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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 03

agosto 23, 2020
Vagabundo

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Echarse a temblar

Juan esperó a que se hiciera bien de noche antes de aposentarse en el cajero de la oficina número diecisiete que Kutxabank tenía situada en la calle María Díaz de Haro.

Había escogido aquel lugar estratégicamente. Casi se podía decir que era la monda, término que solo reservaba para las cosas que realmente merecían la pena, como los montaditos a un euro que vendían a dos manzanas de allí —antes de la jodienda, claro— o el licor de hierbas al que alguna vez le invitaba la dueña del Amarretako.

Probablemente, había sido el único de los suyos que se había dado cuenta de aquella oportunidad y tenía bien claro que no la iba a desperdiciar.

Detrás de él, una cinta roja y blanca con el emblema de la Ertzaintza recorría parte de la calle precintando el acceso a la zona alrededor del restaurante, ese famoso que había desaparecido y vuelto a aparecer por arte de magia. Él no creía en esas cosas y estaba seguro de que el Gobierno —o igual el Ayuntamiento— había tenido algo que ver.

Por lo que había podido comprobar, la zona desalojada era de unas dos cuadras a cada lado alrededor de aquel restaurante.

Aún recordaba la que se montó cuando sacaron a toda esa gente de sus casas —más o menos, como la de ahora con ese avión estrellado—. Por aquel entonces, aquel sitio estaba lejos de ser la monda, por supuesto. Todo estaba lleno de policías, militares, periodistas y gente por todas partes. Había tenido que pasar casi un mes para que aquello se volviera el paraíso desértico que era ahora. Incluso, muchos de los que vivían en las proximidades habían decidido marcharse de allí por temor a lo sucedido, así que ahora los únicos que se aventuraban en aquella zona eran algunas patrullas y él mismo.

Cuando llegó al cajero, rebuscó entre sus cosas, lo que se limitaba a la vieja mochila —si no se tenían en cuenta el saco y los cartones que utilizaba para dormir— en la que guardaba lo que él llamaba sus tesoros. Finalmente, encontró lo que buscaba: una tarjeta de débito con parte del plástico levantado y en la que figuraba el emblema de la entidad bancaria. Las letras en las que apenas se leía su nombre estaban tan desgastadas como los recuerdos del Juan que en su día fuera su propietario. Estaba caducada, por supuesto, pero curiosamente aún le permitía acceder al interior de aquellas sucursales.

Cuando entró en el cajero y cerró la puerta tras de sí, se dejó insuflar por el aire a cobijo seguro que lo inundó con la primera inspiración. Además de la tranquilidad que le daba el saber que probablemente nadie lo molestaría hasta bien entrado el día, aquel sitio era especialmente amplio, lo que le permitiría dormir a pierna suelta.

Lástima que no pudiera deshacerse de la maldita luz interior; bueno, por eso era casi la monda.


Lo que hizo que Juan se despertara en medio de la noche no fue ningún ruido en particular, ni siquiera la presencia de quien ahora lo observaba desde la entrada, sino el aire fresco procedente de la puerta abierta que alivió el calor acumulado a lo largo de la noche en aquel cuchitril sin ventilación.

Cuando retiró el saco con el que se había cubierto la cara y levantó la vista, descubrió a un tipo con una chaqueta negra y un pasamontañas en la cabeza que le ocultaba completamente el rostro.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó él mientras se levantaba tambaleante—. Este es mi sitio, búscate otro.

Aquel hombre no contestó y permaneció en silencio observándolo.

Hasta él comprendió que aquello no era normal y, aunque aletargado por años de alcohol y malas decisiones, su instinto de supervivencia le advirtió que se fuera de allí.

Fue a recoger sus cosas, pero el otro se lo impidió agarrándolo del brazo y empujándolo contra la terminal que los conminaba a introducir la tarjeta. Después lo sujetó del cuello y apretó como si pretendiera ahogarlo.

Juan intentó gritar, pero apenas podía respirar. Sin embargo, cuando algo comenzó a quemarle el brazo, allí por donde aquel tipo lo tenía agarrado, chilló como un cerdo en San Martín.

El dolor fue tan intenso que no creyó poder soportarlo mucho más antes de desmayarse. Se revolvió con brazos y piernas sorprendiendo a su atacante, lo que le permitió soltarse y caer al suelo.

Su intento de libertad no llegó muy lejos y no le quedó más remedio que huir hacia la esquina más alejada de la puerta con aquel hombre frente a él.

—No, por favor, no me hagas daño. No se lo diré a nadie —suplicó Juan entre sollozos. Ni siquiera sabía qué era lo que se suponía que no tenía que contar o por qué lo estaba atacando.

Cuando levantó los brazos para protegerse, comprobó que la manga izquierda estaba completamente chamuscada y que debajo tenía una herida muy seria. Aquel cabrón lo había quemado con algo, pero no sabía con qué. No veía que tuviera nada en las manos.

Juan volvió a gritar, esta vez pidiendo auxilio. Sabía que era improbable que nadie pudiera oírlo, pero ¿qué más podía hacer?

El otro sonrió, pero no de manera confiada como los malos en las películas, sino con una expresión de absoluto placer. Ese perro lo estaba disfrutando. Seguramente fuera un desquiciado de esos, huido de algún manicomio.

Cuando se inclinó hacia él, le acercó la mano a la cara y Juan comprobó horrorizado que emanaba demasiado calor. En su palma, a escasos centímetros de su mejilla, el aire parecía arremolinarse a borbotones, como si su superficie estuviera abrasando, aunque no brillara ni nada parecido. Aquel hombre tenía poderes.

Juan asumió la verdad de aquel hecho como los demás lo habían hecho con la desaparición mágica de aquel restaurante. No tenía explicación, pero ahí estaba y el dolor en su brazo era prueba suficiente.

De repente, detrás, alguien se dirigió a su atacante.

—Eres bastante difícil de encontrar.

Al parecer, era una mujer. Cuando aquel hombre se volvió hacia ella, sorprendido, Juan respiró aliviado de que se olvidará de él por un momento.

Quiso avisar a la otra de lo que aquel tipo podía hacer, pero apenas tuvo tiempo de recuperarse y, para cuando quiso darse cuenta, ya la había atrapado de la misma forma que había hecho con él, con sendas presas en el brazo y en el cuello.

Un chisporroteo y una pequeña humareda surgieron bajo la zarpa que aferraba el antebrazo desnudo de aquella mujer, sin embargo, para su sorpresa y la de su atacante, ella no pareció dar muestras de dolor. Por el contrario, su cara se tornó en una expresión de rabia. La mujer agarró a aquel hombre por la pechera de la chaqueta y lo lanzó hacia la calle como si fuera un simple muñeco. Su cuerpo atravesó la puerta destrozando parte del marco y una de las dos hojas que aún permanecía cerrada. Los cristales estallaron como si hubieran recibido el impacto de una bala de cañón. Luego, la mujer fue tras de él.

Juan se levantó con dificultad y cuando intentó valerse del brazo herido, un latigazo de dolor lo atravesó hasta hacerle rechinar los dientes. La herida era peor de lo que pensaba.

Cuando por fin consiguió ponerse en pie, salió del cajero y los cristales que salpicaban el suelo crujieron bajo sus pies. El del pasamontañas debía de haberse estrellado contra el contenedor de vidrio situado enfrente, porque su habitual superficie abombada ahora mostraba una abolladura de un tamaño considerable y parecía haber sido desplazado de su sitio. A sus pies, descansaba el de la mano abrasadora, apenas consciente, con la mujer a su lado, que parecía estar interrogándolo.

Juan se fijó en el tatuaje que ella lucía en su hombro izquierdo y que se extendía hasta perderse más allá de la espalda semidesnuda que dejaba entrever su camiseta. Era una enorme flor de loto negra. Lo sabía porque la había visto en uno de esos documentales que les ponían de vez en cuando en el albergue para adormecerlos.

No podía escuchar nada de lo que hablaban, pero llegado un momento, la mujer le abrió la camisa al hombre y después lo golpeó a la altura del pecho. No, no era cierto; realmente, le atravesó el pecho con la mano. Él se encogió y soltó un grito ahogado de sorpresa, después, cayó fulminado en el suelo con los brazos en cruz.

Antes de incorporarse, ella utilizó la chaqueta negra del que ahora era un cadáver para limpiarse la sangre de la mano.

¿Qué estaba pasando? ¿Acaso algo de aquello era real?

Juan no tuvo tiempo de responder a ninguna de sus preguntas —tampoco tenía modo alguno de hacerlo—, en cuanto comprobó que ella se dirigía hacia él, simplemente se echó a temblar.

Jorge Serrano Celada