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relatos Cielo Rojo

Íncubo – Capítulo 21

marzo 22, 2020
Escalera en la noche

Capítulo 21 – Que así fuera

La charla de Emilio sobre las bondades de la última serie de televisión que tenía en parrilla comenzaba a ser insuficiente. El sueño seguía empeñado en aletargar el dolor de cabeza que lo atravesaba como una cuchilla clavada lentamente en el cerebro. Alain comenzaba a sospechar que quizás pudiera estar sufriendo una conmoción o algo mucho peor.

De vez en cuando, su compañero le profería un grito al oído y eso servía para traerlo al mundo consciente. En cierta forma, él era su anclaje.

Si, al menos, tuvieran algún tipo de señal, algo que les indicara que Alma seguía viva, al otro lado —y consciente—.

Como si aquel deseo se hubiera hecho realidad, de repente —quizás de la misma forma que aquella oscuridad era capaz de proporcionar bolígrafos de diversos colores y espadas japonesas a medio hacer—, la cuerda que sujetaba entre las manos se tensó y comenzó a agitarse bruscamente.

Emilio soltó un juramento y cayó de culo hacia atrás. Alain, igualmente sorprendido, estuvo a punto de perder la soga, pero volvió a aferrarla con todas sus fuerzas.

—¿Qué cojones? —volvió a exclamar Emilio.

Apenas duró unos segundos, pero aquello atrajo la atención del estudiante y de la empleada, que se acercaron, no con poca reticencia, a averiguar qué había sucedido.

—Es ella —dijo con total seguridad Alain—. ¡Tiene que ser ella!

—Alma… —confirmó Emilio.

—¡Que alguien se acerque al dibujo del almacén! —dijo Alain, en referencia al grabado del símbolo en sangre, descubierto por Alma.

El estudiante pareció despertar de su letargo y se ofreció voluntario.

—¡Lleva un cubo con agua, jabón y estropajo! —prosiguió Alain—. ¡En cuanto te digamos, ni lo dudes, intenta borrarlo como sea!

El estudiante asintió y Sonia, la empleada, que parecía haberse recompuesto del intento de agresión, consiguió reunir el coraje suficiente como para ofrecerle su ayuda.

—Ven, te diré dónde puedes encontrar lo que necesitas —dijo ella.

Antes de que se marchara, Emilio estuvo tentado de decirle algo, pero pareció comprender que no habría palabras que pudieran borrar lo ocurrido y, por un momento, volvió a hundirse en sí mismo. Alain temió volver a perderlo, pero, acto seguido, inspiró profundamente y asintió decidido.

—Es ella —dijo él—, definitivamente es ella.

Alain se rodeó la mano con la cuerda. No estaba dispuesto a soltarla por nada del mundo.


El descenso por aquellas escaleras infernales había parecido complicado mientras atravesaban aquellas nubes de tormenta y rezaban por no ser alcanzadas con alguno de los cientos de rayos que tronaban a su alrededor. Apenas podían ver nada y debían asegurar cada paso que daban, con Alma a la cabeza y Cintia y Alisa detrás —en el orden de la cadena de anclajes, correctamente establecido—. Sin embargo, dejar las nubes detrás no fue mucho mejor.

En cuanto la claridad de la noche, alimentada únicamente por el fulgor intermitente de aquellos relámpagos, permitió atisbar el abismo que se extendía a su alrededor, el miedo impidió que Cintia y Alisa avanzaran erguidas. Ambas se vieron obligadas a bajar cada escalón prácticamente aferradas al suelo.

Aquella construcción era tan estrecha que apenas habrían podido pasar dos personas de su complexión, a la vez. En cualquier caso, el vendaval gélido que amenazaba con derribarlas y la ausencia de barandillas, con una caída de varios cientos de metros a ambos lados, tampoco invitaban a intentarlo.

Alma era la única que se mantenía en pie y tranquila. Lo cierto era que se veía capaz de descender por aquellos peldaños incluso a zancadas, sin embargo, no podía abandonar a las otras dos y debía asegurarse de que nada más las atacara —recordó la aparición de una de esas cosas, cuando era acarreada por otra de ellas, como una bolsa de la compra, por aquella escalera—.

Desconocía cuánto tiempo llevaban recorriendo aquella bajada interminable, quizás fueran varias horas. De vez en cuando, Alisa conseguía superar su pánico y lanzaba preguntas a Cintia sobre lo que estaba sucediendo. Por lo poco que pudo captar Alma, aquella Alisa no era la misma que había estado en el restaurante. No recordaba nada de lo ocurrido durante los últimos diez años, menos aún de su violación, el secuestro o las torturas a las que se habría visto sometida después. Quizás, aquello fuera el regalo perfecto concedido por su prima. Sólo debía mantenerse viva para conservarlo.

Alma pudo comprobar que algunas de las construcciones colosales que había visto alzarse a su alrededor, mientras era llevada arriba, habían cambiado o sido sustituidas por otras. El caballo gigantesco con patas de insecto ahora desplegaba unas alas de murciélago, con una envergadura difícil de estimar, y el rascacielos, que anteriormente se perdía entre las nubes, había desaparecido por completo. Aquel sitio parecía estar vivo, probablemente tan sometido a los subconscientes de sus habitantes —si es que algo así era concebible— como había demostrado ser a los suyos propios.

Cuando llevaban algo más de la mitad del recorrido, Alma creyó oír algo y pidió a las otras dos que se detuvieran. El viento helado, que no había dejado de castigarlas en ningún momento, apenas dejaba escuchar nada, pero estaba segura de que había sido algún tipo de aleteo. ¿Habría pájaros en aquel lugar? No lo creyó posible.

Alma se mantuvo en guardia y, poco tiempo después, una criatura alada apareció frente a ellas. A diferencia de las cosas que los atacaron en el restaurante, su figura desnuda era completamente femenina, sin ningún atisbo de apéndice entre las piernas. Sin embargo, sus reminiscencias humanas terminaban ahí. En la cabeza, si es que se la podía denominar de esa forma, disponía únicamente de dos astas enormes que cubrían la mayor parte del rostro, dejando sólo espacio para una boca diminuta y ocupando el lugar donde deberían estar los ojos o la nariz. Tanto de las clavículas como de la espalda surgían dos pares de alas emplumadas que alcanzarían fácilmente los tres o cuatro metros de longitud. Como no podía ser de otra forma, manos y pies terminaban en garras afiladas, que estaban destinadas a destrozar todo lo que tocaran.

Las habilidades de inmovilización surtieron efecto y, en cuanto la divisó, aquella suerte de arpía quedó congelada en el aire, ajena a las leyes físicas que pudieran gobernar en aquel infierno.

Al verla, Cintia y Alisa soltaron un grito e intentaron huir hacia arriba.

—¡No os mováis! —gritó Alma sin apartar la mirada de la criatura—. ¡Permaneced en el suelo!

Desde donde estaba, no tenía forma de alcanzar a aquella cosa y si intentaba saltar hacia ella, corría el riesgo de arrastrar a Cintia y a Alisa detrás.

En ese momento, escuchó otro aleteo detrás y, para cuando quiso reaccionar, algo la golpeó en el hombro, desgarrándolo y casi consiguiendo que se precipitara al vacío.

Una segunda criatura, idéntica a la anterior, se unió a la otra. Había probado su carne, por lo que se movía con total libertad delante de ella.

—Hija de puta… —exclamó Alma.

El dolor en el hombro era considerable. La herida que le había provocado sangraba copiosamente, empapando la transparencia que daba paso al cuello de su camiseta. Apenas había sido un instante y, sin embargo, había conseguido provocarle un daño severo. No creyó que el objetivo de aquellas cosas fuera sexual, al menos, no con ellas.

La primera criatura, aún susceptible a su influjo visual, había desaparecido de su vista, mientras la otra se movía amenazante delante de ellas. Era evidente que intentaban atacar por ambos flancos.

Si sólo hubiera sido una de esas cosas, podría haberse defendido por un tiempo, pero con dos de ellas, Alma no tenía forma de proteger a las chicas y a sí misma a la vez.

Se acercó a sus protegidas, para, al menos, cerrar las posiciones.

La criatura que aún podía controlar se acercó por detrás y, en cuanto pudo tenerla a la vista, la inmovilizó con la mirada. Sin embargo, la otra aprovechó aquella circunstancia para intentar atacar a Cintia y, al tratar de impedirlo, la primera se liberó y consiguió acertarla en el brazo.

Alma aulló de dolor y se vio obligada a hincar la rodilla. Ahora, las dos criaturas estaban libres de su control. ¿Significaba eso que estaban acabadas?

No, después de todo lo que habían pasado y de la promesa que se había hecho en aquella catedral, no dejaría que nadie más sufriera por su impotencia. Únicamente necesitaba sus armas y para eso, sólo tenía que cogerlas. Nada más. Era así de simple, ¿no?

—Coge el arma, Alma, sólo eso —se dijo a sí misma.

Se llevó la mano a la espalda, a la altura de la cinturilla del pantalón, donde, antes de perderla, había conservado la Beretta de 9 mm. No encontró nada. Desesperada, trató de tranquilizarse y volvió a insistir, esta vez, concentrándose en el recuerdo de todas las veces que había realizado aquel mismo gesto y el resultado había sido otro. En esta ocasión, sus dedos dieron con algo y, cuando pudo percibir la rugosidad familiar de la culata, suspiró aliviada.

Inmediatamente después, comenzó a disparar a aquellas cosas indiscriminadamente. A diferencia de las otras, estas sí chillaron, sorprendidas al verse heridas. Una de ellas recibió varios tiros en el pecho y tuvo la suerte de caer sobre las escaleras, donde permaneció contorneándose furiosamente. La otra intentó escapar, pero Alma consiguió darle en la espalda y cayó al vacío.

Alma se aseguró de que las chicas estuvieran bien y, después, se colocó a pocos peldaños de la criatura que aún seguía viva, a suficiente distancia como para que no pudiera alcanzarla con aquellas garras que no dejaba de sacudir. Le disparó varias veces más y, luego, la empujó fuera de una patada.

Cuando todo hubo terminado, se permitió descansar un poco y se dejó caer sobre los escalones. Al poco tiempo, Cintia apareció por detrás y le examinó el hombro.

—¿Cuántas veces vas a tener que salvarme? —preguntó ella, mientras desgarraba parte de la falda de su vestido para hacer con ella una venda improvisada y cubrirle la herida—. Quiero ser como tú.

Alma no sabía qué decirle.

—No soy tan fuerte como piensas. Estoy tan aterrada como los demás —contestó Alma—. Sólo utilizo lo que nos da este sitio.

—Enséñame cómo.

Alma sonrió. Definitivamente había algo más en Cintia que sólo la chica desvalida e indefensa que hasta ahora había visto. Pidió a Alisa que se acercara y les contó todo lo que había vivido desde su incursión en la oscuridad.

Varias horas después, llegaron al final de la escalera y allí estaba. Las luces del Carl’s Jr resplandecían como un faro a lo lejos. El restaurante formaba parte de una estructura en piedra que imitaba el edificio al que pertenecía en el mundo real. Sin embargo, la entrada parecía estar horadada, probablemente tanto como la oscuridad había conseguido adentrarse en ella. De alguna manera, estaba siendo devorado por aquel sitio. Lo más extraño era que, alrededor del edificio y tras él, se apelotonaba una larga estela de infinidad de estatuas humanas, de gran tamaño, que parecían intentar detener el supuesto avance de aquella construcción, como si estuviera en movimiento.

—«Ahora no, pero antes sí, cuando lo he traído antes de donde quisiera que estuviera» —pensó Alma.

A su alrededor, se elevaban numerosas construcciones de diversos tamaños y temáticas, incluidos edificios que recordaban a los que se encontraban, en el mundo real, en las proximidades del restaurante.

Ya casi habían llegado. Unos pocos metros y volverían a casa.

Esperó que así fuera.

Jorge Serrano Celada