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relatos Cielo Rojo

Íncubo – Capítulo 23

abril 5, 2020
Mujeres en la oscuridad

Capítulo 23 – Simplemente lo hizo

Había visionado aquella entrevista una docena de veces y todavía no se había acostumbrado a verse en la pantalla del televisor. Alma escuchaba su propia voz, en respuesta a las preguntas que le hacía el periodista, y sonaba como si fuera la de otra persona. Aún recordaba el calor de los focos en la cara y la presión de las cámaras. Los del estudio le habían dicho que sería normal. Simplemente debía estar tranquila y limitarse a responder las preguntas con naturalidad. Una mierda. Desde la seguridad de su trono, el presentador intentó acorralarla en varias ocasiones, con preguntas que ni siquiera habían pactado previamente.

El móvil volvió a sonar, por décima vez, aquella mañana, desde otro número desconocido y simplemente lo ignoró.

Habían pasado tres semanas desde su huida de aquel infierno y, en definitiva, el mundo no estaba preparado para saber que todo el rollo bíblico —o, al menos, la parte más oscura— era real.

—La primera etapa es la negación… —dijo para sí.

En cuanto pronunció aquellas palabras, Argi, su precioso setter inglés, al que había echado de menos más que a nada en el mundo, le propinó un generoso lametazo en la cara. Tenía el hocico completamente empapado de agua, por lo que aquella muestra de comunicación fue especialmente húmeda.

Alma se apartó, con una expresión en la cara que iba a camino entre el disgusto y la aprobación, y estuvo a punto de derramar, sobre el sofá, la bebida que acababa de prepararse mientras esperaba a que llegara su cita.

—Argi, te mato —dijo ella sonriente, a la vez que se limpiaba la mano con la que sostenía el vaso.

En aquel momento, deseó más que nunca fumar un cigarro, aunque sólo fuera una pequeña calada. El hecho de no hacerlo respondía, en parte, al origen de sus propios nervios —también, por supuesto, a la necesidad de dejarlo—. Cintia y ella no se habían vuelto a ver desde todo lo ocurrido y, por fin, habían quedado para comer. Por supuesto, ir a un restaurante no había sido una opción —probablemente, nunca más lo fuera—, por lo que Alma había decidido invitarla a su casa.

Qué significaba aquello era precisamente lo que quería averiguar y, quizás, por eso, había optado por maquillarse y usar una lencería que no esperaba la visita de una amiga.

Un goterón del kalimotxo derramado recorrió su antebrazo y amenazó con ensuciar la blusa para cuya elección había dedicado más de cuarenta y cinco minutos, a base de prueba y error. Decidió ir al lavabo.

Delante del espejo, volvió a verse en el baño de aquel restaurante, mientras intentaba quitarse el esputo que aquella malnacida acababa de echarle en el pelo. Por instinto o por algo más profundo, se llevó la mano a la cabeza y examinó el lugar donde había tenido la suerte de recibir aquel presente. Obviamente, su pelo, ahora, lucía limpio y bastante más controlado que aquel día. Sin embargo…

Inclinó la cabeza hacia delante e intentó atisbar el cuero cabelludo. No tenía ni idea de por qué estaba haciendo algo así, pero, en cualquier caso, soltó un suspiro de alivio al comprobar que allí no había nada. ¿Qué había esperado encontrar?

Sus preguntas quedaron sin respuesta al sonar de repente el timbre. Era ella, por fin había llegado.

Cuando Cintia apareció por la puerta, sonriente, con una bolsa del Kashmir Palace —un restaurante indio que había a pocos metros de su casa—, algo en el pecho de Alma dio un pequeño vuelco y sus temores se hicieron realidad. Lo estuviera o no, la veía deslumbrante y su deseo por ella, alimentado durante días de incertidumbre y dudas, la arrolló con fuerza. Nunca se había sentido de aquella manera por otra mujer y ni siquiera sabía cómo manejarlo.

Después de una intranscendental comida en la cocina —con Argi de implacable carabina—, en la que la conversación giró, esencialmente, alrededor de la adaptación de ambas a su nueva situación, decidieron trasladarse a la sala, donde podrían tomar algo más cómodas. Curiosamente, a diferencia de lo que había sucedido durante aquellos días en el restaurante, ahora era Cintia la que parecía estar llena de seguridad y confianza. Alma, en cambio, sentía que estaba en terreno totalmente desconocido y tenía que esforzarse por no evidenciar en su voz los temblores que la dominaban.

—¿Ahora eres tú la que está nerviosa? —le preguntó Cintia mirándola fijamente.

Alma no supo qué decir y se limitó a soltar una de sus sonrisas sarcásticas. Para intentar esconder sus nervios, fue a darle un sorbo al vino que se habían servido ambas, sin embargo, Cintia se acercó y se lo impidió.

Le quitó la copa y, después de dejarla sobre la mesa, se inclinó sobre ella. Su perfume con olor a rosas grabó a fuego aquel momento. Alma ni siquiera se molestó en pretender que no sabía lo que estaba pasando. Su cuerpo temblaba de emoción y su piel parecía chisporrotear ante su mera cercanía.

—Cintia, yo, no sé…

No pudo terminar aquellas palabras que, por otro lado, tampoco sabían qué decir. Cintia la besó en los labios, dulcemente, primero, y profundamente, después cuando Alma decidió responderla. Acto seguido, sin decir nada, como si se dispusiera a pagar sus deudas, su compañera de fatigas en aquel infierno le desabrochó los dos primeros botones del pantalón y deslizó la mano por debajo de ellos. Cuando aquellos dedos alcanzaron su entrepierna, Alma suspiró y cerró los ojos.

Sin confesárselo a sí misma, desde su regreso al mundo real, había deseado aquello innumerables veces. Había vuelto una y otra vez a su momento con ella en el baño, que, en su imaginación, pasaba a ser menos aséptico de lo que fue o a su intento de traerla de vuelta, en aquella catedral, donde ahora tenían todo el tiempo del mundo para continuar lo empezado, sin que nada las interrumpiera.

Mientras los labios de Cintia la hacían estremecer, con pequeños mordiscos centrados en su cuello, y sus dedos se paseaban por los pliegues ocultos de su entrepierna, cuya humedad evidenciaba, con total honestidad, el deseo que la embriagaba, Alma rememoró, inconscientemente, la pesadilla que las llevó a conocerse.

Si algo bueno había salido de todo aquello había sido precisamente eso.

«Salir», por alguna razón, aquella palabra sonó extraña en su cabeza.

Mientras se perdía en aquellos pensamientos, Cintia le bajó los vaqueros hasta las rodillas, con inusitada facilidad, y, después, tras contemplar brevemente su ropa interior, hizo lo propio con la última prenda. Desnuda de cintura para abajo, Alma jamás habría imaginado verse en una situación como aquella. Sexualmente nunca había sentido deseo alguno por otra mujer y, sin embargo, ahora, se moría por que Cintia le separara las piernas y la besara donde hasta no mucho antes la había estado acariciando.

—Di que me deseas y lo haré —dijo Cintia, como si hubiera estado leyéndole la mente—. Di que eres mía y que me perteneces.

«Me perteneces». ¿Dónde había escuchado aquellas palabras?

—Soy tuya, toda tuya, pero hazlo ya —exclamó Alma jadeante.

Cintia sonrió, pero no con la calidez y la ternura que la caracterizaban, sino con un brillo lascivo, casi malicioso. Le separó los muslos, todo lo que le permitieron los pantalones, y recorrió, con la lengua, el ombligo y el vientre, hasta llegar, finalmente, a su ansiado destino. Cuando dio con la protuberancia más sensible de su entrepierna, Alma se arqueó hacia atrás y soltó un gemido prolongado. Fue como el derribo de una muralla de contención que apenas soportaba más peso.

Aquellas últimas palabras pronunciadas por Cintia regresaron de nuevo a su cabeza, con una molesta insistencia, empecinada en sacarla de aquel momento. ¿A quién se suponía que le pertenecía? Había escuchado aquellas palabras antes.

Mientras Cintia le lamía, mordisqueaba y succionaba, a partes iguales, cada uno de los puntos erógenos ocultos en su bajo vientre, la agarró de los muslos con fuerza y le clavó las uñas dolorosamente.

—«Salir» —insistió su mente de nuevo.

¿Por qué esa palabra la obsesionaba? Ahora, el placer y el dolor se entremezclaban de una manera extraña y, por un momento, no supo por cuál de los dos gritaba.

¿Cómo salieron de aquel lugar? Trató de rememorarlo, pero lo último que recordaba era… Leviatán, él fue quien pronunció aquellas palabras, justo antes de…

En aquel momento, Alma comprendió que todo aquello era una farsa. Nunca llegaron a escapar de aquel sitio y, por tanto, aquella no era su casa ni esa era…

—¡Cintia! —gritó Alma desesperada.

El profundo sonido de un trueno la trajo de vuelta desde el idílico supuesto mundo real, al lugar de pesadilla y monstruos que, en realidad, nunca había abandonado. Aquella cosa la había engañado para que se ofreciera a ella voluntariamente y había sido lo suficientemente idiota como para caer en su juego.

Sin saber cómo, permanecía en el suelo, con aquella figura, en forma de sombra, tendida sobre ella. Parte de aquella cosa parecía estar fundiéndose con su piel, como si quisiera entrar en ella o simplemente poseerla. A lo lejos, Cintia y Alisa gritaban su nombre, sin saber qué hacer, mientras detrás de ellas, la horda de criaturas rugía enardecida.

—¡Suéltame, cabrón! —gritó Alma, a la vez que intentaba defenderse. Sin embargo, cada golpe se hundía en aquella cosa, como si estuviera hecha de alquitrán. Con cada movimiento, parecía enfangarse más en ella.

Aquello era su fin, lo supo a ciencia cierta. No tenía forma de liberarse. Pero, al menos, podía hacer algo por los demás.

—¡Cintia, marchaos! ¡Tenéis que dejarme! —Cintia, que lloraba impotente, no pareció reaccionar y Alma se vio obligada a insistir—. ¡Ahora, antes de que no pueda abriros camino!

Esperó con todas sus fuerzas que aquellas palabras sirvieran para hacerles entender lo que pretendía.

Alisa cogió a su prima y se la llevó hacia la entrada del restaurante. Allí, las esperaban unas pocas criaturas, pero en cuanto estuvieron a punto de echarse sobre ellas, Alma trató de ignorar a la cosa que la estaba devorando viva y se concentró en intentar inmovilizarlas.

Cintia y Alisa consiguieron pasar a través de ellas, al principio confundidas y después decididas, al comprender lo que estaba sucediendo. Después, desaparecieron de su vista.

Aliviada, Alma procuró darles todo el tiempo posible y e intentó mantener aquella parálisis mientras aún pudiera hacerlo. Pronto, aquel ser la consumiría por completo y todo acabaría.

Cuando la mayor parte de su cuerpo estaba cubierto por aquel lodo negro y lo único que alimentaba su esperanza era ver desaparecer aquel restaurante, algo tiró de ella de repente. Era la cuerda que tenía en la cintura. Realmente no fue algo evidente, sino, más bien, como un amago o una tentativa.

No tuvo tiempo de preguntarse nada más. Instantes después, la cuerda la arrancó literalmente de aquel ser y la lanzó por los aires, en dirección al restaurante.

El demonio que había estado a punto de poseerla rugió con el mismo poder que el demostrado por su contraparte titánica, pero no pudo impedir que se le escapara.

Alma sobrevoló, a toda velocidad, la veintena de metros que la separaban de la entrada iluminada del Carl’s Jr y aterrizó en los brazos de Alisa y Cintia, que la recibieron como si apenas pesara nada. De alguna manera, supo que no era así. Cuando les contó todo lo relacionado con sus nuevas habilidades, ambas le pidieron que intentara con ellas lo que Alain le había dado a ella. Alma accedió, pero sin tener muy claro que fuera a funcionar. Ahora, sin embargo, aquellas dos chicas indefensas, hacían gala de una fuerza sobrehumana, similar a la que ella misma había utilizado para enfrentarse a esas criaturas.

Sin embargo, no tenían tiempo para tales apreciaciones. Detrás de ellas, al otro lado de aquella noche, bajo la iluminación de las lámparas del restaurante, Alain y Emilio las esperaban ansiosos y con gritos que las invitaban a entrar inmediatamente. Así lo hicieron y, en cuanto atravesaron la luz, Alain gritó hasta desgañitarse.

—¡Javier, ahora! ¡Bórralo ya!

Por unos segundos, sin saber muy bien cómo, Alma esperó que todo volviera a la normalidad y que el mundo real apareciera ante ellos, iluminado por un sol que casi había olvidado. Sin embargo, no ocurrió nada. Al mirar hacia la oscuridad, comprobó que ahora no era tal, sino la noche que se había revelado tras su resurrección. Desde donde estaba, podía divisar el mundo retorcido del otro lado y, lo que era más importante, las criaturas, deformes y horribles, que pugnaban, inmovilizadas, por entrar.

—Javier, ¡qué está pasando? —volvió a gritar Alain.

En ese momento, aunque Alma evitó girarse para no perder de vista a los monstruos contenidos por sus poderes visuales, supo que una de las dos empleadas, la que se llamaba Sonia, acababa de entrar desde el pasillo.

—¡Lo hemos borrado, no hemos dejado nada! —dijo ella.

—Chicos, ¿qué pasa? —preguntó Alma.

En ese instante, Emilio se dejó caer en el suelo, totalmente derrotado. Aquella reacción y la de Alain, que se mantuvo en silencio, sirvieron para que Alma comprendiera que sus esperanzas de huir de allí acababan de esfumarse.

—Es el dibujo, ¿verdad?… No ha funcionado.

Hasta ese momento, todo había girado en torno a una única idea, de la que ninguno había contemplado la posibilidad de que no fuera a funcionar. Quizás porque, de haberlo hecho, no habrían podido llegar tan lejos. Todos habían dado por supuesto que el dibujo, garabateado en la entrada del almacén con sangre, era lo que los mantenía allí. Una vez que todos estuvieran de vuelta, sólo tendrían que borrarlo para regresar, pero, simplemente, no había funcionado.

—No sé qué más hacer —dijo, por fin, rendido Alain—. Podría haber algún otro que se nos esté pasando, pero lo más probable es que no haya manera de regresar. Lo siento, de verdad que lo siento.

Aún bajo los efectos de la adrenalina y, sin ser muy consciente de todo lo que estaba pasando, Alma repasó todo lo sucedido, con la esperanza de encontrar alguna pista más. Alain acababa de mencionar la posibilidad de que hubiera otro dibujo y, por alguna razón, estaba convencida de que era así. Había algo que se les estaba escapando.

—¡Román, él tiene que saber algo! —gritó Alma.

Emilio le colocó una mano en el hombro.

—Está muerto. Se escapó y… se llevó a algunos por delante. Tuvimos que defendernos. Ya no hay nada que nos pueda decir.

Alma comenzó a hiperventilar. Tenía razón. No muy lejos de allí, había un rastro evidente de sangre. No sabía qué era lo que había sucedido en su ausencia, pero no creyó que los de allí lo hubieran tenido tampoco demasiado fácil.

Aquel hijo de puta se la había jugado hasta el final. Seguramente, se había ido ocultando algo, como…

—¡El tatuaje! —gritó Alma, de repente. Ninguno supo a qué se refería—. ¡Cuando discutí con él, ocultó un tatuaje en el pecho!

Alain se encogió de hombros.

—Vale la pena revisarlo —dijo y salió de su campo de visión.

Tras unos segundos que parecieron horas, Alain soltó un juramento.

—¡Tienes razón, es el mismo dibujo!

Lo sabía, el muy cabrón estaba unido, de alguna manera, a lo que los mantenía allí. Debía de formar parte del hechizo o lo que fuera aquello.

—¡Tenéis que borrarlo! ¡Ya! —gritó de nuevo Alma. Al hacerlo, se giró inconscientemente y algunas de las criaturas del otro lado consiguieron entrar parcialmente. Ahora, la entrada era un amasijo de cuerpos, extremidades, hocicos, colmillos y garras. Los gruñidos y chillidos de aquellas cosas inundaban el restaurante y apenas dejaban lugar para la cordura.

Instantes después, se escuchó una voz profunda, desde lo que podrían haber sido todas partes, que no tardó en reconocer y que hizo temblar las paredes.

—¡Me perteneceess…! —dijo Leviatán, arrastrando las últimas letras.

—¡Ahoraaa…! —volvió a gritar Alma, justo a tiempo de ver cómo Emilio clavaba un cuchillo sobre el pecho del cadáver de Román.

Después, sólo hubo silencio.

Por momentos, Alma temió que aquello tampoco había funcionado y que habían vuelto al punto de origen. Fuera del restaurante, la oscuridad parecía haber regresado y no podían distinguir nada de lo que había más allá. La entrada había vuelto a recuperar el espacio perdido, aunque las puertas seguían tan destrozadas como antes de ser engullidas por la nada. Sin embargo, las criaturas habían desaparecido.

—¿Estáis todos bien? —preguntó Emilio. Nadie contestó.

Alma se puso en pie y lentamente se dirigió hacia la oscuridad. Aún tenía la cuerda atada a su alrededor, pero finalmente parecía haber llegado a su límite y, ahora sí, colgaba seccionada tras de sí.

—¡Alma, no! ¡Sin la cuerda, no! —gritó Alain, pero ella decidió ignorarlo.

Cuando estaba a un palmo de la oscuridad, Alma extendió la mano y la introdujo lentamente.

—No pasa nada —dijo, mientras se giraba hacia los demás.

Justo en ese instante, varias luces de alta potencia, procedentes del exterior, los deslumbraron a todos. Un sonido particular, similar al de una hélice, resonó a lo lejos, acompañado de un pequeño vendaval que nada tenía que ver con los levantados por la criatura titánica a la que se habían enfrentado momentos antes.

—Salgan todos, lentamente, de uno en uno y con las manos en alto —dijo una voz metálica desde el otro lado.

Alma miró a los demás y todos parecieron comprender que acaban de escuchar un megáfono y lo que, sin duda, sería un helicóptero.

—Creo…, creo que hemos vuelto —dijo Alma y varios de sus compañeros de pesadilla, no supo decir cuales, se abalanzaron sobre ella para abrazarla—. Creo que hemos vuelto…

Epílogo

Esposada y vestida únicamente con un mono blanco, Alma permanecía sentada en una fría silla de acero, frente a quien supuso que sería un soldado o, quizás, algún cargo militar más importante, ataviado con un traje de protección y una máscara antigás.

Era la séptima o la octava vez que le tomaban declaración y estaba completamente agotada. Cada vez que alguna de sus palabras contradecía lo relatado las anteriores veces, la acosaban con nuevas preguntas y la obligaban a repasarlo todo.

Desde luego, la versión que había dibujado Leviatán para ella de aquellos hechos no tenía mucho que ver con la realidad. Aquí no había habido entrevistas en la televisión ni nada parecido.

A su salida del restaurante, los esperaba un contingente militar y policial e infinidad de medios de comunicación. En cuanto pusieron un pie en la calle, a punta de subfusil, fueron obligados a tumbarse en el suelo, con las manos en la cabeza y, tras ser inmovilizados, fueron arrestados y separados en diferentes furgones.

No sabría decir cuánto tiempo la mantuvieron en aquel vehículo, pero en cuanto la sacaron, la obligaron a cambiarse de ropa y la metieron en aquella habitación, que parecía sacada de la sala de interrogatorios de una película barata, espejo de pared incluido.

Le tomaron varias muestras de sangre y después comenzaron los interrogatorios.

Tras finalizar aquella última versión de los hechos, el hombre del traje de protección salió de allí, sin decir nada, y volvió a dejarla sola.

Alma estaba tremendamente cansada y comenzaba a dolerle la cabeza. Sin darse cuenta, se llevó la mano a la sien y, entonces, se dio cuenta de que acababa de romper las esposas que la mantenían maniatada, con suma facilidad.

—Todavía lo tengo —exclamó casi en un susurro.

Como el color de aquel bolígrafo cambiante, lo que fuera que le diera Alain parecía haber sobrevivido a su regreso al mundo real. Como para corroborarlo, propinó un puñetazo suave a la mesa, también metálica, y ésta se abollo profundamente.

Alma se contempló el puño como en su momento hiciera el camionero en el restaurante, pero por motivos diferentes.

De repente, algo recordado de la fantasía propiciada por Leviatán la llevó a mirarse en el espejo. Era consciente de que muy probablemente hubiera alguien del otro lado para monitorizarla, pero llegados a ese punto, ya no le importaba demasiado.

Inclinó la cabeza y, tal como hiciera en aquel lavabo de fantasía orquestado por Leviatán, se separó el pelo, allí donde la bruja le había escupido.

Tuvo que ahogar una exclamación, al comprobar que, tal como había temido, grabado en su cuero cabelludo, de la misma forma que lo habría estado en el pecho de Román, se entreveía el dibujo que habían descubierto en el almacén.

Alma se echó hacia atrás y, en ese momento, entraron varios soldados, esta vez armados, pero con los mismos trajes de protección.

Mientras la inmovilizaban, Alma comprendió que, de alguna manera, aquello estaba lejos de haber terminado.

Lo primero que tendría que hacer sería buscar a Cintia, después, ya verían cómo terminar definitivamente con todo aquello.

Con tres hombres, bien entrenados, sobre ella, tratando de inmovilizarla, decidió levantarse y salir de allí.

Simplemente lo hizo.

FIN

Jorge Serrano Celada