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relatos Cielo Rojo

Íncubo – Capítulo 20

marzo 15, 2020
Mujer sentada

Capítulo 20 – Nuca más

Cintia resopló varias veces, antes de atreverse, si quiera, a acercar las manos. Su prima, Alisa, yacía en el suelo de aquella falsa catedral, desnuda y tan ausente como había estado ella misma, pocos minutos antes. Al igual que los otros, tenía varias marcas de mordeduras y cardenales —algunos bastante feos— que serpenteaban por costillas, piernas y brazos.

—¿Qué es lo que le han hecho? —sollozó Cintia desconsolada.

Alma sospechó que, tal como había deseado, Cintia apenas recordaba nada de lo que ella misma habría vivido y dio gracias por ello. El estado de su prima no era mucho peor que el suyo cuando la encontró. Si acaso, Alisa carecía de las heridas por latigazos con los que la bruja debía de haberse ensañado con su prima —«Probablemente para hacerte daño» —dijo de nuevo su voz interior. A este paso, tendría que ponerle un nombre.

—Recuerda, intenta tener una imagen clara de ella y, si tienes un momento especial o algo con ella, piensa en él —dijo Alma.

Ahora, las dos estaban unidas por la misma cuerda. Alma la había atado cuidadosamente alrededor de sus cinturas, dejando la distancia suficiente entre ambas como para moverse con cierta libertad. Una lógica sencilla, que carecía de cualquier razonamiento contrastado, la llevó a colocar a Cintia en el extremo final. Si Alain era quien la mantenía consciente, ella hacía lo propio con Cintia, como una cadena de anclajes.

—Antes, se teñía el pelo del primer color que se le ocurría —dijo Cintia con cierta nostalgia—. Cuanto más llamativo, mejor. Siempre ha sido la más valiente de las dos. Aunque aquella vez, fui yo quien dio el primer paso…

Alma no sabía a qué se refería, pero el tiempo apremiaba. En cualquier momento, podrían aparecer aquellas cosas y no sabía si sería capaz de defenderlas.

—Cintia, date prisa. Si vienen….

La del vestido negro y corto la miró con un brillo decidido en los ojos que hasta ahora nunca había dejado entrever, siempre débil e indefensa. Algo, a otro nivel diferente de la mera compasión y el impulso maternal de protegerla, comenzó a fraguarse en el interior de Alma. Sin embargo, ahora no tenía tiempo de averiguar qué significaba. Primero, debía sacarlas de allí.

Cintia exhaló un último suspiro y apoyó sus manos sobre el cuerpo de su prima. Por un momento, pareció que no iba a suceder nada, pero, después, algo cambió. En un instante, Alisa pasó de estar desnuda y magullada a vestir unos vaqueros largos combinados con una camiseta que, por alguna razón, estaba empapada y dejaba entrever el sujetador que había debajo. Sin embargo, lo más llamativo era su pelo, también hundido, que ahora era de un salvaje color morado.

En cuanto se incorporó, Alma comprobó que los cambios no se detenían ahí. Parecía más joven, no mucho más, quizás unos ocho o diez años, pero lo suficiente como para tener la edad de una universitaria.

—¿Cintia, ¿qué ha pasado? ¿Dónde estamos? —preguntó Alisa, totalmente confundida—. ¿Dónde está toda la gente?

Cintia no la dejó hablar y se abrazó a ella con todas sus fuerzas.

Alma decidió darles un respiró y optó por acercarse al estudiante de la barba y pelo prominentes, que permanecía, también en el suelo, a pocos metros de allí. Al contemplarlo, con lo que compartía homónimo se le cayó a los pies. Además de las mismas heridas que ya había visto en los demás, le faltaba parte del brazo izquierdo. La herida que cerraba el muñón había sido cauterizada de mala manera y la quemadura parecía estar infectada. A diferencia de los otros, el estudiante se retorcía por el dolor, aunque su nivel de consciencia era tan limitado como el del resto de los abducidos.

Alma intentó traer a su cabeza el recuerdo más vivido que tuviera de él, pero lo cierto era que apenas lo conocía. Posó las manos sobre su pecho y rezó para que sirviera de algo. Así permaneció varios minutos, antes de darse por vencida.

Antes de empezar, sabía cuál iba a ser el resultado. Con Cintia había funcionado porque habían compartido algo entre ellas, pero no había nada que la uniera a los demás. Ni siquiera sabía cuál era su nombre.

Quizás, si consiguiera llevarlos de regreso, los que quedaban en el restaurante podrían traerlos de vuelta. Sin embargo, no podía arrastrarlos, sin más, por todo el camino de vuelta. Ahora era más fuerte, pero no creyó que fuera capaz de cargar con ellos y defenderlos de los monstruos.

Alma se levantó y se dirigió al portón de la entrada. Las puertas daban paso al pórtico, tras el cual se perdían las escaleras infinitas que la habían llevado hasta allí. A lo lejos, los rayos de tormenta iluminaban a ráfagas, entre aquella noche sempiterna, las nubes que había debajo y que ocultaban lo que había más allá.

Se echó hacia atrás y cerró, con inusitada facilidad, los dos grandes portalones, que chirriaron al unísono, resonando por el interior de la catedral. Se arrodilló frente a las dos puertas y colocó las manos sobre ellas. La cuerda de su cintura se colaba bajo ellas y desaparecía al otro lado. Por alguna razón, había sentido la necesidad de cerrarlas. Como un mago que cubría el contenedor en el que haría aparecer algo milagrosamente, creyó que la única manera de lograr lo que deseaba sería dejar que la magia de aquella oscuridad —ahora, más bien noche— hiciera su trabajo sin que la observaran.

Alma se concentró únicamente en aquella cuerda, en ese cordón umbilical que las mantenía con vida o, al menos, lúcidas. Debía ser más corta, mucho más corta.

Rezó para que sus esfuerzos se superpusieran a los de Alain, que estaría intentando lo contrario, aunque, probablemente, a esas alturas, de manera menos consciente.

La cuerda se retorció por unos instantes e incluso tiró de ella hacia la puerta. Por un momento, pensó que quizás había cometido un error y que las consecuencias de aquella imagen serían desastrosas, pero, después, no ocurrió nada más.

Esperó unos segundos, antes de intentar abrir las puertas de nuevo. Si tenía razón, la cuerda sólo habría reducido su longitud, sin romperse, a lo largo del espacio comprendido entre el restaurante y aquella catedral. Para ello, el único resultado posible era que, al otro lado de aquel pórtico, estuviera esperándoles el Carl’s Jr del que parecían haber pasado cientos de años desde su partida.

Decidida a averiguarlo, empujó los dos grandes portones. Sin embargo, lo único que la aguardaba al otro lado era la frustración de comprobar que nada había cambiado. Los escalones se perdían igualmente entre aquellas nubes negras que destellaban vivas a cada instante.

Desesperada, se acercó al borde de aquel inmenso precipicio al que daba paso el primer peldaño. La escalera era tan estrecha que no creyó, siquiera, que las dos chicas pudieran descender por ella sin caer al abismo, menos aún, llevar consigo varios pesos muertos. Aquella nefasta elección de palabras la llevó a sufrir otra de sus famosas punzadas de culpabilidad.

Estaba a punto de volver a la catedral —quizás si las tres se ponían a ello, consiguieran lo que ella sola no había logrado—, cuando divisó algo bajo aquella espesura de tormenta. Era un destello, pero distinto a los que bailaban, fugaces, entre aquellos nubarrones negros cargados eléctricamente. Este permanecía en su sitio y era de un color mucho más amarillento y menos intenso. Debía de proceder de la extensión que discurría a los pies de aquella escalera.

Era el restaurante. Tenía que ser eso. Quizás no había conseguido traerlo hasta las puertas mismas de la catedral, pero estaba segura de que antes no había estado allí.

Decidió volver con Cintia y su prima, pensando en la forma de bajarlos a todos —quizás, podría hacerlo en varios viajes—, cuando escuchó un grito procedente del interior de la catedral.

Alma se apresuró a averiguar qué sucedía y, en cuanto entró, descubrió que varias criaturas habían alcanzado al estudiante, que aún se retorcía de dolor, ajeno a aquellas presencias. En esta ocasión, no se parecían a nada que hubieran visto antes. Del tamaño de un balón de fútbol, tenían un aspecto casi arácnido, con cuatro patas articuladas y un pequeño aguijón en el centro. En lo que sería la cabeza —o quizás fuera el cuerpo—, llevaban una especie de bolsa arrugada.

En cuanto una de aquellas cosas llegó a su abdomen, le clavó el aguijón y la bolsa de la cabeza —o el cuerpo— comenzó a llenarse de un líquido rojo. Lo desangraba a una velocidad inconcebible, como si no se limitara a robar lo que le ofrecía, sino que lo estuviera absorbiendo.

Otra de aquellas cosas se subió a su pecho e hizo lo mismo. El cuerpo del estudiante comenzó a convulsionarse y a agitar los brazos, como si pidiera ayuda.

Alma fue a atacarlas, pero una advertencia de Cintia la llevó a comprender que estaban siendo rodeados. Cientos de aquellas cosas, prácticamente ocultas entre aquella oscuridad carmesí, descendían por las paredes y se dirigían hacia los cuerpos indefensos de sus compañeros. Aunque momentáneamente Alma podía inmovilizar a algunas con la mirada, había tantas que era imposible detenerlas.

Cintia señaló horrorizada a una de las dos hermanas —la única que había sobrevivido hasta entonces—. Decenas de aquellas cosas habían invadido su cuerpo, cubriéndolo por completo, y comenzaban a hinchar sus bolsas.

Ninguno de sus compañeros tendría alguna posibilidad, pero si Alma se enfrentaba a aquellas cosas podría morir en el intento, abrumada por su número, o, peor aún, conseguir que Cintia —y Alisa, ella también, por supuesto— fuera alcanzada por alguna de esas criaturas.

—¡Tenemos que salir de aquí! —gritó Alma.

Alisa, que ni siquiera comprendía lo que estaba sucediendo, comenzó a tirar de su prima, siguiendo el consejo que les había dado.

—Pero…, ¡y los demás? —preguntó Cintia.

Alma tragó saliva y dudó un instante.

—¡No podemos hacer nada por ellos! ¡Vamos! —respondió Alma.

Las tres, con Cintia y Alisa agarradas de la mano, salieron de aquel sitio de pesadilla. Mientras huían, Alma tuvo tiempo de atisbar, de cerca, el cuerpo inerte de Andrés —el pobre hombre al que Román lanzó a la oscuridad—. Bajo un tumulto de aquellas cosas, su piel, ahora atestada de venas con un feo aspecto varicoso, había adquirido el tono cerúleo de un cadáver. No creyó que siguiera con vida.

—«Lo siento, lo siento de verdad, pero no puedo ayudaros» —se dijo a sí misma.

Mientras salían de allí, se prometió que nada en el mundo haría que perdiera a más de los suyos. Nunca más.

Jorge Serrano Celada