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relatos Cielo Rojo

Íncubo – Capítulo 12

enero 19, 2020
Hombre con espadas en la oscuridad

Capítulo 12 – A por los demás

Alma evaluó el peso y la forma del cuchillo de cocina y comprobó que era muy distinto al que utilizaban en los entrenamientos.

—¿Estás segura de querer hacer esto? —le preguntó Alain, mientras terminaba de atarle la cuerda de nailon, alrededor de la cintura.

Alma asintió y después introdujo el arma, hasta el mango, en la oscuridad que ya había engullido más de la mitad del mostrador de la entrada. Cada vez se extendía a mayor velocidad. A ese ritmo, habían calculado que alcanzaría el comedor central en poco más de un día —o lo que fuera su equivalente en aquel sitio—.

Tal como había descrito Julián, en cuanto desapareció su mano tras aquella penumbra, dejó de sentirla. Tuvo que convencerse de que aún sostenía el cuchillo, mientras todos sus instintos le rogaban que retirara el brazo. Podían haber utilizado la cuerda como precaución, pero, dado lo que iba a hacer después, no habría tenido demasiado sentido. Aquello era como un pequeño bautismo —infernal—.

—Ahora, sólo tienes que imaginar cómo quieres que sea —dijo Alain—. Lo mejor es que tengas una imagen clara. Mejor si es un recuerdo.

Excepto Daniela —Keep Carl—, y Roberto —el del polo—, que se habían quedado vigilando a Román, todos los demás —que no era decir mucho— contemplaban lo que hacía, con absoluta curiosidad.

Lo que pedía Alain no era tan sencillo. Su cabeza era una intromisión de cientos de ideas sin permiso. Desde su enfrentamiento con Román, aquel lugar había vuelto a hincar sus garras en ella. El deseo y, sobre todo, la culpa insistían en ocuparlo todo, sin dejar demasiado espacio para el cuchillo táctico que quería invocar. No dejaba de ser irónico que aquella oscuridad fuera como una enorme caja de los deseos.

Se concentró y finalmente decidió retirar la mano. Varios de los presentes soltaron una exclamación de asombro al contemplar lo que sujetaba en la mano. Lejos del tosco utensilio de cocina que había introducido antes, en su lugar, tenía un cuchillo negro con una hoja de acero de unos dieciocho centímetros.

Al igual que Julián en su momento, lo primero que hizo Alma fue comprobar que su mano estaba en su sitio. Después, agarró el arma y aplicó varios cortes al aire con movimientos estudiados. El peso y el equilibrio parecían ser los correctos.

—Increíble —dijo Emilio, sin saber muy bien si se refería a la invocación del arma o a su más que dudosa destreza.

Nunca le había interesado demasiado la defensa con armas, aunque su instructora había insistido en enseñarle. Ahora vería si habría servido para algo.

Alain le entregó, a su vez, la Beretta de Román.

—Está descargada, no tiene munición —le explicó Alma.

Alain no pudo evitar una sonrisa.

—Melona, acabas de cambiar un cuchillo de cocina a tu antojo —dijo él—. ¿Crees que unas balas en una pistola sería demasiado reto para ti?

Tenía razón. Aún no eran conscientes de las posibilidades de aquel sitio. Asintió y, después de comprobar que el seguro estaba puesto, la guardó en la espalda, bajo la cinturilla del pantalón.

Antes de partir, abrazó a sus dos compañeros.

—Yo seré tu ancla, ¿vale? —le dijo Alain—. No voy a soltar esta cuerda por nada del mundo y prometo traerte de vuelta.

Alma no podría haber encontrado a nadie en quien confiar más para aquella tarea. Sabía que haría lo que decía.

—¿Y la cuerda? —preguntó Emilio—. ¿No será demasiado corta?

—No me lo digas, harás que mida lo que quieras —se adelantó Alma antes de que Alain pudiera contestar. Este último volvió a sonreír.

Por fin, llegó el momento de adentrarse en aquel abismo. Alma respiró profundamente un par de veces y volvió a introducir la mano. Como antes, en cuanto tocó aquella negrura, fue como si le hubieran amputado el brazo. Poco a poco, sumergió el resto del cuerpo. La sensación era completamente extraña. Una cosa era perder una o varias extremidades y otra, muy distinta, desaparecer progresivamente.

—Cuidado… con no perder el equilibrio —dijo el estudiante, con semblante serio, en clara referencia a lo sucedido con Andrés.

Antes de introducir la cabeza, estuvo tentada de preguntarle cómo se llamaba. Era el único, de los que quedaban, del que ni siquiera sabía su nombre. Mientras se decidía a zambullirse del todo, rezó para que todo aquello no terminara ahí mismo y Alain tuviera razón en sus teorías. Lo primero que haría a su vuelta sería preguntar a aquel chico cómo demonios se llamaba.

Se impulsó con la única pierna de la que aún podía sentir algo y se adentró en la oscuridad.


No les había contado todo, por supuesto. Si algo caracterizaba a Román era su astucia. No se consideraba mucho más inteligente que los demás, pero sí que sabía utilizar las herramientas de las que disponía mejor que nadie. Y, ahora, tenía una nueva que no iba a dudar en utilizar.

Se habían confiado y sólo le habían dejado dos guardianes para vigilarlo. El insolente —y pedazo de hijo de puta— de Roberto, de Calidad, no le quitaba ojo desde la entrada del pasillo, mientras que una de las dos empleadas, la más pánfila, estaba sentada en el suelo, a su lado, sin hacer nada en especial.

Le daría algo con lo que entretenerse.

Nadie le había enseñado cómo, pero, pronto, en aquel lugar, descubrió que la mejor forma de obtener el dominio prometido era extender su propio deseo. Al principio, había imaginado oleadas de algo similar a una energía que surgía de sí mismo. No tardó en comprobar que no eran imaginaciones suyas y que todo lo que le había contado la bruja era cierto. Aunque nadie lo reconocía, todos parecían verse influenciados por la oscuridad con la que él los cubría silenciosamente. Le bastaron unos pocos gestos y comentarios, aquí y allá, para saberlo.

Después, llegaron la putita y sus dos amiguitos, con sus ideas de sexo libre, y los efectos parecieron menguar. Necesitaba algo más eficiente.

Así fue cómo se le ocurrió la idea de los zarcillos. Era un absurdo, lo sabía, pero había descubierto que la percepción tenía mucho que ver con aquel lugar y el poder que le habían concedido. Como los órganos que utilizaban algunas plantas para asirse a diferentes objetos, podía extender aquellos apéndices imaginarios hacia otras personas, a voluntad.

Su primera prueba había sido con la putita, allí mismo, cuando la tenía atada a su merced. Mientras le metía varios dedos en el coño, extendió sólo unos pocos de esos zarcillos negros sobre ella y la respuesta fue inmediata.

Sólo por aquella confirmación, el dolor que ahora apenas le permitía concentrarse, había valido la pena.

Román se enfocó en ambos. Por un momento, estuvo tentado de centrarse sólo en Roberto y romper aquella estúpida armadura de estoica superioridad que siempre llevaba encima, pero luego lo desechó. Si ella se resistía, llamaría la atención de los demás y, por ahora, quería evitarlo.

Se imaginó cientos de hilos negros que surgían de sí mismo y envolvían a sus dos víctimas. La vez anterior, con la putita, apenas llegó a desplegar unos pocos. Se preguntó si su numeró intensificaría los efectos. Valdría la pena comprobarlo.

En cuanto lo hizo, ambos se miraron y comenzaron a jadear. La empleada se arrastró de rodillas hacia Roberto y, sin mediar palabra, le sacó la polla, que ya estaba dura como una piedra. Instantes después, comenzó a chupársela, con una avidez que no había visto nunca. Él le sujetó la cabeza, impidiendo que pudiera apartarse y comenzó a embestirla, metiéndosela en la boca y acompañando cada sacudida con un gruñido.

Por un momento, temió que pudieran oírlos, pero, de alguna manera, ella consiguió liberarse. Tras ponerse en pie, se bajó los pantalones y las bragas hasta las rodillas, le dio la espalda y esperó, impaciente, a que él se la metiera.

Él así lo hizo y pocos segundos más tarde, tras salvar las diferencias de altura que complicaban aquella postura, la follaba por detrás, a una velocidad salvaje.

Tal como estaban, no tardarían en atraer la atención de los demás. Tenía que actuar deprisa.

El primer paso consistía en conseguir algo que llevarse a los dientes. Lo más accesible eran los botones del cuello de la camisa. Le costó varios intentos, pero, finalmente, logró arrancar uno de ellos y guardarlo en la boca. Ahora venía la parte más complicada.

Junto a Román, en el suelo, en una de las esquinas que daban a un pequeño saliente del panel de madera que cubría la pared, había aparecido una mínima zona de oscuridad. Nadie la había visto porque apenas era visible y él había hecho todo lo posible para ocultarla.

Si lo que el listillo había contado era cierto, aquello podría ser su medio de salida.

La abertura no era lo suficientemente grande como para introducir una mano y, aunque lo hubiera sido, las suyas estaban amarradas. Intentó bajarlas por la tubería, lo máximo posible, hasta que la brida de plástico dio con una arandela de sujeción. No tendría más remedio que estirarse.
Cuando intentó girarse, para ganar una mejor posición, el dolor de la pierna amenazó con hacerle perder la consciencia y, ya de paso, el botón que mantenía entre los dientes. Tuvo que esperar a que el latigazo pasara un poco, antes de poder continuar.

Finalmente, consiguió colocarse a la altura del suelo, frente al pequeño hueco de abismo aparecido allí. Era minúsculo, pero lo suficientemente grande para lo que quería intentar.

Como si fuera a darle un beso, intentó introducir el minúsculo botón de la camisa en aquella oscuridad. La brida apenas le permitía llegar, por lo que tuvo que estirarse todo lo que pudo para conseguirlo, sin que el dolor de la pierna ayudara especialmente.

Cuando por fin lo logró, la sensación de perder parte de la cara fue realmente extraña, pero no cejó en su empeño y, tras creer haberse concentrado en lo que quería, se apartó.

Como si de un extraño prestidigitador se tratara, donde antes sólo había un pequeño trozo de plástico, ahora sostenía un objeto metálico bastante más pesado. Era un bisturí o eso fue lo que confió que hubiera conseguido materializar.

Con mucho cuidado de evitar que se le cayera, lo aferró con las muelas y lo dirigió hacia la brida, que cedió fácilmente ante aquel filo afilado. Al hacerlo, no pudo evitar cortarse él también, pero a esas alturas, aquel dolor parecía de juguete, en comparación al que sentía en la pierna.

Echó un vistazo a los otros dos, que ahora estaban en el suelo, ella bocabajo y él encima, aplastándola, mientras la empotraba, sin ningún miramiento. Sus gemidos cada vez eran más altos, lo que significaba que le quedaba poco tiempo.

Como pudo, se fue arrastrando hasta el colector de basura que había junto a ellos. Allí donde habían estado haciendo las pruebas con el bolígrafo. Si no se equivocaba, tendría espacio suficiente.

Una vez allí, empapado de sudor por el esfuerzo y el dolor que lo estaba matando, comprobó con satisfacción que estaba en lo cierto. No se lo pensó varias veces e introdujo la pierna herida en la amplia zona de oscuridad que había bajo la encimera que contenía los cubos de basura.

El alivio que lo invadió cuando el dolor fue arrastrado por la nada, junto la percepción de su extremidad inferior, fue indescriptible. Inmediatamente después, la retiró y, para su asombro, a pesar de que era lo que había esperado, la herida e, incluso, el agujero de la bala que había destrozado el pantalón a la altura de la rodilla habían desaparecido.

Inexplicablemente, su pierna volvía a estar completamente funcional. Sin embargo, Román sabía que el tiempo era crucial. Por esa razón, en vez de intentar procesar lo que acababa de pasar, se puso inmediatamente en marcha.

En ese momento, la empleada, que ahora estaba a cuatro patas, con la cabeza bocabajo, mientras Roberto la empalaba por detrás, reparó en él e intentó advertir a su compañero. Pero ya era demasiado tarde.

Antes de que ninguno de los dos pudiera reaccionar, Román le cortaba la garganta a él y luego le atravesaba el ojo izquierdo a ella, que cedió con un pequeño «plop» al ser atravesado por la hoja del bisturí. Ninguno llegó a emitir sonido alguno.

En su interior, el nivel de euforia alcanzaba límites insospechados.

Ahora, sólo tenía que ir a por los demás.

Jorge Serrano Celada