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relatos Cielo Rojo

Íncubo – Capítulo 17

febrero 23, 2020
Mujer angel en la oscuridad

Capítulo 1 7 – Alma oscura

Alain no se sorprendió al descubrir que no sentía nada por haber matado a aquel hombre. Román había dejado de respirar unos minutos antes, sin que hubiera llegado a recuperar la consciencia en ningún momento. La pierna parcialmente amputada, de la que aún sobresalía el madero a medio convertir en espada, había formado a su alrededor un charco extenso de sangre en el que casi podía verse reflejado.

Había sido tan estúpido al dejarse engañar por aquel bastardo. Todos confiaban en él y los había fallado.

Le abrasaba la cara y notaba cómo se le iba hinchando por momentos. Apostaba por una bonita fractura del arco cigomático. Sólo esperó que aquel cabrón no le hubiera dejado como regalo una hemorragia interna.

Emilio y el otro chaval permanecían apartados en un rincón. Desde donde estaba no podía asegurarlo, pero creyó percibir varios sollozos procedentes de su compañero. Le preguntó si estaba bien, pero no obtuvo respuesta.

Sonia, la empleada, se había alejado de ellos y tampoco parecía reaccionar a ninguno de sus llamamientos.

Aquel lugar se cobraba un precio muy alto y si, por algún golpe de azar, conseguían salir de allí, no estaba seguro de que ninguno lograra recuperarse del todo.

Contempló la cuerda que tenía entre las manos y se preguntó cómo estaría Alma. No sabía si desde ese lado podría ayudarla realmente —apenas sabían nada de aquella oscuridad—, pero, si había alguna posibilidad, lo intentaría.

Ya no les quedaba mucho que perder.


La desesperación de Alma se materializó en una única palabra escupida por los labios deformes de aquella bruja

—¡Tomadla! —gritó a las criaturas. El sonido se propagó por la cáscara vacía de aquella imitación de catedral, repitiéndose en un eco desagradable.

En su rostro no hubo ningún ápice de burla o sorna. No, aquello era intencionado, con un propósito concreto. Aquella mujer estaba lejos de ceder a la locura que se empeñaba en aparentar. Buscaba algo y, todo ese tiempo, desde que la escupiera en el restaurante, debía de haber sido una pieza importante para ella. Román no les había contado todo o, probablemente, sólo supiera lo que ella le había querido mostrar.

A sabiendas de que no tendría otra oportunidad, Alma corrió hacia aquella hija de puta, con la intención de matarla y rescatar a Cintia —no tenía muy claro en qué orden—. Sin embargo, la horda de monstruos que poblaba aquel lugar se le echó encima. Alma intentó inmovilizar a todos los que pudo, pero eran tantos que era imposible abarcarlos todos.

Una de las criaturas la agarró por el tobillo y consiguió derribarla, mientras las demás se acercaban inexorablemente. Algunas se vieron afectadas por sus extraños poderes de inmovilidad, pero la mayoría consiguió alcanzarla antes de que pudiera dominarlas.

Inexplicablemente, Alma logró desprenderse de la que la había tirado al suelo y siguió avanzando a rastras, a la vez que paralizaba a las que tenía delante.  A lo lejos, la bruja la observaba con una mirada que en ese momento no supo identificar. Había dejado de jugar con Cintia y la había apartado a un lado.

Alma siguió avanzando, a la vez que más de aquellos monstruos trataban de sujetarla. Poco a poco, fueron destrozándole la ropa, si bien, sus forcejeos no les facilitaban las cosas. Fuera por la razón que fuese, en aquel lado no parecían tener la fuerza descomunal y absoluta que habían demostrado en el restaurante, pero eran tantas que era imposible deshacerse de ellas.

Tiraron de ella e hicieron jirones su ropa y, aun así, Alma no se rindió. Siguió inmovilizando a todas las que pudo, hasta que una de ellas le sujetó la cara, desde atrás, y le clavó brutalmente los dedos en los ojos, reventándolos. Fue tal el dolor que siguió a continuación que el grito desgarrador salido de su garganta le destrozó las cuerdas vocales.

Ciega, desnuda y apenas consciente debido a un dolor que superaba a cualquier otro que hubiera experimentado nunca, Alma se rindió, mientras decenas de aquellas cosas la rodeaban y hacían con ella lo que querían.

Lo había intentado. Había hecho todo lo que había podido y estaba tan cansada que casi agradeció que le hubieran arrebatado su última arma. Con suerte, se convertiría en una muñeca catatónica como Cintia y no sentiría nada. Sin embargo, supo que aquello no sería cierto. Mientras aquella cuerda, aún atada a su cintura —a pesar de los intentos de aquellas bestias por arrancársela—, siguiera conectada a Alain, sería consciente de todo lo que le sucediera.

Sus ojos mutilados no le permitieron llorar, pero el saber que su compañero la condenaría a una tortura indescriptible sólo recibió el alivio de que, al menos, él no sería consciente de ello.

Lo que bien podrían haber sido cientos de manos, la sobaron indiscriminadamente, como si todas aquellas monstruosidades, que no emitían sonido alguno, se disputaran una porción de ella. Por fin, una de aquellas bestias la puso bocabajo, la alzó por las caderas y le separó las piernas.

A pesar de que sabía lo que vendría después, su mente reparó en la facilidad con la que aquella cosa acababa de manejarla, como si fuera una muñeca —«Igual que la que me ha llevado en volandas por las escaleras» —dijo una voz interior en su cabeza.

¿Qué importancia tenía aquello? Estaba preparada para que aquella bestia le metiera aquel falo monstruoso y que su voluntad se diluyera en la locura del placer.

—«No son más débiles» —insistió otra voz o quizás fuera la misma.

No, definitivamente no lo eran. La que le había llevado hasta la catedral había decapitado a otra con la misma facilidad que la demostrada por la que los atacó en el restaurante. Entonces, ¿por qué parecían menos fuertes?

—«Porque yo lo soy más» —respondió su voz.

Sí, era cierto. Si lo pensaba bien, se veía capaz de hacer cosas que antes le habrían resultado impensables. ¿Sería aquello un regalo de su compañero, un don otorgado por Alain? No lo sabía, pero tenía claro que, de ser cierto, no lo había dado todo. Apenas había peleado, sólo había tratado huir.

En cuanto percibió los primeros intentos por ser penetrada, Alma se revolvió sobre sí misma y apartó a la criatura de un puntapié. Otras la inmovilizaron inmediatamente y la rabia la llevó a intentar destrozar y retorcer todo lo que se le pusiera al alcance. Sorprendida, comprobó que, efectivamente, era capaz de desgarrar la carne y romper los huesos de aquellas cosas, con sus propias manos. Algunas se retiraron, probablemente presas del dolor, pero otras tantas llegaron para sustituirlas.

Alma continuó luchando hasta que entre todas las criaturas la inmovilizaron por completo. Abrumada por la masiva intervención de aquella horda se rindió, ahora sí, sin posibilidad de hacer nada más.

Si sólo hubiera sabido antes de lo que era capaz, quizás hubiera llegado a tiempo de matar a la bruja y acabar con todo aquello. Desconocía si eso habría servido de algo, pero, al menos, todos habrían obtenido una pizca de venganza.

—¡Qué estáis haciendo? ¡Tomadla ya, malditos demonios! ¡Folladla! —gritó a lo lejos la bruja.

¿Era desesperación lo que percibía en su voz? No, era más bien miedo. Eso era lo que había visto en su mirada antes. ¿Le tenía miedo? ¿Por qué? Ya no podía hacer nada más.

¿Y si no era cierto?

Una o varias criaturas volvieron a separarle las piernas, esta vez en el suelo, mientras las demás la sostenían de todas las formas posibles —alguna, incluso, con aquella cara fracturada que hacía las veces de boca—.

Sus compañeros, Alain y Emilio, tenían una broma interna. Muchas veces, fingían temor ante una versión de ella menos afable que la que habitualmente mostraba, a la que ellos denominaban «Alma oscura». Por supuesto, ni ella se consideraba tan buena como la mayoría creía que era ni se veía capaz de espantar a nadie con sus debilidades, simplemente era tan humana como los demás. Sin embargo, en aquel momento, aquella idea le resultó especialmente poderosa.

¿Y si ella podía aportar a lo que Alain le había dado? Al fin y al cabo, había sido capaz de volver a ser la misma niña de doce años indefensa e insegura a la que todos llamaban despectivamente «Almanteca» y eso había sido inconscientemente.

Visto desde fuera, Alma había sido literalmente enterrada bajo un cúmulo de decenas de aquellas criaturas. Todas parecían querer disputarse una parte de ella, como una bandada de buitres ante el festín de un cadáver aún caliente.

Una de aquellas cosas, de un tamaño mayor que el resto, se aproximó por detrás, con un colosal miembro erecto preparado para terminar con aquella resistencia. Las demás le hicieron hueco para dejarle paso.

Instantes después, cuando parecía que todo terminaría de la única forma posible, la turba de bestias que se había echado encima de ella salió despedida, tras un estallido que resonó por toda la falsa catedral. La bruja, que había intentado no quitar ojo de lo que estaba sucediendo, se cayó del trono sobrecogida.

Tras una polvareda irradiada en aquel rojo del que teñía todo el rosetón ovalado, apareció una figura erguida donde antes debía estar la Alma ciega e indefensa. Sin embargo, ésta era diferente, parecía una mezcla entre el arquetipo más clásico de un demonio y una versión más propia de la fantasía moderna. Sus pupilas brillaban en blanco, como si tuvieran luz propia, y en la frente lucía sendos cuernos de gran tamaño que recordaban a los de un gran antílope africano. Su melena había crecido considerablemente y en los brazos disponía de diferentes tatuajes tribales que refulgían en dorado. Como último detalle, una cola terminada en punta de flecha surgía desde el nacimiento de su espalda y parecía desprender llamaradas, también doradas, cada vez que se movía. No estaba desnuda del todo, pero apenas vestía unos harapos que le cubrían mínimamente.

Aquella versión de sí misma, cuya estética, construida de manera inconsciente tanto por Alain como por ella, y que reunía gran parte de los conceptos culturales que habían mamado desde que eran pequeños, respondía a un nuevo nombre.

—«Alma oscura», sí… Me gusta —dijo, esta vez, en voz alta.

Jorge Serrano Celada