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relatos Cielo Rojo

Íncubo – Capítulo 18

marzo 1, 2020
Mujer demonio

Capítulo 18 – El siguiente ataque

La sensación de poder era ciertamente extraña. Aquella nueva versión de Alma se veía capaz de derrotar —masacrar, destrozar, desgarrar— a cualquiera que cometiera la estupidez de enfrentarse a ella. Desconocía hasta qué punto su aspecto había cambiado, pero no necesitó un espejo para comprender que la transformación había sido profunda —por fuera y por dentro—.

Desde la parte baja de su espalda, surgía una larga cola, encendida en llamas, que podía mover con la gracilidad y naturalidad de un animal que hubiera dispuesto de ella toda su vida. Para probarlo, la utilizó para golpear el suelo, como si fuera un látigo improvisado, y, tras el chasquido, varios fragmentos de piedra saltaron por los aires.

En la frente, dos cuernos enormes se elevaban hacia delante, con un aire regio que incrementaba, aún más, la sensación de fuerza y supremacía que recorría todo su cuerpo. Era como si todo su orgullo se hubiera centrado en dibujar aquel par de astas —no descartó que no hubiera sido así, literalmente—.

En los brazos, varios tatuajes tribales se enroscaban hasta los hombros, como si fueran serpientes, con un brillo dorado incandescente. Sin duda, aquello había sido contribución suya. Más de una vez había soñado con hacerse algo similar —por supuesto, de aspecto menos espectacular—, aunque no se había atrevido a dar el paso. Ahora, aquellas dudas le parecían débiles y ridículas. En la versión de sí misma que era en ese momento, no había nada que estuviera lo suficientemente cerca y, a la vez, demasiado lejos.

Miró a su alrededor y comprobó que las criaturas habían comenzado a rodearla de nuevo. Si disponían de algún atisbo de inteligencia, parecía ser lo suficientemente alto como para comprender que debían temerla. Alma se regocijó ante aquella idea.

Por alguna razón, ahora era capaz de percibir con claridad todo el entorno, más allá del tenue rojo que lo inundaba todo.

La bruja se había bajado de su trono —de no haberlo hecho, la habría arrancado ella misma en ese mismo instante— y la contemplaba con una ridícula expresión de estupefacción en aquella cara deformada. Deseó destrozarla con sus propias manos, pero antes tendría que encargarse de las otras cosas.

Cintia seguía a sus pies, en el suelo, totalmente ausente, como si esperara a que alguien le diera una nueva orden. No lejos de allí, pudo encontrar a los demás desaparecidos, todos desnudos y en el mismo estado perdido que Cintia. Ninguna de las criaturas que habían estado sometiéndolos, momentos antes, parecían estar interesados en ellos. Algunos, como el caso del primer estudiante, al que ahora le faltaba un brazo, sufrían de heridas de consideración y mostraban señales evidentes de tortura.

Apenas los conocía, pero la rabia de intuir por lo que habían pasado, de lo que había sufrido un indicio, minutos antes, la llevó a elevar un alarido muy próximo al rugido de una bestia salvaje.

Acto seguido, tras un gruñido al aire, se lanzó contra la masa de aquellos monstruos y el estallido que siguió a la ruptura de la barrera del sonido a su paso, llenó todo el espacio vacío de la catedral. Algunas de las bestias reaccionaron con igual velocidad, pero un gran número de ellas acabaron reventadas por el impacto o empotradas en la pared posterior.

Las que estaban más cerca reaccionaron al instante e intentaron acabar con ella, mediante varios de aquellos golpes que consiguieron aterrorizarla durante las violaciones de sus compañeros de restaurante. Alma esquivó algunos y bloqueó otros, en una gala de movimientos bien aprendidos, que habrían enorgullecido a Ana, su antigua entrenadora. Era curioso como parte de lo que había asimilado su antiguo yo se mezclaba con su nuevo ser.

Poco a poco, fue hiriendo a aquellas bestias con golpes cada vez más certeros y fatales. A medida que la batalla continuaba y que los monstruos se echaban sobre ella, la técnica fue desdibujándose y convirtiéndose en algo más parecido a una expresión de su ira. Pronto, aquellos impactos bien estudiados, dirigidos a supuestos puntos vitales, fueron sustituidos por desgarros de carne, aplastamientos de cráneos con las manos e, incluso, mordiscos salvajes. Alma se fue imbuyendo de la sangre negra de aquellas cosas, en un festín de frenesí y violencia desmedida. Poco a poco, cada vez era menos Alma y más oscura.

Mientras se dejaba llevar por el odio y la rabia, sintió que algo tiraba de ella y entorpecía sus movimientos. Era aquella cuerda que aún seguía atada a su cintura. Resultaba molesta y le impedía moverse como ella quería, enredándose constantemente.

Intentó quitársela, pero otra de las pocas criaturas que aún quedaban con vida, se le echó encima y ambos cayeron al suelo. Con un grito de furia, golpeó a aquella cosa inmunda en el pecho, elevándola varias decenas de metros en el aire. Cuando cayó al suelo fulminada, comprobó que tenía el pecho hundido. Aquella imagen le recordó algo, pero resultó tan lejano y perdido que le restó importancia.

Tenía que quitarse aquella cuerda molesta. Se la llevó a la boca e intentó cortarla con los dientes, pero no hubo manera. Parecía estar hecha de algo más duro que el acero.

Otras dos bestias la atacaron por detrás y ella se las quitó de encima con facilidad. A una de ellas le arrancó la cabeza con una sacudida de la cola. A la otra, la llevó al suelo y, desde ahí, la golpeó, repetidas veces en la cabeza, hasta que no quedó nada y en el suelo se formaron varios cráteres concéntricos.

Cuando hubo terminado, fue a retomar lo que había estado intentado hacer, pero sintió la presencia de otra de esas cosas, detrás de ella. Parecían no tener fin. Sin demasiados miramientos, se giró a gran velocidad, soltando un zarpazo que desgarró la carne del vientre de aquella criatura con facilidad. La sensación fue extraña, como si la dura consistencia con la que estaban hechas aquellas cosas ahora se hubiera transformado en una suave gelatina sin resistencia alguna. Para cuando quiso darse cuenta de lo sucedido, ya era demasiado tarde. El cuerpo mutilado de María, la mujer rubia que un millón de años antes había vestido una falda generosamente corta y se había enfrentado a Alain por rescatar a una supuesta mujer atrapada en la oscuridad, caía sin vida al suelo, con lo que quedaba de sus entrañas esparcidas sobre de ella.

Alma trató de procesar lo ocurrido y se miró la mano, ahora teñida de un rojo intenso que destacaba sobre el negro del que estaba completamente embadurnada.

Horrorizada por lo que había hecho, soltó un nuevo alarido, más cercano al emitido tras la mutilación de sus ojos que al salvaje y eufórico que había dejado escapar tras la conversión en su nuevo yo.

¿Qué era lo que había hecho? ¿Había matado a aquella mujer? ¿Cómo se llamaba? —«María, compañera de Andrés y de Román» —dijo su voz interior—. «Se suponía que tenías que salvarla».

Alma se llevó las manos a la cabeza y se dejó caer de rodillas. En ese instante, las últimas cuatro bestias que quedaban en pie, entre un amasijo de carne, huesos y sangre de ébano, decidieron aprovechar la situación y se dirigieron hacia ella. Por un momento, Alma se dejó golpear, únicamente centrada en el cadáver de María. La arrastraron y zarandearon por el suelo repetidas veces, aunque ella no pareció reaccionar. Finalmente, entre lágrimas, se revolvió, agarró la pierna de una de aquellas cosas y utilizó su cuerpo como arma para golpear a las otras tres.

Tras un tiempo que bien pudo ser infinito, Alma regresó donde María, con los restos de una pierna de aquellas cosas en la mano. La lanzó lejos de ella y se arrodilló frente a la mujer a la que acababa de matar y a la que apenas había conocido.

Se tapó la cara con las manos, desconsolada y para cuando consiguió recobrarse un poco, la «Alma» que había entrado a aquella catedral volvió a ocupar su lugar. Su antigua ropa había vuelto a su sitio y no había rastro ni del aspecto demoníaco de su versión oscura ni de la sangre negra y viscosa de aquellas cosas con la que se había bañado durante la batalla. Era como si nada hubiera sucedido, excepto por el grotesco paisaje de mutilación que había a su alrededor.

—¿Qué he hecho? —dijo Alma entre sollozos—. ¿Qué es lo que he hecho?

—«Igual, nada que no se pueda deshacer. No en esta oscuridad» —respondió su voz interior, fuera la misma u otra.

Antes de que apenas comenzara a albergar un halo de esperanza, su instinto la llevó a apartarse y rodar hacia un lado. No supo si fue debido a algún tipo de habilidad nueva o simplemente a un sentido del oído bien desarrollado, sin embargo, cuando pudo vislumbrar lo que sucedía, ahora sin la claridad de la que antes había disfrutado, pudo distinguir lo que parecía la rama de un árbol ensartada en la piedra, donde instantes antes había estado ella.

Alma dirigió la vista hacia la bruja y descubrió que ahora se rodeaba de varias ramas como aquella, que se retorcían a su alrededor como si siempre hubieran estado allí. Los troncos de los que partían eran similares a los plátanos de sombra que la habían atacado en lo que había pretendido ser el parque de su antiguo colegio.

Entonces, había sido ella la que la había herido de muerte.

Al contemplar a aquella mujer, un odio, frío y lacerante, comenzó a surgir desde lo más profundo de sus entrañas. Golpeó el suelo junto a sus pies, con el puño, y una pequeña grieta apareció en la piedra. Quizás no fuera su versión más poderosa, pero seguía contando con las habilidades que probablemente le había proporcionado Alain. En ese instante, recordó que había intentado romper la cuerda que la mantenía conectada a él y el dolor por lo que había hecho volvió a atormentarla.

Se puso en pie y apretó los puños hasta que se le clavaron las uñas. Ya tendría tiempo de lamentarse después, ahora tenía que acabar con aquella bruja y rescatar a los demás.

Trató de concentrarse y esperó al siguiente ataque.

Jorge Serrano Celada