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relatos Cielo Rojo

Íncubo – Capítulo 14

febrero 2, 2020
Hombre desesperado en la oscuridad

Capítulo 14 – Cuanto antes

Román sabía que era cuestión de tiempo. Alguno de ellos aparecería por el pasillo a investigar el origen de los extraños gemidos procedentes del comedor. De no ser así, sería igualmente paciente. Esa era otra de sus mejores virtudes, saber esperar.

Se agazapó junto a una de las esquinas que daban al corredor, con el bisturí en la mano. Algo pringoso lo había vuelto resbaladizo —¿sangre?, quizás otra cosa—. Dadas las circunstancias, dejó a un lado su habitual pulcritud y se restregó la mano en el pantalón del traje.

Durante su espera, rememoró cada uno de los momentos de poder que acababa de experimentar. Matar a Roberto y a la pánfila había sido especialmente satisfactorio, pero nada comparado con el dominio que el coño empapado de la putita había demostrado que tenía sobre ella. Sólo de pensarlo, se le puso dura.

No pasaron muchos minutos antes de que uno de los otros se acercara preguntando por los dos cuyos cadáveres había apartado convenientemente a un lado. Era el deficiente del camionero. Tenía serias dudas de que su cociente intelectual le permitiera manipular un vehículo pesado, pero no era él quien dictaba las normas.

En cualquier caso, eran buenas noticias. Si quien hubiera aparecido hubiera sido la otra empleada, las cosas se habrían complicado un poco más. Necesitaba eliminar a uno de ellos para que la partida fuera suya y aquel seboso acababa de entregársela en bandeja de plata.

En cuanto pasó por delante, Román saltó sobre él y le clavó el bisturí en la yugular. Sorprendido, aquella bola de grasa se apartó y se llevó la mano al cuello. La sangre comenzó a borbotear entre sus dedos, como el agua de una cañería rota, y trató de gritar, pero lo único que salió de su boca fueron pequeñas burbujas sonrosadas.

Lo más divertido fue contemplar su cara de estupefacción, mientras comprendía lo que acababa de suceder.

Segundos después, trató de apoyarse y cayó al suelo, dejando tras de sí una bonita pincelada de sangre en la pared.

Por un momento, Román se planteó la posibilidad de ocultar el cuerpo, pero, después, desechó la idea. Para lo que tenía que hacer, no le quedaba más remedio que exponerse.

Pasado el pasillo, en lo que quedaba de la entrada, pudo divisar al listillo, completamente absorto en su tarea. No le extrañó que fuera él quien hiciera de lo que ellos llamaban ancla. Había mojado las bragas por la putita desde el principio y no habría perdido la oportunidad de intentar quedar como un héroe. Eso lo eliminaba de la ecuación.

Los otros dos —el amiguito alto de las gafas y el estudiante— estarían con la otra empleada, aunque desde donde estaba no podía verlos.

Era hora de hacer uso de sus nuevas habilidades.


Emilio contemplaba a Alain, sentado en el suelo y no con poca impaciencia. Había intentado hablar con él, en un par de ocasiones, pero éste se había limitado a pedir que no lo molestaran, mientras se concentraba en sujetar la cuerda que se perdía en la oscuridad. En ocasiones, su amigo podía ser demasiado intenso, pero no era menos cierto que no sabían lo que se requería para mantener a alguien consciente al otro lado. Por lo que sabían, Alma podía ser un vegetal, a merced de aquellas cosas.

Emilio se obligó a pensar en otra cosa y, por una vez, agradeció el habitual dolor palpitante que la migraña había comenzado a proporcionarle en las sienes —«la corona», como él la llamaba—. Alzó las gafas ligeramente y se pellizcó el puente de la nariz, para intentar mitigarlo.

A su lado, Javier, el estudiante, se limitaba a mantener la vista perdida, con uno de los cuchillos de cocina en la mano. No sabía casi nada de aquel chaval. Había intentado entablar varias conversaciones con él, como había hecho con los demás, pero, en su habitual estado lacónico, sólo había obtenido unas pocas palabras sueltas por su parte. Quizás fuera su forma de ser, aunque sospechaba que aquel lugar le había arrebatado algo más que a sus amigos.

Sonia descansaba al otro lado, tumbada también en el suelo. Desde que montaran la primera barricada, ya no quedaban muchos sitios donde poder cobijarse. La pobre había sufrido un pequeño ataque de ansiedad, tras el último ataque y la pérdida de su compañero. Por fin, parecía haber conseguido ganarle la batalla al sueño y su respiración era ahora algo más sosegada.

Necesitaba hacer algo, sentirse útil, por lo que decidió levantarse e imitar a Julián, que había ido a ver cómo estaban los otros dos. Para cuando Alain gritó su nombre, ya era demasiado tarde. Poco habría importado que lo hubiera tenido ahí delante y lo hubiera abofeteado para llamar su atención. En ese instante, se vio incapaz de procesar cualquier pensamiento coherente. Lo único que ocupaba su mente era un deseo desenfrenado y antinatural.

Nada de lo que había sentido, hasta entonces, en aquel sitio, podía compararse a aquel… hambre. Una voracidad sexual que no dejaba espacio para nada más.

Aunque una parte de sí mismo, menos animal, se horrorizó por lo que estaba a punto de hacer, no encontró la forma de controlarlo. Sin mediar palabra, se abalanzó sobre Sonia, le abrió la sudadera a tirones e intentó hacer lo mismo con la camiseta que había debajo. Ella comenzó a gritar y a luchar por liberarse, pero la diferencia de corpulencia entre ambos y la posición en la que se encontraban no le dejaron demasiadas opciones.

Apretujó sus pechos, demasiado menudos como para saciar la avidez de sus manos, mientras ella lo golpeaba inútilmente en los hombros y la cara. Iba a intentar arrancarle el pantalón cuando alguien lo atacó por detrás.

Realmente no fue un intento por apartarlo de ella —que era lo que una parte de él deseaba que hicieran—, sino que quien fuera se echó sobre él y comenzó a manosearlo con el mismo ansia que él demostraba con la que ahora era su víctima.

No tardó en descubrir que su acosador era Javier, con la cara tan desencajada como la suya. Si le hubiera quedado un pequeño resquicio de lucidez, habría comprendido que el estudiante debía de estar bajo el mismo influjo que él. Sin embargo, aquello, que no dejaba de ser una simple molestia, no parecía alejarlo de lo que realmente deseaba y no se molestó en quitárselo de encima.

Ella, por el contrario, se revolvía con todas sus fuerzas, mientras seguía golpeándolo, e intentaba que no le arrebatara los pantalones. No ocurrió lo mismo con los suyos propios, que fueron bajados sin dificultad.

Cuando llegó el dolor al ser sodomizado por primera vez y sin miramientos por un Javier enardecido, por fin, pareció encontrar las fuerzas suficientes como para reaccionar e intentó quitárselo de encima. Sin embargo, tras los primeros compases, el placer que sobrevino a continuación sirvió para calmar aquel hambre y la parte más coherente, enmudecida hasta entonces por aquella tormenta de deseo, aprovechó la opción que se la daba y se aferró a él como a un clavo ardiendo.

Abandonó sus intentos por desnudar a Sonia y ella se alejó de él, presa del pánico.

Sin ser consciente de ello, mientras aquel estudiante, parco en palabras y afectado por la culpabilidad, lo penetraba inmisericordemente, varias lágrimas se le escaparon por la mejilla y terminaron en el suelo, sobre el que ahora jadeaba como un animal salvaje.


Lo que llevó a Alain a darse la vuelta bien podría haber entrado en el ámbito de la intuición. Sin embargo, él era más partidario de considerar aquel tipo de cosas como parte de lo que algunos denominaban razonamiento inductivo. La suma de pequeños detalles, que, por sí solos, no aportarían nada, en ocasiones, podían llevar a conclusiones acertadas.

En este caso, quizás fuera el silencio procedente del comedor, desde donde debería haberse escuchado algún fragmento de conversación entre Julián y los otros dos, o quizás, algún movimiento sutil de sombras del que no había sido plenamente consciente.

Lo cierto era que, a pesar de sus esfuerzos por centrarse únicamente en los recuerdos que tenía de Alma y no soltar la cuerda que serviría para traerla de regreso, acabó girándose, justo a tiempo de descubrir a Román detrás de ellos. La herida de su pierna parecía haberse curado milagrosamente y tenía la cara y la ropa salpicados de sangre. En la mano llevaba algo, pero no pudo distinguir qué era.

No necesitó más información, sin embargo, para cuando quiso avisar a Emilio, descubrió que era demasiado tarde. No supo cómo, pero era evidente que Román les había hecho algo. Tanto el estudiante como Emilio parecieron perder la cabeza y se abalanzaron los unos sobre los otros. Sólo Sonia, la camarera, parecía estar en sus cabales e intentaba zafarse de ellos como podía.

Alain volvió a llamar de nuevo a Emilio, pero era inútil, no lo escuchaba. Estuvo tentado de acercarse a socorrer a la pobre chica, sin embargo, si lo hacía, Alma se perdería para siempre en la oscuridad.

Como ya empezaba a ser costumbre en aquel sitio, maldijo su impotencia y falta de previsión. El del traje había sido más astuto que ellos. Les había faltado perspectiva.

No tuvo mucho más tiempo para lamentarse. Román se dirigió velozmente hacia él, con la intención de clavarle lo que fuera que llevase en la mano. No sabía lo que era, pero sí que sería peligroso.

Mientras evitaba el primer ataque, rezó para que estuviera equivocado y que la oscuridad no precisara su concentración para mantener a Alma consciente al otro lado.

Era evidente que estaba en desventaja, ya que él no podía soltar la cuerda y Román se movía con absoluta libertad. Tras varios intentos de este último por clavarle lo que destellaba en su mano —¿una navaja?—, se detuvo, buscó a su alrededor y cogió un bloque de madera de gran tamaño. En el extremo, tenía un par de puntas sobresalientes que alguien había dispuesto para aumentar su efectividad como arma.

Tanto la primera como la segunda acometidas fueron fáciles de esquivar, sin embargo, cuando parecía que iba a llegar la tercera, Román la antecedió de una patada, que logró desestabilizarlo y no pudo apartarse a tiempo. Al dolor por el fuerte impacto recibido en las costillas, lo siguió el producido por aquellas puntas al desgarrarle la piel profundamente.

Alain soltó un alarido y se vio obligado a hincar la rodilla. Antes de saber lo que sucedía, un cuarto golpe lo impactó en la cara, de canto, fracturándole el pómulo. Mientras caía al suelo, lo único en lo que podía pensar era en que no debía soltar la cuerda. Aquel era ya su único objetivo.

Ya en el suelo, la bruma de la inconsciencia amenazó con llevárselo a una oscuridad diferente. Román debió de pensar que lo tenía a su merced y dejó caer el madero con el que lo había golpeado. Después, lo pateó varias veces en el estómago, lo que, irónicamente, sirvió para traerlo de vuelta.

Alain sufrió un acceso de tos y se vio obligado a encogerse para tomar aire. Tanto la cara como las costillas le abrasaban como si los tuviera en carbón al rojo vivo.

Varios tirones de la cuerda que aún sostenía le llevaron a comprobar que lo que fuera que Román había tenido desde un principio en la mano, ahora lo iba a utilizar para cortar lo único que mantenía a Alma a salvo.

Le rogó que no lo hiciera, pero Román se limitó a soltar una carcajada. Tenía que hacer algo. Intentó tirar de la cuerda y eso provocó una nueva patada en el estómago.

Cuando estaba con la cara en el suelo, comprobó que el madero utilizado para partirle literalmente la cara, ahora, atravesaba en gran parte la oscuridad. No creyó que tuviera fuerzas para levantarlo, menos aún para utilizarlo como arma. Quizás, si fuera más ligero…

Román acababa de tomar de nuevo la cuerda y ya había formado el lazo por el que aplicaría el corte. Una vez hecho, Alma se perdería para siempre en el otro lado.

Alain agarró el madero, se concentró y apostó las pocas fuerzas que le quedaban en el siguiente golpe. Mientras se giraba con todas sus fuerzas, que no eran demasiadas, las costillas protestaron y estuvo a punto de fallar, pero lo cierto era que su objetivo estaba a tiro fácil.

El madero, que ya no lo era del todo, trazó un arco irregular, pero lo suficientemente efectivo como para arrancar un silbido y amputarle parcialmente la pierna a Román. La mayor parte del extremo opuesto de aquel trozo de madera que había estado inmerso en la oscuridad, ahora, formaba el filo de lo que parecía una espada japonesa.

Román soltó un grito y cayó al suelo, con el arma atravesada a la mitad del muslo.

Después de aquello, sin soltar en ningún momento la cuerda, Alain encontró las fuerzas suficientes para volver a levantarse. Unos gemidos apagados le llevaron a descubrir que Emilio y el estudiante habían decidido prescindir de la empleada para apaciguarse entre ambos. Eso debía de ser lo que les había hecho Román. No sólo eso, aquellos síntomas eran los mismos, aunque a otro nivel, que los sufridos por todos anteriormente.

Desde el principio había sido él.

Se dirigió hacia Román, que se retorcía en el suelo, en medio de un enorme charco de sangre y, sin pensárselo dos veces, le propinó una patada en la cabeza con las pocas fuerzas que le quedaban.

El del traje perdió la consciencia y al cese de los gemidos, que fue prácticamente inmediato, lo siguieron el de varios lamentos y sollozos. Alain no tuvo que darse la vuelta para saber que los otros dos habrían recuperado la cordura.

Contempló la cuerda, que aún estaba intacta, y rezó para que Alma regresara cuanto antes.

Jorge Serrano Celada