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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 06

septiembre 13, 2020
Celdas de una cárcel

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Alma despertó completamente desorientada con el primer resplandor de las luces, que parpadearon varias veces antes de decidir encenderse del todo.

Un fuerte dolor en la cara la llevó a echarse la mano y descubrió que estaba atada. Dos cuerdas trenzadas de gran grosor y que podrían ser de acero se unían desde la pared de enfrente a sendos grilletes en sus muñecas.

Sin saber muy bien hasta dónde llegaba su fuerza, intentó romper aquellas esposas y ligaduras, como hiciera en aquella sala de interrogatorios por primera vez, sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, fue inútil.

Miró a su alrededor y descubrió que estaba en una especie de celda. Aquel habitáculo apenas tendría más de cinco metros cuadrados y carecía de ventanas. Los tabiques estaban pintados en un amarillo opresivo y el único mobiliario presente era una litera sobre un saliente adherido a la pared, un retrete con un lavabo montados en una única pieza metálica y un espejo de aluminio.

Sus amarres surgían de dos orificios en un panel —también de metal— incrustado en el muro y, por lo que pudo comprobar, se extendían lo suficiente como para garantizar su movilidad por aquel espacio de tamaño reducido.

Por momentos, la claustrofobia se fue haciendo dueña de su respiración y el aire, cada vez más denso. Su corazón palpitaba desbocado a medida que la sensación de ahogo iba en aumento y el sudor comenzaba a aflorar en su frente.

Necesitaba tranquilizarse. La última vez que le ocurrió algo así fue en un ascensor bloqueado en el que acabó encerrada con más gente. En aquel momento, tuvo suerte y fueron rescatados antes de que perdiera por completo los nervios. Desde entonces, siempre que podía optaba por utilizar las escaleras.

Presa del pánico, comenzó a gritar y a golpear, descontrolada, la puerta.

—¡Sacadme de aquí!

Instantes después, una voz a través de un pequeño interfono situado en la parte superior la ordenó que se retirara.

Alma no estaba para muchas conversaciones, menos aún para acatar órdenes. Aquel ataúd se hacía cada vez más pequeño y necesitaba salir de allí inmediatamente.

—¡Reclusa, retírate ahora mismo y pégate contra la pared! —repitió aquella voz.

Ella apenas podía escuchar lo que le decían. Toda su atención estaba centrada en derribar aquella puerta que con cada golpe parecía ceder cada vez más.

De improviso, las ataduras, que hasta entonces le habían dejado moverse libremente, tiraron de ella y se vio arrastrada hacia la pared de la que provenían. Alma intentó aplicar su fuerza e impedirlo, pero las leyes de la física hicieron su trabajo y lo único que consiguió fue deslizarse torpemente sobre el suelo.

Finalmente, acabó de espaldas, pegada a la pared y con los brazos abiertos hacia arriba.

Sus intentos descoordinados por liberarse apenas surtieron efecto, pero aquello sirvió para calmarla.

Cerró los ojos y ni siquiera los abrió cuando escuchó que alguien manipulaba la cerradura y entraba dentro. Únicamente se concentró en recobrar el control de sus pulmones.

—«Respira; solo respira» —le dijo Ana, su instructora, a través de sus recuerdos.

Ella así lo hizo y poco a poco los latidos fueron adquiriendo su frecuencia normal. Después de todo por lo que había pasado, no iba a permitir que una maldita cárcel la doblegara.

Cuando por fin consiguió serenarse, comprobó que había dos soldados frente a ella. Uno de ellos la apuntaba con un fusil —por su gesto decidido supo que no dudaría en disparar si lo creyera necesario— y el otro era en realidad una mujer que portaba una bandeja con lo que parecía ser un desayuno. Por las divisas en su uniforme —información que Emilio y ella habían estudiado previamente— comprobó que era una soldado de primera.

La soldado obligó a su compañero a bajar el arma —un HK G36, utilizado habitualmente por el Ejército de Tierra. En esos momentos no creyó que aquella información le fuera a servir de mucho, pero ahí estaba—.

—Déjanos solas —dijo ella.

El otro —soldado raso— pareció dudar unos instantes, pero al final accedió a hacer lo que le pedía.

Cuando el otro se hubo marchado, la mujer dejó la bandeja en el suelo, se sentó confiada en la litera y permaneció un rato observándola en silencio. Sería más o menos de su misma edad, pero mucho más fornida y alta, sin embargo, Alma sabía que si se liberaba, no supondría ningún obstáculo para ella.

—¿Dónde estoy? —preguntó Alma.

La otra se tomó un tiempo antes de responder, como si sopesara el hacerlo o no.

—En una instalación especial construida solo para ti en el cuartel Soietxe.

Eso significaba que estaban en Mungia, a unos pocos kilómetros de Bilbao —su hogar—, y que aquel debía de ser el Regimiento de Infantería Garellano 45.

Al final habían estado en lo cierto: había sido el ejército quien los había estado persiguiendo todo ese tiempo, probablemente bajo las órdenes directas del Ministerio de Defensa.

—¿Ves qué fácil ha sido? No necesitabas meterte esta mierda  —prosiguió la soldado mientras le mostraba un pequeño objeto de color azul con forma de lágrima que sostenía entre los dedos—. Por otro lado, no te habría servido de nada entre estas paredes.

Alma no tardó en reconocerlo y sintió que le ardían las mejillas —absurdo en aquella situación—. Hasta entonces no se había percatado de que ya no llevaba puesta su ropa, sino un conjunto de pantalón y camiseta que probablemente habría sido provisto por sus carceleros. No albergó ninguna duda de que su ropa interior tampoco sería la suya.

El plan era sencillo. La idea era atraer a aquel pueblo abandonado a quienes fueran sus perseguidores y dejarse atrapar. Mientras tanto, Emilio pondría tierra de por medio y más tarde ubicaría su posición mediante aquel localizador GPS —ahora en posesión de aquella mujer— que Alma mantendría oculto. Después, él solo tendría que esperarla, preparado para huir con ella en cuanto se liberara.

El objetivo era obtener información —y con algo de suerte, localizar a Cintia, a Alain y a los demás—; una especie de caballo de Troya en el que Alma ejercería de ambos roles, regalo y sorpresa, confiando en que subestimaran sus capacidades. Sin embargo, ahora, atrapada como estaba, se planteó si no habrían sido ellos los que habían infravalorado la situación. A pesar de sus habilidades, no dejaban de ser dos aficionados enfrentados a un gobierno con recursos casi ilimitados.

—Dime una cosa, ¿te gustó cuando te lo metiste? —preguntó la soldado mientras contemplaba aquel dispositivo.

A Alma le costó interpretar la pregunta, no tanto porque no tuviera sentido —al fin y al cabo, solo se le había ocurrido un lugar donde ocultar aquel pequeño rastreador para perros comprado en un bazar chino—, como por su falta de contexto. A pesar de la situación en la que se encontraba, retenida ilegalmente, habría esperado ser interrogada y estudiada, no humillada.

Aquel comentario la enfadó. Habían visto sus vidas truncadas por culpa de esa gente y ¿ahora, tenía que soportar sus mofas?

Alma tiró de las cuerdas, que cedieron ligeramente antes de devolverla a su posición original.

—¿Por qué no lo pruebas tú y me lo cuentas? —dijo a la soldado.

La mujer cambió la expresión de su cara y la observó cabizbaja con cierto atisbo de desprecio.

—Prefiero vértelo por mí misma —respondió la otra mientras se ponía en pie y elevaba su mano frente a ella, como si la ordenara que se detuviera.

—¿Qué…? —Alma no tuvo tiempo de terminar su pregunta. Algo gelatinoso e invisible comenzó a cubrirle la cara y fue extendiéndose por el resto de su cuerpo.

El miedo a ser asfixiada volvió a apoderarse de ella y se revolvió para intentar liberarse de aquella cosa. Pasaron unos segundos antes de comprender que aún podía respirar con normalidad. Poco después, dejó de percibir esa sustancia extraña.

Cuando se hubo tranquilizado, apenas tuvo tiempo para preguntarse qué estaba sucediendo. La soldado, frente a ella, llevó el rastreador hacia abajo e hizo el ademán de introducírselo de nuevo en sus partes íntimas, salvo que estaba a demasiada distancia y ni siquiera la había desnudado previamente.

Alma tuvo que ahogar una exclamación cuando algo atravesó claramente sus labios vaginales y se introdujo dentro de ella. Horrorizada, comprobó que parte de la mano de la soldado que sostenía el localizador parecía desaparecer en la nada.

«No, en la nada, no. No sé cómo, pero está dentro de mí», pensó Alma horrorizada.

—Hum, creo que sí que te gusta. No me extraña, con lo furcia que eres. Lo tienes bien calentito. Vamos a ver si lo ponemos un poco a tono.

Acto seguido, inició un movimiento frenético con aquella mano, arriba y abajo, que pareció reflejarse en su bajo vientre. Alma gritó dolorida y a pesar de sus intentos por encogerse y agitarse, la soldado no pareció perder el tino en ningún momento, como si, hiciera lo que hiciese, aquella intromisión fantasma la persiguiera irremediablemente.

Finalmente, Alma cejó en su empeño de huir y se limitó a intentar soportar aquello como fuera posible. Solo cuando su cuerpo comenzó a adaptarse sintió cierto alivio. En ese momento, la otra se detuvo y sacó la mano de donde fuera que la tuviera, pero esta vez sin nada en ella.

No tenía ni idea de cómo lo había hecho, pero ahora podía volver a sentir el dispositivo GPS dentro de ella.

—¿Cómo…? —preguntó Alma casi sin aliento.

La soldado pareció ignorarla y se llevó la mano anteriormente desaparecida a la nariz y la olfateó.

—Uf, apesta. ¿Cuánto hace que no te duchas?

Alma gritó enfurecida y volvió a tirar de las cuerdas, que una vez más se destensaron brevemente antes de volver a su sitio.

—Así que esa es tu famosa fuerza, ¿eh? —exclamó la soldado—. Es realmente impresionante, pero no te servirá de nada cuando vengan a buscarte.

Aquel comentario sirvió para encajar algunas piezas. De alguna forma, supo que no se refería a quienes ahora la retenían allí. No tenía ni idea de cómo, pero era evidente que aquella mujer tenía habilidades que quizás compartieran origen con las suyas.

Recordó lo que Emilio le había contado sobre lo que Román, el tipo del traje que había resultado estar detrás de todo lo ocurrido en el restaurante, les había hecho. Desde que aquella oscuridad los atrapara, sufrieron deseos y pensamientos que no parecían ser suyos. Al principio, pensaron que era algún tipo de trampa de aquel lugar para debilitarlos, pero lo que Emilio y otros descubrieron por las malas fue que todo el tiempo había sido Román quien, de alguna forma, les había estado induciendo aquella voracidad sexual que no los dejaba pensar con claridad.

Aquella mujer parecía tener un poder igual de perverso.

—Eres como Román…, pero, entonces… —dijo Alma casi sin ser consciente de que lo expresaba en alto.

La soldado sonrió satisfecha y, esta vez, se acercó a ella. Acto seguido, comenzó a sobarle las tetas.

—¿Sabes? En otras circunstancias, no me habría importado divertirme un rato contigo, pero no me lo permiten. Solo tengo que asegurarme de retenerte aquí el tiempo necesario.

En cuanto pronunció aquellas palabras, su mano pareció atravesar el pecho de Alma y esta comenzó a tener dificultades para respirar.

Alma se retorció con la boca abierta, en un intento desesperado por captar algo de aire, pero fue inútil. Era como si algo le estuviera constriñendo el pecho.

—Esto que estoy agarrando ahora son tus pulmones —dijo aquella mujer en un tono tranquilo que contrastaba con la agonía por la que la estaba haciendo pasar—. Tengo tu vida literalmente en mis manos. Si quisiera, podría matarte con un simple gesto… Desgraciadamente, tengo que reservarte.

Después, la soltó y volvió a sonreír.

Alma tenía infinidad de preguntas, pero, sobre todo, el deseo de demostrarle a esa zorra que se equivocaba en una cosa: lo que le había demostrado hasta ahora no era, ni por asomo, toda su fuerza. De repente, tiró con todo lo que tenía de sus ataduras y, aunque era consciente de que no podría deshacerse de ellas, consiguió su objetivo de destrozar el mecanismo que la retenía contra la pared.

Sorprendida, la soldado intentó repetir su ataque hacia el pecho, pero Alma lo evitó bloqueándole el antebrazo y partiéndoselo como si fuera una simple rama quebradiza. La mujer aulló de dolor y, para acallarla, Alma le estrelló la cabeza contra el borde del saliente que soportaba la litera.

La soldado cayó al suelo en medio de un incipiente charco de sangre.

No creyó que la hubiera matado, apenas la había empujado, pero Alma no podía dejar de temblar y le daba miedo comprobarlo.

Después de unos instantes en los que no pudo apartar la vista del cuerpo inerte de aquella mujer, cayó en la cuenta de algo y se acercó a ella. Comprobó aliviada que, efectivamente, aún seguía viva y comenzó a explorar su piel bajo el uniforme.

Si tenía razón en la idea que había empezado a formarse en su cabeza sobre lo que estaba ocurriendo, lo sucedido en el restaurante estaría lejos de terminar. En cierto modo, era algo que siempre había sabido —temido— desde que también descubriera el tatuaje de aquel dibujo en su cabeza.

No tardó en encontrar lo que buscaba. Si Román lo tenía en el pecho, aquella soldado lo escondía en el muslo. La visión de aquel pentáculo rodeado por un círculo, con varios caracteres en la intersección de sus puntas y otro central que tenía la forma de una cruz sobre el símbolo del infinito, desmoronó las pocas esperanzas que aún albergaba de estar equivocada.

En todo ese tiempo había estudiado aquel grabado innumerables veces y había descubierto que el significado de las cinco palabras que rodeaban la estrella de cinco puntas era ‘Leviatán’ en hebreo y que el ideograma central era un sigilio de ese mismo nombre, una composición utilizada en el ocultismo para representar los nombres de algunos demonios.

La única diferencia apreciable con el que tenía ella en la cabeza era la ausencia de los cinco símbolos alrededor del círculo en cada punta que sí estaban presentes en el suyo y que al parecer representaban cinco elementos —aire, tierra, agua, fuego y espíritu—.

Rebuscó entre los bolsillos de aquella mujer y encontró un móvil. A pesar de estar apagado, creyó que podría serles útil, por lo que decidió esconderlo entre el colchón de la litera junto con el cuchillo táctico que también portaba.

Ya solo quedaba una última cosa por hacer. Humillada y avergonzada, recuperó el localizador GPS y lo activó. La mujer había dicho que allí no serviría de nada, pero siempre cabía la posibilidad de que se equivocara o de que lo hiciera momentáneamente.

Alma se dejó caer en el suelo y comenzó a gritar pidiendo auxilio.

Jorge Serrano Celada