Saltar al contenido
relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 02

agosto 16, 2020
Iglesia derruida

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

logo

Esperar

Alma contemplaba aquel móvil desechable como si fuera la llave de un destino incierto. De alguna forma, así lo era. Aquella llamada supondría un antes y un después para el que no sabía si estaba preparada, pero ¿qué más podía hacer?

—¿Estás segura de esto? —dijo Emilio con semblante solemne, ese que utilizaba habitualmente cuando quería que se lo tomara especialmente en serio.

Alma sabía que aquella pregunta estaba más cargada de forma que de convicción. Él más que nadie deseaba hacer uso de ese teléfono y ni siquiera podía culparlo por ello.

Desde que escaparan de las instalaciones ubicadas en la base militar de Araca, en Vitoria, ambos se habían visto arrastrados a una vida para la que no estaban preparados. Aunque varios amigos en la Ertzaintza les habían confirmado que no había ninguna orden de busca y captura sobre ellos, no eran pocos sus familiares y allegados que habían sido interrogados por cauces poco oficiales en búsqueda de su paradero o que estaban siendo vigilados.

En declaraciones a la prensa, el portavoz del Gobierno se había limitado a reconocer la custodia indefinida de los siete supervivientes de la Evanescencia, cuya ubicación no daría a conocer por razones de seguridad nacional. No hubo ni una sola mención a la desaparición de dos de ellos el mismo día de su arresto ni a las circunstancias en las que se produjo.

En cualquier caso, sabían que estaban siendo buscados y, aunque habían seguido a pie juntillas las directrices básicas transmitidas por los conocidos que más sabían de esto —nada de tarjetas, teléfonos o zonas urbanas—, los dos estaban convencidos de que era cuestión de tiempo antes de que los encontraran.

Lo cierto era que la ayuda de sus amigos más cercanos había sido clave para proveerles de las cosas a las que ya no tenían acceso, como una cuenta bancaria desde la que derivar sus ahorros o un vehículo con el que poder desplazarse. Cuando se estaba fuera del sistema, se aprendía a valorar la infinidad de cosas sencillas que hasta entonces se daban por supuestas, como, por ejemplo, la posibilidad de alquilar una habitación con la identificación de un DNI.

Alma se había puesto en contacto con su antigua instructora de defensa personal para que los ayudara con esa y otras cuestiones, pero aún tardarían un tiempo en obtener sus nuevas identidades. Ana Günther, a la que muchos apodaban Jägerin, era una excombatiente del Grupo de Operaciones Especiales del Ejército con la que Alma había tenido la suerte de coincidir durante algunos años en los que no solo le enseñó técnicas de alto nivel, sino que la ayudó a redescubrir el camino hacia la confianza en sí misma, perdido tiempo atrás. Aquella solución, si es que al final lo era, había sido, de hecho, idea suya.

Ambos descansaban sobre sus respectivas esterillas a la luz de la lámpara de gas con la que pronto caldearían el frío y húmedo ambiente de aquella iglesia a medio derruir —fuera, el viento de septiembre cobraba fuerza a medida que la tarde iba cayendo—. El suelo parecía haber sido levantado, con guijarros y boquetes de diferentes tamaños diseminados por todas partes, como si alguien hubiera querido cavar en búsqueda de algo; quizás tumbas u otro tesoro desconocido. Alma sonrió ante aquella última idea y llegó a la conclusión de que lo único que podría tener valor en aquel lugar sería el arte de quienes se habían dedicado a redecorar las paredes de piedra con grafitis de diversos colores; uno de ellos, extrañamente elaborado y que destacaba de entre todos los demás, representaba un pene enorme con alas en pleno proceso de eyaculación.

Aquel pueblo fantasma, denominado Turruncún, se situaba en la sierra de Préjano, en la Rioja, y llevaba despoblado más de treinta años según la información censal que habían podido encontrar en internet, sin embargo, su aspecto hacía pensar que pudiera haber sido abandonado un par de siglos antes. La mayor parte de sus casas a excepción de aquella iglesia —y no era decir demasiado— estaban completamente inhabitables, probablemente debido a su construcción en adobe y a las inclemencias del clima, y lo único que quedaba de ellas eran los restos de sus muros tragados por zarzas y arbustos salvajes.

Aquello lo convertía en el lugar perfecto para esconderse o, al menos, eso era lo que quería que pensaran los que los estaban buscando.

Alma asintió lentamente ante la pregunta de Emilio y le pasó el teléfono.

Estaba cansada de huir y si aquello servía para conocer dónde retenían a los demás —especialmente a Cintia, con la que no dejaba de soñar, noche tras noche—, merecería la pena intentarlo.

Emilio no insistió más y marcó el número que hasta entonces había tenido prohibido utilizar. Al de unos pocos tonos, alguien debió de contestar y la cara de su compañero se iluminó como hacía mucho que no recordaba —¿desde lo sucedido en aquel restaurante o más concretamente desde su… percance con el estudiante?—.

—Saioa, soy yo… —dijo él y en cuanto escuchó la reacción de la que era su mujer se echó a llorar—.

»Lo sé, lo sé…, pero no podíamos ponernos en contacto con vosotros… Lo siento mucho, cariño. Os echo tanto de menos.

»Las niñas, ¿cómo están las niñas?

—Emilio… —dijo Alma intentando llamar su atención para recordarle el motivo de aquella llamada. Este pareció ignorarla.

—Tengo tantas ganas de veros… Cariño…, yo… No sé cuánto más tiempo podré seguir haciendo esto, solo quiero estar con vosotras…

»Estamos en un pueblo abandonado, en la Rioja. Está todo derruido y hace frío… —explicó él y al hacerlo la miró casi enfadado, como si indicara que él ya había hecho su parte y que ahora lo dejara en paz.

Alma así lo hizo. No había ninguna razón para que él no pudiera tener aquel momento. Decidió dárselo y salió de aquel recuerdo de iglesia.

Desde que regresaran de aquella oscuridad y escaparan de los militares, las cosas entre los dos no habían ido especialmente bien. Nunca se lo había transmitido así, pero estaba convencida de que él, en cierto modo, la culpaba por todo aquello y eso también la enfadaba. Ella no había pedido nada de eso, ni ser el objeto de deseo de un puto demonio bíblico ni ser perseguida por no sabían muy bien quién.

Dejó atrás las ruinas que rodeaban su asentamiento y divisó el valle que se extendía desde la colina en la que se había construido aquel pueblo. Desde ahí tenían una vista perfecta del acceso a través de la autopista. En sus faldas había más restos de casas que llegado el momento podrían servirla igualmente.

Sacó un cigarrillo y esperó.

Jorge Serrano Celada