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relatos Cielo Rojo

Íncubo – Capítulo 19

marzo 8, 2020
Mujer entre ramas

Capítulo 19 – Pensar en algo

El dolor en la cara había empeorado considerablemente y, como una araña que fuera clavándole sus patas, se había esparcido por toda la cabeza y parte de las cervicales. Alain apenas se veía capaz de mantenerse en pie. En perspectiva, el escozor de la herida en las costillas, que aún sangraba copiosamente, parecía un juego de niños.

Decidió seguir el anclaje —cómo él lo denominaba—, desde el suelo y, prácticamente, se dejó caer de culo. Quizás, incluso, pudiera permitiese cerrar los ojos, un par de segundos, lo justo para descansar un poco. Nada que lo llevase a coger el sueño.

Poco a poco, comenzó un peligroso ciclo de cierre y apertura de párpados, en el que, cada vez, le costaba más tiempo recordar que debía mantenerlos abiertos. Hasta que, finalmente, no lo hizo.

Apenas duró unos segundos, lo justo para que Emilio, que había visto lo que estaba sucediendo, se levantara y le lanzara un grito, al oído y a pleno pulmón, para despertarlo.

Alain se recobró al instante, con el corazón desbocado. Lo primero que hizo fue asegurarse de que aún mantenía la cuerda entre sus manos. Si por alguna razón la soltara, no quiso pensar en las consecuencias que eso podría conllevar. Tampoco sabía qué sucedería si se dormía.

—¡Alain, no puedes seguir así! —dijo Emilio, al parecer lo suficientemente recompuesto como para volver a demostrar su vertiente más pragmática y decidida—. ¡Tienes que dejármelo a mí!

Alain negó con la cabeza.

—No sabemos lo que podría suponer para ella si ahora nos intercambiamos. Podría reiniciarse y no saber dónde está o algo peor.

—¡Te estás durmiendo, tío! —protestó Emilio.

—¿Y tú estás mejor? —preguntó Alain a la defensiva.

En cuanto pronunció aquellas palabras, se arrepintió de haberlo hecho. Emilio agachó la cabeza y no contestó. Después, alzó la mirada, con los labios y el ceño fruncidos —era un gesto habitual en él, cuando pretendía que lo tomaran en serio—.

—Sí, Alain, estoy mejor.

—Lo siento… No quería —comenzó a decir Alain, pero Emilio fue a interrumpirlo con la mano.

Alain se apartó instintivamente.

—No, no me toques. Es mejor que tu subconsciente no interfiera con el mío.

Emilio asintió.

—Entonces, me quedaré aquí contigo de guardia.

Alain contempló a su compañero, mientras se sentaba a su lado. De alguna forma, había encontrado la fortaleza para enterrar —al menos, temporalmente— lo que acababa de sucederle. Estuvo tentado de darle un abrazo, pero ninguno sabía lo que eso podría suponer y desechó la idea.

 Volvió a contemplar la cuerda, que caía lacia entre sus manos y se perdía en aquella oscuridad. El tiempo corría sin que tuvieran ninguna señal.

—Date prisa, Alma —dijo Alain hacia aquella nada.


Alma desconocía hasta dónde podían llegar sus habilidades. Antes de la transformación en su versión con cuernos, sacada de una historia de terror y fantasía, había sido capaz de seguir los movimientos de aquellas criaturas e, incluso, de hacerles daño. Eso significaba que, por lo menos, debía de estar más allá de los límites humanos.

Esperó que aquello fuera suficiente para hacer frente a aquella hija de puta y evitar sus ataques.

Todavía tenía reciente el recuerdo de la herida provocada por aquellas ramas. Si le daban a elegir, prefería no tener que volver a pasar por una experiencia semejante.

En ese instante, como si la providencia hubiera decidido entretenerse con ella un poco, el dolor en la pierna regresó de repente y se vio forzada a hincar la rodilla, en medio de un grito de dolor. Una pequeña mancha roja comenzó a expandirse por la tela del pantalón, a la altura del muslo, en el mismo lugar donde, no sabría decir cuánto antes, un maldito trozo de madera la había conducido hacia la muerte.

—¡Mierda! —exclamó ella.

Se forzó a tomar rápidas bocanadas de aire e intentó concentrarse en el presente y en lo que debía hacer. Como si nunca hubiera estado ahí, el dolor fue remitiendo, poco a poco, y con él, cualquier rastro de la herida que lo había traído de vuelta.

Desconocía qué era lo que acababa de suceder, pero, por alguna razón, tuvo el presentimiento de que estaría relacionado con su compañero. Tenía que salir de allí cuanto antes.

No tuvo tiempo de darle muchas más vueltas. En ese instante, una de las ramas de las que se rodeaba la bruja salió disparada hacia ella. A diferencia de las veces anteriores, en esta ocasión, pudo percibirlo y, aunque veloz, no le pareció nada imposible de esquivar.

Esperó que la pierna respondiera y saltó hacia un lado, con todas sus fuerzas. Para su sorpresa, fue capaz de dar un giro completo en el aire y aterrizar a varios metros de distancia.

No tuvo tiempo de asimilar lo que acababa de suceder. Apenas unos instantes después, la bruja le lanzaba nuevas ramas, como la anterior, que esquivó elegantemente, saltando y encorvándose hacia atrás sobre las manos, en un movimiento que se vio obligada a encadenar varias veces, antes de que los ataques cesaran.

Cuando, por fin, pudo recobrarse, incapaz de creer lo que acababa de hacer, comprobó que varias de aquellas ramas atravesaban el suelo, siguiendo la misma trayectoria que ella había recorrido y deteniéndose a pocos centímetros de sus pies.

Debía tener cuidado, si la alcanzaba una de esas cosas, sería suficiente para acabar con ella.

Pasados unos instantes, la bruja, con una expresión de rabia en la cara, alzó ambas manos y le arrojó de nuevo un número incontable de aquellos tallos asesinos.

Alma decidió correr hacia un lado —a una velocidad que jamás creyó poder alcanzar—, rodeando a su atacante, mientras infinidad de ramas caían sobre ella y atravesaban el suelo a su paso. Podía escuchar el silbido de cada una de esas cosas al cruzar el aire, como saetas lanzadas por un arco, y caer a pocos centímetros detrás de ella. No tenía tiempo para mirar.

Al llegar al extremo opuesto de aquella construcción, decidió que ya era hora de dejar de huir y se impulsó con todas sus fuerzas hacia delante. Salió disparada contra la pared, pero antes de estrellarse, se giró sobre sí misma y aterrizó sobre el muro de piedra, flexionando las piernas. Desde allí, se lanzó hacia la bruja, a la que casi pilló por sorpresa. Sin embargo, el movimiento fue demasiado directo y su atacante tuvo tiempo de protegerse.

Alma maldijo su suerte, al verse atrapada por una suerte de broza formada por aquellos brotes de madera, en la que, como en la tela de una araña, cada vez se enredaba más. Sin embargo, aquellos tallos eran más finos y parecían fáciles de romper. Alma se revolvió hasta que, por fin, pudo liberarse y salió de allí.

Volvían a estar en el punto de partida. Salvo que ahora, comenzaba a faltarle el aire. Independientemente de las habilidades que ahora pudiera tener, seguía siendo humana y su resistencia tenía un límite. Desconocía cuánto le costaba a aquella maldita bruja manipular aquellas cosas —por su cara, no parecía que tampoco le resultara fácil—, pero si seguía así, acabaría atrapándola. Necesitaba un plan y, por supuesto, descansar.

—¿Por qué haces esto? —preguntó Alma—. ¿Qué quieres de mí?

La bruja volvió a recobrar su sonrisa cínica —nada que ver con la suya que, aunque sarcástica, no escondía la misma malicia detrás—.

—Os odio. Os odio a todos. A todos. Por eso mismo.

Alma no sabía a qué se refería.

—¿Qué quieres decir? Ni siquiera te conocía.

—¡A ti sólo no, estúpida, niñata, engreída! Crees que todo gira siempre a tu alrededor, que eres el centro de todo—. Cada una de sus palabras se arrastraba la una con la otra, como si en vez de pronunciarlas, las escupiera—. No eres nada. Menos que nada. ¡Nada!

Alma apenas la escuchaba. Intentaba encontrar la forma de llegar a ella y comenzaba a tener una idea aproximada de cómo hacerlo.

—Román mencionó algo de un íncubo —dijo Alma—. ¿Es eso lo que buscas tú también?

—Así que el peón ha hablado —dijo casi de manera inaudible—. El peón no tenía que hablar. Malo, peón malo. ¡Malo! ¡Malo! ¡Malo! —terminó gritando, varias veces—. Tendré que castigarlo, luego.

En cierto modo, era evidente que aquella mujer no estaba cuerda del todo, pero fuera como fuese, había estado detrás de todo.

—¡Habla claro, de una puta vez, bruja loca! —gritó Alma.

Su intención no era tanto sonsacarle nada coherente, como ganar algo más de tiempo y terminar de recobrar el aliento.

La bruja gruñó, llena de rabia, e hizo un gesto con la mano, en el aire. Varias ramas se movieron hasta detenerse a escasos metros de cada uno de los miembros del grupo desaparecido, incluida Cintia.

—Ahora, te vas a abrir bien de piernas —dijo la bruja— y vas a dejar que te follen hasta que él aparezca. Y cuando lo haga, le pedirás que te dé por cada uno de tus agujeritos. Sí, sí, te va a gustar. Te va a gustar. Si no lo haces… adiós, amiguitos.

Alma recordó las palabras de Román, en las que mencionaba a Leviatán ¿Ese era el demonio al que quería traer?

—Si los matas, podré traerlos de vuelta después.

Aquellas palabras sirvieron para que la mujer perdiera un poco su pose de confianza. Tuviera razón o no, aquello la hizo dudar. Ese momento de vacilación fue la señal que necesitaba.

Sin mediar palabra, Alma se lanzó alrededor de la bruja, con largos saltos que cambiaban ligeramente de dirección para esquivar cualquier posible ataque.

—¡Sigue corriendo, pajarito! ¡Sigue corriendo! —gritó entre carcajadas la bruja.

De vez en cuando, le lanzaba alguna de sus ramas, pero, por lo general, en cuanto veía que Alma hacía amago de abalanzarse sobre ella, volvía a levantar aquel muro de enredaderas, desalentando cualquier intento.

Alma continuó moviéndose alrededor de aquella maldita loca hasta que, en un momento dado, se lanzó hacia ella de nuevo. Como era de esperar, la bruja alzó de nuevo su defensa, pero Alma, en esta ocasión, pasó de largo, a gran velocidad. Todavía en el aire, agarró la cuerda, con la que, a escondidas, había estado enrollando los troncos de los que se rodeaba la bruja y tiró con fuerza para cambiar de dirección. Como consecuencia, regresó velozmente, como si fuera un yoyó, hacia aquella mujer a la que, esta vez, pilló desprevenida. Las pocas ramas y troncos que la protegían por detrás no fueron suficientes para detenerla.

Alma la agarró de la nuca y la bruja gritó de sorpresa. Antes de que pudiera ordenar a aquellos tallos que la empalaran, apretó la mano con todas sus fuerzas. No sabía el daño que podría hacer, pero era la única opción que tenía. La carne cedió, no sin cierta dificultad, hasta dar con las vértebras cervicales, que se fracturaron con un sonido similar al producido por las mismas ramas que utilizaba para atacarla.

Cuando quiso darse cuenta, la cabeza de su atacante, caía hacia delante, a medio cercenar y detrás, el resto de su cuerpo, que quedó atrapado entre los brotes que habían servido para protegerla.

La bruja había muerto.

Alma se dio un pequeño respiro antes de recordar que, instantes antes, había puesto en peligro a Cintia y al resto de los desaparecidos. A pesar de su bravuconería anterior, desconocía si, en caso de haberles sucedido algo, podría ser capaz de traerlos de vuelta.

Con el temor de que todo hubiera servido para nada, corrió a comprobar su estado. Para su alivio, todos parecían estar intactos —«María, no. Ella no está tan bien» —habló de nuevo su voz interior.

Cintia permanecía acurrucada en el suelo, tan indefensa como la recordaba, no lejos del falso trono utilizado por la bruja. Tenía todo el cuerpo cubierto de cardenales, mordiscos y marcas producidas por latigazos.

Alma se agachó a su lado y dejó escapar varias lágrimas. Sólo deseó que, si conseguía traerla de vuelta, no llegara a recordar nada de todo aquello. Ojalá ninguno lo hiciera.

Dudó unos instantes antes de tocarla. No tenía muy claro cómo proceder. ¿Bastaba con pensar en ella para que volviera a ser la de siempre?

Sin saber qué más hacer, la agarró por la muñeca y trató de traer a su cabeza la imagen que tenía de ella. Cintia abrió la boca, como si fuera a decir algo, pero luego no ocurrió nada. Tenía la mirada tan perdida como antes.

Alma se llevó las manos a la cabeza, desesperada. Después de todos sus esfuerzos, no podría rescatar a ninguno de ellos.

En cierto modo, era normal, al fin y al cabo, apenas los conocía. No había nada que los uniera, más allá de lo sucedido los últimos días. Alain, Emilio y ella habían compartido infinidad de cosas a lo largo de los años, por no mencionar su último encuentro juntos.

Alma pensó en aquello y entonces recordó aquel momento en el baño con Cintia. Quizás no estuviera entre las experiencias más gratificantes de su vida, pero, sin duda, fue algo importante para ambas, una unión que ninguna de las dos podría olvidar.

No tenía nada que perder. Debía hacerlo.

Alma comenzó a acariciar los pechos de aquella Cintia de mirada vidriosa. En cuanto lo hizo, su cuerpo comenzó a reaccionar, de manera exagerada, con suspiros incontrolados. Supuso que, ante el dolor y la falta de contenido, la más mínima muestra de cariño o placer supondría un torrente de sensaciones abrumadoras para ella.

No sabía cuánto tiempo dispondría antes de que más de aquellas criaturas apareciesen a buscarlos, por lo que decidió abandonar cualquier prolegómeno. Le separó las piernas y se sumergió entre ellas, dispuesta a ofrecerle las caricias a las que anteriormente se vio reticente.

Primero, besó la comisura de los labios que allí se ocultaban, para, posteriormente, lamer con suavidad y profundidad cada uno de sus pliegues y prominencias. El sabor, a diferencia de lo que había imaginado, no resultó tan desagradable como pensaba y, ante las reacciones de Cintia, se sorprendió al comprobar que aquello también provocaba algo en ella.

Su amante involuntaria gimió, jadeó y se retorció con cada una de las intromisiones llevadas a cabo por una lengua y unos dientes deseosos de traerla de vuelta. Llegado el momento, su frágil cuerpo se tensó, en medio de pequeños espasmos, y, finalmente, lo único que quedó fue el silencio.

Por un momento, Alma no se atrevió a moverse, incapaz de enfrentar la realidad de una Cintia ausente a la que acababa de violar inútilmente. Desconsolada, comenzó a llorar y se encogió sobre sí misma. Por primera vez, desde que se adentrara en aquella oscuridad maldita, tuvo el deseo de que todo terminara. Quizás, si se esforzaba lo suficiente, podría sobreponerse a la consciencia de Alain y traer de vuelta la herida de la pierna o, incluso, simplemente desaparecer.

Con los sollozos, comenzó a temblar y fue en ese instante cuando una voz familiar, que ya daba por perdida, la llamó dubitativa. Al alzar la mirada, descubrió a Cintia, erguida sobre los codos, mientras trataba de entender qué estaba pasando. Volvía a llevar el vestido negro corto con el que la había conocido.

—Alma, ¿qué está pasando? ¿Dónde estamos?

Cintia intentó levantarse y Alma se adelantó para impedírselo. Gracias a esa providencia que parecía haber estado acompañándola durante todo aquel viaje de pesadilla y a pesar de haberse dado por vencida, en ningún momento había dejado de tocarla. Si se separaba de ella, podría perderla de nuevo, esta vez para siempre.

—¡No te muevas! Cariño, por lo que más quieras, no te muevas.

Sin saber qué estaba sucediendo, Cintia se limitó a obedecerla, con una confianza que dio un mínimo de sentido a todo el dolor y el peso de las decisiones que había tomado hasta entonces. Volvió a llorar, pero esta vez de felicidad.

Sin pensarlo demasiado, se abrazó a Cintia, para después besarla. Ella, sorprendida, tardó en reaccionar, pero acabó correspondiéndola.

Pasado aquel momento, que no supo muy bien cómo descifrar, Alma se preguntó si sería capaz de traer a los demás de vuelta. Ni siquiera sabía si los que quedaran tendrían alguna posibilidad de sobrevivir a los monstruos que los esperarían en su camino de regreso.

Debía pensar en algo.

Jorge Serrano Celada