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relatos Cielo Rojo

Íncubo – Capítulo 09

diciembre 29, 2019
Hombre encapuchado en la oscuridad

Capítulo 09 – Detrás de todo

Por momentos, Alma comenzaba a pensar que su idea de buscar un fundamento ritual en todo aquello resultaba totalmente absurda. Después de tomarse un pequeño descanso, había recorrido cada rincón de aquel maldito restaurante, sin encontrar ningún símbolo parecido al del dibujo que ahora tenía entre las manos. Ni siquiera sabía si podría estar en algún sitio visible. Sin embargo, si aquella mujer lo llevaba encima, debía de ser por alguna razón.

Rendida, se había sentado en el suelo, junto a la columna que ya se había convertido en su hueco personal, dentro de aquel improvisado hogar atestado de gente.

Alain había mencionado que la palabra que se repetía en cada cuña de la intersección, entre el pentáculo y el círculo, debía de ser de origen hebreo. Alma pasó el dedo por el símbolo extraño del centro. La doble cruz con el símbolo del infinito en la base provocaba en ella una fascinación difícil de explicar. Quizás fuera esa la razón por la que sentía la obligación de localizar aquel dibujo. También era posible que sólo necesitara sentirse útil de alguna manera.

Los demás habían decidido echar una mano a Alain para despejar el pasillo de nuevo. La prueba que quería hacer necesitaba una zona de aquella nada que fuera lo suficientemente amplía. Al acceder a la entrada, habían descubierto que las puertas habían desaparecido, engullidas por la oscuridad. El tic tac del reloj mortal que regía aquel sitio parecía empeñado en conducirles al abismo, literalmente hablando.

Alma intentó revisar mentalmente cada uno de los puntos de aquel restaurante, por si hubiera habido algún sitio que pudiera habérsele escapado. La cocina era la que más recovecos tenía, pero, allí, había sido especialmente concienzuda y no había encontrado nada. Además, no recordaba que la mujer hubiera entrado en ella, en ningún momento.

Se dio cuenta de que estaba haciendo demasiadas asunciones, como, por ejemplo, que había un dibujo grabado en algún sitio y que, además, había sido realizado por aquella mujer. Sin embargo, si algo de todo aquello tenía sentido, debía de haber sido así.

Intentó recordar cada uno de los movimientos de aquella mujer al entrar al restaurante, poco antes de que la escupiera. Fue pasando por las mesas de la entrada, hasta llegar a la suya, aparentemente, sin hacer nada más. Después, desapareció. ¿Adónde fue?

Los que estaban en la entrada seguían despejando las cosas. Ahora, sin las puertas —o lo que habría quedado de ellas tras la última incursión de la criatura—, la oscuridad resultaba más amenazante que nunca. El corredor parecía extenderse infinitamente hacia aquella negrura, más allá de los baños.

Los baños… ¿Qué fue lo que pensó cuando aquella mujer se marchó de nuevo, antes de que todo se desatara? Que se habría dirigido a los aseos, subiendo las escaleras que ahora ocultaba la columna que tenía delante —había escogido precisamente aquel sitio para esconderse de la mujer trastornada—. Sin embargo, los baños no estaban allí arriba, sino en el pasillo, como bien descubrió poco después.

Alma se puso en pie, de nuevo. Después de todo, no había mirado allí arriba. De hecho, que ella recordara, nadie lo había hecho desde que quedaran allí atrapados, lo que no dejaba de resultar absurdo.

Se acercó a una de las empleadas, Keep Carl, que andaba atareada preparando una mesa para comer —Alma sospechaba que los tres empleados seguían aferrados a sus quehaceres, para encontrar algo de normalidad en todo aquello. Nadie se había quejado por ello—.

—Perdona… —dijo Alma, esperando que le dijera cómo se llamaba. Lo cierto era que, a pesar de todo, no conocía el nombre de la mayoría de ninguno de ellos.

—Daniela.

—Daniela —repitió Alma—, quería hacerte una pregunta. —La empleada se puso visiblemente nerviosa—. No es nada. Es sólo que me estaba preguntando, ¿qué hay ahí arriba? —dijo señalando las escaleras.

La empleada miró hacia donde ella se refería y, por un momento, pareció dudar.

—Es un almacén…

Alma se dio cuenta de que había caído en algo más.

—¿Qué ocurre?

—Ayer os dimos las sudaderas que teníamos en la cocina —explicó Daniela—. Son las que se regalan como promoción, por eso las teníamos cerca, pero la verdad es que guardamos varias mantas en el almacén y no nos hemos dado cuenta.

Sus sospechas comenzaban a cobrar fuerza. Habían recorrido aquel restaurante de arriba abajo, buscando cualquier cosa que les pudiera ser de utilidad y a nadie se le había ocurrido subir aquellas escaleras. No sólo eso, la mujer trastornada había hecho de ellas su propio hueco personal —¿como si estuviera protegiéndolo?—.

Alma se dirigió rápidamente hacia ellas, pero se detuvo al encontrarse a Román en ellas. Desde la desaparición de la mujer, había ocupado su lugar en aquel sitio. Cuando la vio acercarse, se puso en pie.

—Déjame pasar, Román.

Él se rió, con el mismo cinismo que ya le caracterizaba.

—Vaya, ¿ahora también sabes mi nombre? —respondió él—. ¿Por qué tendría que hacerlo?

A Alma se le agotaba la paciencia.

—Porque si no lo haces, vas a ver que no sólo sé retorcer dedos.

Román lo pensó unos instantes y después se apartó.

—«Ya verás lo que sé yo» —dijo él, de manera casi imperceptible, cuando pasaba a su lado. Alma se giró hacia él, pero Román simuló no haber dicho nada y le dedicó una de sus odiadas sonrisas. Estaba segura de haberlo oído.

No tenía tiempo para aquellas estupideces, por lo que decidió seguir su camino y terminó de subir aquellas escaleras. Al final, entre la penumbra, distinta de la que los rodeaba y debida únicamente a la ausencia de puntos de luz, había una puerta cerrada con llave. No necesitó abrirla para encontrar lo que estaba buscando. En el suelo, plasmado en lo que parecía ser sangre, estaba el mismo dibujo que había estado buscando.

Lo habían tenido todo el tiempo delante de sus narices y en ningún momento se les había ocurrido mirar allí. Aquello no era normal, pero llegados a ese punto, era complicado deducir qué lo era y que no.

Alma intentó borrar el símbolo del centro con la manga de la sudadera, pero no consiguió nada. Quizás, con agua consiguiera algo, pero no creyó que fuera tan sencillo. Tenía que avisar a Emilio y a Alain de su descubrimiento.

En ese momento, algo la golpeó en la cabeza y cayó al suelo.

—Tenías que andar rebuscando, no podías estarte quieta y esperar a que llegara tu turno…

Aquellas palabras resonaron desde muy lejos, distorsionadas, como en una película a cámara lenta. Después, todo se volvió negro.


Al principio, empezó como ruido de estática. Algo indefinido que se oía desde muy lejos. Después, aquel sonido fue cobrando forma, hasta que comprendió que alguien la estaba llamando.

—¡Alma, despierta! —gritó la voz, con un nivel de urgencia que la sacó de su somnolencia.

Cuando abrió los ojos, tuvo que contener un grito y el golpe de adrenalina casi la llevó a cometer una estupidez. Si sólo hubiera hecho ademán de levantarse, la cosa que tenía a escasos centímetros de su cara la habría tocado y ese habría sido su fin. Por segunda vez, una de las versiones en miniatura de la criatura que los estaba acosando flotaba delante de ella, como si estuviera congelada, preparada para alcanzarla en el cuello con la lengua.

Si hubiera tardado sólo unas décimas de segundo más, habría dado con ella.

—¡No dejes de mirarla!

Quien la había sacado de la inconsciencia había sido Emilio. En esos momentos, se encontraba a mitad de las escaleras y no se atrevía a acercarse.

A lo lejos, Alma pudo escuchar varios gritos. ¿Qué estaba sucediendo?

Desde donde estaba, comenzó a arrastrase hacia atrás, con cuidado de evitar a aquella cosa. Mientras lo hacía, pudo comprobar que aquella criatura mantenía erguido su miembro, en un tamaño tan desproporcional como lo que le salía de la cara. Tuvo que contener las ganas de vomitar.

Cuando consiguió encontrar el hueco suficiente, se puso en pie, con cuidado.

—No… dejes… de mirarlo —volvió a insistir Emilio. En la mano, tenía uno de los cuchillos que habían tomado prestados las dos hermanas. Era de un tamaño considerable.

—Dámelo —dijo ella, sin apartar la vista de aquel pequeño monstruo.

—¿Estás segura?

Ella asintió y cuando tuvo el arma en la mano, no se lo pensó dos veces y ensartó a aquella cosa, que no pronunció sonido alguno. Una vez en el suelo, descargó el cuchillo varias veces más, hasta que la sangre, de un color tan negro que parecía tinta, le salpicó las manos y la cara.

Emilio la rodeó con los brazos y la obligó a detenerse.

—¡Ya está! ¡Ya está!

Alma dejó el cuchillo y se llevó la mano a la cabeza. Le dolía como si la peor de las migrañas hubiera decidido hacer acampada en ella. Descubrió que sangraba de la herida que le habían provocado al golpearla.

—¡Román! —exclamó ella.

—¡Ahora no! ¡Tienes que ayudarlos! —gritó Emilio.

Hubo nuevos gritos y el miedo cobró una nueva dimensión. Lejos de paralizarla, la llevó a bajar aquellas escaleras, en unos pocos saltos.

—¡Se los están llevando a todos! —gritó Emilio, aún desde arriba—. ¡Tienes que ayudarlos!

Cuando Alma llegó al corredor, lo que descubrió fue lo más cercano a la desolación que habría descrito nunca. En la pared, donde antes se podía leer, en letras grandes de color negro, el eslogan «Meat & Fire», un chorretón de sangre había cubierto las dos últimas letras de la primera palabra y ahora sólo quedaba «Me & Fire».

A pocos metros, había un cadáver tendido en el suelo, decapitado con el mismo procedimiento con el que aquella cosa había fulminado a la tía de Cintia. Llevaba una chaqueta gris que no tardó en reconocer. No mucho más lejos, el cuerpo sin vida de una de las dos hermanas la contemplaba con los ojos abiertos, en un gesto de sorpresa permanente. Su tronco se giraba más allá de lo imposible y parte del hueso de la cadera asomaba sanguinolento, a través del ocho que había formado la piel en la parte ventral.

Lo que la obligó a no apartar la vista fueron las pequeñas criaturas que trataban de abrir la puerta del baño. En cuanto las vio, sufrieron del mismo nivel de parálisis que en las anteriores ocasiones.

Al fondo, en la entrada, pudo percibir, de reojo, a su hermano mayor, mientras se llevaba a alguien hacia la oscuridad. Le pareció ver que se trataba de María, la mujer rubia que debía de trabajar con Román. Pudo escuchar más gritos, procedentes de la entrada y, aunque no estuvo segura, creyó que pertenecían a las dos empleadas.

¿Qué estaba pasando? ¿Cómo podía haberse desatado aquel infierno en tan poco tiempo? Por segunda vez, tuvo que contener las náuseas y se obligó a no dejar de mirar a aquellas cosas. 

Buscó, a tientas, algo con lo que poder atacar a esos monstruos, pero no tenía nada a mano.

Estaba a punto de llamar a Emilio, cuando notó algo en la sien. Era el cañón de una pistola. Todas las alarmas de aquel supuesto botón rojo en su cabeza tronaron a la vez.

—A ver si ahora conseguimos que estés quietecita —le dijo alguien detrás.

No tuvo que girarse para comprender que se trataba del mismo hijo de puta que la había dejado inconsciente antes. El hecho de comprender que Román tenía una pistola fue como una pequeña revelación. Había venido preparado, pero no para esas criaturas, sino para ellos, por si sucedía algo como esto.

Él era quien estaba detrás de todo.

Jorge Serrano Celada