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relatos Cielo Rojo

Íncubo – Capítulo 22

marzo 29, 2020
Ser en la oscuridad

Capítulo 22 – Leviatán

Gracias a la providencia, la oscuridad de la noche, interrumpida únicamente por los relámpagos que acompañaban a aquella constante tormenta eléctrica, no permitía apreciar, por completo, el detalle grotesco de todo lo que las rodeaba. Si en un principio, Alma había llegado a la conclusión de que las construcciones alzadas aquí y allá, sin ningún tipo de coherencia o planificación, parecían responder a una suerte de imitación o parodia del mundo real, ahora, estaba segura de que eran producto del odio más absoluto hacia la especie humana.

Junto a las creaciones más grandes y evidentes, se alzaban, por todas partes, infinidad de estatuas de diversos tamaños —algunas de varios metros y otras de unos pocos palmos—. Muchas de ellas, al igual que sucedía en la fachada de la catedral, representaban a humanos sometidos sexualmente por monstruos de toda índole. El nivel de detalle era muy diverso. Había algunas en las que apenas se distinguía lo que pretendían escenificar y otras que parecían ser reales.

Sin embargo, lo que realmente enfatizaba el desprecio hacia los humanos era el nivel de violencia presente en ellas. En la mayoría, hombres y mujeres eran torturados o incluso descuartizados durante lo que sería el acto sexual.

El primer fogonazo eléctrico, tras terminar de descender las escaleras y adentrarse en unas calles de imitación, que dio lugar al descubrimiento de aquella obra retorcida, consiguió enmudecer a las tres supervivientes.

Cintia se llevó las manos a la boca y Alisa tuvo que ahogar una exclamación. Por un momento, Alma se interpuso entre ellas y aquel horror artístico, como si también pudiera protegerlas de las amenazas más abstractas.

Frente a ellas, la estatua más cercana mostraba a un ser cubierto de pelo, similar a un oso, pero sin hocico y con sendos cuernos en la cabeza. Bajo sus garras, retenía a una mujer desnuda, a la que le arrancaba un pedazo del hombro, con los dientes que perfilaban su enorme boca, mientras la penetraba por detrás.

No lejos de allí, la figura de una criatura bípeda, de menor tamaño, con colmillos tanto en la boca como en las cavidades donde deberían haber estado los ojos, atravesaba el pecho de dos hombres, a la vez, con su brazo terminado en unas garras enormes, como si fuera una brocheta de carne improvisada. De su espalda, surgían dos apéndices fálicos con los que ensartaba a sus dos víctimas, sodomizándolas.

A su lado, otra estatua representaba a una mujer desnuda, que había sido encadenada con las piernas en las manos, mientras un pequeño demonio la empalaba vaginalmente con una especie de lanza que la atravesaba por completo.

El horror de aquellas esculturas se repetía en infinidad de escenas repartidas por todas partes.

—Tenemos que continuar. No podemos pararnos —dijo Alma.

Cintia y Alisa se abrazaron y bajaron las cabezas, intentando evitar, en la medida de lo posible, contemplar aquellas monstruosidades.

A ambos lados, se alzaban varios edificios solitarios, que Alma pudo reconocer de entre los que se levantaban junto al restaurante en el mundo real. Uno de ellos, de hecho, correspondía al que alojaba las oficinas en las que trabajaban Emilio, Alain y ella, sin embargo, como todo en aquel lugar, parecía una caricatura del original. Estaba hinchado por el medio e infinidad de personas —o sus extremidades— asomaban por las ventanas, como si estuviera a punto de reventar.

Al fondo, no tan lejos de allí, la luz del restaurante, rodeada por aquellos colosos que parecían haber luchado por retener su avance, parecía la de un faro que guiara sus pasos. En cierto modo, así era, de igual forma que la cuerda era la senda a seguir.

Alma apretó el paso y obligó a las otras dos a que hicieran lo mismo.

Mientras se encaminaban hacia su destino, en varias ocasiones, creyó vislumbrar algo de movimiento en la periferia de su ángulo de visión, pero ya fuera porque no había nada allí o porque, al contemplar lo que se escondiera entre las sombras, quedaba inmovilizado, en ningún momento llegó a distinguir nada.

A mitad de camino, cuando aquella burda representación de edificios fue dejada atrás, algo cambió a su alrededor. Al principio, ninguna de ellas supo interpretar qué era.

La colosal estatua de caballo, ahora alada, se alzaba sin nuevos cambios aparentes en la lejanía. Incluso, las pirámides que Alma pudo divisar, durante su ascenso a la catedral, parecían haberse mantenido inmutables, con sus formas asimétricas, todo ese tiempo. Entonces, ¿cuál era la diferencia?

—¿No decías que había un muro gigantesco alrededor? —comentó Alisa, de repente.

La prima de Cintia estaba en lo cierto. Desde su llegada a aquel sitio, tras abandonar la oscuridad que había dado vida a sus peores pesadillas —las de Alain y las suyas propias—, aquel muro de varios kilómetros de altura había estado siempre presente, sin embargo, ahora, parecía haberse desvanecido. Aunque era imposible discernir qué había más allá, era evidente que el cielo de la noche y lo que hubiera debajo se extendían sin límite alguno.

Por alguna razón, para Alma, aquel cambio fue un presagio de algo terrible por venir y decidió que era hora de echar a correr.

Mientras se dirigían hacia el restaurante, que cada vez parecía estar más lejos, esta vez, pudo escuchar y divisar algo a su alrededor. Cientos de criaturas se aproximaban hacia ellas, por todas partes, rodeándolas. Algunas, aparecieron de entre los recovecos del edificio en el que se situaba el restaurante y les cortaron el paso.

—¡Mierda! —exclamó Alma, cuando no les quedó más remedio que detenerse.

Apenas estaban a una veintena de metros de la entrada. La luz de su interior arrancaba infinidad de sombras alargadas de todo lo que encontraba en su camino.

Los monstruos, de tan diversas formas y tamaños como los mostrados en las estatuas que habían dejado atrás, formaron un círculo a su alrededor y permanecieron a la espera. Entre ellos, pudo distinguir a algunos que ya conocían, tanto de sus enfrentamientos anteriores, como de las figuras que acababan de contemplar.

Cintia y Alisa se habían separado ligeramente, esta vez, preparadas para lo que pudiera venir.

—«Buenas chicas» —pensó Alma, sin tener muy claro cómo salir de allí.

Cada vez que contemplaba a aquellas criaturas, las inmovilizaba con sus poderes de visión. Quizás, esa fuera la clave. Si se esforzaba en controlar a las que tenían delante, quizás tuvieran tiempo de llegar a la puerta, sin que las demás pudieran alcanzarlas. Sí, podrían lograrlo. Ahora, sí.

Iba a explicarles a sus dos compañeras aquel amago de lo que no se podría ni denominar un plan, cuando se desató un vendaval enorme sobre ellas que las obligó a echarse al suelo. El cielo pareció abrirse de repente y una figura titánica apareció de entre las nubes.

Parecía una especie de serpiente marina, a juzgar por las aletas laterales y dorsales que coronaban su cabeza y parte del cuerpo. Sin embargo, decir que era gigante no servía para transmitir el tamaño de aquella cosa. Su boca estaba enfilada por numerosos colmillos, que bien podrían haber rivalizado en altura con la de un pequeño edificio de pocas plantas. Con cada exhalación, desde cada uno de sus orificios nasales, se formaban pequeños torbellinos que arrancaban todo a su paso y amenazaban con derribarlos de nuevo. Sus ojos tenían el mismo fulgor rojizo que el emitido por el rosetón en la catedral e iluminaban todo a su alrededor, como si estuvieran bajo un sol crepuscular.

Alma no tardó en darse cuenta de que aquel muro de varios kilómetros de altura, visible desde cualquier punto, en aquel lugar, no había sido tal, sino aquella criatura, de la que habían estado rodeados, en todo momento.

El resto de monstruos abrieron el círculo aún más, claramente, temerosos ante aquel ser y Alma tomó aquello como la señal que estaba esperando. Si se dejaban afectar durante mucho más tiempo por la magnitud de aquella criatura, corrían el riesgo de que las dominara el pánico y no pudieran moverse.

—¡Ahora, vamos! —gritó Alma y tiró de Cintia, antes de echar a correr.

Apenas se desplazaron unos pocos metros, antes de que la serpiente abriera sus fauces y emitiera un rugido terrible que hizo temblar el suelo. Las tres perdieron el equilibrio y cayeron al suelo sobrecogidas. En ese instante, varios rayos comenzaron a impactar en la criatura, que se sacudió en el cielo, agonizante. Pronto, se desató toda una tormenta eléctrica alrededor de aquel gran monstruo.

Por un instante, Alma creyó que el tronar de los rayos, junto con aquellos rugidos feroces, conseguiría destrozarle los tímpanos. Cerró los ojos e intentó taparse los oídos, acurrucada en el suelo. Nunca en su vida se había sentido tan pequeña e indefensa, ni siquiera bajo los abusos de la Belén de su infancia.

Así permaneció hasta que, finalmente, todo cesó de repente.

Al poco tiempo, mientras las tres intentaban incorporarse, el resto de cosas que las rodeaban iniciaron su propia proclama salvaje, con gruñidos, gritos y chillidos, algunos de los cuales llegaban a helar la sangre.

Cuando Alma divisó el cielo, comprobó que la serpiente gigantesca había desaparecido. En su lugar, a pocos metros, una figura recortada por la luz proyectada desde el restaurante se erguía frente a ellas. Aunque inicialmente parecía humana, en forma y tamaño, lo cierto era que se asemejaba más a una sombra. Sus ojos brillaban de igual forma a la que lo habían hecho los de la serpiente y su contorno parecía difuminarse constante.

Aquel ser, alzó el brazo, dirigiéndolo hacia Alma y cuando habló, su voz, grave y profunda, pareció resonar por todas partes, como si todavía estuvieran en la catedral.

—Me perteneces.

Aquella afirmación sirvió para que una única palabra se formara en la cabeza de Alma.

—«Leviatán…».

Jorge Serrano Celada