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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 05

septiembre 6, 2020
Tienda militar

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Opciones de verdad

Irónicamente, la evanescencia se mostraba como un punto brillante en la pantalla del monitor.  La luz blanca con la que el espectrofotómetro modificado interpretaba aquel fenómeno conseguía iluminar los rostros de la veintena de personas reunidas de urgencia que se agolpaban alrededor de Marta en aquella carpa militar.

A medida que profundizaba en la explicación técnica sobre el enorme esfuerzo que había supuesto el desarrollo de unos sensores capaces de captar la absorción de la radiación electromagnética en el espectro visible por parte de aquella singularidad situada a más de diez mil metros, las caras de su público iban oscilando entre el aburrimiento, la desconfianza  y cierto interés —más cargado de voluntad que de comprensión—.

—Todo eso está muy bien, pero ¿qué estamos viendo? —dijo Raúl Santos, presidente electo del Gobierno, desde la impaciencia de los que se situaban en el primer grupo de expresiones.

Desconcertada, Marta interrumpió su discurso. Sin duda, no estaban en el IFT y aquellos no eran colegas interesados en los pormenores de su investigación. Solo querían las conclusiones bien mascadas y salivadas, lo suficiente como para ser entendidas sin dificultad.

No podía dejar de sentirse intimidada ante aquel gabinete de crisis formado por el presidente; varios vicepresidentes; los ministros de Ciencia e Innovación, de Sanidad, de Defensa y de Interior; y diversos directores generales.

—Eso, señor, es la evanescencia. La misma que hizo desaparecer el Carl’s Jr. en Bilbao —respondió ella finalmente.

—La nada —concluyó el presidente con el ceño fruncido. Todavía no les había aportado la información más relevante, pero él ya se mostraba pensativo, como si pretendiera encontrar una solución a un problema del que aún ni siquiera conocía su dimensión real —literalmente— o sus repercusiones. Probablemente, aquello no fuera cierto; lo más seguro era que las consecuencias de las que él estuviera preocupado fueran de otro tipo.

Marta no era tan hipócrita como para desdeñar los tejemanejes de la política, al fin y al cabo, sus puestos dependían en gran medida de las filias y fobias de los que allí estaban. Pero ante los inconmensurables descubrimientos a los que últimamente estaban asistiendo, aquellos juegos parecían ser cosas de niños.

—¿Cómo ha podido llegar eso ahí y cómo podemos deshacernos de ello? —dijo, por fin, el presidente.

Aquella pregunta la irritó en cierta manera y no pudo evitar soltar un bufido de desaprobación. Estaba lejos de ser la correcta o la pertinente ante algo así.

—Aún no lo sabemos, señor… —atajó Julio, su compañero y responsable en el IFT.

Había sido él quien había insistido en que fuera ella la que hiciera aquella presentación apresurada a esas personas a altas horas de la madrugada. No tenía muy claro que ahora no se estuviera arrepintiendo de ello. Marta decidió armarse de paciencia y echarle una mano a su jefe.

—Todavía es pronto para saber cuál es su naturaleza o su procedencia, pero creemos que es necesario que vean esto —dijo ella.

Acto seguido, puso en marcha el registro, a modo de vídeo, capturado por el sensor que habían diseñado en colaboración con el Instituto Fritz Haber de la Sociedad Max Planck de Berlín. En las diferentes instantáneas obtenidas en las últimas doce horas, aparecía, sobre un fondo negro, la evanescencia como un punto incandescente de cuya superficie surgían pequeñas llamaradas.

A medida que pasaban los minutos, era evidente que su tamaño se iba incrementando.

—¿Qué significa eso? ¿Se está haciendo más grande? —preguntó el presidente.

Marta asintió lentamente.

—Creemos que desde las primeras mediciones, el horizonte de la evanescencia ha crecido exponencialmente. Los últimos cálculos arrojan un tamaño de unos ochocientos centímetros cuadrados de superficie —explicó ella.

—¡Virgen santísima! —exclamó el presidente—. ¿Hasta dónde puede crecer?

Marta dudó unos instantes antes de responder a aquella pregunta. Miró a su jefe y, tras recibir su aprobación, les mostró una serie de gráficas en las que se reflejaba el tamaño estimado en el tiempo de aquel fenómeno.

—Esta curva de aquí —dijo ella señalando una de las líneas que al llegar al final se elevaba rápidamente hacia arriba— representa el crecimiento estimado de su superficie según la tasa mostrada hasta este momento. Como se puede apreciar, aunque parte de unos pocos centímetros cuadrados, en poco tiempo adquirirá un tamaño considerable.

—¿De cuánto estamos hablando? —preguntó el presidente.

—En unas treinta y cinco horas, tendrá unos mil doscientos metros cuadrados y comenzará a ser visible a simple vista; un pequeño punto negro, pero visible. En cuarenta y cuatro, será del tamaño de un campo de fútbol…

El presidente se llevó las manos a la cabeza y se dirigió hacia las personas de su equipo.

—Será imposible esconder esto a la opinión pública. Tendremos que buscar la mejor estrategia para lo que se avecina y…

—Señor, con el debido respeto, creo que no es consciente de lo que estamos hablando —lo interrumpió ella algo irritada. Julio le colocó una mano en el antebrazo disimuladamente. El gesto era un cálmate en toda regla, pero no podía evitarlo—. No hay nada que nos haga pensar que esto acabará ahí: en sesenta horas podría alcanzar el kilómetro cuadrado; ¡en ochenta y nueve, podría cubrir toda la provincia de Bizkaia!; ¡en noventa y tres, toda Euskadi!

A medida que iba arrojando datos, iba elevando la voz mientras su audiencia la contemplaba contrariada.

Julio decidió sacarla de allí y se la llevó a rastras mientras se disculpaba y ella seguía escupiendo aquella información.

—¡…en ciento nueve horas habrá ocupado toda la península ibérica! ¡Toda la jodida península ibérica!

Una vez fuera, Julio la sacudió por los hombros, visiblemente enfadado.

—¿Qué crees que estás haciendo? —le preguntó él—. ¡Es al presidente y a los ministros a quienes te estás dirigiendo ahí dentro, no una panda de alumnos a los que no consigues hacer entender la transformada de Fourier!

Marta se llevó las manos a la cara y comenzó a pasearse nerviosa. ¿En qué momento se había descontrolado de aquella manera? Probablemente, fuera producto del cansancio, llevaba trabajando sin parar más de veinte horas y…

No, no solo eso. Lo cierto era que estaba aterrada.

—Julio, estoy acojonada —dijo ella y se echó a llorar.

—Yo, también; yo, también… —respondió él mientras la abrazaba—. ¿Qué te parece si volvemos adentro con esas amables personas que podrían dejarnos en la calle en un santiamén y trazamos lo más parecido a un plan? Después, quiero que te vuelvas al hotel a descansar.

Ella fue a protestar, pero él no le dio ningún margen de réplica.

Antes de entrar en la carpa, contempló el cielo, que ya comenzaba a clarear con la salida del sol. Por supuesto, todavía era imposible distinguir la presencia de aquella evanescencia a simple vista, pero, de alguna forma, podía sentir su presencia.

¿Podrían aportar alguna solución? Sinceramente, no lo creía. Nadie sabía qué era aquello ni…

Espera, eso no era del todo cierto. Ya había personas que habían experimentado de primera mano aquella nada. Hasta ahora, toda la información relacionada con ellos había sido considerada como clasificada y solo unos pocos habían tenido acceso a ella.

Marta regresó a la tienda militar, decidida. Era hora de plantear opciones de verdad.

Jorge Serrano Celada