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relatos Cielo Rojo

Íncubo – Capítulo 15

febrero 9, 2020
Niña en la oscuridad

Capítulo 15 – La mataría

A medida que ascendía por la vieja calle empedrada que conducía a la representación de su antiguo colegio, Alma sentía que algo tiraba de ella. Era como si los recuerdos de sus años, en aquel lugar, trataran de imponerse sobre los de la mujer adulta que era hoy.

Para cuando dejó atrás los portales desvencijados que recorría todos los días de pequeña y llegó a lo que se atisbaba de la plaza que precedía a aquel odiado edificio, volvía a ser la niña de catorce años, aún sin desarrollar y con problemas de obesidad, a la que todos apodaban «almanteca».

No se extrañó, por tanto, cuando descubrió que a su alrededor se había formado una turba reconocible de sus antiguos compañeros. Aunque durante años había olvidado intencionadamente hasta sus caras, ahora podía pronunciar los nombres y apellidos de la mayoría de ellos.

Volvía a vestir su viejo uniforme de jersey azul y falda gris que le llegaba hasta las rodillas. Su aspecto, desaliñado e infantil, nada tenía que ver con la sexualidad incipiente que desprendía el de las dos que ahora se habían adelantado para esperarla. Una de ellas, Belén, la más alta y de peinado sofisticado —la peor de las dos—, dejó caer sus cosas, le dijo algo a la otra y sonrió maliciosamente.

Instantes después, se acercaron a ella y, entre ambas, la zarandearon a empujones, sin pronunciar palabra. En la cabeza de Alma, sin embargo, podía escuchar claramente cada uno de sus insultos y las razones de su supuesto enfado.

Alma había sido la única en aprobar un examen que todos los demás habían calificado de injusto y, en un claro caso de falta de visión pedagógica, había sido puesta como ejemplo. No es que ninguna de aquellas dos —ni los demás que se limitaban a observar— necesitara demasiadas excusas para hacerle la vida imposible, pero aquello había sido como el relato de una muerte anunciada.

Alma sabía que no había nada que pudiera hacer. Rezó para que todo se limitara a aquella humillación, sin embargo, era evidente que un simple escarnio público no sería suficiente para saciar la sed de sangre de aquellas dos. En un momento dado, Belén decidió pasar a mayores y le propinó un puñetazo en el estómago. Alma se vio obligada a agacharse y dejarse caer de rodillas.

Lo siguiente que supo es que una de las dos, no pudo asegurar cuál, le propinaba un par de patadas en las costillas, con todas sus fuerzas, a la vez que la llamaba «bola de sebo». En realidad, ninguna de las dos dijo nada, pero en los recuerdos de Alma, las descalificaciones sonaban con tal fuerza que se superponían a aquella escenificación realista, como el doblaje de una película barata.

Mientras estaba en el suelo, pudo contemplar la desnudez de los árboles —Platanus hispanica, según la clase de ciencias— que vigilaban silenciosos aquella plaza. A pesar de que eran denominados plátanos de sombra por la protección que ofrecían, habían sido podados y despojados de todas sus hojas. Sin embargo, más allá de la oscuridad que se cernía alrededor de ellos y que la versión infantil de Alma, en esos momentos, no era capaz de percibir, había algo en ellos que resultaba diferente. Sus ramas parecían retorcerse de una manera extraña y, en algunos casos, llegaban hasta el suelo, como brazos dispuestos a atraparlos.

Sus pensamientos, enseguida, volvieron a lo que de verdad importaba, cuando una de sus dos maltratadoras la agarró del pelo, con las dos manos, y la arrastró por el suelo. Acto seguido, Belén se subió a horcajadas sobre su pecho y le enseñó lo que llevaba en la mano. Era un cuchillo de carnicero. La hoja resplandeció, sin que nada la iluminara, cuando la pasó por delante de su cara.

Aquello no estaba bien, algo no era como —recordaba— debía ser.

Trató de pedir ayuda, mientras la cara de Belén se estiraba, perdiendo sus rasgos más humanos, y el maquillaje, del que tanto se enorgullecía, se cuarteaba, como si fuera una costra reseca.

A lo lejos, junto a la puerta de entrada al colegio, las observaba, indiferente, una de las profesoras. Su rostro le era extrañamente familiar, aunque, como aquel cuchillo y todo lo que estaba sucediendo, no terminaba de encajar con todo lo demás. A su lado, había otra alumna, a la que no podía verle la cara. Estaba desnuda y parecía demasiado mayor para ser una estudiante.

Incluso ante los ojos aún infantiles de Alma, la manera en la que esa profesora, a la que no reconocía como tal, tocaba a aquella alumna no dejaba de resultar obscena. Tenía la mano en la entrepierna de aquella chica y sonreía con la lengua fuera —«completamente agrietada, como si la hubiera cortado con una hoja de afeitar»—.

La «no-Belén» reclamó su atención, cortándole la mejilla lentamente con aquel cuchillo. Alma gritó de dolor y, llorando, suplicó que se detuviera. Su otra compañera volvió a tirarle del pelo, desde atrás, y la obligó a girar la cara hacia un lado. Acto seguido, la que tenía el cuchillo comenzó a lamerle el cuello hasta llegar a la herida que acababa de hacerle. Su aliento olía a huevos podridos, tal como siempre había imaginado que la Belén de verdad debería de hacerlo.

Más allá, Alma comprobó horrorizada que las ramas de aquellos plátanos de sombra habían vuelto a cambiar y ahora se cernían sobre ellas. Estiró la mano, como si tratara de impedirlo y descubrió que algo se enredaba entre sus dedos. Era una cuerda de nailon, para embalar, y parecía estar atada a su cintura.

En ese instante, la farsa se vino abajo y la Alma adulta volvió a recuperar su lugar. Los recuerdos de todos los acontecimientos que la habían llevado hasta aquel mismo lugar cayeron sobre ella, atropellados, y, por un momento, creyó que perdería la cordura.

En cuanto se recuperó mínimamente, encaró a su atacante, que se disponía a clavarle aquel cuchillo en el pecho e, interponiendo la rodilla entre ambas, se la quitó de encima con facilidad.

Al incorporarse y mirar a su alrededor, comprobó que el resto de imitaciones de niños mostraban las mismas caras desfiguradas que la «no-Belén». Esta última, ahora, no parecía tan alta y se mantenía frente a ella, con los brazos abiertos, como si fuera una bestia dispuesta a atacarla en cualquier momento.

Alma respiró aliviada al comprobar que su cuerpo volvía a ser el mismo de siempre y que aún disponía de sus armas.

Si bien, ahora, el resto de «no-niños» parecían sufrir de la misma inmovilidad que los demás monstruos, no era el caso de las dos, surgidas de sus propios recuerdos, que la habían golpeado y tirado al suelo.

—Es porque he dejado que me tocaran —se dijo a sí misma.

La que la había tirado del pelo atacó de repente desde atrás, abalanzándose sobre ella y mordiéndola en el cuello. Alma reaccionó inmediatamente, girando el hombro hacia delante y tirando de ella para quitársela de encima. Aunque no pudo evitar que le marcara los dientes, la herida que dejó detrás fue sólo superficial. Si hubiera tardado unos segundos más, podría haber resultado fatal. Tendría que tener cuidado.

Alma tomó el cuchillo táctico que había guardado en el pantalón y adoptó una postura defensiva. En esta ocasión, no podría contar con su habilidad para inmovilizar a las criaturas. Al menos, no a las dos que tenía delante.

Era consciente de que tampoco podía abarcar con la vista a los demás «no-niños» por completo y que, a medida que se prolongaba aquel enfrentamiento, se acercaban cada vez más. Debía actuar con rapidez y salir de allí.

La «no-hijadeputa» que le había mordido antes corrió hacia ella, siempre en silencio. Ahora, sus dientes eran afilados y los ojos, inhumanamente alargados, se habían vuelto amarillos. Reconocía aquella imagen de una pesadilla que la había atormentado durante muchos años después de haber abandonado aquel colegio.

Alma consiguió mantenerse calmada y en cuanto la tuvo a la distancia adecuada, se apartó lo suficiente para desequilibrarla y lanzarla al suelo. Después, apoyó el antebrazo en su cuello y mientras intentaba revolverse le clavó el cuchillo en la sien, con fuerza. La hoja de acero, afilada para cortar materiales aún más duros, no tuvo problemas para atravesar el cráneo. La criatura, que más allá del uniforme colegial, poco tenía ya que ver con el recuerdo que tenía de una de sus principales maltratadoras, dejó de moverse al instante.

Alma se preparó para el consiguiente ataque de «no-Belén», pero en ese instante, algo le atravesó el muslo, causándole un dolor que nunca jamás había experimentado. Su grito se perdió en la inmensidad de aquel lugar sin límites.

Una rama de árbol ensartaba su pierna como si fuera una lanza improvisada. Aunque no lo había visto moverse, supo que el plátano de sombra al que pertenecía acababa de atacarla y que no era el único. Toda una enredadera de tallos de otros árboles se orientaba hacia ella, sin que en ningún momento hubiera sido consciente de aquella transformación. Debían de moverse lo suficientemente despacio como para no llamar su atención.

Alma no tuvo tiempo de mucho más. La «no-Belén» decidió atacarla mientras estaba inmovilizada y no tuvo más remedio que girarse, sobre sí misma, para quebrar el brote de madera ensartado y apartarse justo a tiempo. El dolor fue tan intenso que, por un momento, perdió todo el aire de los pulmones. El cuchillo de carnicero consiguió acertarla en el brazo y, mientras se arrastraba, comprobó que, ahora, una segunda rama atravesaba el suelo donde segundos antes había estado ella.

Intentó ponerse en pie e ignorando el dolor que amenazaba con dejarla inconsciente huyó cojeando hacia el único lugar por el que tenía paso libre entre aquellos «no-niños», la entrada al colegio. Tuvo tiempo de mirar de reojo hacia atrás y comprobar que la «no-Belén» había dejado de perseguirla.

—«Me están guiando hacia allí» —pensó a duras penas entre la agonía que le proporcionaba la herida de la pierna.

Cuando empujó las puertas de barrotes metálicos, chirriaron con un eco profundo que resonó por todo el interior. Mientras cruzaba al otro lado, fue consciente de que la profesora y la alumna que los habían estado observando habían desaparecido.

No tuvo que razonarlo demasiado para comprender que aquella «no-profesora» debía de ser la misma mujer que, junto con Román, había comenzado todo aquello.

En cuanto tuviera la oportunidad, mataría a aquella bruja.

Jorge Serrano Celada