y, acto seguido, se lo arrebató de las manos. Cuando lo alzó, comprobó que el tapón de atrás era de color azul—. ¿Era uno de los bolígrafos azules? Pero, ¿cómo?

—Lo siento, Sonia, te he engañado —le dijo Alain a la camarera, quien se limitó a encogerse de hombros—. Efectivamente, antes era azul y ahora es rojo. Ha sido ella quien lo ha cambiado —dijo señalando a Sonia, la camarera—, o, más concretamente, su subconsciente.

» Por esa razón, Julián ya no tiene la cicatriz, porque, en su cabeza, la imagen ideal de su mano es sin ella. Lo mismo ocurrió con el servilletero que lancé con Alma o el boli cuando lo partí.

—¿Quieres decir que la persona que introduce el objeto es la que determina cómo se reinicia? —preguntó Emilio y se llevó las manos a la cabeza cuando Alain asintió, respondiendo a su pregunta—. Hostia, puta…

—Y Andrés, entonces, ¿por qué está así? —preguntó María.

—Porque entró solo en la oscuridad, ¿verdad? —dijo Alberto.

Alain volvió a asentir.

—Creo que hace falta algún tipo de ancla consciente, desde este lado, para traer las cosas de vuelta con la imagen que tenemos de ella. No tiene por qué ser con un contacto directo. Cuando Alma y yo hicimos la prueba con el servilletero, lo recuperé atado a una cuerda.

María comenzó a llorar.

—Si lo hubiéramos sabido antes…

Alain negó con la cabeza.

—No, no lo entendéis. Si todo esto es cierto, quizás podamos recuperar a Andrés. Puede que a todos los demás.

Por segunda vez, las declaraciones de Alain acallaron a todos los presentes.


Minutos después, cuando pudieron hablar con algo más de privacidad —lo que no era decir mucho, en un comedor con más de quince personas— Alain los reunió a ambos y añadió algo más.

—Hay algo que no he querido decir delante de todos, pero creo que es importante que lo sepáis los dos, especialmente tú —dijo dirigiéndose a ella.

—¿Más sorpresas? —preguntó Emilio.

Alma había tenido suficientes revelaciones por un día, pero si había algo más que debía saber, necesitaba escucharlo.

—Eres tú —dijo por fin Alain, dirigiéndose a ella—. Creo que todo esto es por ti o que, al menos, tienes un papel importante en todo esto.

Aquellas palabras reafirmaron las sospechas que ella ya manejaba. La obsesión de aquella mujer por ella y el dibujo pintado en aquel papel…

—El símbolo que tenía la mujer, ¿crees que puede tener algo que ver conmigo? —preguntó Alma.

—Puede ser, no lo sé. Pero no me refería a eso —respondió Alain.

En ese instante, la luz del comedor parpadeó varias veces, despertando varias exclamaciones de temor entre los demás.

Alain permaneció pensativo unos instantes, contemplando las lámparas del techo, algunas de las cuales comenzaban a estar rodeadas por aquella oscuridad que lo engullía todo. Fuera lo que fuese, parecía que su tiempo allí sería limitado.

—Me pregunto quién de nosotros será el responsable de que tengamos luz… Probablemente todos —masculló Alain, casi de manera inaudible. Después, se dio cuenta de que Emilio y Alma esperaban a que terminara de explicar lo último que había dicho.

» ¿Os acordáis de la primera vez que apareció la criatura? —continuó Alain—. Pensábamos que el brazo era el de una mujer que podría estar muerta. Estaba quieto, hasta que alguien se dio cuenta de que se movía y volvió a detenerse.

Alma lo recordaba muy bien. Después de aquello, el estudiante de las barbas decidió acercarse, en contra de las advertencias de Alain y Emilio, y se desató el infierno. A pesar de que los impulsos por ser violada y la culpabilidad subsiguiente se habían aliviado, la responsabilidad por la muerte del segundo estudiante seguía pesando igual.

—¿Y recordáis lo que sucedió cuando aparecieron las versiones en miniatura de la criatura? —preguntó Alain.

—Una de ellas intentó atacarme y se quedó flotando en el aire —respondió Alma.

—¡Exacto! —exclamó Alain.

—¿Crees que Alma les hizo algo? —preguntó Emilio.

—Es la única explicación que se me ocurre —respondió Alain—. Cuando te pedí que siguieras mirando a aquella cosa, dejaste de hacerlo y, por un momento, continuó su trayectoria, como si en ningún momento se hubiera detenido. Sin embargo, ninguno de los que estábamos allí parecía que tuviéramos el mismo efecto sobre la criatura.

Alma no entendía cómo podía tener aquella relación, pero sí creía que había algo con ella que no terminaba de entender.

—Entonces, ¿por qué no pude detener ninguna de las violaciones… o las muertes? —preguntó Alma.

Alain meditó la respuesta por un momento.

—¡Porque tocaron a aquellas cosas! —dijo en voz algo más alta Emilio. Alma le pidió que bajara la voz, para evitar ser escuchados.

—Sí, estoy de acuerdo —dijo Alain—. Creo que, en el momento en el que entramos en contacto con las criaturas, se vuelven imparables y lo que sea que les hagas deja de funcionar.

Alma se apoyó en la pared y se dejó caer en el suelo. De repente, volvía a sentirse extenuada. ¿Por qué tenía que girar todo alrededor de ella? No había pedido nada de eso.

—¿Y qué se supone que debo hacer? —preguntó ella.

—Por ahora, descansar hasta que decidamos qué hacer —respondió Emilio.

Alain estuvo de acuerdo. Eran las tres de la tarde o, al menos, debía de serlo en el mundo real, pero, para Alma, podrían haber sido las tantas de la madrugada. El cansancio volvía a apoderarse de ella.

—Creo que deberíamos buscar el dibujo del papel por el restaurante —dijo Alma—. Si tiene algo que ver con un ritual, estoy segura de que es la clave de todo esto.

Alain y Emilio asintieron a la vez. En los dos, se reflejaba el mismo agotamiento que padecía ella. Supuso que, para ellos, también habían sido suficientes revelaciones por un día.

Jorge Serrano Celada