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relatos Cielo Rojo

Íncubo – Capítulo 11

enero 12, 2020
Hombre atado en la oscuridad

Capítulo 11 – Salir de allí

El infierno, como no podía haber sido de otra manera, dejó un balance funesto que dio como resultado dos muertos y cuatro abducidos. Mientras Emilio intentaba, una vez más, poner algo de orden en el relato de los últimos acontecimientos, Alma estaba a mil pensamientos de distancia de sus palabras. Entre las manos, tenía los restos de un lazo del vestido negro de Cintia.

Según la teoría de Alain, la introducción de los fallecidos en la oscuridad, con un ancla consciente, desde su lado, que tuviera una imagen vívida de cada uno de ellos, podría traerlos de vuelta. Por muy imposible que pudiera parecer aquella idea, no tenían nada que perder y así lo hicieron.

Cintia insistió en empezar por su tía y ser ella la que hiciera de ancla. Ataron el cadáver con una cuerda y lo colocaron sobre una plataforma con ruedas, obtenida de la cocina. Mientras empujaban el cuerpo hacia la oscuridad, Alain le entregó el otro extremo de la cuerda y le pidió que rememorara los últimos recuerdos que tuviera de ella con vida.

Las cosas empezaron a torcerse cuando Andrés, que hasta entonces no había dado síntomas de consciencia, comenzó a gritar e intentó impedir que introdujeran los restos de aquella mujer en la nada. Lo habían llevado allí para intentar hacer lo mismo con él, si todo aquello pudiera tener la más remota posibilidad de funcionar.

Ataviado con la chaqueta y un mantel enrollado entre las piernas, se acercó lo suficiente a aquel abismo, como para que un brazo, aparentemente de mujer, surgiera para atraparlo y llevárselo en un instante. Segundos después, cuando todavía nadie había tenido tiempo para reaccionar, el terror cobró forma y varias de aquellas criaturas, tanto grandes como pequeñas, aparecieron a la vez para iniciar la que sería su peor pesadilla.

Las imágenes posteriores de lo sucedido, transmitidas por las versiones de sus dos compañeros, se agolparon en la cabeza de Alma, como si las hubiera vivido ella misma, pero sin ningún tipo de orden ni concierto. Alberto decapitado por un impacto como el que mató a la tía de Cintia, mientras intentaba salvar a una de las dos hermanas que estaba siendo violada —ni siquiera llegó a conocer sus nombres—; la salvaje sacudida con la que dos de esas cosas contorsionaron el cuerpo de la otra, como si fuera un simple trapo de cocina —la primera vez en este punto del relato, Emilio se vio obligado a detenerse, claramente afectado—; las violaciones de María, el cocinero y…

La imagen de Cintia mancillada por una de esas cosas insistía en derribar los pocos muros que había conseguido levantar contra la culpabilidad, por haberse empecinado en buscar aquel maldito dibujo. Estaba convencida de que, si hubiera estado con ellos, nada de aquello habría ocurrido. Ella habría podido detenerlos.

A esas alturas, la línea de separación entre lo que eran sus pensamientos y los de aquel lugar resultaba muy difusa. Volvía a sentirse asqueada de sí misma, pero ahora no creía que Alain o Emilio pudieran hacer nada al respecto. Sí, la llamada a convertirse en una de aquellas víctimas volvía a estar presente, agazapada entre lo más recóndito de su subconsciente. Pero no tenía nada que hacer frente a la presión que ahora sentía en el pecho por haber permitido que se llevaran a Cintia y los demás.

—Lo único que pudimos hacer fue encerrarnos en el baño —repitió una vez más, entre lágrimas, Alain—. Si los hubiéramos enfrentado…

—Ahora estaríais tan muertos como Alberto o esa pobre chica —terminó la frase Alma.

Mientras el hombre del polo —según Emilio, se llamaba Roberto—, el último de los estudiantes y Julián se encargaban de los dos nuevos cadáveres, los tres permanecían de pie en el rellano superior de las escaleras, alrededor del dibujo que había encontrado Alma.

—¿Qué vamos a hacer con esto? —dijo Emilio, señalando aquel grabado elaborado en sangre—. ¿Cómo ha podido estar aquí todo el tiempo sin que nos hayamos dado cuenta?

—Creo que se ha estado protegiendo —dijo Alma—. Tiene que ser el origen de todo esto. Si lo borramos, igual podríamos volver a la normalidad.

Alain, ahora más calmado, se atusó la barba, pensativo.

—Merece la pena intentarlo —dijo él finalmente.

—¡No, todavía no! —atajó Alma, antes de que pudieran continuar—. No voy a irme sin intentar rescatar a Cintia y los demás.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Emilio.

Alma sabía que, después de los horrores que habían vivido, pedirles que permanecieran en aquella pesadilla más tiempo era demasiado, pero si había alguna posibilidad de recuperar a Cintia, no podía dejarla allí.

—No estarás pensando en entrar ahí, ¿verdad? —preguntó Alain.

Alma asintió y la expresión en sus caras fue suficiente para saber que les parecía una locura.

—Soy la única que tiene alguna posibilidad contra esas cosas.

—¡Ni siquiera sabemos si siguen con vida —dijo Alain—, ni si somos capaces de regresar de la oscuridad! ¡No hemos podido probarlo!

Alma no iba a cejar en su empeño. Si conseguían regresar, sin haber hecho todo lo que fuera posible por rescatar a los otros, sabía que jamás podría perdonárselo. No estaba dispuesta a llevarse con ella nada más de aquel lugar y, aunque pudiera tacharse de egoísta, necesitaba intentarlo.

—Pero aún crees que es posible, ¿no? —respondió Alma.

El silencio de Alain fue la respuesta que buscaba.

—¿Quieres entrar ahí, tú sola, y que nosotros intentemos traerte de vuelta? —preguntó Emilio.

—Si algo te pasara, yo… —dijo Alain.

Alma sabía lo que quería decir. Lo veía en los ojos de ambos.

—Lo sé —respondió ella y les dio un breve abrazo—. Pero antes, tenemos que hablar con el hijo de puta responsable de todo esto. Necesitamos respuestas, de una vez por todas.


El dolor de la rodilla había conseguido que perdiera la consciencia en varias ocasiones. Aunque Román les había rogado, en varias ocasiones, que le dieran algo para calmarlo, sólo había conseguido que lo ignoraran. Lo habían dejado ahí, tirado en el suelo, como un desperdicio más, atado con una de sus propias bridas de plástico a una de las tuberías de la pared, junto a la puerta de la cocina.

Cada vez que la inconsciencia amenazaba con llevárselo, se rendía, sin resistencia alguna, al alivio que le proporcionaba. Pero esta vez, un frío gélido, que entrecortó su respiración, lo sacó, como una bofetada, de su último descanso. Al despertarse, comprobó que estaba completamente empapado de agua. Descubrió a la zorra que le había disparado con un cubo entre las manos. Por supuesto, no podría haber sido otra.

Junto a ella, estaban sus dos amiguitos inseparables y los pocos que quedaban de la última criba. A pesar del dolor, no pudo evitar sonreír, al comprobar lo cerca que estaba de hacer que todo aquello mereciera la pena.

Era evidente que habían encontrado el símbolo, pero eso no cambiaría nada.

—Vas a hablar y bien alto —lo amenazó la putita—. Dinos qué es lo que está pasando aquí.

Aunque no dudaba de que, a esas alturas, cualquiera de ellos fuera capaz de hacerle daño, especialmente aquella zorra, no les daría el placer de mostrar ninguna debilidad. Nada de lo que pudiera decirles cambiaría lo que tenía que suceder, pero, aun así, decidió mantenerse en silencio. Si querían saber algo, tendrían que sacárselo a golpes.

Se aferró a la idea de que, pronto, la putita sería suya y no sólo ella, sino cualquiera que él deseara. Le haría pagar con creces cualquier cosa que le hicieran. Lo iba a disfrutar, joder que sí.

Ante su negativa a hablar, Roberto, el del departamento de Calidad, se le acercó con esa expresión blindada que siempre llevaba. No sabía gran cosa de él, porque había empezado a trabajar para ellos, unos meses antes, excepto que, a diferencia de Ramírez, no era de los que se echaban atrás. Sólo necesitaba ver cómo se había presentado a aquella comida, vestido inapropiadamente, sin traje, con aquel polo barato, para saber que la subordinación no sería un problema para él.

—Hola, Román —dijo, agachado de cuclillas frente a él—. Vaya la que has liado aquí, ¿eh? —Román se limitó a torcer la boca. El dolor de la maldita rodilla lo estaba matando, pero supo mantener la compostura—. ¿Qué te parece si haces lo que dice, aquí, la dama y nos cuentas lo que está pasando?

Román no pudo evitar soltar una carcajada ante la forma de referirse a la zorra que le había disparado. Pensó en soltar alguna ocurrencia, pero ya dedicaba suficientes esfuerzos en mantenerse impasible ante el dolor, como para pensar algo lo suficientemente ingenioso. Le habría encantado sacarlos de sus casillas, pero dejó que su silencio hablara por él.

Ante su falta de respuestas, Roberto se sorbió ligeramente la nariz, con esa expresión seria que lo caracterizaba, y, después, le metió el dedo pulgar en la herida de la rodilla.

—Por la vía difícil, entonces —dijo él.

Román soltó un alarido hasta que la garganta se le irritó por el esfuerzo. El dolor fue tan intenso que sufrió varios espasmos. Varios de los que estaban detrás, apartaron la mirada asqueados, pero tuvo el temple suficiente para comprobar que la putita no estaba entre ellos. No, ella estaría disfrutando de lo lindo.

Cuando Roberto retiró el dedo, se dejó caer, sostenido, únicamente, por aquella brida que le había provocado una herida visible en las muñecas. No pudo evitar soltar varios sollozos y le suplicó que no lo hiciera más. Aquello era más de lo que podría soportar nadie. Aquel cabronazo sabía cómo doblegar a la gente.

Un odio, aún más profundo que el que había desarrollado por la putita que sería suya pronto, comenzó a fraguarse por su empleado. Se prometió que, en cuanto tuviera oportunidad, lo haría sufrir cien veces por aquello.

—¿Y bien? —insistió Roberto.

—No me habéis preguntado nada en concreto, subnormales —respondió Román, rendido ante la idea de que no le quedaría más remedio que hablar. Casi no podía encontrar el aliento. Por primera vez, tuvo que luchar contra la amenaza de volver a desmayarse.

En esta ocasión, fue la zorrita la que se acercó a él, mientras Roberto se retiraba para dejarle sitio.

—¿Dónde estamos y por qué? —preguntó ella.

Román tuvo que resistir la tentación de contestar que estaban en un jodido restaurante de mierda para comer basura, pero decidió guardárselo. No quería arriesgarse a que Roberto volviera a torturarlo de nuevo.

—No sé, exactamente, lo que es —respondió finalmente él—. ¿El infierno? Y yo que sé. Tampoco importa demasiado, ¿verdad? Pero el por qué, eso sí que lo sé… —Se permitió una nueva sonrisa. No dejaba de haber cierto placer en desesperarlos un poco—. Sois sacrificios que habéis tenido la mala suerte de estar en el peor sitio en el peor momento.

Román soltó una carcajada, seguida de una mueca de dolor. Estaba a punto de desear que le amputaran la pierna.

—¿Qué significa eso? —preguntó ella—. Sacrificios, ¿para qué? ¿Qué tengo que ver yo con todo esto? Habla claro, de una vez…

—Eres la elegida —dijo Román y acompañó aquellas palabras con otra mueca, pero esta vez de burla—. No te lo creas demasiado. La bruja me pidió que escogiera a alguien para ser el último sacrificio y sólo elegí a la que me pareció que estaba más buena.

—¿Para qué?

—Para invocar al íncubo, por supuesto… —respondió él—. Leviatán.

De alguna forma, Román consiguió abstraerse un poco del dolor ante la expresión contrariada de todos ellos al escuchar sus palabras.

—Eso son sólo chorradas —replicó ella sin demasiado convencimiento.

—Después de lo que habéis visto, ¿lo dudas de verdad? —insistió él—. Ya habéis conocido a la bruja. Fue ella la que acudió a mí. Me dijo que era el indicado para invocar al demonio. Por supuesto, al principio no la creí, pero, luego, me enseñó cosas. Muestras de lo que podría hacer, de lo que podría tener.

Era consciente de que empezaba a hablar más de la cuenta, pero, ¿qué más daba? El destino de todos ellos estaba sentenciado. En cierto modo, era un alivio poder desahogarse.

—¿Qué cosas? —preguntó uno de los dos amiguitos de la zorrita. Era el que siempre andaba dándoselas de listo.

—Me enseñó la oscuridad y al que habita en ella. La serpiente de la seducción. Y ese poder será mío…

La zorra decidió levantarse.

—Me das asco —dijo ella.

El sentimiento no era mutuo. Deseaba a la zorrita tanto como a todas las que se le habían ido resistiendo durante todos aquellos años. El placer de forzarlas había sido algo que había mantenido bien oculto, pero ahora, podría hacer que simplemente se entregaran a él. Y la primera sería aquella putita, el último sacrificio. Saboreó la perspectiva de aquella idea.

Ninguno se molestó en preguntarle cómo salir de allí.

Jorge Serrano Celada