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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 01

agosto 9, 2020
Avión en la oscuridad

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Inamovible

A las 9:25 de la mañana, el Airbus A320 de Iberia, bautizado como Museo Guggenheim Bilbao y procedente de La Coruña, sobrevolaba el espacio aéreo controlado por el aeropuerto de Bilbao a la espera de que el control del tráfico le concediera la pertinente autorización de aterrizaje.

Aunque el día estaba despejado, el viento soplaba desde el suroeste, lo que provocaba fuertes turbulencias que sacudían el aparato ostensiblemente, para sorpresa y temor de los pasajeros menos experimentados en aquel trayecto.

Cada vez que se zarandeaba, se escuchaban varias voces ahogadas a las que seguían algunas risas nerviosas.

Todos permanecían en sus asientos, algunos distraídos con lecturas variadas y otros pendientes de las maniobras del avión o del paisaje, siempre bajo la atenta mirada de los auxiliares de vuelo.

Un hombre de unos cincuenta y cinco años, de complexión robusta y vestido con un jersey que parecía más adecuado para otras épocas del año menos calurosas, se aferraba con fuerza a ambos reposabrazos. Los dedos, temblorosos, se le habían tornado en blanco por el esfuerzo, sudaba copiosamente y mantenía los ojos cerrados mientras murmuraba algo, nervioso.

Al verlo, la auxiliar más cercana, con infinidad de horas de vuelo a sus espaldas, decidió saltarse los protocolos y se levantó para intentar tranquilizarlo. Sabía perfectamente lo que podía suceder en una situación como aquella si alguno de los presentes entraba en pánico. A veces, era mejor doblar un poco las normas y evitar así males mayores.

Mientras se dirigía a la butaca de aquel hombre, una nueva turbulencia la obligó a sujetarse entre dos asientos y estuvo a punto de perder el equilibrio. Esta vez, hubo algún que otro grito de exclamación.

—Este ha sido de los fuertes —dijo alguien.

En cuanto llegó a su lado, le tocó suavemente en el hombro y este pegó un respingo de sorpresa. Ella le sonrió con una expresión bien estudiada. A veces era mucho más efectivo que cualquier otra cosa que pudieran decirles.

—Estese tranquilo. Son solo turbulencias —dijo ella con tono amable.

—Gracias…, es solo que no me gusta los aviones —respondió aquel hombre con una sonrisa algo más forzada.

—¿Quiere que le traiga algo para entretenerse mientras aterrizamos?

Antes de que él pudiera responder, se escuchó un gran estallido, como el disparo de una pistola, seguido de varios gritos asustados y una extraña polvareda que cubrió toda la cabina de pasajeros.

La auxiliar, que había intentado divisar la procedencia de aquella explosión, se tomó unos segundos antes de reparar una vez más en quien había provocado que se levantara. Ahora permanecía con la cabeza inclinada hacia abajo y una intensa mancha roja había empezado a extenderse en su pecho.

—¿Señor? —lo llamó a la vez que lo empujaba suavemente.

No tardó en darse cuenta de que estaba muerto.

Justo en el asiento que tenía enfrente se había formado un pequeño agujero de un pocos centímetros. Cuando comprobó el estado de quien se sentaba delante, descubrió a un niño que agitaba el cuerpo inerte de la que sería su madre, también muerta.

Pronto, varios gritos y sollozos comenzaron a surgir, aquí y allá, entre todos los presentes. Algunos repetían los actos de aquel niño pronunciando los nombres de sus acompañantes y otros pedían auxilio por ellos, incapaces de detener la sangre de sus heridas.

Todos los de aquella fila parecían haber sido atravesados por algo.

¿Qué estaba pasando?

No tuvo tiempo de encontrar la respuesta. El aire se había enfriado de repente, una neblina blanquecina de condensación había sustituido a la polvareda que se había formado antes y tenía los oídos completamente taponados. Antes de que las máscaras de oxígeno saltaran de sus compartimentos, la auxiliar supo que el avión estaba en proceso de despresurización.

Lo que fuera que hubiera matado a aquellas personas debía de haber perforado el fuselaje.

—¡Estad en calma y colocaos las mascaras de oxígeno! —gritó ella mientras otra compañera hacía lo propio en la zona de cola.

En ese instante, una de las compuertas de equipaje se abrió violentamente y varias bolsas de mano cayeron al suelo. Una de ellas desparramó su contenido y un objeto recorrió el pasillo desplazándose lentamente hacia la parte delantera hasta chocar contra sus pies. Lo recogió y comprobó que era una lápiz de labios.

El avión debía de estar inclinado hacia abajo en pleno descenso. Sin embargo, durante la fase de aterrizaje lo normal era que el movimiento de cabeceo fuera el contrario, con el morro hacia arriba para que el viento frontal compensara la pérdida de velocidad y sustentara el aparato.

El pánico, que hasta entonces había sabido mantener a raya a base de deformación profesional, amenazó con dominarla.

Decidió que lo mejor sería investigar e hizo un gesto a su compañera en la zona de cola para que se aproximara.

—Laura, ¿qué está pasando? —le preguntó aquella, visiblemente más alterada, cuando se hubo acercado.

—No lo sé. Creo que hemos chocado con algo.

—¿Con algo?, ¿cómo que con algo?

No tenía tiempo para explicaciones. Tomó de los hombros a su compañera y la miró fijamente a los ojos.

—Tengo que averiguar qué es lo que está ocurriendo. Encárgate de mantener tranquila a la gente. ¡Qué no se muevan de sus asientos!

La otra asintió, aún confundida, y sin más dilación salió de allí.

Mientras se dirigía hacia la cabina de mando, pudo comprobar que en la zona de primera clase la situación no era diferente. Todos los de aquella fila estaban tan muertos como en las butacas de más atrás. La gente se debatía entre intentar respirar a través de las máscaras y atender a los caídos. Algunos gritaban horrorizados y otros parecían estar en choque.

Las escenas se repetían en una suerte de terribles diapositivas, algunas más dantescas que otras. Muchas de las heridas, la mayoría en el pecho, parecían simples agujeros de bala, casi tan asépticas como en las películas, pero en el caso de los niños… ¡Dios mío, sus caras!

Decidió no mirar más y cuando llegó a la altura de la puerta principal el corazón le dio un vuelco. Su compañero yacía en su asiento con la misma herida que el resto de pasajeros. En su caso, quizás por estar posicionado en sentido contrario, tenía el pecho abierto de par en par y la camisa celeste del uniforme estaba completamente teñida en rojo y echa jirones.

Se llevó las manos a la boca, a punto de sufrir un ataque de histeria.

Le costaba respirar, lo que significaba que la despresurización estaba siendo más rápida de lo que pensaba.

Trató de recuperar la calma y se dirigió hacia la puerta que daba acceso a la cabina. Intentó ponerse en contacto con los pilotos, tanto por el comunicador como a través de golpes en la puerta y llamadas desesperadas, pero nadie contestó.

Para cuando se dejó caer al suelo, incapaz de sostenerse debilitada por la hipoxia, la inclinación del avión ya era más que evidente. Estaban en descenso incontrolado.

Segundos después, perdió la consciencia. El resto, no tuvo tanta suerte.


Marta recorría a toda velocidad los pasillos que conducían al despacho del director en el IFT, el Instituto de Física Teórica perteneciente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas y a la Universidad Autónoma de Madrid.

El fular que llevaba al cuello formaba una estela granate que volaba tras ella. En las manos sostenía una tableta digital, que aferraba contra su pecho como si estuviera dispuesta a defenderla con su vida. Quizás así fuera.

Desde la desaparición, semanas atrás, de la Evanescencia —o la Nada, como la denominaban los alemanes y la mayoría de la gente—, no habían sido pocos los científicos que habían intentado localizar cualquier indicio de aquel fenómeno que nadie había sabido explicar.

Sin embargo, el pico detectado en Hannover por los del Geo600 demostraba que había vuelto a aparecer y además en las proximidades del punto anterior.

En cuanto llegó al despacho, no se molestó en tocar a la puerta, la abrió directamente y entró como una exhalación.

—Marta, pero ¿qué…? —exclamó Julio, el director.

Ella no se molestó en pedir disculpas, ni siquiera en dar explicaciones. Simplemente le mostró los datos que se mostraban en la pantalla de la tableta.

El director se mantuvo en silencio unos instantes mientras interpretaba aquellos resultados.

—Ha vuelto a aparecer… —dijo ella.

—¿Dónde?

Marta tocó en la pantalla del dispositivo y le mostró las coordenadas.

—Está a unos diez mil metros del nivel de mar, sobre Vizcaya.

El director se llevó las manos a la cabeza.

—¡Por Dios, eso es zona de tráfico aéreo! —dijo él y descolgó el teléfono de su mesa—. ¡Intenta hablar con alguien del aeropuerto de Bilbao! ¡Qué cierren todo el tráfico aéreo inmediatamente!

—Pero ¿a quién llamo?

—¡No lo sé, a alguien! ¡A los del ATC o a la Ertzaintza, pero hazlo ya! Yo intentaré ponerme en contacto con el Ministerio.

Marta dudó unos instantes y después sacó el móvil. Había estado tan emocionada por el hallazgo que no se había dado cuenta de las posibles consecuencias.

Solo esperó que no fuera demasiado tarde.


La Evanescencia, de apenas dos centímetros de diámetro, flotaba en el cielo como un punto negro apenas visible en la inmensidad del cielo, pero ahí estaba, inamovible.

Jorge Serrano Celada