Saltar al contenido
relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 04

agosto 30, 2020
Soldado

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

logo

Militares

Como otras tantas noches en los sueños de Alma, Cintia estaba con ella, pero en esta versión volvía llevar el mismo vestido negro corto de tirantes con el que la había conocido por primera —y única— vez. La tela de la falda le hacía cosquillas en la barbilla con cada intento de su dueña por colocarse lentamente en el sofá a horcajadas sobre su pecho. Desde aquella perspectiva imposible que jamás habría esperado tener, Alma se maravillaba con la sonrisa colmada de deseo y levemente interrumpida por un labio a medio morder que lucía su… ¿compañera? —ni siquiera sabía qué eran la una para la otra, pero eso ahora no tenía importancia—.

Argi, su preciada setter inglés, a la que en otra vida algo más real echaba de menos como a nada en el mundo, las contemplaba sin demasiado interés desde la alfombra del suelo junto a la mesa del comedor.

Por la propiedad intrínseca de los sueños, en los que el contexto se moldea a su antojo, Alma no tuvo que preguntarse cómo habían llegado a su añorado piso ni hacer a un lado la mochila de culpas y desesperanzas que habitualmente cargaba consigo. En aquel instante estaban solo ellas dos y eso era lo único que importaba.

Alma deslizó sus manos por la piel suave de aquellos muslos bronceados y retiró la tela lo suficiente como para dejar entrever la ropa interior. Aquella visión prohibida despertó en ella nuevas ansias que la llevaron a comprobar la textura de esa prenda en su zona más íntima. Cintia respondió con una inspiración profunda y se reclinó hacía atrás.

Una vez el tejido se hubo humedecido y perdido su razón de ser, Alma lo apartó lentamente anhelando contemplar lo que se ocultaba detrás.

Jamás habría pensado que podría verse atraída de esa manera por el cuerpo de una mujer y, sin embargo, allí estaba, excitada ante la visión de la intimidad de unos labios encarnados y vulnerables que suplicaban por ser transgredidos. Alma los acarició con delicadeza evitando el punto superior, del que no creyó que estuviera aún preparado y que asomaba curioso a la espera de su turno.

Con cuidado, cariño y deseo, le introdujo dos dedos que fueron recibidos por una calidez familiar y a la vez distinta a la que estaban acostumbrados. Cintia suspiró al verse invadida y enarcó hacia arriba las caderas, como si intentara facilitar el camino. Alma aprovechó aquel gesto para deslizar su otra mano hacia las nalgas y atraerla más hacia sí.

Pronto, comenzó a moverse dentro de ella, primero, despacio permitiendo que aquellas paredes delicadas se adaptaran a lo que les estaba haciendo y, luego, cada vez más deprisa. No se olvidó de la protuberancia que hasta entonces había ignorado y, cuando creyó que ya estaría preparado,  también dio cuenta de él.

Los gemidos de Cintia se acallaron de repente, se inclinó hacia abajo para besarla e inesperadamente interrumpió aquel encuentro sujetándola fuertemente de las muñecas.

Alma le preguntó por qué la detenía, pero su compañera, en vez de contestar, se limitó a sonreír.

—Será muy rápido, ya verás —dijo ella por fin.

El sueño hasta entonces extraordinario se tornó en pesadilla cuando tras Cintia surgió una figura familiar que encajó en aquel constructo onírico con total naturalidad. La sombra de ojos brillantes cuyo contorno parecía disiparse en remolinos constantes desapareció momentáneamente de su vista y le desgarró los vaqueros sin ninguna dificultad.

Alma gritó —o creyó hacerlo— y Cintia le tapó la boca con la mano.

—No te resistas —dijo ella—. Enseguida vas a querer que te lo haga una y otra vez. Créeme, lo sé de primera mano—. Al terminar aquella frase, soltó una sonrisa traviesa como si se le hubiera escapado algo que no debiera.

Leviatán se deshizo de lo que quedaba de sus bragas y, tras separarle las piernas, la…

Emilio la despertó con varias sacudidas en el hombro y cuando Alma abrió los ojos tuvo que protegerse del haz cegador que emitía la linterna con la que la apuntaba inmisericordemente.

—Están aquí —dijo él—. Me ha parecido ver que eran tres vehículos, pero no estoy seguro.

Eran las doce y media de la noche, apenas llevaría dormida unos veinticinco minutos. Quizás su insistencia en hacer el primer turno de guardia no había sido tan buena idea. Tenía el cuerpo dolorido y el cansancio no había tenido ni para empezar con aquel conato de sueño. Solo esperó que la adrenalina hiciera lo suyo.

—¿Tienes claro lo que hay que hacer? —preguntó ella mientras intentaba despejarse y se ponía en pie.

—Perfectamente, ¿y tú? —En su tono se volvía a percibir el enfado que últimamente siempre lo acompañaba.

Alma suspiró resignada. No tenía intención de decir nada más, pero aquella podía ser la última vez que se vieran. No quería que lo que quedara entre ambos fuera una nueva discusión velada.

—Emilio —dijo ella antes de que él saliera por lo que quedaba de la puerta abovedada de aquella iglesia en ruinas—, lo siento… Siento haberte arrastrado a esto. Siento haber hecho de tu vida un infierno.

Él se detuvo y guardó silencio unos instantes antes de girarse; después negó con la cabeza.

—No es tu culpa; sé que no lo es —dijo él por fin. Los ojos le brillaban con la claridad de la noche, a punto de prorrumpir en lágrimas—, pero después de lo que nos hizo Román a Javier y a mí lo único que tengo dentro es… enfado. Y tú estás aquí y no puedo ver a mis hijas y solo quiero gritarte y…

Alma corrió hacia él y lo interrumpió con un abrazo algo torpe debido a la diferencia de tamaño entre ambos.

—Está bien, está bien —lo consoló ella.

No hubo más palabras, el tiempo apremiaba y aquel no era el momento. Solo esperó que tuvieran una segunda oportunidad para continuar aquella conversación.

Cuando Emilio hubo desaparecido sin dejar rastro de su presencia allí, Alma decidió prepararse para recibir a la nueva comitiva. Cogió varios fardos de arbustos que habían recolectado aquella tarde y los introdujo en el saco de dormir, de tal forma que aparentara haber alguien dentro. No era el mejor señuelo del mundo, pero en la oscuridad cumpliría su función. La luna llena no ayudaba en ese sentido, pero no creyó que llegado el momento supusiera una gran diferencia.

Pronto los tendría encima, por lo que subió las escaleras que conducían a lo que antiguamente sería el coro en la parte posterior y esperó a que llegaran. Mientras ocultaba lo que necesitaría más adelante —más fácil de plantearlo que de llevarlo a cabo—, pudo escuchar claramente su respiración, que cada vez se hacía más profunda. Aquello sirvió para tranquilizarla.

Infinitos minutos después, distinguió los primeros haces de luz procedentes del camino que conducía a la iglesia, pasados los restos de la torre que haría de campanario. Ya estaban allí.

En su imaginación había creído que aparecerían provistos con gafas de visión nocturna, con luces verdes brillantes a modo de ojos, sin embargo, los primeros cuatro soldados, que aseguraron la entrada a dos alturas cubriendo ambos flancos, portaban fusiles con potentes sistemas de iluminación, probablemente pensados para deslumbrar a sus objetivos. Debería tener cuidado con eso si no quería acabar desorientada y completamente indefensa antes de tiempo delante de ellos.

Aquella idea, frente al inminente ataque de un contingente de infantería en medio de la noche, parecía un sinsentido por definición, sin embargo, en su regreso desde aquella oscuridad había cosas que se habían quedado con ella: una era un tatuaje en su cabeza similar al que habían descubierto en el restaurante; otra era el pesar de lo ocurrido —especialmente por las muertes del primer estudiante y de María— y la última era la que hacía que aquella idea no fuera tan absurda.

Aquellos hombres y mujeres —creyó ver que, al menos, una de ellas lo era— vestían ropa de camuflaje con chalecos antifragmentos y cascos —todos los pertrechos necesarios para enfrentarse a una mujer de metro cincuenta y seis centímetros y cincuenta y cuatro kilos—.

En cuanto tuvieron la puerta controlada, varios soldados se adentraron por el medio y rodearon en silencio el lugar donde estaban sus cosas y debería haber estado ella dormida.

—¡Sal con las manos en alto! —gritó uno de ellos mientras los demás apuntaban al falso lecho.

Si en verdad la hubieran sorprendido de aquella manera, le habría sido imposible determinar su número o identidad. Aquella era una estrategia bien pensada, pero la suya, aunque simple, tampoco estaba mal.

En vez de esperar a que se dieran cuenta de que allí no había nadie y pudieran reaccionar, Alma saltó unos cinco o seis metros hasta el más cercano de ellos y lo derribó con un fuerte codazo en el casco que lo dejó inconsciente.

Sujetó el fusil del que estaba a su derecha y, agarrándolo por el chaleco, lo lanzó como si no pesara nada contra el que estaba a su izquierda, estrellándolos a ambos contra la pared en la que aparecía pintado el pene gigante.

En un instante se había deshecho de tres militares entrenados y armados hasta los dientes. Intentó evitar que se le subiera a la cabeza, pero una parte de sí misma disfrutó de aquella sensación. Desde su huida de Araca, habían intentado mantener un perfil bajo y eso significaba alejarse de cualquier cosa que supusiera poner a prueba sus habilidades. Además, sospechaba que aquellas nuevas capacidades contrariaban aún más a su compañero, por lo que hasta entonces no había tenido oportunidad de desatarse.

El resto de soldados —otros siete— se repartían entre los cuatro que se habían quedado en la entrada y que ahora intentaban localizarla en la oscuridad y otros tres al fondo de la iglesia.

—¡Es una trampa! ¡Es una trampa! —dijo uno de ellos.

—¡Replegaos! —gritó otro de los que habían intentado acorralarla.

La enorme altura que había hasta el techo abovedado de la iglesia era una enorme ventaja, ya que le permitía maniobrar en el aire sin peligro de estrellarse. Sin pensárselo dos veces, Alma saltó de nuevo, instantes antes de que uno de los que estaban frente a la pared disparara su arma.

Lo cierto era que no había contado con eso. Había confiado en que no se arriesgaran a sufrir fuego cruzado, pero, al parecer, había subestimado su pericia. Si hubiera tardado solo unos segundos más, podrían haberle dado. Con habilidades o sin ellas creía seguir siendo igual de vulnerable que antes.

Cuando aterrizó detrás del grupo que acababa de intentar tirotearla, se deshizo de ellos con igual efectividad: el primero cayó al suelo mediante una patada de barrido y fue inhabilitado con un golpe certero en la boca del estómago por encima del chaleco, que absorbió la mayor parte del impacto; el segundo se llevó un rodillazo en toda la cara y se desplomó inmediatamente en el suelo; el tercero intentó dispararle de nuevo, pero recibió una fuerte patada en el hombro que le dislocó la articulación —el diagnóstico fue sencillo, basado en el volumen de sus alaridos—.

Estaba en racha, ya solo quedaban otros cuatro.

Excitada por la adrenalina y la sensación de poder, tuvo que recordarse cuál era su objetivo y aquello dio tiempo suficiente al grupo de la entrada para que se organizara y pudiera localizarla.

Sus conjeturas sobre los efectos cegadores de aquellas linternas incorporadas en sus armas habían sido bastante acertadas y enseguida se vio rodeada por ellos sin poder distinguir su posición.

No tuvo tiempo de pronunciar palabra, ni siquiera para rendirse; algo la golpeó en la cara y perdió al instante el conocimiento.

Alma, seis; militares, uno.

Jorge Serrano Celada