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relatos Cielo Rojo

Íncubo – Capítulo 13

enero 26, 2020
Mujer terrorifica en la oscuridad

Capítulo 13 – Sus propias pesadillas

La nada. Eso es lo que, sólo, en un principio, parecía haber a su alrededor. Como en la pesadilla de la que despertó por mediación de la bruja —ya había dejado de ser la mujer trastornada—, Alma podía verse a sí misma, sin dificultad, a pesar de estar inmersa en una absoluta oscuridad. Sin embargo, su imagen parecía difuminarse levemente, como si su cuerpo estuviera formado por arena y un viento inexistente lo deshiciera poco a poco.

Aún conservaba las armas y —lo que era de agradecer— la ropa.

Al darse la vuelta, descubrió un cartel gigante, iluminado con estridentes luces de neón, en el que, como si de una broma macabra se tratara, se leía «Deadly burger». Venía acompañado por la imagen de una hamburguesa enorme con ojos, de los que uno de ellos había desaparecido para dar lugar a lo que parecía un chorro de —sangre— tomate. La mayor parte de las lámparas parpadeaban desgastadas, con un sonido de estática que ocupaba por completo aquel silencio.

A su lado, estaba lo que debía de ser la entrada al restaurante, aunque lo único que podía distinguir era un gran rectángulo de luz brillante del que surgía la cuerda que aún llevaba atada a la cintura. Alma tiró un par de veces de ella para comprobar que cedía sin ningún tipo de resistencia. Tal como habían supuesto, no parecía tener problemas para extenderse más allá de su longitud original. Además de como conexión hacia su ancla, serviría como una suerte de brújula en aquel lugar.

Sin saber muy bien hacia dónde dirigirse, comenzó a caminar. La entrada al restaurante fue haciéndose cada vez más pequeña, como si con cada paso recorriese decenas de metros, y pronto desapareció en el horizonte. La percepción de las distancias no parecía ser la correcta —dudó de que nada, allí, lo fuese—.

Pasados un tiempo y un recorrido inciertos, vislumbró algo delante de ella. Parecía ser un pequeño montículo en el suelo. No tardó en comprender que era un viejo pozo de piedra. Apenas levantaba una decena de hileras y los guijarros habían sido dispuestos sin demasiado orden ni concierto. A su alrededor, el pasto crecía descuidado y, al fondo, se apreciaba lo que podría ser el comienzo de un bosque sumido en la niebla. Más allá, el entorno se perdía en la misma oscuridad que lo rodeaba todo.

Algo en aquella imagen le resultaba poderosamente familiar. Una voz interior, mucho más coherente que la que la impulsaba a acercarse, le gritó que se alejara de allí, pero no tenía alternativa. Si quería saber dónde estaban los demás, no tenía más remedio que investigarlo.

De repente, tenía la garganta seca y le sudaban tanto las manos que no creyó que fuera capaz de sostener el cuchillo. Intentó tranquilizarse, pero fue inútil.

Aún a medio camino, las referencias de aquella escena se volvieron evidentes cuando, de repente, un brazo surgió del interior del pozo. Un terror primigenio la llevó a soltar un alarido y casi dejó caer el arma. Quizás, el instinto o los restos de arrojo que aún pudo reunir la llevaron a no apartar la mirada. Tal como sucedía con las criaturas que los acechaban en el restaurante, comprobó que lo que hubiera dentro no podía salir mientras lo tuviera a la vista.

Sin dejar de mirar, decidió alejarse poco a poco y, cuando creyó estar a una distancia prudencial, se dio la vuelta para marchar a paso ligero. Al girarse de nuevo, comprobó horrorizada que, ahora, junto al pozo, la observaba la figura de una niña con el rostro cubierto por una larga melena negra y un vestido blanco manchado de barro.

Dominada por el pánico, Alma echó a correr y no se detuvo hasta que otra silueta surgió delante de ella. Era un hombre, vestido con un mono azul. Su aspecto le resultaba vagamente familiar. Llevaba lo que parecía una máscara blanca, de cabeza completa con cabellera y un rostro inquietantemente inexpresivo. En la mano, sujetaba un cuchillo de grandes proporciones. Detrás de él, parecía haber parte de un cercado de madera.

Alma se movía a tanta velocidad que se vio obligada a tirarse al suelo y derrapar para no estamparse contra él. Sus pies hicieron saltar varios fragmentos de grava invisible, como si estuviera en los límites entre la oscuridad y el mundo al que pertenecía aquel ser.

A pesar de la escasa distancia que había entre ambos, no pareció inmutarse, como si estuviera bajo el mismo influjo que había impedido al resto de monstruos moverse delante de ella. Aquello la llevó a echar una rápida ojeada a sus espaldas, justo a tiempo de inmovilizar a la niña del pozo, que ahora estaba parada a unos pocos centímetros, detrás de ella. Su rostro seguía totalmente oculto entre aquella melena desaliñada y se limitaba a observarla —si es que aquel pelo se lo permitía—, con los brazos caídos a ambos lados del cuerpo.

Alma soltó otro grito y se arrastró de espaldas, con la intención de alejarse de aquella niña. Sólo las horas de entrenamiento la salvaron de una muerte segura cuando un gruñido detrás de ella la llevó a rodar instintivamente a un lado y voltearse grácilmente para ponerse de cuclillas.

El hombre de la máscara acababa de intentar clavarle el cuchillo o eso parecía por la posición en la que ahora se encontraba.

Alma podía sentir cada centímetro de su piel electrificado por la adrenalina. Aquello le bastó para comprender que ahora era la otra criatura la que estaba fuera del ángulo de su visión y dio un salto hacia un lado, intentando alejarse de ambos.

Antes de echar a correr de nuevo, tuvo tiempo de divisar a la niña del pozo, que ahora dirigía una mano hacia ella, con la intención de agarrarla. Entre aquella maraña de pelo, un ojo tan negro que parecía inyectado en tinta, la observaba con los párpados abiertos en una expresión permanente de terror.

Incapaz de hacer otra cosa, Alma intentó huir de allí, pero su trayecto no duró demasiado. Otro hombre la esperaba a escasos metros de ella. Vestía un traje de cuero negro y entre las manos sostenía una extraña caja metálica. Tras él, varias cadenas colgaban del techo y un resplandor azul se reflejaba entrecortado en el vapor que se acumulaba en el suelo. Sin embargo, lo que realmente horrorizó a Alma fue su cabeza, cubierta completamente por infinidad de alfileres, colocados escrupulosamente de manera equidistante entre ellos. Sus ojos eran tan negros como los de la niña del pozo.

A sabiendas de que sólo dispondría de unos pocos segundos, antes de que los otros dos la alcanzaran, Alma rodeó a la nueva criatura, manteniendo la distancia, hasta que pudo avistarlos a todos.

Allí estaban los tres monstruos, esperando a que dejara de mirarlos para poder alcanzarla. Parecían sacados literalmente del mismo infierno o, al menos, de la visión que alguien tenía de él. A esas alturas, Alma no tardó en comprender que el ancla, desde el otro lado, era capaz, no sólo de mantenerla consciente en aquel lugar, sino de influir en el resto de cosas. Aquellas criaturas debían de formar parte de los miedos subconscientes de Alain. Maldijo en silencio la extensa cultura cinematográfica de su compañero.

Atascada en una macabra versión del escondite inglés, Alma no sabía qué hacer. Si intentaba huir de ellos, no tardarían en atraparla. Al menos, la niña —que, dicho fuera de paso, también era parte de sus propias pesadillas—, había demostrado ser capaz cubrir una gran distancia en muy poco tiempo.

La mera posibilidad de que aquella cosa la tocara la hizo estremecer. Debía hacer algo. Si se limitaba a seguir allí, no sólo no podría encontrar a —Cintia— los demás, sino que nada le garantizaba que otras criaturas no la atacaran por detrás.

Evaluó sus opciones y entonces recordó lo que había hecho para salvar a las dos empleadas del restaurante.

En palabras de su profesora de defensa, a veces, el miedo era la única diferencia entre presa y depredador. Era ella la que tenía un poder real sobre ellos, no al revés. Estaban a su merced y lo único que había hecho, desde el principio, había sido huir de ellos. Aquella idea le pareció tan evidente que se rió de sí misma por no haberla deducido antes.

Se acerco al cabeza de alfiler, con cuidado de no perder de vista a ninguno de los otros dos, sacó la Beretta del pantalón y le disparó en la sien. La bala atravesó la cabeza de la criatura y salió limpiamente por el otro lado. Sin embargo, los restos de masa ósea y cerebral, que siguieron, por un instante, la misma trayectoria, se vieron rápidamente congelados en el aire.

Alma no dudó un segundo y, antes de enfocarse en los otros dos y dejar que cayera al suelo, disparó varias veces más. Cuando terminó, comprobó de reojo el cargador de la pistola. Seguía como nuevo. Por un momento, sintió que estaba en uno de esos videojuegos que tanto les gustaba a sus dos compañeros.

El miedo que la había atenazado hasta ahogarla fue cediendo a una euforia difícil de explicar.

Aplicó el mismo procedimiento con el hombre de la máscara. Cuando le tocó el turno a la niña del pozo, se permitió el lujo de emular el tipo de películas que probablemente habrían influenciado a Alain para montar aquel circo y soltó una frase final de empoderamiento, antes de matarla.

—Come plomo, perra.

Alrededor de una quincena de disparos después, lo único que quedaba del rostro de la maldita niña era una masa informe de sangre negra y cabellos.

Durante el resto del trayecto, encontró otras criaturas. Algunas con claras reminiscencias culturales, como la del payaso que secuestraba niños con la promesa de unos bonitos globos rojos —la versión antigua, con nariz de plástico y dientes afilados— y otras más viscerales, sin un origen definido. Una a una, fueron cayendo todas con el mismo procedimiento.

Así siguió, sin un destino definido, sólo hacia delante, hasta que avistó, a lo lejos, algo que no encajaba con lo que se había encontrado hasta entonces. Era parte de una plaza, ubicada en la parte superior de una pendiente que se confundía en la oscuridad. No tardó en reconocerla ni tampoco el edificio que se apostaba detrás, con su peculiar fachada terminada en un arco, bajo el que se representaba la figura de una virgen.

Era la entrada de su antiguo colegio. Por lo visto, Alain no era el único que podía influir en aquel lugar. Ella también podía crear sus propias pesadillas.

Jorge Serrano Celada