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relatos Cielo Rojo

Íncubo – Capítulo 10

enero 5, 2020
Hombre sucida en la oscuridad

Capítulo 10 – Todo para nada

Aunque desde la posición en la que se encontraba, no podía distinguirlo claramente, Alma concluyó que el arma con el que Román seguía apuntándola en la cabeza sería una 9 mm, probablemente una Beretta.

Mientras la conducía hacia la zona más alejada del corredor, en el comedor principal —lo que evitaría que pudiera congelar a ninguna otra criatura— rememoró cada una de las técnicas que Ana, su profesora de defensa personal, le había intentado enseñar para una ocasión como aquella. No importaba las veces que las hubiera practicado, cada una de ellas parecía apelotonarse en su cabeza, como una madeja sin sentido. Una cosa era aplicar los movimientos en un entrenamiento y otra, bien distinta, en una situación de vida o muerte.

Odiaba admitirlo, pero estaba asustada y no sabía si era por eso o por la presencia de las criaturas, pero volvía a tener problemas para pensar con claridad. Una parte de sí misma, tan profunda como la que deseó ser la víctima en ambas violaciones, se alegraba de ser dominada por aquel bastardo. Sin embargo, ahora sabía que esos pensamientos no eran suyos, sino de aquel lugar. Sólo tenía que aferrarse a esa idea.

Cuando llegaron a la esquina en la que solía estar Andrés, frente a las escaleras —aquel maldito dibujo había estado allí todo el tiempo— la empujó contra la pared y, sin dejar de apuntarla, la obligó a darse la vuelta.

—Dame las manos —ordenó él.

—¿Qué estás haciendo, Román? Esas cosas van a matarnos a todos.

Alma se ahorró la explicación sobre su capacidad para detenerlas. Era evidente que ya lo sabía y que la había llevado allí, precisamente, para evitarlo. ¿Qué pretendía?

—Dame… las manos… —volvió a repetir él y la encañonó con tal fuerza en la mejilla que tuvo que contener un grito de dolor.

Alma hizo lo que pedía e, instantes después, le ataba las muñecas con una brida de plástico. Ella intentó forcejear y, como respuesta, el se las apretó con saña.

—Ahora ya no eres tan peleona, ¿eh? —le susurró al oído.

Su aliento olía a la misma fragancia a limón que llevaba en el retrovisor del coche. Si conseguían salir de allí, arrancaría aquel aromatizador y le prendería fuego.

La obligó de nuevo a girarse y le colocó la pistola en los labios.

—Abre la boca —ordenó él.

Alma se negó y apretó aún más los dientes. Sin mediar palabra, Román le dio un puñetazo certero en la boca del estómago y se vio obligada a doblarse sobre sí misma. Si lo hubiera visto venir, podría haberse preparado para el golpe, pero la había pillado por sorpresa. Comenzó a toser y se le escaparon varios hilos de saliva, presa del dolor. Sin embargo, él no la dejó recomponerse. La agarró del pelo y tiró cruelmente hasta obligarla a mirar hacia arriba. Después, volvió a apuntarla con el arma en la boca.

—Vamos, abre… Si lo estás deseando. Lo sé…

Finalmente, ella accedió y él le introdujo el cañón lentamente. Después, comenzó a mover la pistola, como si estuviera imitando una felación. Mientras lo hacía, sonreía y la miraba con una mezcla de sadismo y curiosidad en los ojos.

Cada vez le introducía más el cañón y llegó un momento en el que no pudo evitar soltar una arcada. Riéndose a carcajadas, él retiró el arma y le permitió recuperar el aliento. Nuevos hilos de saliva se unieron a los de antes y varias lágrimas emprendieron su propio camino.

Alma alzó la vista y deseó matarlo allí mismo.

—¿Por qué?, ¿por qué estás haciendo esto?

Sin perder en ningún momento aquella sonrisa cínica que había odiado desde el principio, se acercó y volvió a apuntarla con el arma. Con la otra mano, comenzó a sobarle los pechos.

—Por esto —volvió a susurrarle al oído—. Voy a follarte aquí mismo y, créeme, aunque sé que eres una putita, no te va a gustar nada.

Después, le desabrochó los pantalones y le introdujo varios dedos, para los que no estaba físicamente preparada. El dolor la obligó a cerrar los ojos y morderse los labios.

La parte de su cabeza que no era suya y que pertenecía a aquel lugar se encargó de facilitar el camino y Alma no pudo evitar que el asco y la vergüenza la dominaran. En esta ocasión, las lágrimas que dejó salir fueron mucho más genuinas.

—Ya lo noto —dijo él sonriente—, vuelves a ser mía, poco a poco.

Aquella elección de palabras, tan extraña, sirvió para que Alma volviera a recomponerse. Mientras aquellos dedos repugnantes seguían explorándola sin compasión y una parte de sí misma pugnaba por dejarse hacer, se aferró a la idea de liberarse.

Intentó recordar lo que había aprendido en sus clases de defensa. Había varias formas de liberarse de la atadura de unas bridas. Una era utilizar los cordones de los zapatos, para romper el plástico mediante la fricción, pero, para eso, necesitaba tener las manos delante. Para la otra, se necesitaba la máxima tensión posible en el cierre, que era la parte más débil. Quizás inconscientemente, antes le había provocado para que le apretara la correa más allá de lo necesario.

Mientras él seguía manoseándola, ella se concentró en desplazar la brida, de tal manera que la hebilla se colocara en el centro, entre ambas muñecas. Sólo tendría una o dos oportunidades. El truco no consistía en sacudir con fuerza, sino con un movimiento seco que permitiera rebotar ligeramente las manos.

Ahora, completamente ajena a lo que él le hacía, adelantó las caderas lo suficiente como para hacer espacio y golpeó las muñecas contra su trasero. El primer intento no sirvió de mucho, pero, antes de que él pudiera reaccionar, lanzó un segundo y el plástico cedió con facilidad.

—Pero, ¿qué…? —acertó a decir él, antes de comprender lo que estaba sucediendo.

Su primera prioridad fue desarmarlo. El muy imbécil se había relajado y no estaba apuntando a ninguna parte. Le agarró por la muñeca y se la retorció hábilmente, obligándole a soltar la pistola y a ponerle de espaldas.

Él aulló una vez más de dolor y antes de que pudiera defenderse, se lo llevó al suelo. Desde donde estaba, lo aprisionó por el cuello con una llave bien estudiada y lo estranguló con fuerza. La cara de Román se puso roja y, aunque intentó liberarse, con varios manotazos perdidos al aire, no pasó mucho tiempo antes de que perdiera la consciencia.

—¡Muerete, hijo de puta! —exclamó Alma, sin embargo, en cuanto comprobó que ya no se movía, se obligó a soltarlo. Si ese bastardo tenía algo que ver con todo aquello, quizás supiera la forma de salir de allí.

En cuanto se levantó, cogió el arma y, antes de marcharse, se detuvo en seco. No sabía cuánto tiempo podría estar ese cabrón inconsciente y si se despertaba antes de que pudieran inmovilizarlo, podría volver a ponerlos en problemas. Miró la pistola y enseguida supo lo que tenía que hacer.

No disfrutaba haciendo daño a nadie, pero si había alguien que se lo mereciera era aquel mierda. Colocó el cañón en la rodilla, giró la cabeza para no verlo, disparó y… No pasó nada. El muy subnormal no había retirado el seguro. Se maldijo por haber sido tan estúpida de no haberse dado cuenta antes. Lo retiró y, ahora sí, disparó.

Román despertó entre alaridos agónicos e intentó sujetarse la rodilla, que era una masa sanguinolenta con pequeñas astillas oseas que asomaban a través del pantalón. Por alguna razón, Alma no pudo evitar pensar en la cobertura de sirope y birutas de chocolate blanco que utilizaban en algunos establecimientos de helados. No creyó que volviera a pisar ninguno, nunca más.

Una vez más, se obligó a contener las nauseas y se dirigió al corredor. Por el camino, descubrió el cuerpo de Emilio, tirado entre las escaleras y un pequeño muro separador que había junto a la columna.

—¡Emilio, no!

Le sangraba la cabeza, pero, más allá de eso, parecía estar sólo inconsciente.

Un fuerte golpe, procedente del pasillo, le recordó que el peligro estaba lejos de haber pasado. Se puso en pie y se acercó rápidamente. En cuanto apareció, las pequeñas criaturas, que aún trataban de abrir la puerta de los baños, entraron en modo pausa.

Una de ellas, había reventado la parte inferior y estaba a punto de colarse por debajo. Otra de ellas, se dirigía volando hacia la parte intermedia, donde ya había dejado varios boquetes bien marcados. La tercera, algo más alejada, ya estaba lanzando hacia ella aquella lengua desproporcionada, en un nivel de reacción completamente sobrehumano. De no tener el poder de congelarlas, ya habría caído presa de ellas.

Alzó la pistola y disparó contra la que estaba intentando colarse, pero le temblaban tanto las manos que falló el tiro. Se obligó a detenerse y respirar lentamente, antes de volver a intentarlo. ¿Cuantas balas tendría el cargador? Calculó que no más de diez.

Esta vez, apuntó con cuidado y acertó a la pequeña bestia, que, con el tamaño que tenía, la bala de 9 mm lo reventó como a un globo de agua. Después, hizo lo mismo con las otras dos.

Apenas se dio un respiro antes de dirigirse hacia la entrada. Había sangre por todas partes. Las dos empleadas se abrazaban desconsoladas en la esquina más alejada del mostrador, mientras la bestia que los había estado asesinando y violando se aproximaba a ellas.

Al igual que lo sucedido con sus versiones menores, en cuanto Alma posó la vista en ella, sufrió de aquella extraña parálisis y ahora permanecía completamente inmóvil.

Las dos empleadas suplicaron que las ayudara y no se lo pensó dos veces. Se acercó a aquella cosa. Su miembro ya estaba obscenamente preparado para dar cuenta de cualquiera de las dos chicas. Los pensamientos de su parte más oscura se regodearon con su forma, pero ella los ignoró, a sabiendas de que eran completamente falsos. Aquella cosa se estaba defendiendo, pero, esta vez, era ella quien estaba allí para acecharla.

Dirigió el cañón a lo que sería la sien de aquella criatura, procurando evitar cualquier contacto, y disparó. No una ni dos veces, sino hasta siete, correspondientes a las balas que aún quedaban en el cargador que en realidad tenía capacidad para quince. Durante los primeros impactos, la cabeza pareció estallar a cámara lenta, como si lo que hiciera que aquella cosa se congelara fuera reacia a permitir que las leyes de la física hicieran su trabajo. Sin embargo, las siguientes, cuando la criatura estaba ya en el suelo, fueron explícitamente normales.

Para cuando Alma hubo terminado, lo único que quedaba de aquella cara sin rostro, era una masa negra indistinguible.

Alma dejó caer el arma y, después, se arrodilló en el suelo, casi sin fuerzas.

—Ya está, ya he acabado con esa hija de puta —dijo ella dirigiéndose a las dos empleadas—. Ya estáis a salvo.

Daniela, cuya camiseta ahora estaba rota y dejaba al descubierto parte del sujetador donde antes se leía el «Keep Carl and bacon on», negó con la cabeza compungida.

—No, no lo entiendes… —dijo entre sollozos—. Hay más de una…

Aquellas últimas cuatro palabras se convirtieron, por méritos propios, en el mayor símbolo de desesperanza que hubiera experimentado nunca. No podía ser. No podía ser cierto.

Desde el corredor, alguien pronunciaba su nombre a gritos, pero ella se vio incapaz de contestar.

Todo había sido para nada.

Jorge Serrano Celada