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relatos Cielo Rojo

Íncubo – Capítulo 16

febrero 16, 2020
Mujer flotando en la oscuridad

 

Capítulo 16 – Lo haría

A medida que Alma recorría el pasillo con paredes en suaves colores pastel y verde, su mano rompía aquella armonía, con un trazo torpe en tonos más rojizos.

Se estaba desangrando. No necesitó mirarse la herida de la pierna, con la rama de madera aún atravesada en ella, para saberlo. En esos momentos, todos sus esfuerzos se centraban en mantenerse consciente y avanzar. El hecho de que el escenario escogido para aquella farsa perteneciera a uno de los lugares más odiados de su infancia había comenzado a carecer de importancia.

Consiguió recorrer unos metros más, antes de verse obligada a buscar donde apoyarse y recuperar el aliento. Apenas era capaz de moverse a la velocidad de un niño que comenzaba a andar y, sin embargo, su corazón latía como si estuviera en uno de sus entrenamientos con Ana. Le faltaba oxígeno y aquel estúpido pasaje del terror, diseñado especialmente para ella, había decidido no mantenerse quieto en su sitio.

Trató de tomar aire, a bocanadas, para hiperventilar, pero, al final, las fuerzas le fallaron y no tuvo otra opción que dejarse caer lentamente en el suelo.

Una vez más, maldijo su impotencia.

Contempló la cuerda de nailon, ahora casi infinita, que aún seguía atada a su cintura. Se perdía más allá de aquel corredor y atravesaba las puertas que daban a la plaza, con los «no-niños» al otro lado. Sólo esperó que sus dos compañeros se dieran por vencidos con ella y se largaran de aquel maldito lugar, antes de ser atacados de nuevo.

Así era como terminaba todo. Todos sus esfuerzos por no volver a ser nunca más la víctima de nadie habían finalizado en un triste intento de rescate que no había ayudado a nadie.

Una lágrima imbuida en rabia recorrió su mejilla para recordarle lo débil que aún era. Iba a limpiársela de un manotazo, cuando sus pensamientos cambiaron radicalmente, como si alguien hubiera decidido borrarla y dibujarla de nuevo por completo.

Incluso en aquel estado de agonía y escasa supervivencia, lo único en lo que ahora podía pensar era en sexo. Necesitaba follar cuanto antes, como la gran puta que era. Su coño ardía en deseo y no tardaría en empapar sus bragas.

Necesitaba algo con lo que calmarse. Pensó que quizás la rama que tenía en la pierna podría valer y decidió tirar de ella. El dolor que acompañó a aquel gesto y el hecho de volver a recuperar su antiguo yo fueron elementos disuasorios suficientes para dejar de intentarlo.

¿Qué era lo que acababa de suceder? Era como si se hubiera transformado en otra persona.

—«En una putita» —se dijo a sí misma y, por alguna razón, aquella idea le produjo una gran satisfacción. El ansia por follar había vuelto y si no podía meterse nada, no le quedaría más remedio que masturbarse al viejo estilo.

Trató de bajarse los pantalones, pero estaba tan débil que apenas tenía fuerzas para soltar la botonera, alzar las caderas y quitarse aquella maldita prenda. Frustrada, dejó escapar un gruñido de rabia y cejó en su empeño.

No tendría más remedio que hacerlo como estaba. Separó las piernas y comenzó a restregarse la mano en la entrepierna. Aquel triste símil de una buena follada la desesperó aún más que el dolor de la herida en la pierna —de la que ni siquiera recordaba habérsela hecho—.

No sabía por qué, pero le costaba respirar y lo único que podía hacer era tocarse en una tortura de placer que…

Alma volvió a ser quien era o, al menos, la persona que creía ser. Su otro yo, más desaforado, había desaparecido, dejando tras de sí la molesta humedad que ahora impregnaba su ropa interior.

Nuevamente, trató de coger aire. Estaba tan mareada, que ya apenas era consciente de dónde estaba. Si por ella fuera, podrían haberse ahorrado todo el atrezo utilizado para aquella supuesta pesadilla.

No tenía muy claro qué había sido todo aquello, pero, además de una necesidad de sexo y un desprecio por sí misma indescriptibles, había habido algo más que la había avergonzado aún más que el resto. No quería admitirlo, pero, por un momento, había sufrido un deseo irrefrenable de ser humillada por Román.

Tomo la cuerda que aún la conectaba con su compañero, a mil años luz en el restaurante, y la contempló unos segundos. Apenas podía mantener la mano en alto y, menos aún, pensar con un mínimo de lucidez, pero aquello sólo podía significar una cosa.

Todo en aquella oscuridad tenía que ver con la percepción y el subconsciente. El ancla se suponía que era lo que la mantenía allí y los monstruos a los que se había ido enfrentando, sacados de la imaginería de Alain, eran prueba suficiente de su influencia en aquel lugar. Sin embargo, ella también debía de aportar algo, como atestiguaba aquel estúpido colegio de su infancia.

No sabía cómo, pero, de alguna manera, Román debía de haber tocado la cuerda el tiempo suficiente como para aportar su retorcida visión de ella e interferir en aquel sitio. Irónicamente, aquello le había dado la clave que necesitaba para dar el siguiente paso.

Desde que cruzara las puertas de aquel colegio, había luchado por evitar lo inevitable. Iba a morir desangrada, era un hecho. No tenía muchos conocimientos de anatomía, pero estaba segura de que aquella rama había seccionado alguna arteria importante. Lo había sabido perfectamente desde que el maldito árbol le atravesara la pierna a traición, sin embargo, Alain no.

Lo que era ella en aquel lado de la cuerda debía de ser la suma de todas las consciencias conectadas a ella: la suya propia, la de Alain y, por un momento, la del hijo de puta de Román, que, de alguna forma, habría conseguido liberarse —esperó que la interferencia de aquel psicópata no requiriese de una preocupación para la que ahora carecía de fuerzas suficientes—. La suya era la responsable de aquel colegio, los «no-niños», los «no-árboles» y también de su estado actual.

Tenía que eliminarse de la ecuación. Dejar que sólo Alain la moldeara.

En un último acto desesperado —tampoco tenía mucho que perder—, agarró con las dos manos la rama ensartada en su pierna y tiró de ella, con mucha mayor decisión que la demostrada por su versión de Román. El dolor fue inconmensurable, pero el esfuerzo mereció la pena y el trozo letal de madera salió limpiamente.

La sangre comenzó a salir a borbotones del agujero que quedó detrás. Pronto, toda la pernera del pantalón acabó teñida de un color parduzco oscuro.

Instantes después, todo se fue tornando gris, a medida que iba perdiendo la consciencia y aquel colegio se fundía en negro. Tampoco era una mala forma de morir.


Lo primero que Alma pensó al despertar era que se encontraba en algún tipo de balancín. Permanecía colgada de la cintura, bocabajo, mientras la subían hacía atrás, con un ligero vaivén, por lo que parecían ser unas escaleras moldeadas en piedra.

Sorprendida ante lo que podía divisar, abrió bien los ojos, incapaz de asimilarlo.

Frente a ella, aquella escalinata, por la que apenas cabrían dos personas a la vez y que carecía de pasamanos, descendía cientos de metros, sin un sólo recodo que interrumpiera su caída infinita.

La oscuridad absoluta que lo había rodeado todo, ahora había sido sustituida por una noche eterna, interrumpida únicamente por los relámpagos constantes que descubrían gigantescas nubes de tormenta en el cielo. El sonido de aquellos truenos volvía pequeño todo lo que había bajo ellas.

Sin embargo, lo más extraordinario eran las numerosas construcciones que se divisaban en el valle desértico que se extendía bajo ellos. Sólo visibles durante los fogonazos que el cielo arrancaba a la noche, diferentes formas, talladas también en piedra, se levantaban del suelo en tamaños diversos, algunas de ellas tan colosales como aquella escalera. Cada una parecía una versión deformada de elementos copiados del mundo real.

Un rascacielos gigantesco se alzaba a un lado, retorciéndose sobre sí mismo y engullido entre las nubes. Más allá, varias pirámides se levantaban en un tamaño que habría ridiculizado a sus contrapartes egipcias, sin embargo, sus formas eran alargadas y asimétricas. Varios templos griegos o romanos se alzaban con igual majestuosidad e irregularidad de columnatas a tamaños discordantes. A lo lejos, se distinguía lo que podría ser la estatua de un caballo, sobre sus cuartos traseros, no menos impresionante en cuanto a tamaño, pero cuyas patas delanteras habían sido sustituidas por infinidad de lo que podrían ser los apéndices de un insecto.

Más a lo lejos, parecía divisarse un gran muro que lo rodeaba todo y cuya altura fácilmente podría alcanzar decenas de kilómetros.

Había construcciones mucho más pequeñas, pero, desde donde estaba, no podía distinguirlas.

Alma se giró para ver quién cargaba con ella y no se sorprendió al descubrir que era una de las criaturas sin rostro, similar a las que los habían atacado en el restaurante. La llevaba de la cinturilla del pantalón, como si fuera una bolsa ligera de la compra. A diferencia de lo que había ocurrido con los otros monstruos, no pareció verse afectada por ningún tipo de parálisis bajo su mirada, pero dado que la estaba tocando, aquello podía no significar nada.

El dolor de la pierna había desaparecido por completo. Alma trató de divisar su estado y comprobó que no había ni rastro de la herida que la había conducido hacia la muerte.

¿Realmente había muerto? No estaba segura, pero, al menos, sabía que Alain había conseguido traerla de vuelta. La cuerda, a la que aún seguía atada, recorría un camino de regreso que se desvanecía en la lejanía de aquellas escaleras.

En aquella situación, no sabía qué hacer. Tenía miedo de llamar la atención de la criatura y que la matara allí mismo. Había conseguido sobrevivir a una muerte segura, pero no tenía muy claro que su destino hubiera cambiado sustancialmente.

Mientras ascendían, otra criatura, quizás de menor tamaño que la que cargaba con ella, apareció por el lateral de las escaleras, como si acabara de escalar toda la vertical hasta aquella altura, y, en cuanto la vio, se abalanzó sobre ella. Alma soltó un grito, pero su transportista se la quitó de encima, con un golpe semejante al que reventó la cabeza de la madre de Cintia, salvo que éste fue mucho más lento. En cualquier caso, el resultado fue el mismo y la otra criatura se despeñó, igualmente decapitada.

Aquel rostro sin facciones, se dirigió por un momento hacia ella y, a pesar de comprobar que estaba despierta, volvió a ignorarla.

Anulada su habilidad para inmovilizarlos, aquel ser no la consideraba ningún tipo de amenaza. Colgada como un trapo, tras comprobar que ya no tenía sus armas, Alma no pudo hacer otra cosa que esperar.

Pasados varios minutos de aquel ascenso sin fin y de que la amenaza de aquellas nubes sobrecogedoras estuviera más cerca, llegaron a lo que parecía una catedral. Su tamaño era tan inmenso que empañaba cualquiera de las otras construcciones que había visto hasta entonces. Las torres a ambos lados de la fachada principal desaparecían en la oscuridad de la noche, mientras que el rosetón del medio, que en este caso tenía forma ovalada, refulgía en rojo, iluminando todo lo que había a su alrededor. Los contrafuertes que sujetaban las naves laterales, descendían hacia abajo, más allá del abismo, como las patas de una araña gigante. Y, sin embargo, todo había sido igualmente esculpido en piedra, como si fuera una única pieza.

Al llegar a lo que sería el pórtico, Alma comprobó que las figuras que adornaban la portada principal representaban demonios y humanos en diversos actos sexuales.

El enorme portón de entrada se abrió lentamente al aproximarse y, en cuanto lo atravesaron, la criatura la arrojó hacia delante, sin ningún miramiento, aterrizando varios metros más allá. Alma se vio obligada a girarse sobre sí misma para minimizar el impacto, antes de detenerse.

Cuando por fin pudo recobrarse, miró a su alrededor y descubrió aquella imitación de catedral era sólo eso. Por dentro estaba hueca, no vacía. Era como si todo lo que se veía desde el exterior fuera una simple carcasa.

Todo aparecía iluminado por aquel fulgor rojo del rosetón.

A su alrededor, infinidad de criaturas sin rostro, de diversos tamaños, deambulaban por el suelo y las paredes. Algunas a dos patas y otras a cuatro. En este caso, su influjo sobre ellas parecía funcionar correctamente y, en cuanto las avistaba, detenían cualquier cosa que estuvieran haciendo.

En el centro de aquel cascarón, se elevaba lo que podría ser un trono de forma indefinida, también de piedra, sobre el que se reclinaba la mujer que había empezado todo aquello. Tenía las piernas abiertas, con la falda de franela recogida debidamente, para permitir que Cintia, que estaba desnuda, de cuclillas y a sus pies, se adentrara entre ellas.

En cuanto la vio, comenzó a reírse y a burlarse, para, finalmente, escupir al suelo. A su alrededor, había otros de su grupo, sometidos por varias criaturas que, en la mayoría de los casos, pugnaban entre sí por ellos. Ninguno pareció reaccionar al verla. Estaban en el mismo estado catatónico que Andrés —que ahora era sodomizado en el suelo por una bestia de un tamaño colosal—, al salir de la oscuridad.

Volvió a mirar a la pobre Cintia, convertida en el juguete sexual de aquella hija de puta y se prometió que los sacaría de allí —al menos a ella—. No sabía cómo ni a qué precio, pero lo haría.

Jorge Serrano Celada